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viernes, marzo 1, 2024
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Cómo acompañar a los que sufren

Por Mary Beth Bonacci.

¿Has conocido a alguien que ha enfrentado una gran pérdida y no sabes qué decirle?

Me sucedió recientemente. Un amigo perdió a alguien cercano por suicidio, un hecho que ha sacudido completamente su mundo. En el funeral, hablé con varias personas que realmente no sabían qué decir: «Decir ‘lo siento’ parece tan inadecuado».

Ayer, recogí el libro “Cry of the Heart” (Grito del corazón), tomado de las charlas dadas por mi difunto y brillante profesor y amigo Mons. Lorenzo Albacete. El libro trata sobre el sufrimiento, escrito por un hombre que sufrió profundamente. Habiendo yo misma experimentado algunas pérdidas en los últimos dos años, quería ver lo que mi querido monseñor Lorenzo tenía que decir sobre el tema.

Fue algo profundamente conmovedor.

Entonces pensé que él y yo podríamos unir fuerzas una última vez par abordar la pregunta de cómo podemos amar mejor a las personas en los momentos más difíciles de sus vidas.

Permíteme comenzar con lo siguiente: es cierto que decir «lo siento» no es adecuado. Pero ¿qué podría ser adecuado? ¿Hay realmente algo que podamos decir que haga que todo vuelva a estar bien? ¿Existen palabras mágicas que hagan desaparecer el sufrimiento? Por supuesto que no. Es por eso por lo que decimos «lo siento» y todos saben que eso es lo que se dice. Funciona.

Luego están las cosas que no debemos decir. Mons. Lorenzo utiliza el libro de Job para ilustrar cómo no debemos responder al sufrimiento. Job, como recordarán, lo pierde todo: familia, posesiones, sustento. Su vida es la pesadilla de todos. Nadie sabe cómo responder. Entonces sus amigos responden tratando de encajar su sufrimiento dentro un sistema teológico; intentan intelectualizarlo. Porque creemos que lo que logramos explicar en nuestra mente deja de doler en el corazón.

Es fácil entender esta tentación. Quizás si pudiéramos ofrecer una explicación, nos ayudaría. O tal vez solo queremos sentirnos mejor nosotros mismos.

 

Mons. Albacete no está de acuerdo. Entiende que, ante el sufrimiento, a veces queremos ofrecer “respuestas religiosas preparadas”. Pero también dice que hacerlo es insultar a la persona que sufre. “La respuesta más cruel al sufrimiento es intentar explicarlo, decirle al que sufre: ‘Por esto está pasando. Lamento que no puedas ver la respuesta, pero para mí está claro’”.

Estoy de acuerdo. Mi madre murió en circunstancias trágicas. La gente fue muy cariñosa conmigo. Me dijeron «lo siento» y me escucharon y oraron por mí; en general fueron de gran apoyo. Pero en algunas ocasiones alguien se acercaba y trataba de “animarme”. Me ofrecían algún tipo de explicación (generalmente incorrecta) que pensaban que podría hacer que el golpe fuera más fácil de soportar. Sus intenciones eran buenas, pero lo que decían no funcionaba; por el contrario, me molestaba. Se sentía como un esfuerzo por minimizar lo que pasó, por negar mi dolor. Después de todo, si se puede explicar de manera simple, no hay nada que lamentar, ¿verdad? Nada de eso me hizo sentir mejor. No creo que algo así haga que nadie se sienta mejor.

Mons. Albacete ofrece una alternativa. Hablando de Job, escribe: “Los verdaderos amigos habrían reconocido el horror por el que estaba pasando, lo habrían apoyado en su dolor y se habrían abstenido de ofrecer una respuesta o una razón de su sufrimiento”.

Creo que este es el mejor resumen que he visto sobre cómo acompañar a los amigos que sufren. Reconocemos su experiencia y nos quedamos en ella con ellos, sin tratar de minimizarla o explicarla.

Mons. Albacete le llama a esto “cosufrimiento”.

El cosufrimiento no significa que entremos de lleno en la experiencia de la persona que sufre. El sufrimiento es íntimamente personal. No se puede transferir. Pero cuando estamos junto a ellos, cuando caminamos con ellos a través de su dolor, asumimos una cierta medida de sufrimiento nosotros mismos. No es fácil, pero es la única forma real de amarlos. Dice Mons. Albacete: “El que no cosufre y no está preparado para hacerlo no puede hablar de sufrimiento”.

Pero ¿qué decimos? ¿Cómo respondemos cuando nos preguntan: “¿Por qué a mí? ¿Por qué pasó esto?”? Es entonces que somos tentados a recurrir a esas insultantes respuestas religiosas preparadas. Pero el sufrimiento se resiste a las respuestas fáciles. El sufrimiento humano es un verdadero misterio, un misterio que nunca entenderemos completamente en esta vida. No tenemos esas respuestas. Solo Dios las tiene. Por eso Mons. Albacete dice: “Solo podemos ayudar a la otra persona a preguntar el por qué juntos, es decir, orando juntos”.

Al final, solo hay una respuesta al sufrimiento. Y eso, según Mons. Albacete, es una gracia. “El sufrimiento puede ser aliviado por el cosufridor solo cuando puede poner a la persona que sufre en contacto con la gracia y en la experiencia de ser amado. La respuesta al sufrimiento siempre será una experiencia de gracia y amor”.

¿Y dónde encontramos esa experiencia de gracia y amor? En Cristo. Y, sobre todo, al pie de la cruz. La diferencia entre nuestro sufrimiento y el de los animales es que su sufrimiento no tiene un propósito superior. Por eso es que los “dejamos” cuando tienen dolor. Pero, como seres humanos creados a imagen y semejanza de Dios, nuestro sufrimiento puede unirse a los sufrimientos de Cristo, atrapados en el mayor de todos los misterios. Nuestro sufrimiento puede ser redentor.

Y una vez más volvemos a nuestras respuestas preparadas: «Solo ofrece el sufrimiento a Dios». Como si eso arreglara todo. El sufrimiento redentor sigue siendo sufrimiento. Pero es sufrimiento atrapado en el misterio de Cristo. No lo explicamos. Lo miramos a los ojos, sin parpadear. No huimos de aquellos que sufren. Nos quedamos con ellos mientras sea necesario.

Es cierto, nada de lo que podamos decir es “adecuado”. Si lo fuera, entonces el dolor no sería más que “algo que hay que arreglar”, como dice Mons. Albacete, y nosotros seríamos los arregladores omnipotentes. Pero el dolor espiritual profundo no es algo que se pueda arreglar. Es un misterio. Es un camino que debe ser recorrido con gracia y con amor y con Dios.

Y nosotros podemos acompañarlos en ese camino.

 

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