¿Cómo mantenernos cerca de Dios y unos de los otros en estos momentos?

Me siento agobiado por la pandemia del COVID-19. Todos los días las cosas parecen empeorar, y siento impotencia para hacer algo al respecto. Incluso ir a la iglesia no es una opción en este momento.

Con negocios y restaurantes cerrados y las misas dominicales canceladas, podemos sentirnos rápidamente aislados. Pero el distanciamiento social no significa que no podamos encontrar maneras de estar cerca de Dios y de los demás. Desde el interior de nuestros hogares, podemos conectarnos con quienes nos rodean a través de pequeños actos de bondad que pueden tener un efecto dominó en los demás.

Sé generoso. Compra una tarjeta de regalo de tu restaurante favorito o solicita comida para llevar (¡y deje una propina!) cuando sea posible. Paga o dale propina a tu peluquero o persona de limpieza, incluso si tuviste que cancelar, ellos son vulnerables durante una recesión como esta.

Lee. Monta una biblioteca compartida en tu vecindario y/o un grupo literario virtual. También puedes apoyar a tu librería local comprando libros en línea.

Acércate. Llama a tu abuela o amigos con quienes has perdido contacto, anima a tus hijos a escribir notas o hacer dibujos para enviar a quienes estén solos.

Socializa. Conéctate en línea para participar en un estudio bíblico de la parroquia o reúnete para un almuerzo virtual de Pascua. Mira una película con tus seres queridos a través de Netflix Party (se vale “charlar” durante la película).

Ayuda a tus vecinos. Ofrece recoger alimentos o compartir artículos difíciles de encontrar con tus vecinos.

Santifica el sábado. Reúnete con los que se encuentren a tu alrededor  y vean una misa televisada o transmitida en vivo. Recen un rosario juntos.

Estos gestos cotidianos pueden ser poderosos antídotos para la sensación de impotencia y aislamiento que muchos de nosotros sentimos en estos momentos.

Recuerda Filipenses 4, 6-7: “No os inquietéis por cosa alguna; antes bien, en toda ocasión, presentad a Dios vuestras peticiones, mediante la oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias. Y la paz de Dios, que supera toda inteligencia, custodiara vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús”.

 

Artículo originalmente publicado en Faith Magazine. Reimpreso con permiso.

Próximamente: La sabiduría de San Benito en nuestros tiempos

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Por el arzobispo Samuel J. Aquila.

“Levantémonos, pues, de una vez; que la Escritura nos exhorta”, nos insta la Regla de San Benito. “Abramos nuestros ojos a la luz… y nuestros oídos a la voz del cielo que todos los días nos llama… ‘Si escuchas hoy su voz, no endurezcas tu corazón’” (Sal 95,8). El 11 de julio, la Iglesia conmemora a San Benito, y sus palabras de hace 1,500 años parecen perfectamente adecuadas para los tiempos desafiantes y cambiantes de hoy.

La Regla de San Benito se escribió alrededor del 530, una época en que el Imperio Romano se había derrumbado y la existencia del cristianismo en Europa estaba amenazada. Dada nuestra situación cultural actual y sus paralelos con su tiempo, creo que podemos encontrar fruto en las enseñanzas de San Benito.

San Benito creció rodeado de una cultura moralmente corrupta, pero con la gracia de Dios vivió una vida virtuosa. Después de pasar un tiempo estudiando en Roma, huyó de su decadencia moral para buscar una vida más solitaria. San Benito vivió la vida de ermitaño durante varios años antes de que finalmente fundara varios monasterios, que se convirtieron en centros de oración, trabajo manual y aprendizaje.

San Benito comienza su regla instando a los monjes a “escuchar atentamente las instrucciones del maestro y atenderlas con el oído de su corazón” (Regla, Prólogo 1). Para nosotros, esto significa establecer un tiempo diario para escuchar al Señor, tanto en la lectura de las Escrituras como en la oración conversacional y la meditación.

Nuestra base segura durante estos tiempos difíciles debería ser la voluntad de Dios para cada uno de nosotros, no los mensajes en constante cambio que nos bombardean en las noticias o en las redes sociales. Para algunos, cada tendencia en línea se ha convertido en una forma de evangelio que debe cumplirse con convicción religiosa. Pero la fe que nos transmitieron los Apóstoles es el único Evangelio verdadero y el único que puede salvar almas. Aunque los tiempos y la tecnología eran diferentes, San Benito entendió la importancia de escuchar “las instrucciones del maestro”.

En su libro El misterio del bautismo de Jesús  el predicador de la familia papal, el padre Raniero Cantalamessa, aborda la necesidad de que los sacerdotes se armen para la batalla “contra los gobernantes mundiales de esta oscuridad actual” (cf. Jn 10: 12) En el centro de su reflexión está la idea de que “Jesús se liberó de Satanás mediante un acto de obediencia total a la voluntad del Padre, de una vez por todas entregándole su libre albedrío, para que realmente pudiera decir: ‘Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra.’ (Jn. 4,34)”.

La pregunta que debemos hacernos es: ¿Pongo primero la voluntad del Padre en mi vida, en cada decisión que tomo y en todo lo que digo y hago? Si colocamos la voluntad del Padre en el centro de nuestras vidas y realmente lo escuchamos con “los oídos de nuestro corazón” como enseñó San Benito, estaremos preparados para lo que suceda y siempre daremos testimonio del amor de Dios y de los demás. Vivimos en un mundo que ha eliminado a Dios de su cultura. La historia, tanto la historia de la salvación como la historia mundial, muestra claramente lo que sucede cuando esto ocurre. Cuando Dios es eliminado, algo más se convierte en “dios”. Las sociedades descienden y eventualmente caen y desaparecen a menos que regresen al Dios verdadero y se conviertan en culturas que promuevan una vida de santidad y virtud.

Hay por menos una lección más de la regla de San Benito que es aplicable en estos tiempos de desunión y división social. Los monjes y hermanas de la familia espiritual benedictina son conocidos por su hospitalidad. La Regla enseña esta virtud de esta manera: “A todos los huéspedes que vienen al monasterio se les recibe como a Cristo, porque él dirá: ‘era forastero y me acogieron’ (Mt 25,35). Hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe (Gálatas 6:10) y a los peregrinos” (Regla, # 53).

Pidamos en nuestra oración poder ver a otros como Cristo mismo que viene a nosotros, incluso si están vestidos con lo que Santa Madre Teresa llamó “el disfraz angustiante de los pobres”. Si buscamos continuamente la voluntad del Padre y pedimos en oración por la configuración de nuestro corazón al suyo y nuestra voluntad a la suya, entonces podremos resistir cualquier desafío.