Cómo prepararnos para la Santa Misa

Rocio Madera

Este artículo fue publicado en la edición de la revisa de El Pueblo Católico titulada “¿Qué sucede en la Misa?” Para suscribirte y recibir la revista en casa, HAZ CLIC AQUÍ.

 

La Misa es una celebración sagrada en donde Dios se hace presente, un banquete de bodas. Por esta razón debemos darle el respeto que se merece. Aquí presentamos algunas prácticas que se deben seguir y otras que pueden ayudar para prepararse bien para esta celebración tan importante.

 

EN CASA

  • Leer las lecturas antes de Misa: entre semana o esa mañana para mejor escuchar la voz de Dios.
  • Prepararse con oración entre semana para mantener una relación con Cristo y esperar con anticipación recibirlo en la Eucaristía.
  • Ayunar al menos una hora antes. Este es un precepto obligatorio para quien vaya a comulgar, ya que prepara nuestro cuerpo y corazón para recibir a Jesús adecuadamente.
  • No escuchar la radio en el camino para darle a nuestra alma un tiempo para desconectarse de las distracciones del mundo.
  • Llegar temprano: al menos 10 minutos antes del comienzo para prepararse interiormente.
  • Vestir presentable y respetuosamente. No vestir de manera provocativa ni tampoco descuidada. Así damos a Dios el respeto que se merece vistiendo bien y evitamos ser nosotros el centro de atención.

 

EN LA IGLESIA

  • Entrar en silencio y mantenerlo. Es un lugar sagrado donde habita Jesús en la Eucaristía. No es un tiempo para tener conversaciones en voz baja; estas pueden esperar.
  • Hacer una genuflexión al entrar. Así reconocemos la presencia real de Cristo y le damos el respeto que se merece.
  • Hacer oración antes del comienzo para preparar el corazón, entregándole nuestras preocupaciones y distracciones.
  • Silenciar el celular. No mantenerlo tampoco en vibración. Así evitamos distraernos nosotros y a los demás.
  • En caso de distracción, vuelve a intentarlo. Lo importante es estar atento para darse cuenta.
  • Si no puedes comulgar, habla con el Señor de todo corazón: expresa tu deseo de recibirlo en la Eucaristía. Haz la comunión espiritual y decide ir a confesión, o pídele a Dios ayuda para rectificar tu situación.
  • Esperar a que la Misa termine. El sacerdote debe ser el primero en salir. Si nos vamos antes de tiempo, convertimos la Misa en tiempo de poca importancia, ignorando y desaprovechando el don más grande que Dios nos ha dado por nuestro propio bien.

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Próximamente: Cómo responder a la violencia y confusión en el Capitolio

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En estos tiempos turbulentos, todos se están haciendo la misma pregunta: “¿Cuál es la verdad?”. Según se conteste esta pregunta, y dado el relativismo de nuestro día, nos dividimos en bandos. La división se hizo totalmente manifiesta cuando un grupo de personas irrumpió en el Capitolio en Washington D.C. el pasado 6 de enero. En ese momento, vimos estallar claramente la ira y la violencia, generados por sentimientos de supresión de derechos, justo como lo habíamos visto los meses anteriores en muchas de nuestras ciudades más grandes. Tanto la derecha como la izquierda han recurrido a la violencia, lo cual es inaceptable en una sociedad civil y democrática.

¿Cuál es la raíz de esta agitación? Nuestro país está sufriendo de la descomposición de la integridad moral común y las verdades que la constituyen y que nos han permanecido unidos por unos 245 años. Ahora, cuando las personas buscan la verdad sobre casi cualquier tema, no encuentran una sola respuesta. En cambio, se encuentran con una multitud de voces contrapuestas, cada una con su propia agenda. Cada vez es más difícil encontrar una persona o una organización que busque el bien común.

Pero ¿qué debería un católico hacer durante este tiempo? ¿Cómo deberíamos responder a los constantes ataques a nuestros valores nacionales y religiosos y el deterioro de la buena intención hacia nuestro prójimo?

La única solución que reparará la debilitada integridad moral de la sociedad es la búsqueda de Jesús, el Camino, la Verdad y la Vida. Recuerdo ahora mismo ese verso del salmista que dice “Aunque braman las naciones y tiemblan los reinos, él lanza su voz y la tierra se deshace. El Señor de los Ejércitos está con nosotros; nuestro baluarte es el Dios de Jacob” (Sal 46,7-8). Él es el único que puede penetrar nuestra postura y retórica y disipar la tiniebla de la confusión. Jesús, la Palabra de Dios, nos revela a nosotros mismos y nos muestra el camino a la felicidad verdadera, como individuos y como sociedad.

Para permitir que Dios haga esto, debemos redescubrir el valor del silencio y pasar tiempo con él en su Palabra y los sacramentos. Tal como Dios se mostró a Elías en el monte Horeb, no estaba en el gran viento, en el terremoto o en el fuego; estaba en “el susurro de una brisa suave” (cf. 1 Reyes 19,9-12). Esto significa que debemos poner nuestra confianza de salvación en Cristo y buscar su sabiduría sobre cómo vivir, en vez de convertirnos en comentaristas, políticos o partidos políticos. Ellos pueden promover legislaciones o dar discursos que contienen verdad, y eso es loable y debe apoyarse cuando suceda. Pero no debemos olvidar que estamos hechos para el cielo y estamos llamados a construir el reino de Dios, no una utopía en la tierra. Jesús nos recuerda que primero debemos buscar “el reino de Dios” y “la voluntad del Padre”. San Pablo les recordó a los romanos, y hoy nos recuerda a nosotros, “No os acomodéis a la forma de pensar del mundo presente; antes bien, transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rom 12,2).

Esto significa ver tanto a nuestros amigos como a nuestros enemigos como hijos e hijas del Padre, sin importar sus creencias, etnias o afiliación política. Esto implica adoptar la visión de la Madre Teresa, de San Francisco o de Julia Greeley. Vieron a otros como Jesús lo hace.

Cuando Jesús se encontró con la mujer sorprendida en adulterio, no la condenó, sino que la llamó al arrepentimiento. Tanto San Francisco como la Madre Teresa experimentaron un llamado a cuidar de los despreciados, lo que ciertamente aplica a nuestro ambiente sobrepartidista. En vez de los leprosos o enfermos abandonados a su muerte en los desagües que San Francisco y la Madre Teresa cuidaron, se nos está pidiendo a cada uno de nosotros que veamos a nuestros vecinos, familiares, amigos o enemigos con los ojos de Jesús. San Francisco se conmovió y besó a un leproso y después se dedicó a cuidarlos. La Madre Teresa fue llamada a recoger a los enfermos y moribundos y defender a los no nacidos. Nosotros estamos llamados a hacer las mismas obras de misericordia, pero también a amar a otros como Cristo no ha amado. No podremos hacer esto al menos que recibamos el amor de Dios y reconozcamos que él es real.

Que nuestra Santa Madre, Reina de la Paz, interceda por nosotros y nuestro país, para que nos arraigamos más completamente a la Verdad, que nuestra mente se convierta en la mente de Cristo, y que nuestro corazón sea más como el Sagrado Corazón de Jesús.