Cómo vivió Juan Carlos Reyes la resurrección

Arzobispo Aquila

“Ustedes no tienen por qué temer” le dijo el ángel a María Magdalena, “Yo sé que buscan a Jesús, que fue crucificado. No está aquí, pues ha resucitado, tal como lo había anunciado” (Mt. 28: 5-6) En poco más de una semana, celebraremos la verdad mas importante de nuestra fe: que, con su muerte y resurrección, Jesús nos amó                                                                                                                                                                                                                       y nos liberó del pecado y la muerte para la vida eterna con el Padre.

Con el ritmo y las preocupaciones diarias de la vida, es fácil distraerse de la realidad de la resurrección, de lo que finalmente importa en la vida. Aunque todos sabemos que un día moriremos, a menudo mantenemos nuestros ojos enfocados en el presente, en lugar de la meta del cielo, la eternidad con el Padre que nos ama. Es posible tratar la resurrección de Jesús y sus promesas como eventos y palabras agradables del pasado lejano, en lugar de las palabras vivientes del autor de la vida, el Hijo de Dios, la verdad para nuestro tiempo.

El 20 de marzo, la Iglesia, su familia, y el mundo perdieron el fuerte y virtuoso ejemplo de un hombre de 33 años de profunda fe, padre y esposo: Juan Carlos Reyes, director de Centro San Juan Diego. Para aquellos sin fe, la historia podría haber terminado cuando el murió, pero para Juan Carlos y para todos quienes creen en la resurrección de entre los muertos, este fue solo el principio.

A lo largo de su lucha muy breve con una forma extremadamente rara de cáncer de rápido crecimiento, me conmovió profundamente la fe de Juan Carlos. Debido a que sabía y creía en Cristo, le dijo a la gente: “No tengo miedo de morir. Estoy listo”. Él compartió conmigo en una conversación. “Sé que Dios puede curarme, pero si mi muerte dará mayor gloria al Padre y es su voluntad para mí, que así sea “. A medida que el cáncer avanzaba, vio el sufrimiento que estaba soportando como un don que podía ofrecer a Dios por amor a Cristo y por su esposa y sus tres hijos pequeños.

Esto no era algo inusual para Juan Carlos. Fue un padre que se sacrificó por sus hijos y quiso llevar una vida santa y poner un ejemplo para ellos y para todo lo que conoció. Como lo mencionó su hermano Jorge en la misa del funeral, Juan Carlos y su esposa se levantaban a las 3 a.m. para rezar el Rosario cada noche, y luego les enseñaron a sus tres hijos pequeños cómo rezar el Rosario.

Sabemos que Jesús envió a los apóstoles a hacer “discípulos de todas las naciones” en sus últimas palabras antes de ascender al cielo (Mt. 28:19). Y así, fue apropiado que Juan Carlos siguiera los pasos de su maestro con sus últimas palabras. Horas antes de morir le confesó a su esposa que podía sentir que su final estaba cerca y luego dijo: “Ahora les toca a ustedes llevar la Palabra de Dios”.

Lo que realmente importa es la resurrección y lo que significa para la manera en que vivimos nuestras vidas.

Juan Carlos estaba convencido de que cada decisión que eligió, cada acción que tomó, y cada palabra que dijo, participó en el plan de Dios para él y para el mundo. En este tiempo de Pascua permitámonos abrir nuestros corazones a las gracias de la resurrección de Jesús y el desarrollo de su plan en nuestra vida. Que cada uno de nosotros ore por una fe e intimidad más profundas con Jesús, para que podamos invitar a otros a que se encuentren con Él. Que vivamos sin miedo, confiando en el amor y el plan del Padre para nosotros, porque Jesús “… ha resucitado tal como lo dijo” (Mt. 28: 6).

Traducido del original en inglés por Mavi Barraza

 

 

 

Próximamente: Por un “Halloween” católico y sin fundamentalismos

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Por el padre Ángel Pérez-López, PhD, STL

El padre Ángel Pérez-López es párroco de St. Cajetan en Denver y es profesor de filosofía y moral en el seminario St. John Vianney. Tiene un doctorado en filosofía y un posgrado en teología moral de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma.

Pregunta de nuestra lectora Aimeé L.: “El Pueblo Católico, ¿nos podrían decir qué dice la Iglesia Católica sobre el Halloween? Porque parece que mucha gente tiene malentendidos. Personalmente celebro, siendo católica… pero si estoy mal me gustaría saberlo”.

La palabra “Halloween” es una contracción de la expresión all hallows eve”, literalmente, “la víspera de todos los santos”. Se trata de una fiesta profundamente católica. Debemos redescubrirla. No caigamos ni en el fundamentalismo que se le opone sin reservas, ni tampoco en la trampa de la comercialización secularizante, que desviste esta fiesta de sus orígenes religiosos y la dota de un significado neopagano.

La cultura celta tenía una fiesta llamada Samhain, literalmente, “fin del verano”. Celebraba el final de las cosechas y el principio del invierno, cuando muchas personas morían a causa del frío. No obstante, Halloween tiene su origen católico hace más de mil trescientos años en la vigilia de la fiesta de todos los santos. Fue instituida por el papa Gregorio III cuando dedicó a todos los santos una capilla en la Basílica de San Pedro en el siglo octavo. Un siglo después, el papa Gregorio IV declaró la fiesta como día de obligación. Además, adoptó la tradición de los católicos germanos y cambió la fecha de mayo a noviembre. Así, la vigilia de esta fiesta pasó al último día de octubre, esto es, a la fecha de nuestro actual Halloween. Ninguno de estos Papas parece haber conocido el Samhain, que dejó de celebrarse antes de que la fiesta de todos los santos fuera instituida, cuando los pueblos célticos se convirtieron al catolicismo.

Coco y el recuerdo de los seres que ya partieron

Ahora bien, ¿es posible que algunos elementos de esta fiesta celta sobrevivan todavía hoy?¡Claro que sí!¡También sobrevivió el árbol de Navidad! Este árbol es una tradición de origen germánico que hemos adoptado en el catolicismo sin que sus paganos orígenes la hagan moralmente mala.

En los Estados Unidos, los puritanos prohibieron y se opusieron a Halloween radicalmente y sin reservas. En cambio, los emigrantes católicos, de origen alemán e irlandés, mantuvieron viva la tradición, pero fusionando algunos elementos de esta fiesta con la de los fieles difuntos. Así, hacían pasteles en Halloween y los niños iban de casa en casa “mendigando” estos pasteles a cambio de ofrecer oraciones por los seres queridos y fallecidos de los benefactores.

Históricamente, la actitud puritana y protestante en contra de Halloween se mezcló con sentimientos anticatólicos en el país. Solo la comercialización de la fiesta consiguió solventar esta tendencia persecutoria. Esta comercialización trajo consigo un fenómeno similar a lo ocurrido con la Navidad. En el caso de Halloween, implicó un olvido de Dios y de los santos como centro de la fiesta. A esta pérdida de sentido religioso, se le une la cantidad de películas de horror que fantasean e intentan dotarla de contenido neopagano, tétrico y ocultista.

Como católicos, no podemos caer en el error de los fundamentalistas y despreciar una tradición netamente católica, simplemente, porque su comercialización la ha vaciado de su verdadero contenido y la ha transformado en una posible ocasión para lo tétrico y oscuro del neopaganismo. No despreciamos la Navidad, sino que luchamos por mantener vivo su verdadero significado. Hagamos lo mismo con Halloween. No es la fiesta del demonio. No hace falta cristianizar, o cambiar de nombre, una fiesta que ya es católica de suyo. Por tanto, se puede celebrar Halloween teniendo presentes sus orígenes y evitando errores como la superstición, la brujería o la glorificación del mal.

Podemos tomar ocasión de esta fiesta para enseñar a nuestros hijos a celebrarla sin fundamentalismos y de una manera católica, al mismo tiempo que éstos se divierten, sin pecar y sin caer en el neopaganismo.

La superstición es un exceso y perversión de la religión (véase Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2110) del que tenemos que purificar la fiesta que venimos explicando. Por ejemplo, algunos emigrantes irlandeses dotaron a Halloween de un contenido supersticioso y contrario a la fe al fusionarla con una fiesta que ellos se inventaron: “el día de todos los condenados”. Temían que algo malo les ocurriría si no celebraban también a los condenados y estos se sentían excluidos. Un Halloween católico y sin fundamentalismos no puede caer en un error como este; y, como sabemos, nuestra comunidad hispana no es ajena al problema de la superstición. A veces, también caemos en este error “cuando se atribuye una importancia, de algún modo, mágica a ciertas prácticas, por otra parte, legítimas o necesarias” (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2111).

Un Halloween católico tampoco puede promocionar la brujería. No existe la magia buena y la magia mala. Toda magia atenta contra Dios, entraña una rebelión contra Él y un intento de suplantar su lugar: “todas las prácticas de magia o de hechicería mediante las que se pretende domesticar potencias ocultas para ponerlas a su servicio y obtener un poder sobrenatural sobre el prójimo —aunque sea para procurar la salud—, son gravemente contrarias a la virtud de la religión” (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2117).

No a la lectura de cartas, espiritismo o supersticiones

Celebremos Halloween sin olvidarnos de Dios y de los santos. Los padres de los niños son los que tienen que tomar las decisiones concretas de cómo educar a sus hijos atendiendo a las circunstancias de su vecindario. No obstante, siempre y cuando se evite la ocasión de la superstición, la brujería o la glorificación del mal; que un niño se disfrace y pida caramelos, en mi opinión, no conlleva necesariamente, o de suyo, ningún mal moral. No caigamos en la superstición. No atribuyamos importancia mágica a una práctica legítima. Podemos tomar ocasión de esta fiesta para enseñar a nuestros hijos a celebrarla sin fundamentalismos y de una manera católica, al mismo tiempo que éstos se divierten, sin pecar y sin caer en el neopaganismo.

 

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