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sábado, diciembre 3, 2022
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Conoce a los dos sacerdotes hermanos que sirven en la misma parroquia de Denver

Por Liliana Aceves
Los hermanos son esas personas que no escogimos tener en nuestra vida, sino que Dios nos dio. Aunque a veces los hermanos nos frustran, también son amigos en quienes podemos confiar. En verdad, tener un hermano que es a la vez nuestro mejor amigo es una bendición de Dios.
Esto es algo que el padre Ángel Pérez López y el padre Israel Pérez López pueden entender muy bien, pues además de trabajar juntos como párroco y vicario parroquial de la iglesia de San Cayetano en Denver, también son hermanos de sangre. Aunque crecieron juntos en una familia católica en España, tomaron caminos diferentes antes de encontrarse de nuevo en la misma vocación.
A pesar de ser cinco años mayor que el padre Israel, el padre Ángel tuvo más dificultad para encontrar su vocación. Él sintió el llamado de Dios a una temprana edad. Cuenta que cuando era niño asistió a una reunión con sus padres en la que se pidió que todos los que se sintieran llamados al sacerdocio pasaran al frente. Él se acercó, aunque tenía solo ocho años, pues pensaba que Dios lo llamaba a ser cura. Pero con el paso del tiempo se olvidó de ese momento y sus padres no volvieron a hablar de lo que él había dicho ese día. Como todo adolescente, él tenía planes de casarse y formar una familia, pero eso no era lo que Dios le tenía preparado.
“Estuve saliendo con una chica por unos tres años, pensando qué sucedería en mi futuro. Y luego me di cuenta que lo que me pasaba a mí, el motivo por el cual yo no me encontraba del todo satisfecho, era porque yo no me había parado a preguntarle a Dios qué es lo que Él quería exactamente de mi vida, sino que yo básicamente había decidido por mi cuenta lo que yo pensaba”, dijo el padre Ángel. “Fue en ese momento que tuve la libertad de poder decirle a Dios que estaba dispuesto a hacer lo que Él quisiera.”
A los diecinueve años de edad llegó al seminario de Denver para empezar sus estudios.
Por su parte, aunque menor que su hermano, el padre Israel tenía muy claro el rumbo de su vocación. Desde los doce años, supo que Dios había apartado su vida para algo especial, y la historia del embarazo de su madre era señal de ello. Su mamá padeció una enfermedad cuando estaba embarazada y, debido al medicamento que tuvo que tomar, él tendría que haber muerto o nacido con muchos problemas de salud. Como era un embarazo de alto riesgo, le propusieron abortar, pero ella se negó. Las probabilidades estaban en su contra, sin embargo, Dios tuvo la última palabra.
“Dios hizo un milagro para que fuera así. No me tocaba vivir, y Dios intervino”, dijo el padre Israel. “Sobre todo fue esa idea lo que me hizo ver claramente que mi vida era para el Señor de esta manera en particular.”
Además de ser hermanos y compartir una gran amistad, ambos aseguran que tener una visión única de lo que es el sacerdocio y la Iglesia ha hecho que su ministerio sea más fácil. “Yo tengo total confianza cuando el padre Israel se queda encargado de algo y yo me marcho”, aseguró el padre Ángel. “Yo sé que él lo va a hacer igual que yo o muchas veces mejor. De hecho, a mí me gusta decir a los parroquianos que el padre Israel es cinco años más joven que yo y que pasa como con los iPhones: cuanto más modernos, más apps tienen y más cosas hacen; así que él es la mejor versión mía”.
Más allá de la amistad que naturalmente proviene de su relación como hermanos, el padre Israel está convencido de que lo que los hace vivir en comunión y en amistad profunda es Dios mismo: “No es ni la carne, ni la sangre, ni siquiera las afinidades naturales; es el Señor que es la verdad. Él es nuestro bien, es lo que tenemos en común y lo que nos hace vivir en esa armonía”.
Cuando queremos a Dios primero y luego a las otras personas y a nosotros mismos, santificamos la relación entre hermanos, concluyó el padre Israel. Por eso, cuando no tenemos a Dios, podemos caer en la rivalidad entre hermanos o con cualquier otra persona.
La misma Biblia nos muestra la importancia que Dios le da al amor de un amigo o hermano. Entonces demos gracias a Dios, no solo hoy, sino todos los días, por los hermanos y las personas que han sido como hermanos para nosotros.

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