Conoce a los nuevos diáconos transitorios de la arquidiócesis de Denver

El pasado 13 de febrero, el arzobispo Samuel J. Aquila ordenó a ocho hombres al diaconado de transición en la Catedral Basílica de la Inmaculada Concepción.

A continuación te presentamos a cada uno de los nuevos diáconos de la Arquidiócesis de Denver, quienes nos comparten cómo discernieron su llamado al sacerdocio.

 

Diácono Joe Bui

Al crecer en Vietnam, el diácono Joe Bui aprendió a muy temprana edad de los sacrificios que sus padres hicieron por él y sus hermanos. En Vietnam, enviar a los niños a la escuela es muy caro y Bui nunca lo dio por hecho.

“A la edad de seis años, aprendí muy en serio cómo respetar y valorar los sacrificios de mis padres haciendo todo lo posible por tener un buen comportamiento en la escuela, para no poner más peso sobre sus hombros preocupándose por mí”, dijo el diácono Bui.

Después del nacimiento de su hermano menor, la madre del diácono Bui se enfermó y ya no pudo cuidar de él ni de sus hermanos. Esto obligó a cada uno de ellos a dar un paso al frente y cuidar de la familia, lo que significaba comprar comida, cocinar, caminar a la escuela y cuidar a su madre.

“Como muchos otros niños que crecieron en familias pobres, éramos más maduros que los niños de nuestra misma edad”, recordó el diácono Bui.

A través de las dificultades, la fe fue constante. La familia del diácono Bui era fielmente católica, y todas las noches rezaban el Rosario juntos, pidiendo a María que intercediera en su nombre por la curación de su madre y al Señor para mantener a su familia.

“Recibí mi fe católica orando con mi familia todos los días”, dijo el diácono Bui. “Además, tenía bastantes amigos católicos en el barrio, íbamos juntos a la escuela, a misa y al catecismo”.

Esta base de fe plantó la semilla de la vocación del diácono Bui al sacerdocio, que descubrió a la edad de 16 años. Ahora, como diácono de transición recién ordenado y cada vez más cerca de convertirse en sacerdote, el diácono Bui está ansioso por “llevar la gracia sanadora de Dios a este mundo herido predicando la Buena Nueva y llevando a las personas al Dios Trino a quien pueden tocar y hablar” a través de la Misa y los Sacramentos.

 

Diácono Felipe Colombo

Nacido y criado en Taguatinga, Brasil, el diácono Felipe Colombo creció como hijo único de una madre soltera quien siempre le enseñó la importancia de la fe y la Iglesia Católica, y el cuarto hijo de su padre quien hizo todo lo posible por estar presente en su vida.

Durante su juventud, trató de mantenerse involucrado y participar en grupos de jóvenes de su parroquia, sin embargo, también tenía dudas y curiosidad sobre lo que ofrecía el mundo exterior. A los 18 años se incorporó en el Camino Neocatecumenal en su parroquia y en el 2012 asistió a su primer retiro con esta formación.

“Dios me dio la gracia de encontrarme con el Camino Neocatecumenal y, a través de él, inició una revolución en mi vida”, dijo el diácono Felipe.

A través de su primer retiro con el Camino Neocatecumenal, sintió el llamado del Señor al sacerdocio. En este momento de su vida, estaba terminando la universidad, tenía una novia y estaba considerando casarse, pero Dios tenía otros planes para él. Después de resistirse a el llamado de Dios por un tiempo, finalmente lo aceptó en gratitud por lo que el Señor estaba haciendo en su vida. Posteriormente, durante un retiro para aspirantes a seminaristas, fue elegido para ser enviado al Seminario Redemptoris Mater en Denver para sus estudios y formación sacerdotal.

“Cristo me ha dado la oportunidad de tener una nueva vida con el anuncio de la Buena Nueva”, dijo el diácono Colombo. “Deseo poder llevar a los demás esta misma Buena Nueva que cambió mi vida, para que puedan encontrar a Cristo, como Él me encontró a mí”.

Para el diácono Colombo, su pastor en Brasil, el Padre Pedro, quien siempre alentó su vocación, y su comunidad del Camino Neocatecumenal donde ha visto milagros en su vida y en otros, han tenido un gran impacto en su vocación y lo han ayudado durante todo el proceso. De la misma manera, siempre esta consiente de la importancia de mantenerse humilde y escuchar lo que Dios quiere de él.

“San Felipe Neri solía decir: ‘Dios, no quites tu mano de la cabeza de Felipe, de lo contrario se perderá’. Esto siempre me recuerda que sea humilde y que pida ayuda a Dios”, concluyó el nuevo diácono.

 

Diácono Luis Guilherme Da Silva Mendes

El diácono Luis Guilherme da Silva Mendes nació y creció en Brasilia, capital de Brasil, en una familia católica con ocho hermanos.

Durante su adolescencia, comenzó a tener fuertes dudas sobre la Iglesia y su fe. Durante muchos años, se retiró de Dios creyendo que no tenía nada que ofrecer y que no lo necesitaba. A sus 19 años, al ser testigo de una ordenación sacerdotal, el diácono Da Silva finalmente se rindió y se dio cuenta de que el Señor lo había estado llamando y lo estaba esperando con amor incondicional.

“El Señor me tocó con su gracia, me mostró que no me estaba pidiendo que diera nada, sino que fue él quien me estaba ofreciendo su amor incondicional, una vida significativa, su Espíritu Santo y, sobre todo, su perdón”, dijo el diácono Da. Silva recordó.

Aunque la señal de los nuevos sacerdotes tirados en el suelo y ofreciendo sus vidas a Dios se quedó plasmada en su cabeza, no respondió al llamado de Dios en ese momento. Luis tenía planes de lo que sería su “vida ideal”, sin darse cuenta de que Dios tenía un camino diferente para él. Una vez que logró algunas de sus metas personales con una carrera exitosa, un trabajo estable y una prometida, finalmente se dio cuenta de que su vida no estaba completa y que estaba tratando de escapar del llamado de Dios.

El diácono Da Silva luego recordó Lucas 9: 24-25: “Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará. Pues ¿qué aprovecha al hombre, si gana todo el mundo, y se destruye o se pierde a sí mismo?”; e inmediatamente decidió tomar un camino diferente, el que Dios le había estado guardando.

“Fue ese momento en que respondí radicalmente al llamado de Dios, dejando las redes y siguiéndolo en la aventura de la nueva evangelización, permitiéndole enviarme a donde quisiera, para anunciar su amor y el perdón que he recibido en abundancia”. Concluyó.

 

Diácono Micah Flores

El diácono Micah Flores se une a la lista de miles de fieles cuya vida ha sido impactada por las enseñanzas de San Juan Pablo II.

“La intercesión y la presencia constante de San Juan Pablo II en mi vida me ha llevado a través del seminario”, dijo el diácono Flores. “La claridad de sus enseñanzas, la convicción de su fe, la increíble señal de esperanza que ha sido para nuestro mundo y su paternidad para todo el mundo me han impresionado constantemente y me han fortalecido para despertar todos los días y decir ‘sí’ a Jesús”.

Nacido y criado en Colorado, el diácono Flores creció en una familia católica, practicando deportes y disfrutando del aire libre mientras se encontraba con Dios de una manera significativa a través de su creación. Durante sus años en la preparatoria Regis Jesuit High School, experimentó un poderoso encuentro con Dios en un retiro de silencio. Después de este retiro, Dios le plantó la semilla de la vocación, pero no fue hasta después de tres años de universidad, en CU Boulder, que dijo que sí a la invitación del Señor.

Para el diácono Flores, celebrar la misa y la reconciliación han sido sus mayores deseos desde que estaba en la universidad.

“Estos sacramentos han sido los dos dones más grandes de mi vida y no puedo esperar para invitar a todos a estas maravillosas fuentes de gracia y compartirlas con el mundo”, expresó.

Además de San Juan Pablo II, otro mentor importante en su vida y vocación ha sido el padre Brady Wagner, quien lo ayudó en su discernimiento para ingresar al seminario y fue un ejemplo para él de lo que es un sacerdote alegre, confiado en su identidad de lo que un hijo de Dios verdaderamente es.

“Estoy en tremenda gratitud por estos hombres santos y muchos otros hombres y mujeres”. Dijo. “El Cuerpo de Cristo es real, y realmente nos construimos unos a los otros”.

 

Diácono Trevor Lontine

El diácono Trevor Lontine dice que los mayores dones que le impartieron sus padres fueron la devoción al “pequeño camino” de Santa Teresita y una buena ética de trabajo. En efecto, es probable que estos dos dones le hayan sido de gran utilidad en su camino hacia el sacerdocio.

Deacon Lontine creció cerca de la parroquia Immaculate Heart of Mary en Northglenn, donde él y su hermano mayor fueron educados en casa por su madre. Proviene de una familia católica fiel y asistía a misa todos los días hasta que estaba en la escuela secundaria.

A sus 15 años, el diácono Lontine escuchó el llamado al sacerdocio mientras el padre Daniel Barron predicaba una homilía sobre vocaciones en la parroquia Holy Ghost en Denver.

“Aunque inicialmente me resistí, terminé yendo al seminario en Nebraska durante dos años después de graduarme de la preparatoria”, recordó el diácono Lontine. “La curva de aprendizaje fue muy pronunciada, así que decidí dejarlo, fui a la universidad, trabajé durante 3 años y luego en el 2016 escuché el llamado, de una manera muy poderosa y gozosa, de regresar a seminario”.

El segundo llamado se produjo después de la muerte de un amigo muy querido del diácono Lontine. Experimentó lo que era interceder por el alma de su amigo y llegó a una comprensión más profunda de la belleza de la Iglesia como la Comunión de los Santos.

“Quería servir esa realidad con mi vida”, dijo.

Ahora, un paso más cerca del sacerdocio en el que el Señor lo llamó a servir, el diácono Lontine busca “aprender a amar como Jesús ama, de una manera que le dé a Dios Padre un culto completo y total en cada momento de la vida”.

“Obviamente, este es el llamado cristiano general”, continuó, “pero el sacerdote participa en esto de una manera particular, como mediador espiritual entre Dios y su Pueblo”.

El diácono Lontine está agradecido por los mentores y figuras importantes que lo han animado y ayudado en el camino, entre los que se encuentran sus patrocinadores Santa Catalina de Siena y Santa Teresa de Lisieux.

“Cada una me ha guiado desde que era un niño y ha guardado cuidadosamente mi vocación”, dijo.

 

Diácono Miguel Mendoza

Aunque el diácono Miguel Mendoza creció en la fe de los testigos de Jehová, el Señor tenía planes diferentes para él que dieron un giro a su vida.

El diácono Mendoza creció en Greeley, Colorado lejos de la Iglesia Católica. Sin embargo, cuando tenía 16 años, su vida cambió al sentir el llamado del Señor al sacerdocio. A través del ejemplo de San Juan Pablo II, decidió bautizarse, poniendo un ejemplo a su familia, quien también regresó a la Iglesia Católica luego de ver su conversión.

Para el diácono Mendoza, San Juan Pablo II fue un modelo a seguir para su vocación y espera celebrar los sacramentos, especialmente la Santa Misa y la confesión, en un futuro.

“Su [San Juan Pablo II] ejemplo de caridad y amor paternal ha sido muy inspirador. El padre Crispin también fue muy influyente en mi vocación. Realmente alentó mi vocación y me guio a través de todo este camino”, dijo.

 

Diácono Sam Munson

El diácono Sam Munson se mudó de Chicago a Colorado a la edad de cinco años. Creció al norte del estado en los pueblos de Mead y Loveland.

Durante su tercer año de preparatoria, el diácono Munson comenzó a sentirse atraído por el sacerdocio, mientras se tomaba más en serio su vida de oración.

“La oración por mí se hizo más íntima con el Señor y comencé a verlo más como un amigo y como un compañero de mi vida”, dijo el diácono Munson.

Sin embargo, fue durante su primer año de universidad en University of Northern Colorado cuando realmente escuchó a Dios llamándolo a convertirse en sacerdote, durante el retiro Bear Awakening.

“Cuando lo recibí por primera vez, me asustó el llamado y lo evité durante varios años”, explicó el diácono Munson. “No fue realmente hasta que me gradué de la universidad y comencé a preguntarle al Señor, ‘¿quién soy yo para ti?’ Que verdaderamente comencé a aceptar el llamado. Una noche en particular durante Adoración al Santísimo, sentí su mirada amorosa sobre mí de una manera realmente profunda: ‘Sam, te amo, eres mío, y te estoy llamando para que seas Mi sacerdote’. ¡En ese momento no tuve miedo de seguir su llamado!”

Durante su camino, el diácono Munson tuvo un santo en particular que fue un intercesor crucial para su vocación.

“Se dice que no necesariamente elegimos a los santos en nuestras vidas, sino que ellos nos eligen a nosotros. Esto indudablemente es cierto en mi vida con respecto a Santa Gema Galgani”, dijo. “A lo largo de mi tiempo en el seminario, Santa Gema me ha enseñado a tener menos miedo al sufrimiento y a tener confianza y un deseo constante de intimidad con el Señor, especialmente en lo que respecta a su pasión y muerte en la cruz. Desde mi tiempo en el seminario, siempre he mantenido su imagen en mi estante e incluso recibí una reliquia de primera clase de ella por parte de la Madre Superiora de la Orden de las Carmelitas aquí en Littleton. Considero a Santa Gema como una querida amiga e incluso una hermana, una hermosa mujer que ha sido crucial en mi vocación”.

Ahora, a medida que da un paso más hacia el sacerdocio, el diácono Munson está ansioso por ser “un instrumento de la misericordia y del amor del Señor, especialmente en el Sacramento de la Reconciliación y en la dirección espiritual”.

“La gloria de Dios es el hombre plenamente vivo y es mi deseo como sacerdote mostrar la belleza y la plenitud de la humanidad que solo puede venir a través de la Iglesia”, concluyó el Diácono Munson. “Vivimos en una sociedad que a menudo condena y nunca perdona; por lo tanto, las personas piensan que su identidad proviene de lo que hacen y no de quienes son. ¡Es mi deseo que las personas sepan en lo más profundo de su ser que son quienes son porque están hechas y formadas en el amor y perfectamente conocidas por aquel que las conoce mejor que ellas mismas!”

 

Diácono Michael Tran

El diácono Michael Tran creció con un gran amor por la Virgen María, debido a la proximidad de su pueblo al Santuario de Nuestra Señora de Lavang en la provincia de Quang Tri en Vietnam. En 1798, Nuestra Señora apareció en este sitio para consolar a los cristianos perseguidos de Vietnam.

“Fui criado en la fuerte fe de nuestros padres y bajo la protección de Nuestra Señora de Lavang”, dijo el Diácono Tran. “En todo momento hemos tenido un gran amor por Nuestra Virgen y confiamos en su intercesión por nosotros. Cuando era joven, solía visitar el santuario con mi pastor, amigos, a veces solo, todos los sábados por la mañana para orar o asistir a misas allí”.

A la edad de nueve años, el diácono Tran escuchó a Dios llamándolo al sacerdocio cuando sirvió en el altar por primera vez. Sin embargo, su vida tendría que desarrollarse más para que el llamado se hiciera más claro.

“El llamado a la vocación nunca me había quedado claro hasta que me gradué de la universidad y tuve un trabajo”, explicó. “Las personas a mi alrededor, mis pastores, mis padres, algunas hermanas de los amantes de la Santa Cruz y algunos de mis estudiantes, todos me animaron a considerar en convertirme en sacerdote. Finalmente, la muerte de mi mejor amigo me impulsó a venir a hablar con mi director de vocaciones en ese momento, y él me ayudó a discernir la voluntad de Dios en mi vida”.

Ahora, a un paso más cerca del sacerdocio, el diácono Tran espera ansiosamente el día en que pueda escuchar confesiones y celebrar misas como sacerdote.

El nuevo diácono acredita a Santa Catalina de Siena como una de las figuras centrales tanto en su vida como en su vocación.

“Santa Catalina de Siena siempre ha estado conmigo desde que era un niño de seis años que deseaba recibir la Sagrada Comunión”, dijo el diácono Tran. “Ella también fue quien me ayudó a reconocer la vanidad de esta vida y el verdadero significado de la vida. Ella me acerca a Dios y me ayuda a amar cada vez más el alma de las personas. Ella es como una maestra, una modelo y especialmente una madre para mí”.

Próximamente: La dignidad humana en el libro del Génesis

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Este artículo fue publicado en la edición de la revisa de El Pueblo Católico titulada “EL GRAN RESCATE”. Para suscribirte y recibir la revista en casa, HAZ CLIC AQUÍ.

 

Por el diacono Pedro Reyes, Parroquia St. William, Ft. Lupton.

Todo ser humano tiene una dignidad que le fue otorgada por Dios. San Juan Pablo II en su teología del cuerpo nos dice lo siguiente:

“El hombre es creado sobre la tierra y al mismo tiempo que el mundo visible. Pero, a la vez, el Creador le ordena subyugar y dominar la tierra (cf. Gén 1, 28): está colocado, pues, por encima del mundo. Aunque  el hombre esté tan estrechamente unido al mundo visible, sin embargo la narración bíblica no habla de su semejanza con el resto de las criaturas, sino solamente con Dios”.

Lo que san Juan Pablo II nos está recordando es que el hombre no fue creado de la misma manera que los demás seres vivos. Esto, naturalmente, nos hace diferentes al resto de la creación. No podemos darle los mismos derechos a una mascota, como un perro o un gato, que a un ser humano. Es triste que hoy en día la dignidad del ser humano sea despreciada a tal grado que muchas personas le dan más amor y atenciones a las mascotas que a los propios familiares. Hoy en día hay algunas personas que tratan a los animales como seres humanos y a sus semejantes, que son seres humanos,] como animales.

San Juan Pablo II nos dice también esto:

“En el ciclo de los siete días de la creación es evidente una precisa gradualidad; el hombre en cambio no  es creado según una sucesión natural, sino que el Creador parece detenerse antes de llamarlo a la existencia, como si volviese a entrar en sí mismo para tomar una decisión: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen, a nuestra semejanza…’ (Gn 1,26)”.

Nuevamente, san Juan Pablo II nos recuerda la manera tan diferente en la que Dios creó al hombre. Y aquí nos recuerda la principal diferencia entre los seres humanos y el resto de la creación. El hombre, a diferencia de los demás seres vivos, fue creado a “imagen y semejanza” de Dios. O sea, el ser humano tiene una dignidad única e inigualable que le ha sido otorgada por Dios.

En todo lo que hemos visto, podemos darnos cuenta de lo siguiente: cuando el autor del libro del Génesis narra la creación de todo, al referirse al ser humano, especifica que lo creó y lo bendijo. Sin embargo, la creación del hombre se distingue de todo lo demás creado de tal manera que le da ese grado de dignidad superior al resto de la creación.

Esto se puede ver claramente porque antes de crear al ser humano, Dios es presentado como si estuviera deliberando sobre cómo lo creará, mostrando el acto de crear al hombre como un acto muy importante. Igualmente, la excepcional dignidad del ser humano se muestra en su totalidad por la ‘semejanza’ con Dios. Por lo tanto, todos los seres humanos, sin importar raza, color de piel, país de origen, etc., tenemos una dignidad específica que debe ser respetada por todos. Y esta dignidad viene por el hecho de haber sido creados “a imagen y semejanza de Dios”.

 

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