Conoce a los nuevos sacerdotes de la Arquidiócesis de Denver

Todavía hay hombres que continúan respondiendo valientemente al llamado para convertirse en sacerdotes, incluso en el 2020. El pasado 16 de mayo, cinco hombres fueron ordenados sacerdotes para la Arquidiócesis de Denver, y aunque fue una ceremonia muy diferente a otros años debido a la pandemia, fue una ocasión de mucha alegría. A continuación te presentamos a nuestros nuevos sacerdotes y dónde serán asignados para cumplir con sus primeras tareas.

 

Padre Juan Adrián Hernández Domínguez

Vicario parroquial; St. Thomas Aquinas, Boulder

El padre Adrián Hernández escuchó el llamado de Dios para convertirse en sacerdote misionero como joven seminarista, una aventura que finalmente lo llevó a Denver desde su natal Texcoco, México. Y esta decisión lo ha llevado a un viaje de creciente confianza en la voluntad y la Providencia de Dios. Un ejemplo de esto es precisamente la pandemia actual, que evitó que sus padres asistieran a su ordenación sacerdotal.

“Cuando me dijeron que mis padres no podrían venir, me sentí muy triste”, dijo el padre Hernández. “Pero 10 años de formación de seminaristas ciertamente te ayudan a discernir qué es de Dios y qué no”.

Uno de los momentos que lo ayudaron a ver esta situación bajo la luz de Dios ocurrió durante la Vigilia Pascual.

“Mientras servía como diácono durante la Vigilia Pascual, vi la vela pascual en una iglesia oscura y vacía y comencé a reflexionar sobre cómo Cristo es la única luz que puede guiarnos en este momento de oscuridad. Y justo cuando la llama solitaria iluminaba a esa Iglesia, también encontré una luz en la oscuridad.

Lo que descubrí fue la alegría que proviene del Evangelio, esa alegría que hemos proclamado por más de 2,000 años, la misma alegría que Cristo dio a sus discípulos y que todavía podemos recibir en medio de los problemas de hoy. Es precisamente en la oscuridad que la luz de Cristo brilla más y eso es lo que vi”.

La vocación misionera del padre Hernández se plantó el día en que una anciana le preguntó si alguna vez había pensado en ser sacerdote cuando era un niño. Y aunque el padre Adrián se “rebeló” contra Dios durante su adolescencia, el deseo oculto durante mucho tiempo resurgió cuando era un estudiante de preparatoria, gracias a una novia devota que tenía en ese momento.

Ahora como sacerdote, espera convertirse en un auténtico padre espiritual.

“Por la gracia de Dios, ahora la gente me llamará ‘padre’. ¡Qué gran honor y responsabilidad! expresó. “Es importante que la gente vea en un sacerdote a un amigo y un hermano, pero lo más importante es un padre espiritual que se une a ellos en sus alegrías y sufrimientos, que está cerca. Es un gran misterio que un sacerdote, siendo humano, pueda actuar en la persona de Cristo, especialmente en la Eucaristía.

“Algo que siempre me llamó la atención, incluso cuando era niño, fue lo amoroso que es Dios al elegir a un pecador entre los pecadores para que actúe en su nombre, en su persona”.

Al comenzar esta nueva aventura, espera no retener nada a Dios y entregarse por completo.

“Solo espero rendirme y dar todo de mí mismo. Esa es la oración que he estado repitiendo constantemente: “Señor, por favor, ayúdame a entregarme completamente a ti y a tu rebaño”.

 

Padre Juan Manuel Madrid

Vicario parroquial: Asignado a la parroquia Holy Cross, Thornton y a la Academia Católica Frassati como capellán.

El padre Juan Manuel Madrid nació y creció en Santiago de Chile. Creció en una familia católica muy activa, presenciando la acción de Dios en su vida diaria y creciendo su fe católica desde una edad temprana.

Aunque desde los 5 años sentía un gran deseo de ser sacerdote, todo cambio cuando durante su adolescencia entró en un periodo de rebeldía y su vida dio un nuevo giro. Durante este tiempo, Madrid recuerda haber negado la iglesia, a su familia e incluso a Dios al mismo tiempo que se cuestionaba el sentido de su vida.

“Por varios años me hacia esta pregunta ¿Para qué existo si eventualmente voy a morir?… Aunque intente todo lo que “el mundo” me ofrecía” para ser feliz- diversión, un buen trabajo, carrera, familia, una buena novia, etc.- no era feliz. Mi vida en pecado incluso me llevó a una gran depresión”, recuerda Juan Manuel.

Después de experimentar este vacío e incluso llegar a tener pensamientos suicidas, Madrid se rindió ante Dios y le suplicó que lo ayudara a encontrarse asimismo. Dios no tardó en contestarle y pocos días después escucho una lectura en misa que cambio su vida.

“Porque el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron. Y murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos”. (2 Cor 5,14-15)

“Entendí que estaba muero por dentro, porque hasta entonces solo vivía para mí, cuando lo único que necesitaba para ser feliz era el amor de Cristo. Por lo tanto, desde ese momento decidí quedarme cerca de mi comunidad del Camino Neocatecumenal que me mostró el amor de Cristo y donde descubrí mi vocación como una forma de vivir, no para mí, sino para Cristo que murió por mí”. Expresó a El Pueblo Católico.

Ingresó al Seminario Redemptoris Mater en Chile, y luego fue enviado a Denver como misionero. Después de casi 11 años de formación, en la cual ha aprendido el valor de su comunidad de una manera muy profunda, se siente muy feliz de tomar este paso tan importante.

Mi trayecto hacia convertirme en sacerdote, ha sido una experiencia de descubrir el tremendo amor, Misericordia y paciencia de Dios. Ha habido muchos momentos de duda, confusión y debilidad, pero durante todos esos momentos Dios se ha manifestado de una manera leal y poderosa. No hubiera podido recorrer este camino solo.

 

 

Padre Chris Marbury

Estudios adicionales; Residirá en la parroquia Good Shepherd, Denver

Cuando Chris Marbury era un niño, les dijo a sus padres que cuando creciera, quería encontrar una manera de hacer que las personas vivieran para siempre. En busca de este sueño, en la universidad estudió bioquímica y biología molecular.

Pero el Señor tenía diferentes planes sobre cómo Marbury lograría esto, y el 16 de mayo, fue ordenado sacerdote.

“En la universidad, tuve una experiencia profunda en misa viendo al sacerdote elevar la Eucaristía. Y fue un momento de epifanía [para mí]”, dijo Marbury a El Pueblo Católico. “Esto es lo que he estado buscando toda mi vida. Jesús es el camino hacia la vida eterna, e incluso nos dice: “El que come mi carne y bebe mi sangre tendrá vida eterna”. Hasta ese loco deseo que tenía de pequeño, podría cumplirse a través de esta vocación”.

Marbury creció en Castle Rock, Colorado con sus padres y una hermana menor. Su padre se convirtió al catolicismo un par de años antes de que Marbury naciera. “La fe siempre fue una parte importante de nuestra vida familiar”, expresó Marbury.

Mientras asistía a la Universidad de Colorado en Boulder, Marbury, como muchos jóvenes cuando van a la universidad, luchó contra su fe “de un lado a otro” intentado figurar si todavía tenía las mismas creencias con las que creció.

Sin embargo, poco después se acercó a la parroquia St. Thomas Aquinas en Boulder, participando en un estudio bíblico y en el retiro Buffalo Awakening, que según él, fue un gran punto decisivo en su vida.

“Eso fue un gran momento en el que simplemente recibí la intensidad del amor y la misericordia de Dios”, dijo Marbury. “Recuerdo que al final de ese retiro, recibimos un paquete de cartas que nos habían enviado nuestra familia y amigos. Y recuerdo estar completamente  lleno del amor de mi familia y amigos. Y en ese momento, también experimenté el amor personal de Dios por mí. Y eso me prendió fuego”.

Marbury se graduó de CU-Boulder en 2012 e ingresó al Seminario Teológico de St. John Vianney en 2013. Comenzó sus estudios en Colorado, pero durante los últimos años, ha estado estudiando en Roma, donde su perspectiva de la Iglesia mayor se ha expandido enormemente y ha podido experimentar la universalidad de esto.

“He tenido clases con seminaristas y religiosos e incluso laicos de casi todos los continentes”, dijo. “Incluso en el North American College, [hay] seminaristas de todos los rincones de los Estados Unidos”

A pesar de haber sido ordenado en una catedral casi vacía debido al coronavirus, con solo sus padres y su hermana en las bancas apoyándolo, Marbury encuentra consuelo en el ejemplo de figuras como San Juan Pablo II, que ha sido una inspiración en su vida, y el de los apóstoles.

“Realmente me consoló darme cuenta de que Juan Pablo II fue ordenado en secreto con solo unas pocas personas presentes”, dijo Marbury. “Además, [he estado] reflexionando sobre los apóstoles y su encargo inicial de Jesús y siendo ordenados como una pequeña comunidad”.

Al final, a pesar de que las circunstancias de su ordenación no fueron exactamente lo que él esperaba, Marbury confía en lo bueno que Dios sacará de esto.

“Dios siempre tiene un plan y siempre nos sorprende y nos da mucho más de lo que esperábamos”, dijo. “Aunque este es un momento difícil con mucha incertidumbre, recordando mi vida y todas las gracias y bendiciones que he tenido, incluso en tiempos difíciles, Dios siempre es fiel. Incluso cuando las cosas no se ven como yo esperaba, él siempre sigue apareciendo y parece hacer que las dificultades de mi vida se conviertan en algo más grande de lo que esperaba”.

 

Padre Chris Considine

Vicario parroquial; Asignado a St. Joan of Arc, Arvada

Los hombres ordenados sacerdotes este año fueron ordenados en una catedral prácticamente vacía, sin ninguna celebración que seguir como se haría normalmente. Sin embargo, para el padre Chris Considine, nada de eso importa tanto. Después de todo, él ya es sacerdote.

“De la forma que yo lo veo, es que voy a ser sacerdote para siempre…para siempre “, dijo Considine a El Pueblo Católico. “Todo lo demás es solo el glaseado del pastel y realmente no me molesta tanto”.

Considine nació en Seattle, luego se mudó a Plano, Texas, antes de que su familia finalmente se estableciera en Colorado. Asistió a la Universidad de Colorado Boulder durante dos años antes de discernir su llamado al sacerdocio. Escuchó su llamado durante un retiro con la parroquia de St. Thomas Aquinas en Boulder.

“Simplemente escuché que el Señor me llamó directamente: ‘Oye, creo que serás un sacerdote’”, recordó Considine. “Y luego pasé los siguientes tres o cuatro meses pensando si esto era algo que realmente me haría feliz. Después me di cuenta de que si lo era.

Considine permaneció conectado a la comunidad en St. Thomas Aquinas, donde dice haber crecido en su fe lo suficiente como para sentir la libertad de tomar la decisión de ingresar al seminario.

“Llevo nueve años en el seminario, un tercio de mi vida”, dijo entre risas.

En el camino a su vocación, Considine tuvo algunas figuras cruciales que lo acompañaron y lo ayudaron a formar el sacerdote en el que se ha convertido. Dos hombres, Monseñor Michael Glenn y el Padre Raymond Gawronski, ambos fallecidos en los últimos años, fueron formadores clave de Considine y “enormes pilares en la primera parte de mi vocación”, dijo.

“Después mi otro director espiritual, el padre Dan Barron, me acompañó durante ocho años”, agregó Considine, “y probablemente me conoce mejor que nadie en el mundo”.

También hubo algunos santos que lo ayudaron en el camino: Santa Inés, Nuestra Señora de los Dolores y San Policarpo, cuya fiesta fue la fecha en la que Considine le pidió al Señor, durante la universidad, que le mostrara si en verdad debería ser un sacerdote o no.

La madre de Considine falleció hace unos años, pero su padre estaba en la ordenación, “justo en la primera fila si se lo permiten”, dijo con una sonrisa. Al comenzar su vida como nuevo sacerdote, Considine dijo que está ansioso por sentarse en el confesionario y ayudar a facilitar que las personas vuelvan a la misericordia del Señor.

“Dios desea tanto derramar su misericordia sobre el mundo… y yo puedo ser parte de eso”, dijo. “Puedo ser parte de revivir las almas muertas. Voy a poder absolver los pecados. Puedo celebrar misa. Voy a ser sacerdote de Dios. Estoy feliz de ser sacerdote”.

 

Padre Christian James Mast

Vicario parroquial: Asignado en Our Lady of the Valley en Windsor

Fue mientras bajaba de una montaña, como estudiante en la Universidad Estatal de Colorado, que el padre Christian James Mast le dijo a Dios por primera vez en su vida: “Si me llamas al sacerdocio, estoy listo”.

Sin embargo, lo que hace que su historia sea tan única es que no estaba bajando la montaña solo, un sacerdote lo llevaba cargando. Había sufrido un accidente en medio de una tormenta peligrosa y no podía caminar.

“Cuando estábamos tratando de bajar, se desprendió una gran roca de unos cuatro pies de altura”, dijo el padre Mast. “Cayó sobre mi espalda, aterrizó sobre mi pierna, la aplastó y luego continuó rodando por la montaña”.

El padre John Nepil se le acercó y le preguntó: “¿Confías en mí?”

Después de que el padre Mast respondió que sí confiaba en él, el padre Nepil le preguntó de nuevo con más fervor: “No, ¿realmente confías en mí?”

El padre Nepil lo llevó durante horas bajando la montaña, y el entonces estudiante universitario comenzó a discernir el sacerdocio.

El nativo de Loveland ahora reflexiona sobre todos los años de formación en el seminario y está profundamente agradecido por ellos. Una fruta visible es que lo han ayudado a interpretar situaciones como la pandemia actual bajo una luz diferente.

“Todo lo del coronavirus ha dejado una marca en cómo se verá nuestro sacerdocio, en cierto modo hay mucha providencia”, dijo. “Una de las preguntas que a menudo nos hacen es: ‘¿Estás listo?’… Pero solo hay un sacerdote perfecto y entramos en su sacerdocio. Entonces, la sensación mixta de “no estoy listo” probablemente no sea un mal lugar para estar. Dios proveerá, él siempre aparece. Justo después de la ordenación, él siempre está listo para trabajar contigo.

“Una cosa sobre los sacerdotes fructíferos es que no se puede tener autosuficiencia, y eso me ha traído mucha paz”.

Además de esperar celebrar la misa y el sacramento de la confesión, el Padre Mast está entusiasmado por vivir la vida parroquial, recordando su gran experiencia en la Parroquia St. Thomas More, donde sirvió como diácono.

“Hubo momentos durante la semana en que todavía tenía tareas escolares, pero quería permanecer en la parroquia, amo esa vida y amo estar con la gente”, dijo.

Tampoco negó que el sacramento de la Reconciliación lo ponga un poco nervioso, aunque no considera que eso sea algo malo.

“Creo que es normal porque estás actuando en persona de Cristo; Es una cosa muy grande. Es un sacramento que requiere mucha prudencia y realmente no se puede ensayar para eso”, dijo.

Sin embargo, le da paz pensar que el sacramento es algo que Dios delega al sacerdote.

“La realidad es que Dios proveerá gracias que nos son desconocidas. Hay un temor que es bueno y santo”.

 

Próximamente: Una profesión a puerta cerrada: “Dios me pidió desprenderme de todo”

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Estaba postrada frente al altar con su vestido blanco, pero no en la iglesia que había soñado ni del modo que ella había imaginado. Aun así, después de tantos años de espera e innumerables noches de oscuridad, Lara estaba a punto de realizar el sueño más profundo de su corazón: entregarse a Jesús por toda la eternidad.

Fue así como Lara Montoya hizo su profesión perpetua en la Fraternidad Mariana de la Reconciliación el pasado 31 de mayo, Domingo de Pentecostés: en una humilde capillita en Perú y con pocas hermanas de comunidad presentes debido a las restricciones por la pandemia del coronavirus.

La nueva profesa -que en sus años de formación ejerció varios oficios apostólicos en Denver, incluyendo 10 años como periodista en El Pueblo Católico-, siempre imaginó que se entregaría completamente a Jesús en una bella catedral, ante la presencia de sus familiares, amigos y el obispo local, por ser ese un día tan especial. Sin embargo, Dios tenía otros planes, y la llevó por un camino de desprendimiento que le ayudaría a entregarse completamente a él y experimentar cómo Dios siempre cumple sus promesas.

Lara Montoya, quien del 2005 al 2015 ejerció como periodista en El Pueblo Católico, hizo su profesión perpetua en la Fraternidad Mariana de la Reconciliación el pasado 31 de mayo en Perú. (Foto provista)

El primer desprendimiento con relación a su profesión perpetua llegó a solo tres semanas de esta. “Se me heló el corazón”, afirmó Lara al escuchar que Perú había ordenado el confinamiento por el coronavirus. “Una de las cosas que siempre le pedía era que mis papás estuvieran presentes, y eso significaba que quizá mis papás no podrían venir.”

A los pocos días se anunció el cierre de los aeropuertos, lo que confirmó su temor, y al poco tiempo se le comunicó que tendría que celebrarse con muy poca gente: habría que elegir a solo 20 personas. Así llegó el segundo desprendimiento, pues ella siempre había soñado hacer su profesión rodeada de todos sus seres queridos.

Aunque era doloroso aplazar este evento que había esperado con ansias por tantos años, un rayo de esperanza de poder tener a su familia presente aparecería brevemente cuando le avisaron que su profesión tendría que esperar. No obstante, la situación no mejoraba, lo que al final la llevó a hacer su profesión en la humilde capilla del pueblo donde vive con su comunidad, sin el obispo y sin familiares o amigos. Ese fue el tercer gran desprendimiento que Jesús le pidió antes de su profesión.

Debido a la pandemia del coronavirus, Lara tuvo que hacer su profesión perpetua en la humilde capilla del pueblo donde vive con su comunidad. (Foto provista)

“Cuando esto pasó me quedé solita y dije: ‘Señor, ¿qué quieres de mí? ¿Por qué has permitido que esto se prolongue tanto? ¿Qué estás haciendo en mi corazón?”

Fue entonces que recordó un sueño que tuvo años atrás cuando contemplaba pedir la profesión perpetua por primera vez. Este sueño profético le ayudaría a ver todo lo acontecido desde la Divina Providencia.

Un sueño con Cristo

“Soñé que escribía mi carta a la superiora para pedir la profesión perpetua, y ella me decía: ‘Sí, pero la harás en tres días’. Y yo decía: ‘¡Qué hago!’ No tenía ni iglesia, ni vestido, ni anillo, nada”, recordó Lara. Entonces tuvo que conseguir a otro sacerdote y hacerla en la pequeña iglesia de su pueblo natal. Por si fuera poco, en su sueño nadie asistió a la ceremonia; después de la profesión no había una sola persona para felicitarla.

“Yo estaba sola en una esquina de una iglesia sencilla y estaba triste. En eso se me acercó el Señor y me preguntó con mucha ternura: ‘Lara, ¿por qué estás tan triste?’ Yo empecé a quejarme: ‘Mira esta iglesia sencilla, no tengo vestido, no hay obispo, no hay nadie; este día es tan horrible…’ Entonces él me miró y me dijo solamente esto que atravesó mi alma hasta el día de hoy: ‘¿Por qué estás haciendo esto, por todas estas cosas o por mí?’”.

Lara aseguró que todos los contratiempos y dificultades que experimentó an su camino hacia la profesión perpetua le mostraron que Dios siempre escucha las súplicas de su pueblo. (Foto provista)

Al despertar, Lara se dio cuenta de que no estaba lista para hacer su profesión perpetua: “Me importaban mucho esas cosas”, aseguró, “y a mí siempre me ha dado mucho miedo no darle un corazón puro a Jesús”. Pero nunca se imaginó que ese sueño de muchas maneras se convertiría en realidad. Sus largos años de espera hasta finalmente poder hacer su profesión perpetua y las largas noches de sufrimiento por enfermedad y muchas otras razones la llevarían por un camino de “desprendimiento tras desprendimiento”, hasta dejarla solo con los más profundo y esencial en el día de su profesión: el deseo de comunión con Jesús.

“El corazón es como una cebolla y conforme vas pelando la cebolla, vas entrando cada vez más a lo que esconde las huellas de divinidad en tu alma. El Señor me obligó a pelar la cebolla,” dijo Lara con una sonrisa. “Así me fui quedando con lo más hondo, y eso quedó al desnudo”.

El gran día

Así se presentó Lara el día de su profesión: con la inmensa alegría de al final hacer su sueño realidad, de unir su corazón al de Cristo, realidad que se manifestó en su deslumbrante sonrisa.

A pesar de haberse realizado en una humilde capilla y sin la presencia de sus familiares, para Lara lo más esencial era entregarse completamente a Jesús. (Foto provista)

“En el día de mi profesión perpetua todo se ha aclarado; la luz del Espíritu Santo me ha permitido leer mi recorrido vocacional con una nueva perspectiva,” aseguró Lara. “Ese día entendí el gran ‘para qué’: ¿para qué tan larga espera que comprendió un largo costo de sufrimiento, no solo por la espera, sino porque en ese tiempo de espera todo se puso a prueba?”

“Y esto es lo que pienso: el gozo que sentí en ese día fue tan, pero tan profundo y enorme que creo que no lo hubiera sentido de ese modo si antes no hubiera saboreado las aristas más amargas de mi vocación”.

Por ello en el discurso después de su profesión pudo decir: “Hoy siento que el Señor ha cumplido todas sus promesas… El Señor cumple tus sueños y hoy a cumplido los míos de una manera muy misteriosa.”

Jesús la llevo de “desprendimiento en desprendimiento” hasta que lo único que quedó fue su verdadero deseo de comunión con Cristo. (Foto provista)

No era un día soleado, como ella había pedido, pero aún así el verdadero sol que es Jesús “ardía” en su pecho. No estaban sus padres, familiares y amigos, pero aún así habían visto la ceremonia “en primera fila”, junto a más de mil personas de diversas partes del mundo que se unieron a la transmisión en vivo, y a las que Lara dirigió unas palabras de agradecimiento, incluyendo a las personas de Denver que recuerda con tanto afecto.

“Señor, cómo deseo ser un libro abierto… un libro que cante tus maravillas, un libro que esté a disposición de los demás”, concluyó Lara, refiriéndose a la historia de su vida. “Que quien desee pueda acercarse a leer tus maravillas y cantarte también himnos de alabanza, porque inmensa es tu misericordia”.

Lara agradeció a todas las personas que han marcado su vida, incluyendo a las personas de Denver, a quienes recuerda con un cariño especial. (Foto provista)

De esta manera, con el anhelo de unirse definitivamente a su Amado después de esta vida, Lara se dio cuenta de que en medio de tantas pruebas Cristo la había transformado para ese día de su profesión, en el que lo más esencial estuvo presente: Jesús mismo y su ardiente deseo de entregarse completamente a él.