¿Cristo descendió a los infiernos?

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En el Credo de los Apóstoles recitamos: “Cristo descendió a los infiernos”. Al acercarse la celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo queremos explicar este punto de una oración que presenta de manera sintética las verdades de fe en que creemos los católicos.

Como punto de partida aclaremos que aquí la expresión “infiernos” no significa el infierno, el estado de condena, sino la morada de los muertos, que en hebreo se decía Seol y en griego Hades (cf. Hch. 2, 31). Allí iban las almas de todos aquellos que murieron antes de Jesús, quien abrió las puertas del cielo con su resurrección tomando así a los justos, es decir aquellos que habían vivido conformes con la voluntad de Dios.

Pero ¿dónde dice en la Biblia que Cristo descendió a los infiernos? Son varios los textos del Nuevo Testamento de los que se deriva esta fórmula. El primero se encuentra en el discurso de Pentecostés del Apóstol Pedro quien, refiriéndose al Salmo 16, afirma que el profeta David “vio a lo lejos y habló de la resurrección de Cristo, que ni fue abandonado en el Hades ni su carne experimentó la corrupción” (Hch. 2, 31). Un significado parecido tiene la pregunta que hace el Apóstol Pablo en la Carta a los Romanos: “¿Quién bajará al abismo?” (Rom. 10, 7).

También en la Carta a los Efesios hay un texto que — en relación con un versículo del Salmo 68: “Subiendo a la altura ha llevado cautivos y ha distribuido dones a los hombres” (Sal 68, 19) — plantea una pregunta significativa: “¿Qué quiere decir ‘subió’ sino que antes bajó a las regiones inferiores de la tierra? Este que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos, para llenarlo todo” (Ef. 4, 8-10). De esta manera el autor parece vincular el “descenso” de Cristo al abismo (entre los muertos), del que habla la Carta a los Romanos, con su ascensión al Padre, que da comienzo a la “realización” de todo en Dios al final de los tiempos.

Esto nos dice el libro del Apocalipsis: “Yo soy el primero y el último, el que vive. Estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la Muerte y del Hades” (Ap. 1, 17-18).

El artículo del Credo “descendió a los infiernos” tiene su fundamento en las afirmaciones del Nuevo Testamento sobre el descenso de Cristo, tras la muerte en la cruz, al “país de la muerte”, al “lugar de los muertos”, que en el lenguaje del Antiguo Testamento se llamaba “abismo”.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que quienes se encontraban en el Seol estaban privados de la visión de Dios: “Después de morir nadie te recuerda y en el Seol ¿quién te alabará?” (Sal 6, 6;)”. Todos los que morían estaban a la espera del redentor: “¿Podrá alguien vivir sin ver la muerte? ¿quién escapará a las garras del Seol?” (Sal 88, 49). Esto no quiere decir que su suerte sea idéntica como lo enseña Jesús en la parábola del pobre Lázaro (cf. Lc. 16, 22-26) recibido en el “seno de Abrahán”. Esta expresión judaica responde a la expresión bíblica “reunirse con sus padres”, que quiere decir con los patriarcas en el banquete mesiánico. “Son precisamente estas almas santas, que esperaban a su libertador en el seno de Abrahán, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos”. Jesús no bajó a los infiernos para liberar a los condenados ni para destruir el infierno de la condenación, sino para liberar a los justos que le habían precedido y que hoy gozan de la gloria eterna junto con los justos que murieron después de Cristo. Los condenados pues, fueron y siguen yendo hoy al infierno.

El descenso a los infiernos es el pleno cumplimiento del anuncio evangélico de la salvación. Es la última fase de la misión mesiánica de Jesús, fase que duró solo tres días, pero que fue inmensamente amplia en su significado real de extensión de la obra redentora a todos los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares porque todos los que se salvan se hacen partícipes de la redención.

Fuente: Catecismo de la Iglesia Católica.

Próximamente: Por un “Halloween” católico y sin fundamentalismos

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Por el padre Ángel Pérez-López, PhD, STL

El padre Ángel Pérez-López es párroco de St. Cajetan en Denver y es profesor de filosofía y moral en el seminario St. John Vianney. Tiene un doctorado en filosofía y un posgrado en teología moral de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma.

Pregunta de nuestra lectora Aimeé L.: “El Pueblo Católico, ¿nos podrían decir qué dice la Iglesia Católica sobre el Halloween? Porque parece que mucha gente tiene malentendidos. Personalmente celebro, siendo católica… pero si estoy mal me gustaría saberlo”.

La palabra “Halloween” es una contracción de la expresión all hallows eve”, literalmente, “la víspera de todos los santos”. Se trata de una fiesta profundamente católica. Debemos redescubrirla. No caigamos ni en el fundamentalismo que se le opone sin reservas, ni tampoco en la trampa de la comercialización secularizante, que desviste esta fiesta de sus orígenes religiosos y la dota de un significado neopagano.

La cultura celta tenía una fiesta llamada Samhain, literalmente, “fin del verano”. Celebraba el final de las cosechas y el principio del invierno, cuando muchas personas morían a causa del frío. No obstante, Halloween tiene su origen católico hace más de mil trescientos años en la vigilia de la fiesta de todos los santos. Fue instituida por el papa Gregorio III cuando dedicó a todos los santos una capilla en la Basílica de San Pedro en el siglo octavo. Un siglo después, el papa Gregorio IV declaró la fiesta como día de obligación. Además, adoptó la tradición de los católicos germanos y cambió la fecha de mayo a noviembre. Así, la vigilia de esta fiesta pasó al último día de octubre, esto es, a la fecha de nuestro actual Halloween. Ninguno de estos Papas parece haber conocido el Samhain, que dejó de celebrarse antes de que la fiesta de todos los santos fuera instituida, cuando los pueblos célticos se convirtieron al catolicismo.

Coco y el recuerdo de los seres que ya partieron

Ahora bien, ¿es posible que algunos elementos de esta fiesta celta sobrevivan todavía hoy?¡Claro que sí!¡También sobrevivió el árbol de Navidad! Este árbol es una tradición de origen germánico que hemos adoptado en el catolicismo sin que sus paganos orígenes la hagan moralmente mala.

En los Estados Unidos, los puritanos prohibieron y se opusieron a Halloween radicalmente y sin reservas. En cambio, los emigrantes católicos, de origen alemán e irlandés, mantuvieron viva la tradición, pero fusionando algunos elementos de esta fiesta con la de los fieles difuntos. Así, hacían pasteles en Halloween y los niños iban de casa en casa “mendigando” estos pasteles a cambio de ofrecer oraciones por los seres queridos y fallecidos de los benefactores.

Históricamente, la actitud puritana y protestante en contra de Halloween se mezcló con sentimientos anticatólicos en el país. Solo la comercialización de la fiesta consiguió solventar esta tendencia persecutoria. Esta comercialización trajo consigo un fenómeno similar a lo ocurrido con la Navidad. En el caso de Halloween, implicó un olvido de Dios y de los santos como centro de la fiesta. A esta pérdida de sentido religioso, se le une la cantidad de películas de horror que fantasean e intentan dotarla de contenido neopagano, tétrico y ocultista.

Como católicos, no podemos caer en el error de los fundamentalistas y despreciar una tradición netamente católica, simplemente, porque su comercialización la ha vaciado de su verdadero contenido y la ha transformado en una posible ocasión para lo tétrico y oscuro del neopaganismo. No despreciamos la Navidad, sino que luchamos por mantener vivo su verdadero significado. Hagamos lo mismo con Halloween. No es la fiesta del demonio. No hace falta cristianizar, o cambiar de nombre, una fiesta que ya es católica de suyo. Por tanto, se puede celebrar Halloween teniendo presentes sus orígenes y evitando errores como la superstición, la brujería o la glorificación del mal.

Podemos tomar ocasión de esta fiesta para enseñar a nuestros hijos a celebrarla sin fundamentalismos y de una manera católica, al mismo tiempo que éstos se divierten, sin pecar y sin caer en el neopaganismo.

La superstición es un exceso y perversión de la religión (véase Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2110) del que tenemos que purificar la fiesta que venimos explicando. Por ejemplo, algunos emigrantes irlandeses dotaron a Halloween de un contenido supersticioso y contrario a la fe al fusionarla con una fiesta que ellos se inventaron: “el día de todos los condenados”. Temían que algo malo les ocurriría si no celebraban también a los condenados y estos se sentían excluidos. Un Halloween católico y sin fundamentalismos no puede caer en un error como este; y, como sabemos, nuestra comunidad hispana no es ajena al problema de la superstición. A veces, también caemos en este error “cuando se atribuye una importancia, de algún modo, mágica a ciertas prácticas, por otra parte, legítimas o necesarias” (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2111).

Un Halloween católico tampoco puede promocionar la brujería. No existe la magia buena y la magia mala. Toda magia atenta contra Dios, entraña una rebelión contra Él y un intento de suplantar su lugar: “todas las prácticas de magia o de hechicería mediante las que se pretende domesticar potencias ocultas para ponerlas a su servicio y obtener un poder sobrenatural sobre el prójimo —aunque sea para procurar la salud—, son gravemente contrarias a la virtud de la religión” (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2117).

No a la lectura de cartas, espiritismo o supersticiones

Celebremos Halloween sin olvidarnos de Dios y de los santos. Los padres de los niños son los que tienen que tomar las decisiones concretas de cómo educar a sus hijos atendiendo a las circunstancias de su vecindario. No obstante, siempre y cuando se evite la ocasión de la superstición, la brujería o la glorificación del mal; que un niño se disfrace y pida caramelos, en mi opinión, no conlleva necesariamente, o de suyo, ningún mal moral. No caigamos en la superstición. No atribuyamos importancia mágica a una práctica legítima. Podemos tomar ocasión de esta fiesta para enseñar a nuestros hijos a celebrarla sin fundamentalismos y de una manera católica, al mismo tiempo que éstos se divierten, sin pecar y sin caer en el neopaganismo.

 

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