Cuando el dolor une lo que la geografía separa

A un mes de la tragedia del Chapecoense

Escritor Invitado

Por: Georgie Echeverri.

Colaboración especial desde Río de Janeiro

Es muy común escuchar de cualquier brasileño definirse a sí mismo como guerreiro, entre otras características que harían parte de esa construcción cultural llamada “brasilidad” (la alegría, por ejemplo). La afirmación no sorprende; es más, explica el porqué santos como San Jorge (Ogum o el santo guerrero en las religiones afrobrasileñas como el candomblé y la umbanda) está presente en la religiosidad popular: “Glorioso São Jorge, em nome de Deus, estenda-me o seu escudo e as suas poderosas armas, defendendo-me com a sua força e com a sua grandeza, e que debaixo das patas de seu fiel ginete meus inimigos fiquem humildes e submissos a vós. Assim seja com o poder de Deus, de Jesus e da falange do Divino Espírito Santo. São Jorge, rogai por nós. Amém
Y es que realmente se necesita ser guerreiro para vivir en el Brasil, en medio de tantas contradicciones, sin caer en la desesperanza. Un día, usted puede levantarse y ver que la presidenta, elegida por voto popular, fue destituida sin haber cometido delito alguno, con la anuencia del gran poder económico y mediático del país. Meses después, al leer un periódico, se puede enterar de que el valor de una sola joya comprada con dineros públicos por el gobernador de Río de Janeiro para su señora esposa (ambos presos hoy por corrupción) equivale al dinero que el Estado necesita para la manutención de un parque-biblioteca de la ciudad (el cierre de estos centros de cultura, copiados del modelo Medellín, parece inminente en 2017 por “falta de recursos”). Y a eso, súmele que los funcionarios públicos no reciben sueldo hace meses y si lo hacen es por cuotas, porque el Estado está en bancarrota.
La lista de sucesos desalentadores podría continuar y la armadura del guerreiro brasileño estaría lista para contrarrestar cualquier golpe bajo. Pero lo que pasó el 28 de noviembre, con el accidente del avión que cubría la ruta Santa Cruz de la Sierra (Bolivia)-Rionegro (Antioquia-Colombia) era un evento trágico sin precedentes, que derritió esa armadura, comparable con el knock-out de un boxeador cuasi exánime en la lona, que se yergue y en segundos es derribado por su adversario.
En instantes y por aparente negligencia, se perdieron 71 vidas humanas, entre miembros de la Asociación Chapecoense de Fútbol, periodistas deportivos, acompañantes y miembros de la tripulación. Milagrosamente se salvaron dos miembros de la tripulación boliviana, un periodista y tres futbolistas brasileños: Alan Ruschel, Hélio Neto y Jakson Follman.
La armadura se derritió. El sentimiento de dolor e impotencia frente a la tragedia se apoderó de todas los brasileños que veían atónitos cómo los sueños de un equipo de fútbol, que venía de las divisiones inferiores y que disputaría la final de una Copa Suramericana con un equipo internacionalmente conocido como el Atlético Nacional, habían quedado retorcidos entre los destrozos de un avión que cayó pocos minutos antes de llegar al aeropuerto José María Córdova, a una hora de Medellín, en Colombia.
El dolor fue mayor, sin duda, porque se trataba de un equipo de fútbol, que es el deporte emblemático del Brasil. Hasta entonces, sólo quienes seguían el campeonato de fútbol local sabían que el Chapecoense existía. Y es que en un país de dimensiones continentales (casi ocho veces el tamaño de Colombia) poco se sabía de una ciudad pequeña, llamada Chapecó, en el interior del estado de Santa Catarina (región Sur del Brasil). Comenzaron a circular mensajes de dolor en las redes sociales y no faltó quien pidiera que el 2016, año bisiesto, se acabara pronto. No podía ser peor…
Pero la tragedia, en el lado colombiano, además de una tristeza profunda, despertó una movilización enorme, para garantizar que las familias de las víctimas fueran atendidas con prontitud y que los cuerpos pudieran ser repatriados sin dilaciones. Comenzaron a llegar a mi whatsapp mensajes de amigos colombianos pidiendo contactos de personas que hablasen portugués fluido para recibir a las familias. Fue una convocatoria que en cuestión de horas ya había surtido un efecto positivo y no por mí, sino por decenas y decenas de personas que estuvieron dispuestas a ayudar en el aeropuerto, los hospitales y las funerarias.
Recuerdo que muchos amigos brasileños me escribían al ver mi publicación en el Facebook y hubo un mensaje de un amigo, Alexander Musser, que me hizo llorar: “você é um ser único…humano. Todos nós estamos muito tristes mas sua atitude faz e fará com que as pessoas se confortem um pouco mais!!! Parabéns por ser quem você é!!!”. Ese mensaje me cuestionó porque lo que estaba haciendo desde Río de Janeiro era lo mínimo que podíamos hacer todos los colombianos que vivimos aquí: intentar ayudar.
Pero el hecho que marcó a todos los brasileños cuyos textos leí o con los que tuve la oportunidad de conversar fue el homenaje que la ciudad de Medellín les rindió al Chapecoense y a todas las víctimas del accidente aéreo en el estadio Atanasio Girardot, el 30 de noviembre en la noche. Convocados por el alcalde Federico Gutiérrez para que asistiesen vestidos de blanco y con una vela, las imágenes eran multitudinarias y generaron un impacto positivo en los brasileños, muchos acostumbrados a asociar a Medellín con Pablo Escobar (especialmente a partir de la serie Narcos de Netflix).
“Que bela cerimônia e homenagem seus conterrâneos ofereceram. Que belo abraço a todos nessa perda”, escribió Verônica Braga. “Que povo belo! Belíssima homenagem da Colômbia”, publicó Marianne Malini. “Las corrientes (…) son alimentadas por el sentimiento del amor, la compasión y la solidaridad. Sin embargo, lo que ustedes han hecho ayer fue dar a estas palabras y sentimientos un significado mucho mayor, mucho mejor y más bonito”, escribió en español la periodista deportiva brasileña Ariane Ferreira en carta abierta al pueblo colombiano.
En medio de estas expresiones de agradecimiento hubo una que llamó mi atención, al día siguiente del homenaje registrado en los medios brasileños. Estaba en un corredor del 10o piso de la Universidad do Estado do Rio de Janeiro (UERJ) y vi que venía en mi dirección un joven que no conocía, vistiendo la camiseta de la selección Colombia. Lo primero que pensé era que se trataba de otro colombiano que estaba visitando o estudiando en mi universidad. Al acercármele y saludarle en español vi que esa no era su lengua. Nos presentamos y me dijo que había intercambiado esa camiseta con un colombiano que había venido al Mundial de Fútbol 2014 y que había decidido vestirla como homenaje a un país que había tenido un gesto de grandeza. Imposible negar la emoción que generan unas palabras como las de João Brandão, estudiante de primer año de Comunicación Social, dijo en ese momento. Dos países hermanos, vecinos pero distantes cultural y geográficamente, unidos por el dolor, por el amor a la vida.

*Periodista colombiano. Estudiante de doctorado en Psicología Social (UERJ)

 

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‘¡Ay de mí, si no predico el Evangelio!’

En su décimo aniversario, escuela de evangelización sigue formando discípulos misioneros en Denver

Vladimir Mauricio-Perez

Durante más de diez años, la Escuela de Evangelización San Pablo de Denver no solo ha buscado que las personas tengan una experiencia bonita de Dios, sino que lo sigan con radicalidad en su vida diaria y que compartan con otros el gran don que han recibido: que se conviertan en auténticos discípulos y predicadores.

Bajo la inspiración y el patronazgo de San Pablo, la escuela ha tomado como lema su frase: “¡Ay de mí, si no predico el Evangelio!” (1 Cor 9,16), expresando el celo por llevar a Dios a los demás que nace tras un encuentro con él.

“El objetivo principal de la escuela de evangelización es formar evangelizadores y formadores de evangelizadores: enseñar a enseñar,” dice Abram León, coordinador de movimientos eclesiales laicales de la Arquidiócesis de Denver y director de la Escuela de Evangelización San Pablo por los últimos diez años. “Todos los miembros han tenido un encuentro personal con Cristo que los hace tener un celo admirable para llevar a Jesús a los demás”.

La misión de la escuela ha consistido en formar escuelas de evangelización en cada parroquia para que estas impartan los propios cursos de seguimiento. Ahora hay 13 Escuelas de Evangelización San Pablo en 13 parroquias distintas, con alrededor de 17 miembros en cada una.

“Los buenos testimonios de sacerdotes al ver el impacto en las personas de su parroquia y los grandes frutos: esta es la alegría más grande de los discípulos evangelizadores que salimos de nuestra zona de confort para predicar,” dice Abram.

“El fruto mayor que yo he visto ha sido cómo las personas a las que hemos llevado la Palabra han hecho comunidad,” dice Rigo Escamilla, feligrés de la parroquia St. Anthony of Padua y de la escuela de evangelización desde hace diez años. “He visto en el transcurso de este tiempo la transformación de muchísimas personas, el encuentro con Dios de tantos que no sabían de Él. Y después he visto cómo se han ido entregando en el servicio dentro del templo, en la alabanza o en la catequesis”.

Los orígenes de este método de llevar el Evangelio se encuentran en la llamada del Papa San Juan Pablo II en los años 80 a una nueva evangelización, “Nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión”.

La unión de tres líderes católicos abriría el camino para un método de enseñanza kerigmático, carismático y comunitario: el padre Emiliano Tardif, el padre Ricardo Argañaraz y el laico José “Pepe” Prado. En otras palabras, se buscaba trasmitir el auténtico mensaje del Evangelio de una manera dinámica que llegara lo más profundo del corazón.

La primera escuela de evangelización llamada “San Andrés” comenzó en Guadalajara, Méx. y después se esparció a diferentes lugares de los Estados Unidos, incluyendo Denver, donde ha dado grandes frutos y radica bajo el Movimiento de Renovación Carismática con el nombre “San Pablo”.

Un fuego ardiente

“La entrega de los miembros es admirable porque lo hacen sin esperar recompensa, sino por amor a Cristo y a la Iglesia”, dice Abram.

Pero ¿de dónde nace tal entrega y ardor que los lleva a predicar a “tiempo y a destiempo”? Nace precisamente del encuentro que han tenido con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y de la transformación que han experimentado en sus propias vidas al formar parte de la escuela de evangelización.

“Una de las cosas que me ha ayudado de haber ingresado a la escuela fue un cambio grande y radical en mi vida espiritual. Yo no tenía nada de conocimiento de la vida espiritual”, comparte Rigo. “Me he enamorado de la relación con Dios. He encontrado el verdadero sentido de mi vida. Para mí la escuela de evangelización ha sido una maestra que me ha formado y dado la capacidad para enfrentar mi vida diaria.”

Abram igualmente dice tenerle mucho que agradecer a la escuela: “Me ayudó a encontrarme más profundamente con Dios, a ver el magisterio de la Iglesia y los sacramentos como una fuente de vida y santificación”, comparte el líder. “En sus cursos me enamoré de la palabra, de la comunidad, conocí a Jesús como Maestro y me dio la pasión y el celo por salir a anunciar a otros que Jesús está vivo”.

“Si algo le tengo que agradecer es que me ha ayudado a ser discípulo de Cristo, a ser misionero y no tener miedo a salir de mi casa, de mi iglesia, de mi diócesis a llevar a Cristo a otros,” dice Abram.

El obispo auxiliar de Denver monseñor Jorge Rodríguez celebró el pasado 29 de junio una misa por el X aniversario de la escuela en la que reconoció su gran esfuerzo por llevar la palabra de Dios a otras parroquias y los alentó a llevar ese mensaje en todas las áreas de su vida y a discernir el futuro de esta misión.

“Ahora les toca discernir con oración para ver por dónde los está llevando el Señor, poner todo en la misión y que crezca esta escuela de evangelización, que haya más escuelas de evangelización y que lleven su mensaje a más gente para la gloria de nuestro Señor”, concluyó el prelado.