Día de Todos los Santos: 6 fieles católicos camino a la santidad

Rocio Madera

El Día de Todos los Santos marca la ocasión perfecta para recordar a todos aquellos en el cielo que interceden por nosotros aquí en la tierra. La Comunión de los Santos es amplia y está formada por personas comunes que vivieron una vida ejemplar al servicio del Señor.

Sin embargo, esta gran fiesta también es una oportunidad para aprender más sobre esos fieles católicos que son casi santos; aquellos que han sido declarados venerables o beatos pero que la Iglesia no ha considerado santos del todo. Actualmente, la Iglesia reconoce a cientos de fieles como venerables o beatos, lo que significa que todavía hay cientos de santos, y tal vez incluso muchos más, en espera de ser proclamados como tales.

Aquí hay seis fieles católicos declarados venerables o beatos en los últimos años cuyas increíbles historias son tan inspiradoras como diversas.

Beato Michael McGivney

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El Beato Michel McGivney nació en Waterbury, Connecticut en 1852. Desde muy joven sintió el llamado de Dios a convertirse en sacerdote, al igual que dos de sus hermanos. En 1877, fue ordenado y asignado a la iglesia de St. Mary, la primera iglesia católica en New Haven. El padre McGivney enfrentó muchos desafíos en esta parroquia, incluyendo la hostilidad hacia los católicos, mientras se esforzaba por evitar que esto debilitara la fe de su pueblo.

En 1882, el padre Michael McGivney fundó Los Caballeros de Colón con la intención de brindar protección financiera a familias que sufrían la muerte del sostén de la familia, algo que él mismo tuvo que enfrentar cuando su padre murió en 1873. Con esta nueva organización, también pretendía evitar que los católicos optaran por sociedades secretas anticatólicas que ofrecían recursos cuando se encontraban en necesidad, pero los alejaban de su fe. El padre McGivney fue un sacerdote admirable que construyó fuertes lazos con los feligreses, se preocupó por su bienestar y espiritualidad.

En 1890, el padre McGivney se vio afectado por una neumonía grave. A pesar de buscar diferentes tratamientos y remedios, murió dos días después de cumplir 38 años el 14 de agosto de ese mismo año, justo cuando su nueva orden avanzaba hacia una nueva vitalidad. Su arduo trabajo e inspiración hicieron que se ganara la lealtad y el afecto de las miles de personas que lo conocieron como el fundador de los Caballeros de Colón. Desde su inauguración, la organización ha fortalecido a los católicos en su fe en todo el mundo y les ha ofrecido alternativas para una mayor seguridad financiera.

Los Caballeros de Colón es actualmente una de las organizaciones de servicios laicos más grandes del mundo con más de 2 millones de miembros y dona millones de dólares a varias organizaciones benéficas de la iglesia.

 

Beato Carlo Acutis

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Carlo Acutis, un joven que murió a los 15 años y cuyo cuerpo permanece incorrupto, podría ser el primer millennial en convertirse en santo.

El beato Carlo Acutis nació en 1991 en Londres, Inglaterra, y murió el 12 de octubre de 2006 debido a una leucemia muy agresiva, la leucemia mieloide aguda. Carlo es conocido por su trabajo evangélico en el internet, que comenzó apenas un año antes de su muerte.

Desde muy joven hablaba con Dios y mostró su interés por todo lo relacionado con la Iglesia, los santos y el Evangelio. Carlo vivió su corta vida al pendiente de los demás, especialmente de los más vulnerables y necesitados. Usó sus primeros ahorros para comprar un saco de dormir para un vagabundo que veía a menudo de camino a Misa. Aunque ninguno de sus padres era religioso, demostró su amor por Dios a una edad temprana. Nunca pasaba por una iglesia sin entrar a “saludar a Jesús”. Como resultado, Carlo comenzó a evangelizar a sus padres, lo que los llevó a la conversión. A petición suya, Carlo recibió su Primera Comunión a los 7 años de edad en un convento local. La verdadera pasión de Carlo era la Eucaristía, “La Eucaristía es mi camino al cielo”, decía.

A sus 11 años, Carlo comenzó a investigar los milagros eucarísticos que han ocurrido en la historia. Usó sus habilidades y talentos informáticos para crear un sitio web que trazó esa historia. Durante su adolescencia, pasó la mayor parte de su tiempo ayudando a personas sin hogar y como voluntario en comedores populares.

Tras ser diagnosticado con leucemia, la reacción de Carlo fue muy tranquila y ofreció sus sufrimientos a Dios por el Papa y la Iglesia.

“Ofrezco al Señor los sufrimientos que tendré que padecer por el Papa y por la Iglesia, para no tener que estar en el Purgatorio y poder ir directo al cielo”.

Murió poco después.

Su funeral estuvo lleno de personas sin hogar y pobres a las que había ayudado durante su corta vida, demostrando su generosidad y amor por el prójimo.

En 2018, el papa Francisco lo declaró venerable y su beatificación tuvo lugar el 10 de octubre de 2020. Después de 14 años de ser enterrado, el cuerpo de Carlo fue exhumado y aunque fue sometido a un trabajo de reconstrucción facial y vestido con un atuendo diferente, su cuerpo estaba casi intacto con todos sus órganos aún presentes.

A Carlo se le atribuye la curación milagrosa de un niño brasileño con una enfermedad irreversible que se curó después de tocar una reliquia suya.

 

Beata María Luigia del Santísimo Sacramento

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A pesar de su grandeza y esplendor, la beata María Velotti es una figura que muy pocos conocen pero que se caracterizó por ser la humilde y reservada fundadora de las Hermanas Franciscanas Adoratrices de la Santa Cruz.

Nacida en Soccavo, Italia, en 1826, María Velotti comenzó su sufrimiento cuando sus padres murieron cuando ella tenía solo cuatro años. La infancia de María estuvo marcada por el abuso de su tía con quien se fue a vivir, pero que se oponía a la devoción y al llamado de María a la vida religiosa. Los domingos, su tía la castigaba escondiendo sus zapatos, por lo que se veía obligada a ir descalza a misa. El trato que María recibió con su tía se convirtió en un sentido de obediencia y respeto, así como en una percepción especial del sufrimiento de los demás.

Años después, María fue adoptada por una pareja que no tenía hijos, algo que finalmente le permitió dedicar su tiempo al Señor y sin distracciones.

En 1853, después de un intenso camino espiritual y una vida contemplativa, María ingresó en la Tercera Orden de San Francisco de Asís y se convirtió en Terciaria Franciscana tomando el nombre de María Luigia del Santísimo Sacramento. María fue perfeccionada en el camino de la pobreza y la humildad, y fue favorecida por dones místicos únicos de unión con la Pasión del Señor.

En 1878, junto con otras mujeres jóvenes, fundó las Hermanas Franciscanas Adoratrices de la Santa Cruz, con el objetivo de educar a las niñas y promover el papel de la mujer en esos tiempos. También se dedicó a diversas iniciativas benéficas.

Después de sufrir una enfermedad durante un período prolongado, la Sierva de Dios murió el 3 de septiembre de 1886 en Casoria, Italia.

La beata María Velotti pasó por pruebas y sufrimientos, pero nunca perdió la fe. Además, aprendió a ser buena y generosa con todos. El papa Francisco confirmó su virtud heroica y la tituló venerable en el 2016. En el 2019, también aprobó un milagro atribuido a la beata María Velotti, que permitió su beatificación y que tuvo lugar el 26 de septiembre de 2020.

 

Beata Benedetta Bianchi Porro

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La beata Benedetta Bianchi Porro nació el 8 de agosto de 1936 en Forli, Italia. Cuando tenía solo 3 meses contrajo polio, lo que hizo que una de sus piernas fuera más corta que la otra. Durante su infancia, los niños se burlaban de ella y la llamaban “la cojita”, pero ella nunca se ofendió y solo respondía: “¡es la verdad!”.

Benedetta era una niña delicada, sensible, inteligente, alegre y muy contemplativa. Comenzó a escribir un diario cuando tenía 5 años. En una ocasión escribió: “¡El universo es encantador! Es maravilloso estar vivo”.

Durante su adolescencia, comenzó a perder la audición y a tambalearse. Para caminar más fácilmente, tuvo que empezar a usar un bastón. A los 17 años viajó a Milán, Italia, donde se matriculó en un curso de física para complacer a su padre, pero luego descubrió que su verdadera vocación era la medicina. Quería colaborar con otros como médico para ayudar a quienes más la necesitaban. Aunque algunos de sus maestros se opusieron a tener una estudiante de medicina que fuera parcialmente sorda, ella demostró ser una estudiante brillante.

A los 21 años, le diagnosticaron la enfermedad de Von Recklinghausen, una condición poco común que la dejó ciega y sorda. Debido a su enfermedad, se vio obligada a dejar la escuela de medicina. En casa comenzó a evangelizar a otros a través de cartas en las que hablaba de la fe y el amor de Dios. Se sometió a diferentes cirugías que la dejaron paralizada, ciega y apenas podía hablar. En un corto período de tiempo, también comenzó a perder todos sus sentidos.

En la oscuridad de su dolor, fue iluminada por la luz de Jesús. Ella se convirtió en un regalo para los demás. Mucha gente la visitaba atraída por el misterio de la niña que, golpeada por un terrible sufrimiento, reaccionó con amor y esperanza. Benedetta falleció el 23 de enero de 1964 después de recibir la Comunión y la Reconciliación.

En el 1975 se aprobó su causa de beatificación. En 1993, fue declarada venerable por el papa Juan Pablo II y fue beatificada el 14 de septiembre del 2019, Día de la Exaltación de la Santa Cruz.

 

Bl. Dom Justo Takayama

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Justo Takayama Ukon fue tan excepcional que supone un caso único en la Iglesia japonesa. Apodado el “samurái de Cristo”, este noble nipón del siglo XVI fue beatificado por el martirio que sufrió durante la persecución del cristianismo desatada en su país en esa época. Aunque el nuevo beato no fue ejecutado como los otros, sí tuvo que renunciar a su posición social y sus riquezas y falleció pocos días después de exiliarse en Filipinas por el tormento que padeció al no renunciar a sus creencias religiosas.

Dom Justo Takayama nació en el año 1552, tres años después de que el misionero jesuita español san Francisco Javier llegara a Japón. Takayama fue bautizado a los doce años por orden de su padre que le dio el nombre latino de Justo.

Tanto él y su padre tenían un gran poder y lo usaron para proteger a los misioneros católicos que propagaban la palabra de Dios, contribuyendo con su autoridad a la evangelización de Japón.

En 1587, el canciller de Japón, Toyotomi Hideyoshi, lanzó una dura campaña contra los cristianos y expulsó a los misioneros, obligando a los católicos japoneses a abandonar su fe. Aunque muchos obedecieron, Justo Takayama y su padre se mantuvieron firmes y prefirieron abandonar sus tierras y mendigar como vagabundos antes de renunciar a su religión. Gracias a unos amigos de la nobleza, Takayama y su familia vivieron casi dos décadas relativamente seguros bajo su protección. Pero a finales de 1614, cuando el cristianismo fue finalmente prohibido en Japón, él y otros 300 católicos se vieron obligados a marcharse de su país para exiliarse en Filipinas, entonces colonia española. Allí vivió una vida de santidad hasta su muerte, dos meses después. Murió tras caer gravemente enfermo, debido al sufrimiento por la persecución. Pasó la mayor parte de su vida difundiendo la Palabra de Dios.

En 2016, el papa Francisco aprobó el decreto reconociendo su martirio. Su vida es un ejemplo de fidelidad a la vocación cristiana a pesar de todas las dificultades de la vida. El Siervo de Dios japonés Dom Justo Takayama fue beatificado el 7 de febrero de 2017.

Venerable Augustus Tolton

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El padre Augustus Tolton fue el primer esclavo negro liberado de EE. UU. que se hizo un sacerdote católico. Nacido en Missouri el 1 de abril de 1854, Augustus llegó al mundo como esclavo en una familia católica. Se cree que sus dueños liberaron a la familia al estallar la Guerra Civil.

Aunque Augustus y sus hermanos asistieron a escuelas católicas, el hecho de ser afroamericanos los hizo pasar por situaciones de crueldad y racismo. A los 16 años, a través de enseñanzas sobre la Eucaristía y el Sacrificio de la Misa, Augustus escuchó su llamado al sacerdocio.

Sin embargo, debido al rechazo hacia los afroamericanos en seminarios americanos, no fue hasta el año 1880 que Augustus fue aceptado a un seminario en Roma. Él creía que una vez ordenado serviría como misionero y sería enviado a África; sin embargo, el cardenal Giovanni Simeoni insistió que los Estados Unidos tenía que ver a su primer sacerdote negro, por lo que él regresó obedientemente a vivir su ministerio en los Estados Unidos, el lugar donde fue más perseguido e humillado. Fue asignado a servir como misionero en Quincy, IL.

El padre Augustus pronto se dio a conocer por sus bellos sermones, su hermosa voz de canto y su talento para tocar el acordeón. De la misma manera, su efectividad como predicador y líder espiritual comenzó a atraer a un gran número de parroquianos blancos, algo que no fue muy aceptado por los sacerdotes blancos vecinos. A pesar de todos los retos que tuvo que enfrentar durante su apostolado, el padre Augustus nunca se dio por vencido y aceptó su cruz que le tocaba cargar por ser el único sacerdote negro en el país.

Trabajó en chicago durante siete años, la mayor parte sufriendo por mala salud y acosado por las dudas acerca de su efectividad como sacerdote, por ser negro. El padre Augustus nunca habló públicamente sobre el racismo que sufrió por parte de sus compañeros; por el contrario, enseñó que el catolicísimo siempre da la bienvenida a las diferentes razas, ya que uno de los Reyes Magos a quien el padre Augustus llamó “un rey negro”, fue uno de los primeros en saludar al Salvador recién nacido. También predicó que la Iglesia Católica fue el único y verdadero libertador de los negros en Estados Unidos.

En el 2012, la Congregación para las Causas de los Santos del Vaticano le otorgó a Fr. Augustus el título de “Siervo de Dios”.

 

 

Próximamente: ¿Qué es lo que está mal con el mundo? Yo

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Este artículo fue publicado en la edición de la revisa de El Pueblo Católico titulada “¿Por qué estoy aquí?”. Para suscribirte y recibir la revista en casa, HAZ CLIC AQUÍ.

 

Por el Dr. Jared R. Staudt

Una vez, el editor del periódico The Times le preguntó al reconocido católico G.K. Chesterton: “¿Qué es lo que está mal con el mundo?”. Chesterton, el gran maestro del sentido común y el ingenio, respondió: “Estimado señor: Yo. Atentamente, G.K. Chesterton”.

“Yo”. Hay honestidad y humildad en reconocer que los problemas del mundo yacen en el corazón y no en ninguna fuerza social, política o económica externa. El problema que existe en el corazón es lo que causa los conflictos exteriores. Ciertamente, hay estructuras pecaminosas en el mundo, estructuras que surgen del pecado y lo alientan, como el comunismo, aunque estas solo tienen poder porque aprovechan la oscuridad que ya está en nosotros. El mundo está roto porque nosotros estamos rotos.

 

EL PECADO ORIGINAL: ¿ALGO VERDADERO?

Chesterton de nuevo apunta a la obvia realidad de nuestro estado quebrantado. Reconoce que “ciertos nuevos teólogos ponen en duda el pecado original, aunque es la única parte de la teología cristiana que realmente se puede comprobar”. Solo hace falta mirar alrededor para darnos cuenta de que vivimos en un mundo caído. Debido a la caída, que surge con el pecado de Adán y Eva, cada ser humano después de ellos ha nacido al mundo sin los dones que Dios originalmente había destinado para nosotros. Él quería que viviéramos sin el mal y el sufrimiento, refugiados dentro de la protección del jardín, pero nosotros teníamos otros planes.

El Catecismo habla del efecto que el pecado original tiene en nosotros: “Es la privación de la santidad y de la justicia originales, pero la naturaleza humana no está totalmente corrompida: está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado (esta inclinación al mal es llamada ‘concupiscencia’)” (CIC 405). El pecado original explica por qué todos tenemos dificultad para alcanzar la felicidad y estar en paz con los demás.

 

VÍCTIMAS O CÓMPLICES

El pecado original apunta a la falta de la relación con Dios como el centro de lo que está mal con el mundo. Es un problema que todos enfrentamos, aunque queremos acusar a otros. De hecho, el no reconocer nuestro propio estado quebrantado y nuestro pecado ha sido un problema desde el principio.

Cuando Dios le pregunta a Adán por qué comió del fruto, Adán acusa a Eva, la compañera que Dios le había dado (acusando a Dios de manera implícita). Cuando Dios se dirigió a Eva, ella culpó a la serpiente por haberla engañado. Hay verdad en el hecho de que no pecamos aislados de otros. El problema viene del querer culpar los problemas del mundo en los demás, mientras actuamos como si nosotros fuéramos simples víctimas de fuerzas fuera de nuestro control.

Aun si reconociéramos que el origen del mal surge de nuestro corazón, todavía tenemos que enfrentarnos con la otra pregunta de por qué el mal existe en el mundo. Como Adán, muchas veces culpamos a Dios por permitir el sufrimiento en nuestra vida. Si estamos enfermos, perdemos el trabajo o un ser querido muere, inmediatamente le reclamamos a Dios cómo pudo haber permitido semejante cosa.

“El pecado original explica por qué todos tenemos dificultad para alcanzar la felicidad y estar en paz con los demás”.

 

DIOS ACTÚA EN EL SUFRIMIENTO

Dios no tenía la intención de que este mal formara parte de su plan original, ya que el sufrimiento entró al mundo por el pecado. El pecado es lo que se debe culpar por el mal físico y la muerte, no Dios. Como resultado de la caída, Dios permite que el mal físico ocurra en el mundo, aun cuando lo utiliza para hacer surgir un bien más grande.

A través de las dificultades físicas, Dios nos muestra que este mundo no es nuestro verdadero hogar (y ya no está destinado a ser un paraíso terrenal) y que fuimos hechos para algo más. No podemos estar demasiado cómodos aquí en la tierra. El sufrimiento nos recuerda esto y también la necesidad de confiar en Dios. Pero, aun peor que el mal físico, también existe el mal moral, que proviene completamente de nuestra libre elección. El sufrimiento que experimentamos puede incluso hacernos darnos cuenta del mal moral que existe escondido en nuestra vida, llamándonos a la conversión.

El sufrimiento y nuestro estado quebrantado nos llevan a nuestra propia limitación y necesidad de Dios. Aceptar este estado nos da libertad para poder enfrentarlo y abrazar la sanación en Cristo.

 

DIGO: “ESTOY BIEN”, PERO NO LO ESTOY

Esto me recuerda a una canción que muestra la reacción típica a nuestra propia rotura: “Estoy bien”. Con palabras hacia Dios, la canción refleja con precisión cómo intentamos ignorar lo que realmente está sucediendo dentro de nosotros.

“Digo: ‘Estoy bien, sí, estoy bien, oh, estoy bien, oye, estoy bien’, pero no lo estoy. Estoy roto. Y cuando está fuera de control, digo: ‘Está bajo control’, pero no lo está, y lo sabes. No sé por qué es tan difícil admitirlo, cuando ser honesto es la única forma de solucionarlo. No hay fracaso, no hay caída, no hay pecado que ya tú no conozcas. Entonces, deja que salga la verdad”.  Matthew West, “Truth be told”

El individualismo moderno nos dice que estaremos bien si simplemente confiamos en nosotros mismos, que podemos manejarlo y que somos débiles si buscamos ayuda en los demás. La fe cristiana se opone firmemente a esto, porque no podemos ignorar la rotura dentro de nosotros, dejarla sin resolver y ocultarla para que luego salga en forma de venganza. Tenemos que ser sinceros sobre quiénes somos. Somos personas quebrantadas y pecadoras que podemos experimentar la sanación y la gracia si enfrentamos la verdad y la dejamos salir a la luz.

 

QUE LA VERDAD SALGA A LA LUZ

¿Cómo dejamos que esta verdad salga a la luz? Durante la cuaresma, la Iglesia nos llama a la conversión, a través de la oración y la penitencia, y nos pide que confesemos nuestros pecados. Dejamos “que salga la verdad” cuando nos presentamos ante Dios, reconocemos nuestros pecados y le pedimos perdón. Aceptar nuestra debilidad nos lleva a acudir a Dios en busca de ayuda, permitiéndole quitar la oscuridad dentro de nosotros y llenarnos con su propia vida y luz.

 

DIOS SANA “UN CORAZÓN A LA VEZ”

Dios no simplemente elimina todos los problemas del mundo. Más bien, él entra en ellos, primero, asumiéndolos y haciéndose hombre en Jesús, y luego entrando en el centro de la rotura dentro de nosotros. Dios no está ausente del mundo que sufre, aun si no se muestra visiblemente para que todos vean y para así resolver dramáticamente las cosas de manera política. Dios arregla el mundo un corazón  a la vez, de manera más poderosa que el ruido que nos rodea, preparándonos para enfrentarlo y hacer nuestra parte en él.

 

LA SOLUCIÓN: ACUDIR A LA FUENTE DE SANACIÓN

Si soy yo lo que está mal en el mundo, entonces la solución también comienza conmigo. Mi estado interior quebrantado puede ser sanado por Dios (aunque no sea de manera perfecta en esta vida) para que yo pueda ser parte de la solución al problema del mundo. Puedo llevar a otros a Cristo para sanarlos, invitarlos a la Iglesia y específicamente a la confesión. Aunque las personas a menudo tienen miedo de confesar sus pecados, en realidad es un gran alivio y una fuente de sanación. Es un regalo poder compartir este alivio y sanación con otros. Y entre más personas hayan recibido este regalo, más grande será su impacto en el mundo. En esta cuaresma, tenemos la oportunidad de abrazar la solución de Dios, la sanación, que comienza con la raíz del problema: yo…

 

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