Diferentes culturas católicas unidas durante la celebración de migrantes y refugiados

Rocio Madera

Un sombrero, unos zapatos, y una botella de agua son algunos de los objetos simbólicos que fueron ofrecidos al comenzar la celebración eucarística de la Jornada Mundial de Migrantes y Refugiados 2019, representando la realidad de los pueblos forzados a emigrar, que dejan atrás sus tierras y sus origines.

La misa especial se llevó a cabo en la parroquia Queen of Vietnamese Martyrs de Wheat Ridge, y fue celebrada por el obispo Jorge Rodriguez de la Arquidiócesis de Denver, con el apoyo líderes y representantes de otras parroquias de Colorado, el 29 de septiembre.

Durante su homilía, el obispo enfatizó la gratitud y pidió a los presentes orar por los Estados Unidos que han abierto las puertas a tantos inmigrantes que ahora residen en este país.

“Como inmigrantes y refugiados le debemos gratitud a los Estados Unidos de América, porque en un modo o en otro, nos ha permitido prosperar y ofrecer un futuro a nuestras familias y a nuestros hijos, a nosotros nos toca corresponder con lealtad y aprecio por el pueblo americano, por sus leyes y sus valores. 

También reconoció que Estados Unidos es un país de inmigrantes, y como tal, tenemos el deber de compartir nuestra cultura con esta nación que nos ha abierto las puertas.

“Nuestro agradecimiento se manifiesta aportando lo mejor de nuestras culturas de origen, nuestras tradiciones y nuestros valores.  Este ha sido el proceso original de este país, y lo lleva en su sangre como una nación de inmigrantes, fundada por inmigrantes, alimentada por inmigrantes a lo largo de su historia”.

La celebración incorporó elementos de varias culturas católicas alrededor del mundo y cientos de feligreses se hicieron presentes, incluyendo la comunidad hispana, la pakistaní, la comunidad vietnamita, la africana, y la comunidad americana, representando la diversidad en la Iglesia Católica.

Hoy pedimos por nuestros hermanos africanos, del oriente medio, de México y de Centroamérica, de Haití y del mundo, que movidos por la desesperación dejan padres, hogares, cultura, lengua e historia para poder proveer para sus hijos, y buscan un país que puedan llamar hogar”, pidió el obispo durante la homilía.

Cabe recalcar que el obispo Rodríguez no olvidó a la comunidad inmigrante que actualmente se encuentra en el país enfrentado una cruda realidad, con una posible deportación o una separación de familias. Para esto pidió a Dios por una reforma migratoria integral y justa, que muestre el verdadero sentido de la humanidad.

“Una reforma migratoria que provee un camino de ciudadanía a nuestros dreamers, a nuestros hermanos con TPS, que respete el programa DACA, que mantenga alto el numero anual de refugiados y que haga posible el acceso a la ciudadanía a quienes han hecho de los Estados Unidos, el país de sus familias”.

Uno de los momentos mas emotivos de la celebración, se vivió durante la misa cuando el obispo pidió a los asistentes rezar la oración del “Padre Nuestro” en cada una de sus lenguas nativas, mostrando una vez más que la Iglesia Católica es universal y que todos adoramos al mismo Dios.

Al evento también se dieron cita algunos representantes y líderes de diferentes países. Entre ellos la cónsul de México en Denver, el cónsul de Guatemala, de El Salvador y Perú, a quien el obispo agradeció su presencia al final de la misa.

Después de la celebración Eucarística, los asistentes se dirigieron al salón de la iglesia donde personas de diferentes partes del mundo compartieron sus tradiciones, música, danzas y una variedad de platillos típicos de cada país.

“Los migrantes y refugiados son un mensaje de Dios para el mundo, y un regalo de Dios para los Estados Unidos de América”, finalizó el obispo Rodriguez.

Próximamente: Hoy la Iglesia celebra la memoria de “María, Madre de la Iglesia”

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Este 1 de junio la Iglesia celebra la memoria de la Santísima Virgen María Madre de la Iglesia, cuya fecha fue establecida el lunes siguiente a Pentecostés.

El Vaticano estableció la memoria a través de un Decreto de la Congregación para el Culto Divino firmado el 11 de febrero de 2018.

El documento sostiene que el Papa Francisco “consideró atentamente que la promoción de esta devoción puede incrementar el sentido materno de la Iglesia en los Pastores, en los religiosos y en los fieles, así como la genuina piedad mariana”.

En el decreto, la misma Congregación señala que “esta celebración nos ayudará a recordar que el crecimiento de la vida cristiana, debe fundamentarse en el misterio de la Cruz, en la ofrenda de Cristo en el banquete eucarístico, y en la Virgen oferente, Madre del Redentor y de los redimidos”.

“La gozosa veneración otorgada a la Madre de Dios por la Iglesia en los tiempos actuales, a la luz de la reflexión sobre el misterio de Cristo y su naturaleza propia, no podía olvidar la figura de aquella Mujer, la Virgen María, que es Madre de Cristo y, a la vez, Madre de la Iglesia”, precisa el texto.

En una de sus columnas semanales, el Arzobispo de Los Ángeles, Mons. José Gomez, indicó que los primeros cristianos “tenían una conciencia profunda de que la Iglesia era su ‘madre’ espiritual, que los daba a luz en el bautismo, constituyéndolos en hijos de Dios a través de los sacramentos”.

También en el Nuevo Testamento “los apóstoles a menudo se referían a los fieles como a sus hijos espirituales, reflejando así nuevamente su comprensión de que la Iglesia es nuestra madre y nuestra familia”.

“Y en esto, los primeros cristianos entendieron que María era el símbolo perfecto de la maternidad espiritual de la Iglesia”, afirmó Mons. Gomez.

Por ello, señaló que la nueva memoria que los católicos celebrarán el 21 de mayo es “un profético redescubrimiento de una antigua devoción”.

En el siglo XX, el Papa Pablo VI, dirigiéndose a los padres conciliares del Vaticano II, declaró que María Santísima era Madre de la Iglesia.

La memoria “Virgen María, Madre de la Iglesia” recuerda que ella es Madre de todos los hombres y especialmente de los miembros del Cuerpo Místico de Cristo, desde que es Madre de Jesús por la Encarnación.

Así lo confirmó Jesús desde la Cruz, antes de morir, al apóstol San Juan, y el discípulo la acogió como Madre.

La piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano, cumpliendo así la profecía de la Virgen, que dijo: “Me llamarán Bienaventurada todas las generaciones” (Lc 1,48).

 

Artículo publicado originalmente en Aciprensa.

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