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sábado, mayo 21, 2022
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Eduquemos a nuestros hijos para lo que verdaderamente importa

Por Jared Staudt

Este lunes dio inicio la Semana de las Escuelas Católicas, coincidiendo con la fiesta del patrono de la educación católica, santo Tomás de Aquino, el 27 de enero. En las escuelas católicas, a menudo nos preguntamos: ¿para qué sirve la educación? Aunque se ha vuelto muy común valorar la educación por sus beneficios materiales (los logros académicos que llevan al éxito profesional), las escuelas católicas tienen un propósito más fundamental. Están llamadas a ayudar a nuestros jóvenes católicos a alcanzar la meta de la vida: la verdadera felicidad en Dios.

Santo Tomás de Aquino, en su gran Summa Theologiae, reflexiona sobre la naturaleza de la felicidad, señalando que solo un bien infinito, Dios mismo, podría satisfacernos plenamente: “Es imposible que la bienaventuranza del hombre esté en algún bien creado. Porque la bienaventuranza es el bien perfecto que calma totalmente el apetito, de lo contrario no sería fin último si aún quedara algo apetecible” (I-II, pregunta 2, artículo 8). Si aspiramos a la riqueza, el éxito y el placer, estos bienes desaparecerán. Necesitamos una felicidad que los supere, no solo en intensidad, sino que también pueda permanecer más allá de la muerte.

Para las escuelas católicas, la felicidad debería ser nuestra prueba de fuego. Si nuestros estudiantes pueden llegar a conocer la verdad y luego vivirla realmente, estarán en el camino de la felicidad. La verdadera felicidad no es un sentimiento o un logro. Es la realización de nuestro ser, de nuestras capacidades como seres razonables y amorosos hechos a imagen y semejanza de Dios. Dios nos puso en esta tierra con una misión que no está enfocada simplemente en uno mismo. Cumplimos nuestros mayores anhelos a través de la comunión, saliendo de nosotros mismos y entrando en la vida de Dios, sacrificándonos por el bien de los demás. Esto es lo que trae felicidad.

Esto no quiere decir que no queremos que a nuestros estudiantes les vaya bien en la escuela y en sus carreras. Nuestras escuelas enseñan las habilidades, forman las disposiciones e imparten la sabiduría que ellos necesitan para vivir una buena vida y tener éxito en el mundo. Sin embargo, especialmente dentro de nuestra cultura secular, formar una vocación más profunda, incluso en ese éxito, es fundamental para el éxito real. Si no nos damos cuenta de que nuestros bienes terrenales existen para servir a los demás, estaremos atrapados en la búsqueda de una felicidad falsa.

El papa Benedicto XVI, al dirigirse a los educadores católicos en Washington, D.C., en 2008, nos desafió a guiar a nuestros estudiantes hacia la verdad, aunque nos instó a no detenernos ahí. Dijo que muchas veces hemos descuidado la voluntad (o el libre albedrío) de nuestros alumnos al darles información sin llamarlos a vivir una vida transformada por el bien. Nos muestra que enseñar la verdad debería llevarnos a la pregunta de qué significa vivir una buena vida:

“Estos peligrosos datos manifiestan lo urgente que es lo que podríamos llamar la ‘caridad intelectual’. Este aspecto de la caridad invita al educador a reconocer que la profunda responsabilidad de llevar a los jóvenes a la verdad no es más que un acto de amor. De hecho, la dignidad de la educación reside en la promoción de la verdadera perfección y la alegría de los que han de ser formados. En la práctica, la ‘caridad intelectual’ defiende la unidad esencial del conocimiento frente a la fragmentación que surge cuando la razón se aparta de la búsqueda de la verdad. Esto lleva a los jóvenes a la profunda satisfacción de ejercer la libertad respecto a la verdad, y esto impulsa a formular la relación entre la fe y los diversos aspectos de la vida familiar y civil. Una vez que se ha despertado la pasión por la plenitud y unidad de la verdad, los jóvenes estarán seguramente contentos de descubrir que la cuestión sobre lo que pueden conocer les abre a la gran aventura de lo que deben hacer. Entonces experimentarán ‘en quién’ y ‘en qué’ es posible esperar y se animarán a ofrecer su contribución a la sociedad de un modo que genere esperanza para los otros”.

Formar estudiantes para la felicidad no es una tarea aislada. Cuando sus mentes estén abiertas a la verdad y sus deseos alentados por el bien, podrán dar esperanza a los demás, brindando a nuestra sociedad lo que más necesita.

La educación debe enseñarnos el arte de vivir. Los estudiantes que reciban una educación auténticamente católica sabrán qué es lo más importante y cómo ordenar todo lo demás hacia ese objetivo final. Esto da un significado más profundo a nuestra vida, porque cada elección puede apuntar a Dios, lo que nos acerca más a la comunión con él y con los demás. Para que las escuelas encaminen a los estudiantes hacia esta verdadera meta, tenemos que estar dispuestos a ser contraculturales, a ir en contra de la corriente que tantas veces distorsiona la verdad y nuestra libertad. Al final, para lograr lo que más importa, tenemos que estar dispuestos a sacrificar todo lo demás por la perla de gran valor, como dice el Evangelio. Si hacemos esto, solo entonces seremos verdaderamente felices.

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