El amor a María, nuestra Madre, es una cuestión del corazón

Compartimos con el Salvador el amor a la Virgen María

Este artículo fue publicado en la revista de El Pueblo Católico. Haz clic aquí para recibirla en tu casa.

“Como un niño en brazos de su madre” (Sal. 131,2)

Se trataba de un viaje de 12 horas y media en el avión de Munich a Denver. Yo estaba sentado en la segunda fila y enfrente de mí, en primera fila, a plena vista, estaba una mamá joven con su bebé, probablemente de seis meses. Doce horas es mucho tiempo y los pasajeros buscaban el mejor modo de pasarlo: leyendo, tratando de dormir, viendo alguna película o buscando distraerse de algún modo para ver si así pasaba el tiempo más rápidamente. Para aquella joven madre no hubo lectura ni películas. Las doce horas las pasó con su niño: calmándolo cuando lloraba, entreteniéndolo con algún juguete, moviéndolo de aquí para allá… El bebé siempre en sus brazos. A un cierto punto, cuando bajaron las luces del avión invitando a todos a dormir un poco, vi que ella se había dormido y el niño también. El bebé dormía plácidamente agazapado sobre su mamá, con la carita bien pegada a ella. Y la mamá, profundamente dormida pero bien abrazada a su hijito.

Me vino en ese momento el pensamiento de las innumerables horas en que Jesús, un bebé de pocos meses, también se habría dormido agazapado en su madre, y las veces que María se habría quedado dormida con él mientras lo abrazaba dulcemente. A lo largo de esas incontables horas pegados el uno al otro, con los corazones latiendo muy cerca el uno del otro, a veces viendo fijamente el rostro de su madre, horas durmiendo sobre ella, se forjó un lazo purísimo e inquebrantable, que sonaba en la voz de Jesús llamando a esta mujer “mamá”, incluso antes de expirar en la cruz. Nueve meses en el seno de la madre, primeros años con los ojos fijos en la mujer que llamamos “mamá”, ponen en el corazón del hombre una ternura irrenunciable por esa mujer.

Los católicos entendemos la relación de Jesús con su madre, María, no solo en el altísimo significado teológico y solidez bíblica, sino también en su dimensión humana. Todo lo que leemos en las Escrituras sobre esta relación tiene que ser entendido desde ese lazo humano materno y filial, tierno y cariñoso entre Jesús y su mamá. Vivieron juntos 30 años, día y noche compartiendo, tratándose con cariño, gozando las pequeñas cosas de una vida pobre y hablando de Dios.

En el Antiguo Testamento se mencionan 84 nombres de madres. En muchos casos la madre aparece como la mujer más importante en la vida de un hombre. Es parte del alma judía la intensa relación del hombre con su madre. El rabino Soloveitchik dice que “la madre siempre verá en su hijo, no importa su edad, al bebé que ella dio a luz”. Para la madre “la imagen de su bebé, la memoria de ese pequeño en sus brazos, la imagen de ella jugando, sonriendo, abrazando, alimentándolo y bañándolo, nunca se desvanece. Ella siempre ve a su hijo como un pequeño que necesita de su ayuda y compañía, al que ella tiene que proteger como un escudo”. Y por esa relación que se establece entre ella y su hijo, para el buen judío no hay amor más grande que el amor a su madre, después del amor a Dios. El Midrash judío dice que cuando Dios quiso indicar el amor más grande en sentido humano, usó el de un hijo por su madre.

Jesús, el hombre de Nazaret -judío por raza y cultura- y el hombre con el alma más sensible y perfecta que haya jamás existido, amó a su madre con toda la infinitud de su corazón humano y divino. El pueblo católico venera y comparte este sentimiento con el Salvador, y por eso llama a María “Madre” y le pide su protección y cariño. Es una cuestión del corazón.

Próximamente: La sabiduría de San Benito en nuestros tiempos

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Por el arzobispo Samuel J. Aquila.

“Levantémonos, pues, de una vez; que la Escritura nos exhorta”, nos insta la Regla de San Benito. “Abramos nuestros ojos a la luz… y nuestros oídos a la voz del cielo que todos los días nos llama… ‘Si escuchas hoy su voz, no endurezcas tu corazón’” (Sal 95,8). El 11 de julio, la Iglesia conmemora a San Benito, y sus palabras de hace 1,500 años parecen perfectamente adecuadas para los tiempos desafiantes y cambiantes de hoy.

La Regla de San Benito se escribió alrededor del 530, una época en que el Imperio Romano se había derrumbado y la existencia del cristianismo en Europa estaba amenazada. Dada nuestra situación cultural actual y sus paralelos con su tiempo, creo que podemos encontrar fruto en las enseñanzas de San Benito.

San Benito creció rodeado de una cultura moralmente corrupta, pero con la gracia de Dios vivió una vida virtuosa. Después de pasar un tiempo estudiando en Roma, huyó de su decadencia moral para buscar una vida más solitaria. San Benito vivió la vida de ermitaño durante varios años antes de que finalmente fundara varios monasterios, que se convirtieron en centros de oración, trabajo manual y aprendizaje.

San Benito comienza su regla instando a los monjes a “escuchar atentamente las instrucciones del maestro y atenderlas con el oído de su corazón” (Regla, Prólogo 1). Para nosotros, esto significa establecer un tiempo diario para escuchar al Señor, tanto en la lectura de las Escrituras como en la oración conversacional y la meditación.

Nuestra base segura durante estos tiempos difíciles debería ser la voluntad de Dios para cada uno de nosotros, no los mensajes en constante cambio que nos bombardean en las noticias o en las redes sociales. Para algunos, cada tendencia en línea se ha convertido en una forma de evangelio que debe cumplirse con convicción religiosa. Pero la fe que nos transmitieron los Apóstoles es el único Evangelio verdadero y el único que puede salvar almas. Aunque los tiempos y la tecnología eran diferentes, San Benito entendió la importancia de escuchar “las instrucciones del maestro”.

En su libro El misterio del bautismo de Jesús  el predicador de la familia papal, el padre Raniero Cantalamessa, aborda la necesidad de que los sacerdotes se armen para la batalla “contra los gobernantes mundiales de esta oscuridad actual” (cf. Jn 10: 12) En el centro de su reflexión está la idea de que “Jesús se liberó de Satanás mediante un acto de obediencia total a la voluntad del Padre, de una vez por todas entregándole su libre albedrío, para que realmente pudiera decir: ‘Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra.’ (Jn. 4,34)”.

La pregunta que debemos hacernos es: ¿Pongo primero la voluntad del Padre en mi vida, en cada decisión que tomo y en todo lo que digo y hago? Si colocamos la voluntad del Padre en el centro de nuestras vidas y realmente lo escuchamos con “los oídos de nuestro corazón” como enseñó San Benito, estaremos preparados para lo que suceda y siempre daremos testimonio del amor de Dios y de los demás. Vivimos en un mundo que ha eliminado a Dios de su cultura. La historia, tanto la historia de la salvación como la historia mundial, muestra claramente lo que sucede cuando esto ocurre. Cuando Dios es eliminado, algo más se convierte en “dios”. Las sociedades descienden y eventualmente caen y desaparecen a menos que regresen al Dios verdadero y se conviertan en culturas que promuevan una vida de santidad y virtud.

Hay por menos una lección más de la regla de San Benito que es aplicable en estos tiempos de desunión y división social. Los monjes y hermanas de la familia espiritual benedictina son conocidos por su hospitalidad. La Regla enseña esta virtud de esta manera: “A todos los huéspedes que vienen al monasterio se les recibe como a Cristo, porque él dirá: ‘era forastero y me acogieron’ (Mt 25,35). Hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe (Gálatas 6:10) y a los peregrinos” (Regla, # 53).

Pidamos en nuestra oración poder ver a otros como Cristo mismo que viene a nosotros, incluso si están vestidos con lo que Santa Madre Teresa llamó “el disfraz angustiante de los pobres”. Si buscamos continuamente la voluntad del Padre y pedimos en oración por la configuración de nuestro corazón al suyo y nuestra voluntad a la suya, entonces podremos resistir cualquier desafío.