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miércoles, octubre 5, 2022
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Arzobispo Samuel Aquila celebra liturgia de apertura del Sínodo sobre la sinodalidad

El arzobispo de Denver, Mons. Samuel J. Aquila, celebró la liturgia de apertura de la fase diocesana del Sínodo sobre la sinodalidad en la Catedral Basílica de la Inmaculada Concepción el pasado domingo, 17 de octubre, evento que marcó el inicio de un proceso global que concluirá en el 2023. A continuación, la homilía del arzobispo.

Nota: La homilía ha sido editada para mayor claridad.

 

Como algunos de ustedes saben, nuestro santo padre, el papa Francisco, ha pedido un sínodo sobre la sinodalidad que se celebrará en Roma en el 2023. El proceso contiene una etapa presinodal que cada diócesis del mundo tendrá que realizar. El pasado fin de semana, durante la liturgia dominical en Roma, el santo padre inició este proceso sinodal para la diócesis de Roma y para la Iglesia universal. Hoy, en catedrales de todo el mundo, el obispo local de cada diócesis está iniciando la fase presinodal que se llevará a cabo durante los próximos meses. Esta fase comienza hoy y concluirá en el mes de abril del 2022. Es un proceso breve, pues, por lo general, un sínodo diocesano toma alrededor de dos o tres años.

Pero ¿qué es un sínodo? En un sínodo las personas se reúnen para verdaderamente escuchar al Espíritu Santo. Al santo padre le gusta usar tres verbos para describirlo: encuentro, escucha y discernimiento. Es importante entender el significado de los tres. El primero es el encuentro, y ciertamente, la mayoría de nosotros comprendemos lo que significa encontrarse con otros, entablar una conversación y dialogar.

En el Evangelio de hoy, los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, se acercan a Jesús y le hacen una pregunta impactante: «¿Harás lo que te pidamos?”. Imaginen que uno de sus hijos se acerca y les dice: «Mamá y papá, ¿harán lo que quiero que hagan?». Estoy seguro de que harían una pausa antes de contestar. Y eso mismo hace Jesús. Les responde: «¿Qué quieren que haga por ustedes?». Así entra en diálogo con ellos, y luego ellos comparten lo que desean. Nuestro Señor habla de la bebida que beberá y del bautismo con el que será bautizado. Se está refiriendo a su muerte, es decir, será bautizado por su muerte, y la copa que beberá será la copa de su sufrimiento que se menciona en Getsemaní y en la última cena. Santiago y Juan responden: «Sí, podemos «.

Mas Jesús los corrige de una manera muy sutil. Les dice: “Sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde a mí concederlo; eso ya lo ha decidido mi Padre”. Entonces los otros diez discípulos se indignan con Santiago y Juan, mientras que Jesús continúa la conversación y la corrección a través del diálogo. Les recuerda a sus apóstoles que el tipo de autoridad que debe usarse es la autoridad de Dios y no la del mundo, en la que se busca dominar a los demás. Jesús les recuerda: «El que quiera ser grande, que se haga su servidor; y el que quiera ser el primero, que se haga su esclavo».

Podemos ver que en este encuentro Jesús los mantiene enfocados en que deben entregarse completamente a Dios y seguir al Señor. Con eso nos recuerda que el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos. Jesús mismo es un siervo. Él mismo ha dado su vida por nosotros. En ese encuentro debemos recordar, como nos recuerda el papa Francisco, que estar enraizados en el Señor, así como la práctica de la oración y la adoración, son partes esenciales de un proceso sinodal. Oración y adoración, dedicar tiempo para crecer en intimidad con Jesús, con el Padre, con el Espíritu Santo, abriéndoles nuestro corazón.

Por lo tanto, el aspecto de la escucha también es esencial. Es importante tener en cuenta lo que estamos haciendo cuando escuchamos. Desde luego, existe la escucha física de otra persona, como se ve en la lectura del Evangelio. Pero también se puede escuchar al Espíritu Santo y se puede escuchar con el corazón. El papa Francisco nos recuerda y nos plantea la pregunta: «¿Qué tal escucha tu corazón?». Es una pregunta importante para nuestro tiempo, ya que implica dos cosas. Una de ellas tiene que ver con la manera en que nos escuchamos unos a otros. Vivimos en una época en la que se escucha muy poco, donde hay muchos gritos o burlas o personas que dicen: “Ya tengo mis posturas bien definidas». No existe la escucha real con el corazón.

Es una bendición tener en la arquidiócesis el ministerio de Christ in the City, en el que todos los días los jóvenes brindan ayuda a las personas sin hogar. Lo primero que hacen es escuchar con el corazón a esa persona sin hogar, porque cuando uno escucha con el corazón, aunque no esté de acuerdo con la persona o con su comportamiento, uno le demuestra su preocupación por ella; le muestra su dignidad y bondad como ser humano.

Pero escuchar también implica escuchar al Espíritu Santo. No escuchamos al Espíritu Santo solo para reafirmar nuestras ideas o pensamientos o cualquier ideología que sigamos, sino para escuchar al Espíritu Santo tal como Jesús lo describe: como el Espíritu de verdad y el Espíritu que nos recuerda todo lo que Jesús ha enseñado. Recordemos que cuando Jesús da el mandato misionero a sus apóstoles no les dice: «Vayan, bauticen y enseñen lo que quieran». Él dice: “Vayan, bauticen y enseñen todo lo que les he mandado”. Estamos llamados a enseñar lo que Jesús enseñó, a ayudar a las personas a ir al encuentro de Jesús, y por el Espíritu Santo, a abrir sus corazones a Jesús para que realmente lo escuchen.

El Espíritu Santo es quien nos ayuda, es nuestro amigo, nuestro abogado, quien nos acompaña para mantenernos en relación con el Padre, con Jesús y con el mismo Espíritu Santo. El Espíritu debe ser quien dirige el proceso sinodal. Discernir significa poner a prueba los espíritus. San Pablo se refiere a esto en sus epístolas, o sus cartas, donde nos recuerda la importancia de poner a prueba todo para que adoptemos los caminos del mundo o sus ideologías. No estamos poniendo los caminos del mundo en primer lugar, sino que ponemos el Evangelio en primer lugar. Estamos poniendo a Jesucristo primero en nuestra relación con el Padre y Jesús y el Espíritu Santo.

Esto nos lleva al tercer aspecto clave de un sínodo: el discernimiento, la prueba de los espíritus. ¿Lo que estamos escuchando es de Dios o del maligno? El diablo puede engañarnos como engañó a Adán y Eva en la Caída. El diablo puede engañarnos a ti y a mí hoy. Hermanos, la guerra espiritual es real. El diablo es real. Él existe. El deseo más profundo del diablo es que todos estemos en el infierno con él.

El discernimiento de espíritus de san Ignacio de Loyola es de gran ayuda. El santo se refiere a dos estandartes: el del Rey, Jesucristo, el estandarte de Dios, y el estandarte del maligno. En el proceso de discernimiento, siempre debemos pensar: “¿Estoy realmente eligiendo a Dios? ¿Estoy realmente eligiendo el camino de Jesucristo cuando miro las opciones en las decisiones que tomo?».

Por eso es tan importante conocer y amar a Jesucristo, estar en relación con él para poder discernir de verdad. El papa Francisco nos recuerda que el discernimiento debe desarrollarse en la adoración, la oración y el diálogo con la palabra de Dios; escuchando las escrituras, especialmente los Evangelios, y abriendo nuestro corazón a esa palabra. Dentro de un sínodo, debe haber un amor profundo por los Evangelios y por la palabra de Dios, para que forme nuestro corazón, nuestra mente, nuestra voluntad, para entregar todo a Jesús, rendirnos a él.

Esto exige un cambio radical en la forma en que nos acercamos a nuestra fe, porque el santo padre nos llama a reconocer que cuando nos encontramos con Jesús, Cristo nos llama a entregarnos por completo a él. Jesús les recuerda a sus discípulos lo que significa seguirlo. Significa dejarlo todo, tomar nuestras cruces, seguirlo y abrirle nuestro corazón.

Es importante saber que un sínodo no es una convención. El sínodo no es un grupo de estudio. El sínodo no es una reunión política. No es la democratización de la Iglesia y no es un parlamento. Esas son las palabras que el papa Francisco ha usado para explicar lo que no es. ¿Entonces qué es? El papa Francisco nos recuerda: «Es un proceso de curación guiado por el Espíritu Santo». Debemos tener confianza en que el Espíritu Santo estará con nosotros en este proceso presinodal. Es importante que todos pasemos tiempo en oración, en adoración y abriendo nuestro corazón al Señor. Implica en un verdadero proceso de conversión porque nuestra vida es un acto continuo de conversión, de estar constantemente formados por Jesús y abrir nuestro corazón a él.

Mientras continuamos con esta apertura del proceso sinodal, los animo, en primer lugar, mis hermanos, a escuchar durante los próximos meses las maneras en que pueden participar en el proceso presinodal. Pero más que nada, les pido que abran su corazón en oración y oren por una intimidad más profunda, una comunión más profunda con el corazón de la Santísima Trinidad, con el Padre, con Jesús y el Espíritu Santo. ¿Qué tan bien conoces realmente a cada persona de la Trinidad? ¿Estás en relación con cada persona y con el mismo Jesús? Reza por la gracia de la apertura del corazón a ese encuentro con Jesús, porque cuanto más escuchamos la palabra de Dios, más estamos llamados a ser como los discípulos en el camino a Emaús, que escucharon a Jesús explicarles las Escrituras y dijeron: «¿No ardía nuestro corazón mientras hablaba?».

¿Arde nuestro corazón cuando escuchamos los Evangelios? ¿Cambia nuestra vida y nos trae el gozo que viene del encuentro con el Señor? Por eso, pasemos tiempo en oración, pasemos tiempo en adoración. Abran sus Biblias y oren, especialmente con los cuatro Evangelios; esuchen de verdad y oren por un encuentro más profundo con Jesús para que puedan llegar a conocer el amor del Padre. Todos nosotros, sin importar nuestra vocación, ya sea obispo, sacerdote, diácono, religioso, laico, consagrado… todos estamos llamados a seguir a Jesús y a ser esclavos, como nos recuerda Jesús en el Evangelio de hoy: “El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”.

Que esas palabras ardan en nuestro corazón durante este proceso presinodal, y que abramos nuestro corazón al Espíritu Santo, que siempre nos guiará en la verdad y nos llevará al Padre, a una relación con él que nos ha creado.

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