El beato Michael McGivney fue una luz para los inmigrantes irlandeses en EE. UU.

Vladimir Mauricio-Perez

A finales del siglo XIX, se hizo muy común que muchos trabajadores católicos de diferentes edades se desempolvaran la ropa sucia después de un duro día de trabajo en las minas o ferrocarriles y asistieran a algo más que una reunión: una hermandad que les había traído esperanza a su sufrimiento, aceptación al rechazo y unidad en medio de la división.

Aunque pocos podían percibir los deseos ocultos de las familias irlandesas e inmigrantes que llegaron a Estados Unidos en el siglo XIX, un joven sacerdote de un pequeño pueblo de Connecticut los vio con claridad y respondió heroicamente. Su nombre: el padre Michael McGivney; su respuesta: Los Caballeros de Colón.

El hijo de inmigrantes irlandeses, cuya beatificación se realizó el 31 de octubre, es considerado por muchos un sacerdote modelo con una visión penetrante y un deseo ardiente de llevar a su rebaño a la santidad, una visión que anticipó el Concilio Vaticano II por casi un siglo.

La orden de los Caballeros de Colón comenzó como una pequeña idea para sus feligreses, pero rápidamente se extendió por todo el país. Casi un siglo y medio después, su impacto en el mundo y en nuestro propio estado de Colorado no puede pasarse por alto.

“La visión del Padre McGivney sigue transformando la vida de las personas en todo el mundo… Su visión de 1882 se ha expandido enormemente y hoy hay más de dos millones de hombres que pertenecen a esta organización en todo el mundo”, dijo Christopher Foley, Delegado de Estado de Colorado de los Caballeros de Colón. “Es asombroso pensar en el rápido crecimiento [de la organización]. Originalmente, el padre McGivney tenía la intención de este programa para su parroquia, pero rápidamente otros sacerdotes reconocieron el valor de lo que había creado, y otros comités comenzaron a crecer fuera del área de Connecticut, [llegando a] Colorado en 1900″.

Para comprender a Los Caballeros de Colón y su fundador, uno debe entender el contexto y la vida de los inmigrantes católicos de esa época.

“El entorno social en Connecticut cuando él era niño era abiertamente hostil hacia los católicos”, dijo Foley.

Los inmigrantes católicos estaban en la parte más baja de la escala social y enfrentaban una discriminación constante por su falta de educación, su pobreza y por el estigma de tener una mayor lealtad al Papa que al presidente. A los ojos de la gente, no podían ser católicos y estadounidenses a la vez.

Al crecer en este entorno y ser el primero de 13 hijos, McGivney se fue al seminario a la edad de 16 años, pero la muerte de su padre pronto lo obligó a regresar a casa para mantener a su familia. Sin embargo, el tiempo que pasó trabajando, dejó una profunda huella en el joven que más tarde daría sus frutos en su ministerio sacerdotal.

“Las experiencias de ser parte de una gran familia y su trabajo lo prepararon para ser un hombre muy compasivo y comprensivo. Lo prepararon con una perspectiva única que ayudó a su sacerdocio”, aseguró Foley. “Él conocía la diversidad de personalidades y las necesidades del tiempo de las personas mientras intentaban alcanzar sus metas”.

Desde sus primeros años como sacerdote, el padre McGivney buscó hacer de la iglesia el centro de la vida comunitaria para las familias. Organizaba salidas para jóvenes y juegos de béisbol. También visitaba a los presos y era muy querido por los guardias.

El contacto tan cercano con sus feligreses lo ayudó a comprender mejor los desafíos constantes que enfrentaban a diario. Una de esas dificultades surgía cuando moría el hombre de la familia, que a menudo era el único proveedor, un hecho común debido a la naturaleza del arduo trabajo manual de los inmigrantes.

La familia lo perdía todo y, a menos que la viuda pudiera demostrar que tenía suficientes recursos económicos, el estado se llevaba a sus hijos y los colocaba en hogares institucionales.

Así es como el cuidado de las viudas se convirtió en una parte esencial de los Caballeros de Colón.

Sin embargo, la idea del padre McGivney de fundar una comunidad de hermanos laicos también tuvo mucho que ver con la popularidad de numerosas sociedades secretas que eran principalmente anticatólicas y atraían a los hombres de fe.

“Los católicos jóvenes y de mediana edad también buscaban sociedades a las cuales pertenecer que les dieran una hermandad común”, dijo Foley. “El Padre McGivney construyó una organización que tenía el aspecto fraterno, pero sin la discriminación y el secretismo común en otras sociedades”.

Cuando el joven sacerdote fundó los Caballeros de Colón en 1882, imaginó una hermandad que llevaría a sus miembros a Cristo y los ayudaría a mantener a sus familias espiritual y materialmente. Quería que las familias siguieran siendo católicas.

Como se explica en el documental “Father McGivney: An American Blessed”, la organización “recibió su nombre de [Cristóbal] Colón, la figura católica más célebre en ese momento, y cuyo nombre ayudaría a argumentar que los católicos también podían ser buenos ciudadanos estadounidenses”.

Así, los cuatro principios de los Caballeros se convirtieron en caridad, unidad, fraternidad y más tarde el patriotismo.

Los Caballeros de Colón entregan abrigos a las personas sin hogar en Lincoln Park frente al edificio del Capitolio de Colorado el 20 de noviembre de 2019, en Denver, Colorado. (Foto de Daniel Petty / Denver Catholic)

El camino del padre McGivney terminaría a la temprana edad de 38 años, luego de un caso grave de neumonía durante la pandemia de 1889 y 1890, pero su legado perduraría y la orden llegaría a Colorado 18 años después de su fundación.

Fundado en 1900, el Comité de Denver es el consejo más antiguo de la parte oeste del país. Gracias al ferviente caballero John H. Reddin, la orden se extendió rápidamente a Pueblo, Colorado Springs y las Montañas Rocosas, llegando a Grand Junction y luego al norte hasta Fort Collins.

“No puedo decir qué fue exactamente lo que lo llevó a algunos de esos lugares en Colorado, pero estoy seguro de que había sacerdotes buscándolo y queriendo algo para que sus hombres volvieran a estar activos en la Iglesia y tuvieran una organización que estuviera disponible para cuidar de los sobrevivientes”, dijo Foley.

Actualmente, hay 150 unidades activas en varias parroquias de todo el estado. Solo en 2019, los Caballeros de Colorado recaudaron y donaron $2.2 millones a organizaciones y causas caritativas y ofrecieron un total de 725,000 horas de servicio voluntario a las comunidades y actividades de la Iglesia.

Al cuidar de las personas en todas las etapas de la vida, los Caballeros de Colón ha trabajado arduamente para defender la santidad de la vida. Han participado en numerosos esfuerzos provida y han proporcionado 30 ultrasonidos a diferentes clínicas para respetar la vida antes del nacimiento. Durante años, han ayudado a ancianos y familias en situaciones difíciles proporcionándoles comida y abrigos en el invierno.

“Cuando salimos y hacemos estas cosas, estamos sirviendo a la gente, independientemente de su nacionalidad, religión o etnia; lo hacemos porque eso es lo que Dios quiere que hagamos”, dijo Foley.

El Papa Benedicto XIV consideró al Padre McGivney “una figura clave en ‘el impresionante crecimiento de la Iglesia en los Estados Unidos'”.

“Creo que la gente debería saber que el Padre McGivney ha tenido un impacto global. Estaba muy adelantado a su tiempo al pensar en cómo satisfacer la necesidad que veía en los hombres jóvenes”, concluyó Foley. “Dio a los hombres, para que los hombres pudieran devolver a los demás y a la Iglesia”.

Próximamente: ¿Qué es lo que está mal con el mundo? Yo

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Este artículo fue publicado en la edición de la revisa de El Pueblo Católico titulada “¿Por qué estoy aquí?”. Para suscribirte y recibir la revista en casa, HAZ CLIC AQUÍ.

 

Por el Dr. Jared R. Staudt

Una vez, el editor del periódico The Times le preguntó al reconocido católico G.K. Chesterton: “¿Qué es lo que está mal con el mundo?”. Chesterton, el gran maestro del sentido común y el ingenio, respondió: “Estimado señor: Yo. Atentamente, G.K. Chesterton”.

“Yo”. Hay honestidad y humildad en reconocer que los problemas del mundo yacen en el corazón y no en ninguna fuerza social, política o económica externa. El problema que existe en el corazón es lo que causa los conflictos exteriores. Ciertamente, hay estructuras pecaminosas en el mundo, estructuras que surgen del pecado y lo alientan, como el comunismo, aunque estas solo tienen poder porque aprovechan la oscuridad que ya está en nosotros. El mundo está roto porque nosotros estamos rotos.

 

EL PECADO ORIGINAL: ¿ALGO VERDADERO?

Chesterton de nuevo apunta a la obvia realidad de nuestro estado quebrantado. Reconoce que “ciertos nuevos teólogos ponen en duda el pecado original, aunque es la única parte de la teología cristiana que realmente se puede comprobar”. Solo hace falta mirar alrededor para darnos cuenta de que vivimos en un mundo caído. Debido a la caída, que surge con el pecado de Adán y Eva, cada ser humano después de ellos ha nacido al mundo sin los dones que Dios originalmente había destinado para nosotros. Él quería que viviéramos sin el mal y el sufrimiento, refugiados dentro de la protección del jardín, pero nosotros teníamos otros planes.

El Catecismo habla del efecto que el pecado original tiene en nosotros: “Es la privación de la santidad y de la justicia originales, pero la naturaleza humana no está totalmente corrompida: está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado (esta inclinación al mal es llamada ‘concupiscencia’)” (CIC 405). El pecado original explica por qué todos tenemos dificultad para alcanzar la felicidad y estar en paz con los demás.

 

VÍCTIMAS O CÓMPLICES

El pecado original apunta a la falta de la relación con Dios como el centro de lo que está mal con el mundo. Es un problema que todos enfrentamos, aunque queremos acusar a otros. De hecho, el no reconocer nuestro propio estado quebrantado y nuestro pecado ha sido un problema desde el principio.

Cuando Dios le pregunta a Adán por qué comió del fruto, Adán acusa a Eva, la compañera que Dios le había dado (acusando a Dios de manera implícita). Cuando Dios se dirigió a Eva, ella culpó a la serpiente por haberla engañado. Hay verdad en el hecho de que no pecamos aislados de otros. El problema viene del querer culpar los problemas del mundo en los demás, mientras actuamos como si nosotros fuéramos simples víctimas de fuerzas fuera de nuestro control.

Aun si reconociéramos que el origen del mal surge de nuestro corazón, todavía tenemos que enfrentarnos con la otra pregunta de por qué el mal existe en el mundo. Como Adán, muchas veces culpamos a Dios por permitir el sufrimiento en nuestra vida. Si estamos enfermos, perdemos el trabajo o un ser querido muere, inmediatamente le reclamamos a Dios cómo pudo haber permitido semejante cosa.

“El pecado original explica por qué todos tenemos dificultad para alcanzar la felicidad y estar en paz con los demás”.

 

DIOS ACTÚA EN EL SUFRIMIENTO

Dios no tenía la intención de que este mal formara parte de su plan original, ya que el sufrimiento entró al mundo por el pecado. El pecado es lo que se debe culpar por el mal físico y la muerte, no Dios. Como resultado de la caída, Dios permite que el mal físico ocurra en el mundo, aun cuando lo utiliza para hacer surgir un bien más grande.

A través de las dificultades físicas, Dios nos muestra que este mundo no es nuestro verdadero hogar (y ya no está destinado a ser un paraíso terrenal) y que fuimos hechos para algo más. No podemos estar demasiado cómodos aquí en la tierra. El sufrimiento nos recuerda esto y también la necesidad de confiar en Dios. Pero, aun peor que el mal físico, también existe el mal moral, que proviene completamente de nuestra libre elección. El sufrimiento que experimentamos puede incluso hacernos darnos cuenta del mal moral que existe escondido en nuestra vida, llamándonos a la conversión.

El sufrimiento y nuestro estado quebrantado nos llevan a nuestra propia limitación y necesidad de Dios. Aceptar este estado nos da libertad para poder enfrentarlo y abrazar la sanación en Cristo.

 

DIGO: “ESTOY BIEN”, PERO NO LO ESTOY

Esto me recuerda a una canción que muestra la reacción típica a nuestra propia rotura: “Estoy bien”. Con palabras hacia Dios, la canción refleja con precisión cómo intentamos ignorar lo que realmente está sucediendo dentro de nosotros.

“Digo: ‘Estoy bien, sí, estoy bien, oh, estoy bien, oye, estoy bien’, pero no lo estoy. Estoy roto. Y cuando está fuera de control, digo: ‘Está bajo control’, pero no lo está, y lo sabes. No sé por qué es tan difícil admitirlo, cuando ser honesto es la única forma de solucionarlo. No hay fracaso, no hay caída, no hay pecado que ya tú no conozcas. Entonces, deja que salga la verdad”.  Matthew West, “Truth be told”

El individualismo moderno nos dice que estaremos bien si simplemente confiamos en nosotros mismos, que podemos manejarlo y que somos débiles si buscamos ayuda en los demás. La fe cristiana se opone firmemente a esto, porque no podemos ignorar la rotura dentro de nosotros, dejarla sin resolver y ocultarla para que luego salga en forma de venganza. Tenemos que ser sinceros sobre quiénes somos. Somos personas quebrantadas y pecadoras que podemos experimentar la sanación y la gracia si enfrentamos la verdad y la dejamos salir a la luz.

 

QUE LA VERDAD SALGA A LA LUZ

¿Cómo dejamos que esta verdad salga a la luz? Durante la cuaresma, la Iglesia nos llama a la conversión, a través de la oración y la penitencia, y nos pide que confesemos nuestros pecados. Dejamos “que salga la verdad” cuando nos presentamos ante Dios, reconocemos nuestros pecados y le pedimos perdón. Aceptar nuestra debilidad nos lleva a acudir a Dios en busca de ayuda, permitiéndole quitar la oscuridad dentro de nosotros y llenarnos con su propia vida y luz.

 

DIOS SANA “UN CORAZÓN A LA VEZ”

Dios no simplemente elimina todos los problemas del mundo. Más bien, él entra en ellos, primero, asumiéndolos y haciéndose hombre en Jesús, y luego entrando en el centro de la rotura dentro de nosotros. Dios no está ausente del mundo que sufre, aun si no se muestra visiblemente para que todos vean y para así resolver dramáticamente las cosas de manera política. Dios arregla el mundo un corazón  a la vez, de manera más poderosa que el ruido que nos rodea, preparándonos para enfrentarlo y hacer nuestra parte en él.

 

LA SOLUCIÓN: ACUDIR A LA FUENTE DE SANACIÓN

Si soy yo lo que está mal en el mundo, entonces la solución también comienza conmigo. Mi estado interior quebrantado puede ser sanado por Dios (aunque no sea de manera perfecta en esta vida) para que yo pueda ser parte de la solución al problema del mundo. Puedo llevar a otros a Cristo para sanarlos, invitarlos a la Iglesia y específicamente a la confesión. Aunque las personas a menudo tienen miedo de confesar sus pecados, en realidad es un gran alivio y una fuente de sanación. Es un regalo poder compartir este alivio y sanación con otros. Y entre más personas hayan recibido este regalo, más grande será su impacto en el mundo. En esta cuaresma, tenemos la oportunidad de abrazar la solución de Dios, la sanación, que comienza con la raíz del problema: yo…

 

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