El Buen Samaritano nos enseña cómo superar la división

Arzobispo Samuel J. Aquila

Casi todos conocemos la parábola del Buen Samaritano, la cual gira en torno a la pregunta de Jesús: ¿quién era el prójimo del hombre que fue golpeado por los rateros y abandonado para morir? El maestro de la ley con quien Jesús le hablaba le contestó que había sido el Buen Samaritano quien “lo trató con misericordia”. Esta parábola nos da la llave para entender cómo crecer en unidad y superar la división, que es lo que nuestra sociedad necesita tan desesperadamente.

Nuestro discurso civil se ha hecho tan áspero que estamos presenciando peleas verbales y hasta físicas en la plaza pública. Uno reconoce lo mucho que nuestra sociedad se ha desviado al ver cómo la senadora demócrata Diane Feinstein es reprendida en los medios sociales por ser demasiado amable con el senador republicano Lindsey Graham. Los días en que los desacuerdos se enfocaban en la sustancia del tema han quedado muy atrás.

En cambio, personas de ambos lados de un argumento atacan el carácter de aquellos con quienes no están de acuerdo y se precipitan a juzgar sus motivos por no creer como ellos. Creen que las personas deberían ser rechazadas y despreciadas, y que la cortesía y la caridad son solo para aquellos que están de acuerdo con uno mismo. Esto es equivalente al levita y al sacerdote que caminan al otro lado del camino de donde yace el hombre golpeado, cerrando su corazón a la situación difícil de aquel hombre.

En Fratelli tutti, la encíclica más reciente del papa Francisco sobre la fraternidad y amistad social, el Santo Padre explica cómo en las tradiciones judías antiguas “el antiguo precepto ‘amarás a tu prójimo como a ti mismo’ (Lv 19,18) se entendía ordinariamente como referido a los connacionales. Sin embargo… los confines se fueron ampliando” (FT, 59). En el Nuevo Testamento Jesús amplía este mandamiento para hacerlo “universal”, ya que “tiende a abarcar a todos, solo por su condición humana, porque el Altísimo, el Padre celestial ‘hace salir el sol sobre malos y buenos’ (Mt 5, 45)”.

Me parece que en medio de la inundación de información e información falsa en cuestiones de política, de nuestro país o incluso de nuestra Iglesia, hemos perdido el impulso de la caridad y de reconocer la dignidad inherente de cada ser humano. Nos hemos dejado arrastrar por acusaciones y nos hemos olvidado de que cada uno de nosotros somos un hermano o una hermana porque hemos sido creados por Dios a su imagen y semejanza.

Si amamos a Dios, entonces deberíamos buscar amarlo a él en el otro, a pesar de lo mal que la otra persona se comporte o lo cruel que nos hable. La santa Madre Teresa habló con frecuencia sobre el amor a Jesús en el “disfraz doloroso del pobre” cuando hablaba sobre su cuidado por los enfermos y moribundos abandonados en las calles de Calcuta. Pero el “disfraz doloroso” que encontramos en nuestras calles y en nuestra sociedad hoy día es diferente. Puede que estas personas no estén vestidas en harapos, sino hambrientas de amor.

El Santo padre reflexiona sobre la parábola del Buen Samaritano de esta manera: “Nos revela una característica esencial del ser humano, tantas veces olvidada: hemos sido hechos para la plenitud que sólo se alcanza en el amor. No es una opción posible vivir indiferentes ante el dolor, no podemos dejar que nadie quede ‘a un costado de la vida’. Esto nos debe indignar, hasta hacernos bajar de nuestra serenidad para alterarnos por el sufrimiento humano” (FT, 68).

Esta habilidad de ser movidos por la compasión, que viene de recibir el amor de Dios para nosotros mismos y luego de amar como él ama, está en el centro del deseo de Dios por la unidad. Y, por lo tanto, debería estar en el centro de cualquier esfuerzo por promover la unidad.

Vemos este papel central de la caridad para construir unidad en el Evangelio de san Juan, cuando Jesús está anticipando su pasión, muerte y resurrección, y pide por la unidad de todos aquellos que creerán en él. “Padre justo”, dice, “el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y estos han conocido que tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu nombre y se los seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos” (Jn 17, 25-26). Aquí vemos de nuevo que es el amor de Dios, que hace nacer la caridad en nosotros, el que crea unidad.

Que cada uno de nosotros experimentemos el amor del Padre, de Jesús y del Espíritu Santo por nosotros. Que vivamos bien la virtud de la caridad y que dejemos que la compasión nos mueva hacia aquellos que no están de acuerdo con nosotros y son percibidos como enemigos, especialmente mientras nos acercamos al próximo ciclo electoral.

Próximamente: Oración para la cuaresma

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Este artículo fue publicado en la edición de la revisa de El Pueblo Católico titulada “¿Por qué estoy aquí?”. Para suscribirte y recibir la revista en casa, HAZ CLIC AQUÍ.

En esta cuaresma, mientras meditamos sobre el hecho de que Dios nos creó por amor y sobre las tácticas que el Enemigo usa para alejarnos de él, te invitamos a tomar unos minutos de silencio para meditar en estos puntos que te pueden ayudar en tu camino hacia Dios.

 

  • No nací por casualidad. Alguien quiso que yo llegara al mundo, alguien me creó pensando en mí de manera única. Ese “alguien” es Dios, y me trajo al mundo con un solo motivo: por amor, para compartir su felicidad, su plenitud, su amor conmigo. ¿Qué te dice esto sobre el sentido de la vida? ¿Por qué estás aquí? ¿Qué me dice esto sobre la mejor manera de vivir mi vida?
  • Pude haber nacido hace 500 años. Sin embargo, nací en este tiempo. Fui creado para este momento de la historia por un Dios que es bueno y desea mi bien. ¿Sobre qué cosas estoy ansioso o preocupado en este momento de mi vida? ¿Confío en Dios, que es amoroso, que me creó para esto, o dejo que esas preocupaciones me hundan? ¿Ha cambiado en algo la imagen que tenía de Dios?
  • ¿Creo que Satanás es un ser verdadero que busca hundir al ser humano y alejarlo de Dios y de su plan? ¿Ha cambiado algo de lo que se dijo en la última edición de “El Pueblo Católico” la imagen que tenía de Satanás?
  • ¿Qué mentiras o acusaciones me ha hecho creer el demonio sobre mí mismo: “no eres lo suficientemente inteligente, no merezco ser amado, nadie me quiere…”? Pídele a Cristo que saque esas mentiras a la luz, y dáselas para que te sane. Pídele que te ayude a rechazarlas cuando vuelvan.
  • ¿Qué cosas o hábitos me alejan de la visión de Dios para mi vida? ¿Qué puedo hacer para recordar su plan para mí cada día: leer la Biblia por al menos 5 minutos al día, dedicar unos minutos de oración todas las mañanas antes de ir a trabajar o en mi camino al trabajo, etc.? Pídele a Dios que te muestre qué cosas te están impidiendo recibir su paz, alegría y plenitud, y que te dé la gracia para dejarlas.

 

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