El Espíritu Santo es nuestra defensa contra el miedo

Jesús parecía haberse marchado para siempre, pero cuando el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles como una ráfaga de viento y se manifestó con lenguas como de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos, la presencia de Cristo en su interior y en medio de ellos se hizo patente. Este domingo celebramos la fiesta de Pentecostés, día en que el Espíritu de Dios otorgó a los primeros creyentes la convicción y los dones necesarios para proclamar el Evangelio hasta los confines de la tierra.

La fiesta judía de Pentecostés, que coincidió con el día de la venida del Espíritu Santo, era un día santo que conmemoraba el momento en que Dios hizo la alianza con el pueblo de Israel y le dio la ley contenida en la Torá en el Monte Sinaí. Que los apóstoles hayan recibido el don del Espíritu Santo en el mismo día no significa que la alianza haya sido abolida, sino más bien que el Espíritu renovó la promesa de Dios de convertir a Israel en su “propiedad personal entre todos los pueblos” (Ex 19,5).

El mismo Espíritu que dio vida a Adán y Eva, que dio orden al caos en la creación del mundo, que concibió a Jesús en el vientre de María y que después lo resucitó de entre los muertos, ungió y capacitó a la Iglesia primitiva para llevar la buena nueva de la salvación al pueblo judío y al resto del mundo.

Como cristianos en la actualidad, quizá no comprendemos que en la tradición judía no existía el concepto del Espíritu Santo como la tercera persona de la Trinidad. Al contrario, solo se hablaba del “espíritu de Dios” o “espíritu del Señor”.

Sin embargo, a través de la experiencia de Pentecostés, Dios quiso revelarse plenamente, así la Iglesia comenzó a entender con más claridad lo que Jesús quiso decir cuando aseguró que enviaría “otro Paráclito” que estuviera con nosotros “para siempre” (Jn 14,15). “El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre –explicó Jesús–, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn 14,26). Esta enseñanza y guía del Espíritu Santo renuevan nuestra alma y mente, y su poder es capaz de sanar incluso nuestro cuerpo.

Esta verdad es precisamente lo que necesitamos oír en este tiempo de la historia, un tiempo marcado por el miedo, la enfermedad y la inestabilidad. También la vida de la Iglesia primitiva antes de la Resurrección de Jesús y la venida del Espíritu Santo en Pentecostés fue un periodo marcado por el miedo y la incertidumbre. San Pedro no proclamó a Jesús en las sinagogas hasta después de Pentecostés, pues él y los demás discípulos estaban escondidos porque tenían miedo. Sin embargo, después de la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés, Pedro proclamó a Jesús con audacia, y 3000 personas creyeron ese día. Esta transformación testifica que cuando ponemos nuestra confianza en la fortaleza de Dios y no en nosotros mismos, Él puede hacer milagros.

Este fin de semana tenemos la oportunidad de confiar en Dios al regresar a la Santa Misa en persona. He decidido, junto con el obispo Sheridan y el obispo Berg, restablecer la obligación de asistir a Misa los domingos, con la excepción de aquellos que tengan razones o preocupaciones de salud serias para no hacerlo. Esta decisión nos brinda la oportunidad de entregar cualquier miedo que podamos tener al Señor, y pedirle la audacia que proviene del Espíritu Santo para poder valorar lo que Él valora, para adorar al Señor y recibir su gracia en la Santa Misa.

El cardenal Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, señaló que “los apóstoles y santos rezaban para saber qué hacer”, en vez de solo pedirle a Dios que bendijera lo que ya habían planeado (El misterio del bautismo de Jesús). Sigamos su ejemplo en la celebración de Pentecostés y el regreso a la Misa. Pidamos al Espíritu Santo que nos guíe y nos ayude a confiar en Jesús.

Para obtener más información sobre el regreso a la Misa dominical, visite archden.org/regreso.

Próximamente: ¿Cuál es la vocación de los abuelos? El papa Francisco lo explica

¡Regístrese en una suscripción digital a Denver Catholic En Español!

“Yo estoy con ustedes todos los días”.  (Mt 28,20).

Citando a Jesús en la Ascensión del Evangelio de Mateo, el papa Francisco compartió estas palabras cuando instituyó la primera Jornada Mundial de los Abuelos y Mayores, que se celebrará el cuarto domingo de julio por su proximidad a la fiesta de los santos Joaquín y Ana, abuelos de Jesús, el 26 de julio. Este año, la celebración cae el domingo 25 de julio.

Desde el inicio del pontificado del papa Francisco, la dignidad de las personas mayores ha sido un tema recurrente. Ahora, para alentar a las personas a conectarse con sus abuelos y las personas mayores en su vida, el Vaticano ofrece una indulgencia plenaria en esa festividad “a los fieles que dediquen un tiempo adecuado para visitar real o virtualmente a sus hermanos mayores necesitados o en dificultad”.

En otras palabras, si visitas a tus abuelos para un almuerzo de fin de semana, o simplemente si haces una video llamada o llamada telefónica para hablar con ellos, puedes recibir una indulgencia.

Si bien muchas veces suelen pasan desapercibidos, los abuelos y los mayores tienen una vocación considerablemente importante. En un mensaje dirigido a ellos durante el decreto de este día especial, el papa lo reiteró de la siguiente manera, como ya lo había hecho una y otra vez en varios discursos a lo largo de los años.

“No importa la edad que tengas, si sigues trabajando o no, si estás solo o tienes una familia, si te convertiste en abuela o abuelo de joven o de mayor, si sigues siendo independiente o necesitas ayuda, porque no hay edad en la que puedas retirarte de la tarea de anunciar el Evangelio, de la tarea de transmitir las tradiciones a los nietos. Es necesario ponerse en marcha y, sobre todo, salir de uno mismo para emprender algo nuevo”, dijo el santo padre.

Sin ninguna duda, los abuelos juegan un papel muy especial en la vida de cada uno de nosotros. Siempre transmiten una sabiduría humilde y silenciosa en la manera en que cuentan las historias de su juventud, en los consejos que ofrecen libremente o incluso en el amor y el cálido abrazo a sus nietos. Nuestros abuelos vivieron en una época en la que la fe era tan esencial como la familia, y muchos de ellos quieren simplemente una cosa para sus hijos y nietos: que compartan esa misma fe.

Esto presenta un gran desafío en la era apostólica en la que vivimos. Nuestros abuelos y adultos mayores de hoy anhelan, con toda razón, un tiempo como el que vivieron, cuando la fe y el cristianismo eran fundamentales para la sociedad. Ahora solo quedan restos de esa sociedad, pero las personas cada vez más se alejan de la fe de sus abuelos.

Esa es precisamente la razón por la cual los abuelos y las personas mayores son tan importantes. El papa Francisco, que tiene 84 años, les imploró : “¿Cuál es nuestra vocación hoy, a nuestra edad? Custodiar las raíces, transmitir la fe a los jóvenes y cuidar de los pequeños. No lo olviden”.

Pero ¿de qué manera pueden los abuelos mejor hacer esto? Muchos lamentan que sus hijos y nietos no practiquen la fe y se sienten impotentes ante la situación. Aquí es necesario recordar las palabras de Jesús: “Yo estoy con ustedes todos los días”.

“El Señor está siempre cerca de nosotros, siempre, con nuevas invitaciones, con nuevas palabras, con su consuelo, pero siempre está cerca de nosotros. Ustedes saben que el Señor es eterno y que nunca se jubila. Nunca”, aseguró el papa Francisco.

Para la Jornada Mundial de los Abuelos y Mayores, el santo padre ofrece tres pilares para que los abuelos y las personas mayores puedan transmitir la fe y, a su vez, ayudar a construir el mundo del mañana: los sueños, la memoria y la oración.

Sueños

En diciembre de 2019, el papa Francisco dijo a la Asociación Nacional Italiana de Trabajadores Mayores: “El futuro ―y no es exagerado― yace en el diálogo entre jóvenes y ancianos. Si los abuelos no dialogan con los nietos, no habrá futuro”.

¿Cómo se puede imaginar un mundo mejor que en el que estamos viviendo? A través de los sueños de la generación anterior que se transmiten a la siguiente. Las dificultades son parte de la vida, y las personas mayores han encontrado formas de vivir estas dificultades y superarlas, haciéndose así más fuertes y fieles que antes. Sus experiencias son una fuente de sabiduría, y es la responsabilidad e incluso el deber de la generación actual escucharlos.

“¿Quiénes, si no los jóvenes, pueden tomar los sueños de los mayores y llevarlos adelante?”, dijo el papa Francisco en su mensaje para la Jornada Mundial de los Abuelos y Mayores. “Pero para ello es necesario seguir soñando: en nuestros sueños de justicia, de paz y de solidaridad está la posibilidad de que nuestros jóvenes tengan nuevas visiones, y juntos podamos construir el futuro”.

Memoria

El papa Francisco continúa: “Los sueños, por eso, están entrelazados con la memoria… Los sueños se entrelazan así con la memoria… Recordar es una verdadera misión para toda persona mayor: la memoria, y llevar la memoria a los demás”.

A los abuelos les encanta contar historias, y es a través de estas historias que los recuerdos se mantienen vivos. Sin embargo, el papa Francisco señala que más que mantener vivo el pasado, estas historias también son un medio para transmitir lecciones de sabiduría a la próxima generación y recordar a las familias su historia y sus raíces.

“Los abuelos son la sabiduría de la familia, son la sabiduría de un pueblo”, dijo el santo padre en el 2013 durante el Año de la Fe. “Un pueblo que no escucha a los abuelos es un pueblo que muere. ¡Escuchen a sus abuelos! María y José forman la familia que fue santificada por la presencia de Jesús, el cumplimiento de todas las promesas. Toda familia, como la de Nazaret, forma parte de la historia de un pueblo, y no podría existir sin las generaciones precedentes”.

Oración

Lo más importante es la oración. Citando a su predecesor, el papa Francisco afirmó: “El papa Benedicto, santo anciano que continúa rezando y trabajando por la Iglesia, una vez dijo: ‘La oración de los ancianos puede proteger al mundo, ayudándole tal vez de manera más eficaz que la actividad enérgica de muchos’”.

A pesar de los desafíos de estos tiempos, el hecho de tener tan cerca la intercesión de los abuelos y ancianos que ofrecen sacrificios diarios en la Misa y oran fervientemente por sus hijos y nietos, es una gracia que con frecuencia pasamos por alto. El santo padre indicó esto durante su discurso en un encuentro con los ancianos en septiembre del 2014:

“La vejez, de modo particular, es un tiempo de gracia, en el que el Señor nos renueva su llamado: nos llama a custodiar y transmitir la fe, nos llama a orar, especialmente a interceder; nos llama a estar cerca de quien tiene necesidad… Los ancianos, los abuelos tienen una capacidad para comprender las situaciones más difíciles: ¡una gran capacidad!”.

El Señor nos ha dado de manera generosa a los abuelos y las personas mayores para que fueran testigos silenciosos de la fe y poderosos intercesores para esta generación. En nuestro propio camino de fe, nos haría bien escuchar sus sueños, aprender de sus recuerdos y prestar atención a su proclamación, ya que ellos lo hacen tan bien y tienden a recordarnos gentilmente, como solo los abuelos pueden hacerlo, que el Señor está siempre con nosotros.

Imagen de Liz Brenden en Unsplash