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lunes, junio 24, 2024
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El éxito es polvo…

Hace un par de semanas oí la historia de un empresario americano que consiguió lo que en nuestro día se considera la aspiración suprema, aquello que se nos dice que todos debemos anhelar —y de manera singular nosotros los hispanos o latinos en este país—: el éxito y la riqueza.

No hablo de un hombre que alcanzó un éxito moderadamente grande y superó varias expectativas; me refiero a un personaje que se convirtió en un referente internacional —un “gurú” como hoy se les llama— en cuestión de negocios. Ha vendido más de seis millones de copias de libros en más de 30 idiomas, y entre sus clientes se encuentran Southwest Airlines, Pinterest, Check-Fil-A y muchos otros. En fin, para ponerlo en perspectiva, hablamos de un hombre sumamente exitoso.

Ahora es un católico comprometido y va a Misa todos los días. Pero no siempre lo fue. Primero tuvo que descubrir que, a diferencia de lo que oímos a diario, el éxito, en última estancia, es polvo. Y tal vez la belleza de nuestra fe católica no resplandece tanto ante nuestros ojos hasta que aceptamos esta realidad.

No quiero sonar demasiado pesimista ni mucho menos decir que el dinero y el éxito son malos o insignificantes. Son parte de la vida y hasta cierto punto necesarios. Más bien me refiero a la interminable insistencia en nuestro día de que el éxito —junto con el reconocimiento, el prestigio, el placer y la riqueza que lo acompañan— debe considerarse la meta suprema a la que todo ser humano ha de aspirar. Esta mentira, más allá de su profunda falsedad, puede manifestarse en una vida autodestructiva.

Nuestro empresario, Patrick Lencioni, era en su tiempo un joven hambriento de éxito, el tipo de persona que causa cierta admiración por su entrega, tenacidad y valentía a la hora de perseguir alguna meta. Trabajó insaciablemente tras fundar su propia empresa. Escribió libros que se convirtieron en best sellers a nivel internacional, y fue acumulando fama, riqueza y éxito.

“Yo había ganado el superbowl de la vida —dijo en una entrevista—, había escrito todos estos libros, era reconocido y exitoso, y tenía todo… pero estaba vacío”.

Cuenta que en una conferencia en Nueva York tenía entre el público a varios expresidentes de los Estados Unidos y mucha gente influyente. Su exposición causó tal impresión que recibió una ovación calurosa de tan reconocido público. Pero al bajar del escenario, sin dudarlo, salió por la puerta más cercana y, trastabillando, llegó a la iglesia más cercana, la Catedral de San Patricio. Allí se echó de rodillas y lloró amargamente. Había llegado a la cima de sus aspiraciones, pero por alguna extraña razón que no lograba comprender, estaba a la vez destrozado y vacío.

Otros famosos han llamado a este fenómeno el “efecto del agujero negro”, que hunde a la persona más y más en la oscuridad entre más intenta llenarlo con placeres, éxitos y riquezas. En un reconocido podcast, un hombre extraordinariamente exitoso, y amigo del fallecido Anthony Bourdain, decía que siempre le interesaba saber si el efecto del agujero negro le sucedía a todo el mundo o solo a él mismo. Así que cada vez que conversaba con una persona rica y exitosa le preguntaba cuánto había durado su felicidad. Las respuestas no eran para nada alentadoras: la gran mayoría decía que solo al principio de todo quizá habían sido algo felices.

En un caso similar, un reportero preguntó al exjugador de futbol americano y actual entrenador y ganador del superbowl Mike Singletary por qué llevaba una cruz en el pecho. Él contestó que había decidido hacerlo después de ganar el codiciado torneo. “¿Es porque estás agradecido?”, le preguntaron. “No”, respondió. “Es porque estaba vacío. Y dije: ‘Si ganar el superbowl no me hace feliz, entonces algo me falta’”.

Podríamos continuar con una larga serie de historias más o menos trágicas que nos ayuden a ilustrar este fenómeno tan palpable en nuestro día. Y es difícil negar que representa un verdadero problema para el que ha decidido convertir algún bien terrenal en la máxima aspiración de la vida.

La realidad es que la persona que lo haya hecho enfrentará un gran dilema después de probar el sinsabor que inevitablemente acompaña a la gloriosa celebración o tras experimentar el desaliento de asumir que un sueño intensamente anhelado no podrá realizarse.

De cualquier forma, cuando la insuficiencia de ese objetivo se manifieste, la persona llegará a una encrucijada, y tendrá que elegir un rumbo.

Por un lado, se le presentará la oportunidad de aceptar que el éxito, el dinero, el prestigio y el placer no deberían ser el objeto más deseado. Esto podría llevarla a reacomodar su vida y emprender la búsqueda apasionada de aquello que en verdad satisfará el anhelo de felicidad.

Por otro lado, aunque la persona reconozca que los éxitos, el placer y el dinero no pueden aplacar ese agujero negro, puede abandonarse a la idea de que nada podrá hacerlo; de que es como un sarpullido fastidioso, y solo cabe adormecerlo, anestesiarlo, con un sinnúmero de placeres ambiciosos y fugaces que ayudarán a distraerla. A menudo esta decisión se esconde detrás de la careta de una vida sumamente ocupada y exitosa, pero privada de paz y libertad.

En un tercer escenario desastrosamente frecuente, la persona puede llegar a rendirse ante la idea de que nada ni nadie jamás podrá colmar ese deseo, y desistir ante la oscuridad tiránica de la desesperación y la nada.

En verdad, cuando aceptamos que en nosotros existe un anhelo inextinguible de “más” y reconocemos que nada material puede colmarlo, podemos elegir buscar a Dios, vivir una vida que pretenda ignorar y disminuir ese anhelo, o bien, abandonarnos a la desesperación.

El problema es que a menudo creemos que vivimos para Dios porque vamos a Misa, y sin embargo nuestra vida no difiere en nada de la vida de otros que no creen en Dios. Es decir, nosotros también hemos convertido al éxito, el dinero, el reconocimiento y el placer en nuestro objetivo más grande en la vida. Creemos en Dios, pero en realidad lo hemos reemplazado en nuestro día a día, en nuestros pensamientos y nuestro corazón.

Aún más, no solemos darnos cuenta de que cuando vivimos de esta manera, esto es lo que enseñamos a nuestros hijos, por más que los llevemos a Misa.

Y quizá lo más desastroso es que también ignoramos que vivir de esta manera se encuentra solo a un paso de la desesperación. Si nosotros estamos demasiado distraídos para reconocerlo, es probable que nuestros hijos sí lo hagan… y lo sufran. Al fin, la novedad de los bienes materiales que nunca tuvimos puede empañar nuestra vista, pero si nuestros hijos crecieron teniéndolo todo, para ellos no hay novedad. Y cuando descubran que los bienes y aspiraciones materiales no los satisfacen, entonces se encontrarán al borde de la desesperación, porque nunca les mostramos cómo Dios transforma la vida.

Esta realidad atañe a todo mundo, pero de manera especial a los hispanos o latinos que llegamos a este país en busca de una mejor vida. Si bien el deseo de mejorar nuestro estado de vida y asegurar un mejor futuro para nuestra familia es una meta buena y digna, a menudo acabamos siendo más miserables que cuando llegamos. No lo digo, por supuesto, en el sentido material. Pero hemos aprendido una lección grande: nuestros hijos pueden tener todo lo que nosotros nunca tuvimos en la niñez y aun así ser más infelices, vivir sin sentido.

¿Acaso no olvidamos algo más fundamental que nuestros padres o abuelos quizá sí tenían? Tal vez sea hora de tomarnos más en serio las palabras de nuestro Señor y las enseñanzas de la Iglesia, y, en vez de verlas como reglas fastidiosas, reconocerlas como una escuela que nos enseña a vivir la vida de la mejor manera posible. Jesús mismo nos dijo: “Busquen primero el reino de Dios y su justicia, y lo demás se les dará por añadidura” (Mt 6,33); “No junten tesoros aquí en la tierra […] junten tesoros en el cielo” (Mt 6,19-20).

Poner estas palabras en práctica bien podría salvar la vida de nuestros hijos y seres queridos en estos tiempos dominados por la desesperación y la falta de sentido. Después de todo, ¿no nos dijo Jesús: «Les he hablado de esto para que mi alegría esté en ustedes, y su alegría llegue a la plenitud» (Jn 15,10-11)?

Vladimir Mauricio-Pérez
Vladimir Mauricio-Pérez
Vladimir Mauricio-Pérez fue el editor de El Pueblo Católico y el gerente de comunicaciones y medios de habla hispana de la arquidiócesis de Denver.
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