El hombre invidente de Denver que fabrica su cerveza como los antiguos monjes europeos

“¡Está ciego!” exclaman sorprendidos los clientes de Blind Faith Brewing al ver a Tom Martínez, de 44 años, tomar su bastón blanco tras verter varios vasos de una cerveza tradicional al estilo trapense. Martínez, el hombre amigable con gafas de sol que no se cohíbe al tocar temas sobre la fe con sus clientes, no da seña alguna de estar ciego. De hecho, se ha memorizado los 16 dispensadores de cerveza al derecho y al revés.

Lo que muchos no saben es que Martínez aún no estaba ciego cuando él y su amigo Ken Klispie, de 52 años, decidieron fundar su propia fábrica de cerveza hace poco más de un año – una idea que surgió de su amistad, y de la pasión por la fe católica y la tradición monástica que compartían.

“Bromeamos que queremos ser monjes e intentamos crear una experiencia que lo refleje”, dice Martínez. “Queremos que los clientes se sientan bienvenidos y cómodos cuando entren a nuestra taberna.

“De esa manera podrán comprender el concepto de cerveza que les queremos transmitir: como una bebida que puede traer paz y te hace sentir como si estuvieras en casa, como te sentirías en un monasterio”.

La historia de los monjes y la cerveza se remonta al siglo VI, cuando San Benito escribió su Regla. En ella decía que el monasterio tenía que proveer por sí mismo, dar de comer a los pobres y acoger a los peregrinos. Así, a través de los siglos, los monasterios comenzaron a producir bienes como queso, pan y cerveza.

Se les ofrecían estos alimentos a los peregrinos, incluyendo la cerveza, que era más segura de tomar que el agua en la Edad Media. Además, veían la cerveza como una especie de alimento que les ayudaba a sostenerse en tiempos de ayuno como en la Cuaresma – tomada, claro, con medida.

Hoy, la cerveza monástica, y en especial la Trapense, se ha considerado la mejor cerveza del mundo.

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El deseo de traer esta vieja tradición a Denver comenzó cuando Klispie y Martínez se conocieron por medio de los Caballeros de Colón en la parroquia Our Lady of Fatima en Lakewood, hace unos 12 años. Su pasión por la cerveza artesanal Trapense los llevó a experimentar por su cuenta.

Comenzaron organizando cenas con cerveza por medio de los Caballeros de Colón para recaudar fondos para escuelas, parroquias y proyectos humanitarios en el Estados Unidos y África. Así se ganaron el apodo de “los chicos de la cerveza” en su parroquia y entres sus compañeros.

Todo esto acrecentó su deseo de fabricar su propia cerveza a mayor escala y comenzaron a buscar un lugar para establecerse. En octubre de 2017, casi al año de que Martínez perdiera la vista, compraron una taberna ya establecida llamada De Steeg Brewing y le añadieron su propia marca Blind Faith Brewing (Cervecería Fe Ciega).

Evangelizando como monjes

A pesar de ser una bodega pequeña localizada en un callejón entre la calle Tennyson y la avenida 44 en Denver, es uno de los pocos lugares en la ciudad que ofrece lo que solo se puede conseguir en un monasterio. Además de obtener sus recetas de los mismos monjes, Klispie y Martínez incorporan la tradición litúrgica monástica en su forma de trabajo.

“Vemos nuestro trabajo como una forma de evangelizar. Lo hacemos en la manera en que dirigimos nuestro negocio, en que nombramos nuestra cerveza y a través de las conversaciones que tenemos con nuestros clientes,” dice Martínez. “Todos los días podemos hablar con una persona sobre nuestra fe. Las amistades llevan a diálogos sobre Dios y la Iglesia.”

Siendo la fe un factor importante de su trabajo, ambos decidieron agregarle “Blind” (“Ciega”) al nombre por varias razones.

Cuando Martínez perdió la vista de la a la noche a la mañana en diciembre de 2016 sin saber la razón, sus esperanzas de fundar una cervecería comenzaron a menguar. Sin embargo, en las dificultades que tuvo que afrontar con su esposa y cinco hijos, las palabras de San Pablo fueron fundamentales para aceptar su nueva condición: “Caminamos por la fe, no por la vista” (2 Cor 5, 7).

“Ha sido difícil pero no estoy molesto con Dios,” dice Martínez. “Uno se siente solo pero luego dice: ‘No. Este es el tiempo para creer en Dios y saber que todos los santos me están ayudando.’ Uno puede decidir quedarse solo o ver que Dios está ahí.”

Para Klispie, ese mismo versículo reflejó el salto de fe que tuvo que dar al comenzar una fábrica con su amigo, ya que con un trabajo de tiempo completo y una familia de ocho requeriría mucho sacrificio.

Este paso de fe por parte de ambos solo fortaleció la visón que tenían para su negocio, una que seguía la tradición monástica en la calidad de cerveza y en la evangelización por medio de la hospitalidad.

“Siempre valoro esas oportunidades en las que podemos mostrarle a la comunidad lo que somos verdaderamente y ser evangelizadores de manera sutil,” dice Martínez. “De esa manera cuando las personas salgan de nuestra taberna, por alguna razón que quizá no entiendan, puedan decir: ‘Esa fue una buena experiencia. Me hicieron sentir bien. Quiero más de lo que tienen.’

“Así se abre una puerta para hablar sobre la fe. Las personas se interesan por saber lo que somos por lo que han experimentado”, concluye Martínez.

Próximamente: Un estudio de Harvard revela los múltiples beneficios de llevar a los niños a la iglesia

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Un estudio de Harvard revela los múltiples beneficios de llevar a los niños a la iglesia

Una educación religiosa se relaciona directamente con un desarrollo positivo en los años de juventud adulta.

Escritor Invitado

Por: Cerith Gardiner | Aleteia

Criar a nuestros hijos con fe les da, obviamente, muchos beneficios espirituales, pero un estudio reciente de Harvard ha mostrado que los niños con una educación religiosa reciben también beneficios físicos y mentales, en especial en su juventud adulta.

Llevan un estilo de vida más saludable

El estudio, publicado en 2018 por la Escuela de Salud Pública de Harvard, encontró que los niños que asistían a misa semanalmente o que tenían una activa vida de oración eran más positivos y tenían una mayor satisfacción vital cuando llegaban a la veintena. Estos jóvenes adultos tenían tendencia a escoger un estilo de vida más saludable, evitando las bebidas, el tabaco, el consumo de drogas y la promiscuidad sexual.

Utilizando una muestra de 5.000 niños durante un periodo de 8 a 14 años, el estudio reveló unos descubrimientos sorprendentes: al menos el 18 % de los que asistían a misa con regularidad informaron de niveles más altos de felicidad a partir de los 20 años que sus pares no religiosos. Y lo que es más importante, de esa misma muestra, el 29 % tendía a unirse a causas en beneficio de la comunidad y el 33 % se mantuvo alejado de drogas ilegales.

Una de las autoras del estudio, Ying Chen, se refirió a los descubrimientos en una rueda de prensa diciendo: “Muchos niños reciben una educación religiosa y nuestro estudio muestra que esto puede tener consecuencias significativas sobre sus comportamientos relacionados con la salud, su salud mental y su felicidad y bienestar generales”.

Les aporta fortalezas

No se trata del primer estudio que demuestra las ventajas de una educación religiosa. Emilie Kao, directora del Centro DeVos para la Religión y la Sociedad Civil de la Fundación Heritage, comparte en la web Stream.org que “las creencias religiosas dan a las personas fortalezas espirituales que conducen a hábitos saludables y construyen sus redes sociales y les dan la capacidad de superar obstáculos en la vida”.

Estos resultados son especialmente alentadores en un tiempo en que el número de asistentes regulares a misa parece estar en declive. El estudio podría servir como motivador para los padres que tienen dificultades para que sus hijos reticentes vayan a la iglesia, sobre todo durante los años de adolescencia.