El papa Francisco y el posible cisma alemán

Arzobispo Aquila

Estando cerca de su muerte, Jesús oró para que la Iglesia fuera una, para que se unificara. Al recordar la historia y los tiempos presentes de tumulto en nuestra sociedad e Iglesia, es de vital importancia recordar que nuestra unión proviene de la relación sobreabundante del Padre, Jesús y el Espíritu Santo, y no de adoptar los valores del mundo.

Jesús dijo en Juan 17, dirigiéndose a Dios Padre: “No ruego solo por estos, sino también por aquellos que creerán en mí por medio de su palabra, para que todos sean uno”. Nosotros somos aquellos que creen en Jesús por medio de la palabra de los Apóstoles, como lo han hecho las generaciones de cristianos que nacieron antes que nosotros. La unidad de la Iglesia no es solo para nuestro propio bien, es también para el bien del mundo, para que este crea que el Padre envió a Jesús.

Los que se mantienen al tanto de noticias relacionadas a la Iglesia Católica sabrán que el papa Francisco habló sobre el peligro de un cisma en la Iglesia. Le dijo a un reportero que él reza para que un cisma no suceda, pero también reconoció que era posible. “Es una decisión que el Señor deja a la libertad humana”, dijo el Papa, añadiendo: “Oro para que no sucedan, ya que la salud espiritual de muchos estaría en riesgo”. La libertad humana ha sido la causa de cismas a través de la historia de la Iglesia, y antes de la Iglesia, entre el pueblo de Israel. Sin embargo, como sabemos por las palabras de Jesús mismo, es esencial que los creyentes se mantengan unidos.

Desafortunadamente, los desarrollos recientes en la Iglesia alemana, dirigidos por el Cardenal Marx y la mayoría de los obispos alemanes, corren el riesgo de dañar la unidad de la Iglesia universal. Estos obispos y un grupo considerable de laicos planean tener un sínodo que realice votaciones de carácter obligatorio sobre el cambio a cuestiones de doctrina, como la ordenación de mujeres, bendiciones a uniones del mismo sexo y otros temas relacionados a la sexualidad. En su carta del mes de junio dirigida a los católicos alemanes, el papa Francisco advirtió: “Cada vez que la comunidad intentó resolver sus problemas a solas, confiando y enfocándose exclusivamente en sus propias fuerzas o en sus métodos, inteligencia, voluntad o prestigio, acabó por aumentar y perpetuar los males que intentaba resolver”. Esto es debido a que, en los cismas, se encuentra la falta de no escuchar la voz de Dios y la voz auténtica del Espíritu Santo, que siempre mantienen nuestros ojos fijos en Jesucristo.

Es decepcionante que los obispos alemanes se hayan empeñado en los últimos días en avanzar con sus planes, pese a la intervención del papa Francisco y la carta del cardenal Marc Ouellet, quien aseguró que la propuesta no era “eclesiológicamente válida”.

El antídoto para esta posible herida al Cuerpo de Cristo es la búsqueda de la unión con las tres Personas de la Santísima Trinidad, que son la fuente de la unidad de la Iglesia. Aquellos que continúan amando a cada persona de la Trinidad no buscan su propio camino. Por esta razón, el Catecismo enseña:

“La Iglesia es una debido a su origen: ‘El modelo y principio supremo de este misterio es la unidad de un solo Dios Padre e Hijo en el Espíritu Santo, en la Trinidad de personas’. La Iglesia es una debido a su Fundador: ‘Pues el mismo Hijo encarnado […] por su cruz reconcilió a todos los hombres con Dios […] restituyendo la unidad de todos en un solo pueblo y en un solo cuerpo’. La Iglesia es una debido a su ‘alma’: ‘El Espíritu Santo que habita en los creyentes y llena y gobierna a toda la Iglesia, realiza esa admirable comunión de fieles y une a todos en Cristo tan íntimamente que es el Principio de la unidad de la Iglesia’” (CIC #813).

Basta con considerar la historia de las comunidades protestantes, que constantemente se dividen entre ellas por cuestiones de doctrina, para ver las consecuencias de reemplazar la fe con creencias socialmente aceptables.

Jesús nos enseña: “Yo soy la vid; ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él dará mucho fruto; porque separados de mí nada pueden hacer. Si alguno no permanece en mí, es cortado y se seca…” (Jn 15, 5-6). Uno puede observar fácilmente en la historia que cambiar la enseñanza para mantenerse al día con la moralidad moderna no llena iglesias. Lo único que da fruto y llena iglesias es el encuentro con Jesucristo, el permanecer fiel a él cueste lo que cueste, y el mantenerse unido a la vid.

Una demostración perfecta de cómo el amor a la Santísima Trinidad cosecha unidad se puede encontrar en la vida de san Maximiliano Kolbe. Cuando experimentó la fría existencia del campo de concentración de Auschwitz, que desechaba todo tipo de amor, el credo Nazi mantenía que los judíos, algunos protestantes y la Iglesia debían ser eliminados para dar paso a los valores del Reich. Pero en vez de marchitarse en estas condiciones, san Maximiliano fue un cauce de amor, una rama que se mantuvo unida a la vid de Jesús. Ardía de amor por Cristo y su Iglesia, y les recordaba a otros que esto “no tiene nada que ver con lágrimas dulces y sentimientos, sino que es una cuestión de una voluntad libre que se sujeta al amor a pesar de nuestra aversión y vacilación”.

Para que la Iglesia se mantenga unida, todos nosotros debemos esforzarnos por amar y mantenernos unidos a Jesucristo y sus enseñanzas, y no a aquellas del mundo. Debemos poner nuestra fe en Jesucristo y confiar en que es fiel a sus promesas. Miremos cuántas veces Jesús elogia la fe de la persona que es sanada en los Evangelios. Comparemos esto con la vez que los apóstoles mostraron poca fe mientras una fuerte tormenta azotaba la barca. Jesús no los exhortó a tener menos fe, sino a dejar de acobardarse y preocuparse. Una fe fuerte, confiada en Jesús y en su poder y autoridad, proporciona la fuerza para vivir el Evangelio. Esto es verdaderamente la obra de Dios, como Jesús nos recuerda: “Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible” (Mt 19, 26).

Foto: © L’Osservatore Romano

Próximamente: Por un “Halloween” católico y sin fundamentalismos

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Por el padre Ángel Pérez-López, PhD, STL

El padre Ángel Pérez-López es párroco de St. Cajetan en Denver y es profesor de filosofía y moral en el seminario St. John Vianney. Tiene un doctorado en filosofía y un posgrado en teología moral de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma.

Pregunta de nuestra lectora Aimeé L.: “El Pueblo Católico, ¿nos podrían decir qué dice la Iglesia Católica sobre el Halloween? Porque parece que mucha gente tiene malentendidos. Personalmente celebro, siendo católica… pero si estoy mal me gustaría saberlo”.

La palabra “Halloween” es una contracción de la expresión all hallows eve”, literalmente, “la víspera de todos los santos”. Se trata de una fiesta profundamente católica. Debemos redescubrirla. No caigamos ni en el fundamentalismo que se le opone sin reservas, ni tampoco en la trampa de la comercialización secularizante, que desviste esta fiesta de sus orígenes religiosos y la dota de un significado neopagano.

La cultura celta tenía una fiesta llamada Samhain, literalmente, “fin del verano”. Celebraba el final de las cosechas y el principio del invierno, cuando muchas personas morían a causa del frío. No obstante, Halloween tiene su origen católico hace más de mil trescientos años en la vigilia de la fiesta de todos los santos. Fue instituida por el papa Gregorio III cuando dedicó a todos los santos una capilla en la Basílica de San Pedro en el siglo octavo. Un siglo después, el papa Gregorio IV declaró la fiesta como día de obligación. Además, adoptó la tradición de los católicos germanos y cambió la fecha de mayo a noviembre. Así, la vigilia de esta fiesta pasó al último día de octubre, esto es, a la fecha de nuestro actual Halloween. Ninguno de estos Papas parece haber conocido el Samhain, que dejó de celebrarse antes de que la fiesta de todos los santos fuera instituida, cuando los pueblos célticos se convirtieron al catolicismo.

Coco y el recuerdo de los seres que ya partieron

Ahora bien, ¿es posible que algunos elementos de esta fiesta celta sobrevivan todavía hoy?¡Claro que sí!¡También sobrevivió el árbol de Navidad! Este árbol es una tradición de origen germánico que hemos adoptado en el catolicismo sin que sus paganos orígenes la hagan moralmente mala.

En los Estados Unidos, los puritanos prohibieron y se opusieron a Halloween radicalmente y sin reservas. En cambio, los emigrantes católicos, de origen alemán e irlandés, mantuvieron viva la tradición, pero fusionando algunos elementos de esta fiesta con la de los fieles difuntos. Así, hacían pasteles en Halloween y los niños iban de casa en casa “mendigando” estos pasteles a cambio de ofrecer oraciones por los seres queridos y fallecidos de los benefactores.

Históricamente, la actitud puritana y protestante en contra de Halloween se mezcló con sentimientos anticatólicos en el país. Solo la comercialización de la fiesta consiguió solventar esta tendencia persecutoria. Esta comercialización trajo consigo un fenómeno similar a lo ocurrido con la Navidad. En el caso de Halloween, implicó un olvido de Dios y de los santos como centro de la fiesta. A esta pérdida de sentido religioso, se le une la cantidad de películas de horror que fantasean e intentan dotarla de contenido neopagano, tétrico y ocultista.

Como católicos, no podemos caer en el error de los fundamentalistas y despreciar una tradición netamente católica, simplemente, porque su comercialización la ha vaciado de su verdadero contenido y la ha transformado en una posible ocasión para lo tétrico y oscuro del neopaganismo. No despreciamos la Navidad, sino que luchamos por mantener vivo su verdadero significado. Hagamos lo mismo con Halloween. No es la fiesta del demonio. No hace falta cristianizar, o cambiar de nombre, una fiesta que ya es católica de suyo. Por tanto, se puede celebrar Halloween teniendo presentes sus orígenes y evitando errores como la superstición, la brujería o la glorificación del mal.

Podemos tomar ocasión de esta fiesta para enseñar a nuestros hijos a celebrarla sin fundamentalismos y de una manera católica, al mismo tiempo que éstos se divierten, sin pecar y sin caer en el neopaganismo.

La superstición es un exceso y perversión de la religión (véase Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2110) del que tenemos que purificar la fiesta que venimos explicando. Por ejemplo, algunos emigrantes irlandeses dotaron a Halloween de un contenido supersticioso y contrario a la fe al fusionarla con una fiesta que ellos se inventaron: “el día de todos los condenados”. Temían que algo malo les ocurriría si no celebraban también a los condenados y estos se sentían excluidos. Un Halloween católico y sin fundamentalismos no puede caer en un error como este; y, como sabemos, nuestra comunidad hispana no es ajena al problema de la superstición. A veces, también caemos en este error “cuando se atribuye una importancia, de algún modo, mágica a ciertas prácticas, por otra parte, legítimas o necesarias” (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2111).

Un Halloween católico tampoco puede promocionar la brujería. No existe la magia buena y la magia mala. Toda magia atenta contra Dios, entraña una rebelión contra Él y un intento de suplantar su lugar: “todas las prácticas de magia o de hechicería mediante las que se pretende domesticar potencias ocultas para ponerlas a su servicio y obtener un poder sobrenatural sobre el prójimo —aunque sea para procurar la salud—, son gravemente contrarias a la virtud de la religión” (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2117).

No a la lectura de cartas, espiritismo o supersticiones

Celebremos Halloween sin olvidarnos de Dios y de los santos. Los padres de los niños son los que tienen que tomar las decisiones concretas de cómo educar a sus hijos atendiendo a las circunstancias de su vecindario. No obstante, siempre y cuando se evite la ocasión de la superstición, la brujería o la glorificación del mal; que un niño se disfrace y pida caramelos, en mi opinión, no conlleva necesariamente, o de suyo, ningún mal moral. No caigamos en la superstición. No atribuyamos importancia mágica a una práctica legítima. Podemos tomar ocasión de esta fiesta para enseñar a nuestros hijos a celebrarla sin fundamentalismos y de una manera católica, al mismo tiempo que éstos se divierten, sin pecar y sin caer en el neopaganismo.

 

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