“El párroco que necesito”

Esta es la época del año en que se anuncian los cambios de párrocos y de vice-párrocos en la arquidiócesis de Denver. Las expectativas son altísimas. Cada uno tiene su idea del párroco que quiere en su parroquia: “me cae…”, “no me cae…”, “no es como el anterior…”, “¡ah, el anterior era estupendo!…” Y cada quién tiene su propia idea del párroco ideal que le cae para su parroquia.

Del sacerdote se espera que predique igual que San Pablo, que sea entretenido, que sepa relacionarse con la gente, que haga milagros con el dinero de la colecta, que mantenga todo limpio, ordenado y que esté a la mano para cuando se necesite, que no se enoje, que siempre esté alegre, que no se enferme, que no se ausente, que sea terapeuta, director espiritual, consejero matrimonial, paño de lágrimas, que sepa todo de todo, domador de teenagers, y muchas otras expectativas más. Pero, en realidad, lo único que interesa, lo único que verdaderamente se necesita, es que sea un sacerdote santo: un sacerdote que cuando nos hable, notemos que está enamorado de Cristo; que nos celebre los sacramentos con fe y unción; que nos enseñe a rezar y a vivir una relación de amor con Dios y con el prójimo, y que trate a todo con el mismo amor de Cristo.

Un sacerdote santo, es un don del cielo que hay que pedir. Es algo que no se puede producir en la tierra y que no viene de la naturaleza humana del hombre llamado por Dios para esta vocación. La santidad es siempre don de Dios. Por ello, una de las oraciones más conocidas por los sacerdotes termina con estas palabras: “¡Oh, Señor, envía a tu iglesia santos y fervorosos Sacerdotes!”.

Cada año la Iglesia observa el Día Mundial de Oración por la Santificación de los Sacerdotes, que se celebra en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, y que esta vez será el viernes 8 de junio.

Yo creo que muchos pueden afirmar lo mismo que el famoso director de cine y actor Mark Walhberg: “Un sacerdote me casó. Mis hijos fueron bautizados por un sacerdote. Y cuando algún miembro de mi familia falleció, todos fueron enterrados por un presbítero. Mis pecados son perdonados cuando voy a confesarme con un sacerdote. Cada vez que voy a Misa, es través de las manos de un sacerdote que recibo el cuerpo y la sangre de Jesucristo, que me fortalece para compartir mi fe católica con los demás”. Por eso, concluía él, necesitamos “buenos y santos sacerdotes.”

Les pido que este 8 de junio eleven una pequeña oración por su párroco y por todos los sacerdotes de la arquidiócesis: no pidan otra cosa para ellos más que la santidad.

Próximamente: La sabiduría de San Benito en nuestros tiempos

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Por el arzobispo Samuel J. Aquila.

“Levantémonos, pues, de una vez; que la Escritura nos exhorta”, nos insta la Regla de San Benito. “Abramos nuestros ojos a la luz… y nuestros oídos a la voz del cielo que todos los días nos llama… ‘Si escuchas hoy su voz, no endurezcas tu corazón’” (Sal 95,8). El 11 de julio, la Iglesia conmemora a San Benito, y sus palabras de hace 1,500 años parecen perfectamente adecuadas para los tiempos desafiantes y cambiantes de hoy.

La Regla de San Benito se escribió alrededor del 530, una época en que el Imperio Romano se había derrumbado y la existencia del cristianismo en Europa estaba amenazada. Dada nuestra situación cultural actual y sus paralelos con su tiempo, creo que podemos encontrar fruto en las enseñanzas de San Benito.

San Benito creció rodeado de una cultura moralmente corrupta, pero con la gracia de Dios vivió una vida virtuosa. Después de pasar un tiempo estudiando en Roma, huyó de su decadencia moral para buscar una vida más solitaria. San Benito vivió la vida de ermitaño durante varios años antes de que finalmente fundara varios monasterios, que se convirtieron en centros de oración, trabajo manual y aprendizaje.

San Benito comienza su regla instando a los monjes a “escuchar atentamente las instrucciones del maestro y atenderlas con el oído de su corazón” (Regla, Prólogo 1). Para nosotros, esto significa establecer un tiempo diario para escuchar al Señor, tanto en la lectura de las Escrituras como en la oración conversacional y la meditación.

Nuestra base segura durante estos tiempos difíciles debería ser la voluntad de Dios para cada uno de nosotros, no los mensajes en constante cambio que nos bombardean en las noticias o en las redes sociales. Para algunos, cada tendencia en línea se ha convertido en una forma de evangelio que debe cumplirse con convicción religiosa. Pero la fe que nos transmitieron los Apóstoles es el único Evangelio verdadero y el único que puede salvar almas. Aunque los tiempos y la tecnología eran diferentes, San Benito entendió la importancia de escuchar “las instrucciones del maestro”.

En su libro El misterio del bautismo de Jesús  el predicador de la familia papal, el padre Raniero Cantalamessa, aborda la necesidad de que los sacerdotes se armen para la batalla “contra los gobernantes mundiales de esta oscuridad actual” (cf. Jn 10: 12) En el centro de su reflexión está la idea de que “Jesús se liberó de Satanás mediante un acto de obediencia total a la voluntad del Padre, de una vez por todas entregándole su libre albedrío, para que realmente pudiera decir: ‘Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra.’ (Jn. 4,34)”.

La pregunta que debemos hacernos es: ¿Pongo primero la voluntad del Padre en mi vida, en cada decisión que tomo y en todo lo que digo y hago? Si colocamos la voluntad del Padre en el centro de nuestras vidas y realmente lo escuchamos con “los oídos de nuestro corazón” como enseñó San Benito, estaremos preparados para lo que suceda y siempre daremos testimonio del amor de Dios y de los demás. Vivimos en un mundo que ha eliminado a Dios de su cultura. La historia, tanto la historia de la salvación como la historia mundial, muestra claramente lo que sucede cuando esto ocurre. Cuando Dios es eliminado, algo más se convierte en “dios”. Las sociedades descienden y eventualmente caen y desaparecen a menos que regresen al Dios verdadero y se conviertan en culturas que promuevan una vida de santidad y virtud.

Hay por menos una lección más de la regla de San Benito que es aplicable en estos tiempos de desunión y división social. Los monjes y hermanas de la familia espiritual benedictina son conocidos por su hospitalidad. La Regla enseña esta virtud de esta manera: “A todos los huéspedes que vienen al monasterio se les recibe como a Cristo, porque él dirá: ‘era forastero y me acogieron’ (Mt 25,35). Hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe (Gálatas 6:10) y a los peregrinos” (Regla, # 53).

Pidamos en nuestra oración poder ver a otros como Cristo mismo que viene a nosotros, incluso si están vestidos con lo que Santa Madre Teresa llamó “el disfraz angustiante de los pobres”. Si buscamos continuamente la voluntad del Padre y pedimos en oración por la configuración de nuestro corazón al suyo y nuestra voluntad a la suya, entonces podremos resistir cualquier desafío.