El “ser” vale más que el “hacer”

Escritor Invitado

Por: Mary Beth Bonacci

Regresé hace poco de la Catholic Leadership Conference (Conferencia de liderazgo católico n.d.t) o, como me gusta llamarle “los mejores días del año”.

En medio de la actual crisis de la Iglesia, fue inspirador pasar varios días con líderes laicos santos y comprometidos, quienes están dispuestos a hacer lo necesario para sanar este fragmentado cuerpo de Cristo.

¡Y sí que me inspiro! Hablamos acerca de lo que vamos a hacer. Juntos y también separados. Hablamos acerca de dar lo mejor de nosotros para ganar almas para Cristo. Regresé muy emocionada y con muchas ganas de hacer algo.

Sospechaba que no estaba sola en esto. Aquellos que amamos a Dios o que al menos lo profesamos, siempre estamos pensando en las cosas grandes que vamos a hacer por Él. Llevaremos con nosotros una lista de cosas que hemos hecho y se la presentaremos el día del Juicio Final. Hemos predicado, hemos servido, nos hemos convertido. Por supuesto ¡hemos hecho muchas cosas!

Y entonces, una vocecita dentro de mí me preguntó: Pero, ¿qué vas a ser? Cada vez me resulta más evidente que esta crisis se produjo en gran parte por hombres que pudieron haber tenido de muchos modos y en muchos niveles, buenas intenciones.

Quizás hubo un tiempo en el que muchos de ellos querían hacer un bien a la Iglesia y al mundo. Quizás no. Pero, de cualquier modo, es claro que ellos al final no fueron hombres santos. Algunos de ellos hicieron cosas indescriptiblemente horribles. Otros tomaron pobres decisiones a raíz de estas cosas indescriptibles. Muchos, de innumerables maneras, pusieron el poder y el prestigio encima del bien de los fieles. No en las acciones de los hombres verdaderamente santos.

Entonces, si la falta de santidad fue la que causó todo este problema, ¿cuál crees que sería la solución?

Yo creo que, antes que nada, la solución es que todos nosotros seamos más santos.

Recuerda por qué vino Cristo. Por supuesto, Él nos dijo que hiciéramos cosas. Y que evitáramos hacer otras cosas. Pero todo eso es solo para dar paso a en quién nos convertiríamos. En Él nos convertimos en una nueva creación. Tenemos que disminuir para que Él aumente en nosotros.

En esta “nueva creación” nos quiere en las calles haciendo cosas. Nos quiere santos, hombres y mujeres que escuchen su voz, atiendan su llamada y traigan su amor al mundo. No sé tú, pero yo sola soy incapaz de alcanzar muy poco. Y menos discernir lo que debería estar haciendo. Lo que podría ser más efectivo. Dónde mis talentos pueden hacer el mayor bien. Cuando se trata de este reino, Él sabe qué es lo mejor, mucho más que yo.

Él no puede obrar en nosotros si nuestros egos continúan atravesándose en nuestro camino. Él nos necesita comprometidos, profundamente cambiados, listos para ser dirigidos por Aquel que es la fuente de la verdadera sanación.

Afortunadamente, para mí y para el mundo, los líderes católicos con los que estuve en aquella conferencia son esas personas. Son humildes. Son Santos. Están completamente “vendidos” para Cristo. Son los hombres y las mujeres que “se la juegan toda” actuando en ese propósito, poniendo de su parte para restaurar su Iglesia.

¿Cómo hacemos esto? A través de la oración, de los sacramentos – especialmente la confesión y la Eucaristía. A través de la misa, de la lectura sobre la vida de otros hombres y mujeres que ardían por Él – es decir, los santos. A través del estudio de la Palabra y del conocimiento al que más nos ama, cuyo Espíritu nos trae una nueva vida. Y a través de rendirnos a Él.

Entonces, si has estado sentado preguntándote qué hacer por la Iglesia en medio de esta crisis – o si no lo has hecho aún – ¿Qué tal si empiezas por ahí? Y luego, agárrate fuerte.

Próximamente: Santos fuertes para nuestros tiempos de duda

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“Declaro en verdad y con alegría en mi corazón – ante Dios y sus santos ángeles – que nunca he tenido ningún motivo en mi trabajo que el de predicar la Buena Noticia y sus promesas. Esta es la única razón por la que regresé aquí a Irlanda – lugar del que apenas escapé vivo”. Estas palabras del libro La Confesión de San Patricio reflejan la fuerza del Espíritu Santo que se desarrolló a través de Jesús cuando dio su vida en la cruz,  cuando inspiró a San Esteban, el primer mártir, y cuando continúa moviendo a personas alrededor del mundo para ser testigos de Cristo, sin importar el costo.

Esta semana celebramos las fiestas de dos hombres fuertes: San Patricio y San José. Ambos vivieron durante tiempos difíciles y buscaron vivir plenamente la fe. El ejemplo de estos hombres, nuestros predecesores en la fe nos proveen un modelo de una Cuaresma provechosa y también de una labor evangelizadora en una cultura que duda de todo.

San José era, de acuerdo con el evangelio de San Mateo, un “hombre justo” (Mt. 1:19) cuyo deseo de seguir a Dios en todo lo que hacía era evidente en sus acciones. Bajo la ley judía, José debía divorciarse de María porque la había encontrado embarazada luego de que ellos se habían comprometido, pero antes de que vivieran juntos. Y así, José vio cuán pura y buena era María.

Cuando un ángel apareció a San José en un sueño y le dijo que María estaba embarazada por obra del Espíritu Santo, él no dudó en traerla a su casa, aún cuando sus compañeros creyentes ciertamente cuestionaran su integridad y la de ella. Esta es una lección muy valiosa para las personas de fe de hoy. Es mucho mejor seguir el plan de Dios para nosotros que estar de acuerdo con lo que la sociedad considera sabio.

Esto lo vemos también en la disposición de San José de huir a Egipto a instancias de otro sueño angelical. Quizás él tendría que conformar su corazón con el del plan del Padre cuando escuchó al profeta Simeón predecir que una espada atravesaría el corazón de María y que Jesús sería un “signo de contradicción” (Lc. 2: 22 – 36). Seguramente su corazón pudo haber estado movido por el deseo de proteger a su esposa y a su hijo adoptivo, pero él también pudo ver que Dios estaba en sus obras y en las de su familia.

Cuando San Patricio tenía unos 15 años, fue capturado de su casa en Gran Bretaña occidental por piratas irlandeses y fue vendido en esclavitud. Pasó seis años como esclavo cuidando los rebaños de su amo, pero durante este tiempo se fue acercando progresivamente a Dios y a la fe que previamente había desechado.

Después de regresar a casa cuando escapó de la esclavitud en Irlanda, Patricio tuvo una visión en la cual los irlandeses lo llamaron para que regresara. “¡Niño santo!”, clamaron usando el apodo con el que se burlaron de él cuando eran esclavos: “Ven y camina con nosotros”. Curiosamente, en lugar de enojarse, San Patricio dijo que su corazón se conmovió con estas plegarias.

San Patricio supo lo que estaba enfrentando. Una tierra poblada de 150 tribus cada una liderada por un rey, una sociedad influenciada por los druidas (clase sacerdotal que tenían una gran influencia en la sociedad celta n.d.t) y otras religiones paganas y la Iglesia cristiana contaban probablemente solo en cientos. Pero San Patricio no se desanimó y con fe y alegría se dirigió a Irlanda.

En las mentes y corazones de Irlanda había muchas ideas en conflicto (muchas de ellas dañinas) compitiendo como ocurre ahora. Mientras recorremos nuestro camino a lo largo de la Cuaresma y buscamos una intimidad más grande con Dios – quien es el camino, la verdad y la vida – pidamos la fe fuerte de San José y San Patricio que nos ayude en nuestro caminar. Escuchemos la voz de Dios, la voz de Jesús y no la del mundo, o lo que es peor, la del diablo.

Con el don de la fe y la fuerza del Espíritu Santo, digamos como San Patricio: “Dios escuchó mis plegarias para que yo, por tonto que fuera, pudiera atreverme a emprender una misión tan santa y maravillosa en estos últimos días – que, a mi manera, podría ser como aquellos que Dios dijo que vendrían a predicar y ser testigos de las buenas nuevas para todos los no creyentes … “.

Traducido del original en inglés por Carmen Elena Villa @CalenVilla