En el trabajo y en la vida ordinaria, allí está Dios: San Josemaría Escrivá

Frases sobre el trabajo y la santidad

Vladimir Mauricio-Perez

San Josemaría Escrivá (1902-1975) fue un sacerdote español y fundador del Opus Dei [Obra de Dios], una asociación para ayudar a las personas a alcanzar la santidad en su profesión y oficio. Se le conoce como “el santo de la vida ordinaria”, ya que se dedicó a predicar que todos están llamados a la santidad en su trabajo y responsabilidades cotidianas.

Aquí algunas frases de san Josemaría sobre el trabajo y la santidad tomadas de sus visitas catequéticas a diferentes países.

Dios está en tu trabajo

– “En la línea del horizonte, hijos, parecen unirse el cielo y la tierra, pero no: donde en verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria.”

-“¿Cuál trabajo es mejor: el intelectual o el manual? Aquel que se haga con más amor de Dios”.

-“En un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo… Dios nos espera cada día”.

-“Meteos en todos los sitios… en donde una persona honrada puede vivir. Ahí tenemos nosotros aire para respirar. Ahí debemos estar con nuestra alegría, con la paz interior, con nuestro afán de llevar las almas a Cristo”.

Hacer el trabajo con excelencia

-“Hay que hacer un trabajo bien hecho, no hay que hacer chapuzas… Si quieren mucho a una mujer, no le ofrecen algo que no valga nada; le ofrecen algo que cuesta un sacrificio. Pues a Dios le debemos ofrecer nuestro trabajo, y se lo debemos ofrecer bien hecho”.

-“Le debemos de poner ilusión, gusto [al trabajo], porque de esta manera ganas dinero y levantas la posición de los tuyos, pero además por dar gusto a Dios… además, porque el trabajo es una oración; además, porque el trabajo dignifica”.

-“Procura hacerlo bien, a conciencia, de modo que el Señor esté contento de ti, y ese día has dado un paso en el camino hacia el cielo”.

-“Tenemos que vivir en la tierra, y cada uno vivir de su esfuerzo”.

-“Para ofrecer a Dios durante el día tu trabajo profesional, de modo que a él le agrade, lo harás cada día mejor: con más rectitud, con más empeño, con más afecto; pensando no solo en ti y en los tuyos, sino en la sociedad entera, en los demás”.

El trabajo y la oración

-“Ten relaciones públicas y privadas con el Señor. Búscalo para todo. Acércate al Padre del cielo, dile que lo quieres, díselo cariñosamente muchas veces al día. Mientras estás con las oraciones públicas en la tierra, relaciones públicas del cielo”.

-“Debemos estar derechos, valientes, sirviendo al Señor en medio de la calle, en medio de todo; siendo un buen amigo de tus colegas y además un ejemplo para tus colegas”.

-“Habla con el Señor: ‘¡Que me canso, Señor, que no puedo más! ¡Que esto no me sale! ¡Cómo lo harías!’”

-“Tu trabajo es oración, tu trabajo hecho con mucha ilusión y por amor, además por la ilusión de ganar dinero, ¿por qué no?”

Demasiado trabajo

-“Te pasará, hijo mío, lo que a todo mundo le pasa: que cada día necesitaría 24 horas más, porque llegarás muchas veces a la noche con muchas cosas sin hacer. No te preocupes; estate tranquilo, sereno. Y después de una cosa, haz otra, tranquilo, como si no tuvieras que hacer más que aquella otra cosa. No pienses en las demás, termina bien las que estás haciendo”.

-“¡No es verdad que tus días son iguales! Si pones amor en tus días, cada día es distinto”.

-“Yo te aconsejaría el estar con tus hijos como el principal de tus trabajos”.

El trato con personas

-“Tú eres un gran cristiano si sonríes siempre… pero no sonrías solo por hacerte amable, ni por vender más, sino por amor de Jesucristo; porque sabes que tienes la obligación de contribuir a la felicidad de todos”.

Dinero y generosidad

-“Es justo que el que trabaja gane dinero. Y es justo que ese dinero lo empleéis bien, primero que nade para la familia, para vuestro hogar, etc. Pero el Señor os quiere generosos… Por lo tanto, habéis de hacer un pequeño esfuerzo. Debéis pensar en Dios y en los demás por Dios”.

Imagen cortesía de la Oficina de Información de la Prelatura del Opus Dei en España

Frases tomadas del video adjunto.

Próximamente: La sabiduría de San Benito en nuestros tiempos

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Por el arzobispo Samuel J. Aquila.

“Levantémonos, pues, de una vez; que la Escritura nos exhorta”, nos insta la Regla de San Benito. “Abramos nuestros ojos a la luz… y nuestros oídos a la voz del cielo que todos los días nos llama… ‘Si escuchas hoy su voz, no endurezcas tu corazón’” (Sal 95,8). El 11 de julio, la Iglesia conmemora a San Benito, y sus palabras de hace 1,500 años parecen perfectamente adecuadas para los tiempos desafiantes y cambiantes de hoy.

La Regla de San Benito se escribió alrededor del 530, una época en que el Imperio Romano se había derrumbado y la existencia del cristianismo en Europa estaba amenazada. Dada nuestra situación cultural actual y sus paralelos con su tiempo, creo que podemos encontrar fruto en las enseñanzas de San Benito.

San Benito creció rodeado de una cultura moralmente corrupta, pero con la gracia de Dios vivió una vida virtuosa. Después de pasar un tiempo estudiando en Roma, huyó de su decadencia moral para buscar una vida más solitaria. San Benito vivió la vida de ermitaño durante varios años antes de que finalmente fundara varios monasterios, que se convirtieron en centros de oración, trabajo manual y aprendizaje.

San Benito comienza su regla instando a los monjes a “escuchar atentamente las instrucciones del maestro y atenderlas con el oído de su corazón” (Regla, Prólogo 1). Para nosotros, esto significa establecer un tiempo diario para escuchar al Señor, tanto en la lectura de las Escrituras como en la oración conversacional y la meditación.

Nuestra base segura durante estos tiempos difíciles debería ser la voluntad de Dios para cada uno de nosotros, no los mensajes en constante cambio que nos bombardean en las noticias o en las redes sociales. Para algunos, cada tendencia en línea se ha convertido en una forma de evangelio que debe cumplirse con convicción religiosa. Pero la fe que nos transmitieron los Apóstoles es el único Evangelio verdadero y el único que puede salvar almas. Aunque los tiempos y la tecnología eran diferentes, San Benito entendió la importancia de escuchar “las instrucciones del maestro”.

En su libro El misterio del bautismo de Jesús  el predicador de la familia papal, el padre Raniero Cantalamessa, aborda la necesidad de que los sacerdotes se armen para la batalla “contra los gobernantes mundiales de esta oscuridad actual” (cf. Jn 10: 12) En el centro de su reflexión está la idea de que “Jesús se liberó de Satanás mediante un acto de obediencia total a la voluntad del Padre, de una vez por todas entregándole su libre albedrío, para que realmente pudiera decir: ‘Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra.’ (Jn. 4,34)”.

La pregunta que debemos hacernos es: ¿Pongo primero la voluntad del Padre en mi vida, en cada decisión que tomo y en todo lo que digo y hago? Si colocamos la voluntad del Padre en el centro de nuestras vidas y realmente lo escuchamos con “los oídos de nuestro corazón” como enseñó San Benito, estaremos preparados para lo que suceda y siempre daremos testimonio del amor de Dios y de los demás. Vivimos en un mundo que ha eliminado a Dios de su cultura. La historia, tanto la historia de la salvación como la historia mundial, muestra claramente lo que sucede cuando esto ocurre. Cuando Dios es eliminado, algo más se convierte en “dios”. Las sociedades descienden y eventualmente caen y desaparecen a menos que regresen al Dios verdadero y se conviertan en culturas que promuevan una vida de santidad y virtud.

Hay por menos una lección más de la regla de San Benito que es aplicable en estos tiempos de desunión y división social. Los monjes y hermanas de la familia espiritual benedictina son conocidos por su hospitalidad. La Regla enseña esta virtud de esta manera: “A todos los huéspedes que vienen al monasterio se les recibe como a Cristo, porque él dirá: ‘era forastero y me acogieron’ (Mt 25,35). Hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe (Gálatas 6:10) y a los peregrinos” (Regla, # 53).

Pidamos en nuestra oración poder ver a otros como Cristo mismo que viene a nosotros, incluso si están vestidos con lo que Santa Madre Teresa llamó “el disfraz angustiante de los pobres”. Si buscamos continuamente la voluntad del Padre y pedimos en oración por la configuración de nuestro corazón al suyo y nuestra voluntad a la suya, entonces podremos resistir cualquier desafío.