¿Es tóxica la masculinidad?

Mary Beth Bonacci

Me gusta la masculinidad. Pienso que es una de las creaciones más maravillosas de Dios. Me gusta la fortaleza del hombre. Me gusta la protección de los hombres. Me gusta la diferencia que hay con mi persona y con la feminidad en general. Me gusta la manera en que los dos juegan uno con el otro. Me gusta la manera en que los hombres aman profundamente y, aún así, el suyo sigue siendo un amor claramente masculino.

No creo que los hombres tengan que ser lo que la sociedad (o la “idea patriarcal masculina”) decreta que sean. Pienso que los hombres deben ser lo que son. Los hombres son fuertes, protectores. Los hombres son, sí, algunas veces agresivos. Nada de estas cosas están socialmente condicionadas. La masculinidad y la feminidad brotan de la forma en que fuimos creados, de nuestra naturaleza física y neurológica. Los cuerpos de los hombres tienen, en general, un mayor porcentaje de músculo que los cuerpos de las mujeres. Así como el cerebro de las mujeres tiene más interconectividad entre los hemisferios. Estas y muchas otras diferencias en nuestra fisiología nos hacen a hombres y mujeres diferentes – y complementarios con nuestros propios dones -.  Estas son tendencias, no estereotipos. La masculinidad no es John Wayne cabalgando a la puesta del sol, como tampoco la feminidad, son las mujeres débiles dejando caer pañuelos y desmayándose.

Nuestro millaje individual varía. Hay muchas expresiones únicas de masculinidad tanto como hombres hay en el mundo. Algunos hombres son más fuertes y/o más sensibles y/o más protectores que otros. Los mismo las mujeres. Pero nuestros cuerpos y nuestros cerebros son fundamentalmente diferentes.

Yo no creo que la masculinidad sea “tóxica”. La masculinidad es materia prima, así como la feminidad. Los hombres pueden usar sus dones para bien o para mal, así como las mujeres. (Pero intenta usar el término “feminidad tóxica” en una compañía educada y ve lo que sucede). Por milenios, el objetivo de la sociedad ha sido canalizar esos instintos, no reprimirlos. ¿Dónde estaríamos sin la fuerza de la masculinidad y la agresividad canalizada hacia la protección de la sociedad?

Pero hoy, parece haber un movimiento para neutralizar la masculinidad por completo. He dicho durante mucho tiempo que el feminismo, aunque loable e importante de muchas maneras, cometió un error fundamental al asumir que “es mejor ser hombre”

Las mujeres somos a menudo consideradas “iguales” a medida que usurpamos las características y nos destacamos en dominios tradicionalmente masculinos. Hace sentido que el siguiente paso sea decir que los hombres mismos no son buenos para ser hombres y que necesitan hacerse más como la mujer.

Hemos recorrido un gran camino.

Claro, nadie quiere ver a los hombres usando mal sus dones para abusar de las mujeres. Pero no pienso que la respuesta sea neutralizar o erradicar la masculinidad. La fuerza del hombre puesta para un propósito noble (perdonen la expresión) es una mirada verdaderamente hermosa.

La respuesta más profunda es la transformación. Es la santidad. El mensaje de la Teología del Cuerpo de San Juan Pablo II. Es simplemente que nuestra naturaleza masculina y femenina son fundamentalmente buenas, y que solo siendo transformados por la gracia de Jesucristo podremos cada uno ser la increíble y hermosa fuerza que Dios pretendió que fuéramos.

La santidad es comúnmente percibida como estrictamente femenina. No lo es. La santidad masculina es fuerte. Es masculina. Nunca me han gustado las imágenes de Jesús como una clase de hippie sensible del primer siglo. Él era un hombre fuerte, un carpintero. El derribó mesas y expulsó a los mercaderes con látigos.

San José, su padre adoptivo, el hombre que formó su naturaleza masculina, era también un verdadero hombre. El protegió a María de un embarazo propenso a ser socialmente sancionado, y al niño Jesús de un rey asesino. A menudo me dirijo a él como protector también (a José, no al rey asesino). Pero un mundo que no entiende la santidad aparentemente no tiene idea de qué hacer con la masculinidad. O con la feminidad.

San Juan Pablo II escribió sobre el Nuevo Feminismo. Nunca entendí porque no introdujo también una “nueva masculinidad”. Creo que alguien necesita continuar donde él se quedó. Y pronto.

 

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