Gosnell, una película tan buena como ignorada

Escritor Invitado

Por. Abrám León* 

Me gusta apoyar todo tipo de películas que se producen con el fin de defender la vida desde su concepción hasta su muerte natural y por eso decidí ver Gosnell, una producción basada en un hecho de la vida real que sucedió en el 2009 y se concluyó en 2013. Esta película cuenta la historia de  Kermit Gosnell, el dueño de un centro abortista en Filadelfia y quien fue condenado en el 2013 a cadena perpetua por el asesinato en primer grado de varios bebés recién nacidos, por abortos ilegales realizados a mujeres con más de 24 semanas de embarazo, así como por la violación de otras leyes.

La historia es aterradora. Está basada en los hechos concretos. Sin embargo, esta producción ha sido altamente ignorada por la prensa, incluso por medios católicos.

Gosnell actuó en medio de unas condiciones horrendas de higiene hasta que los agentes de seguridad entraron y encontraron fetos en bolsas plásticas tirados en el piso, sangre, un olor pestilente, excremento de gato, fetos en refrigeradores y cajas de zapatos. Abortos que se practicaban con herramientas sucias e infectadas. Es escandaloso incluso ver a una veterinaria en estas condiciones. Y era en ese lugar donde atendían a las mujeres que iban a practicarse un aborto. Además, allí tenían dos salas: una para mujeres blancas, mejor dotada, y otra para mujeres inmigrantes, afroamericanas y clase baja.

La investigación pudo comprobar que Gosnell había matado a siete bebes que nacieron con vida, cortándoles con una tijera la espina dorsal. Parece que fueron muchos más (quizás miles) pero solo fueron comprobados siete, gracias a que una enfermera tomó videos y fotos de los hechos. También se comprobó la muerte de una mujer mientras se practicaba un aborto. El sistema de salud nunca investigó la higiene de esta clínica con la excusa de que no había una demanda. A la abogada se le preguntó por qué no había investigado y ella respondió que se le había pedido no inspeccionar clínicas abortivas para no atentar contra los derechos sexuales y reproductivos de la mujer. Mi pregunta es, ¿cuántos centros abortivos tienen estas condiciones? Y si hace más de 40 años se legalizó el aborto en este país, supuestamente para que las mujeres pudieran abortar en buenas condiciones de higiene, ¿cómo pudieron permitir que este lugar funcionara en condiciones tan precarias por más de 30 años?

Esta es la verdad que la prensa no quiere que se vea porque al abrir los ojos ante esta situación la gente podría cuestionar cualquier facilidad abortiva que se promueva en este país.

Es una película que recomiendo porque me doy cuenta de cómo los intereses egoístas y políticos tuercen la verdad e incluso la ocultan. Es sorprendente que ni siquiera la prensa local hubiera sido capaz de darle amplia cobertura a este asesinato en serie. Uno de los argumentos que dieron es que se trataba solo de una noticia local. Justo años después ocurrió en Ferguson, Missouri el caso del asesinato por parte de un policía de un joven de afroamericano que estaba desarmado. Esta también fue una noticia local y horrorosa. Sin embargo, en este caso vinieron periodistas de todo el mundo a cubrir la noticia. En el caso de Gosnell ¡estamos hablado de asesinatos en serie de bebés durante décadas!

Es una película muy bien hecha que no hiere a personas sensibles porque a pesar de contar esta historia tan horrenda, no tiene escenas sangrientas de fetos desmembrados. Logra mostrar lo terrible de los crímenes cometidos por Gosnell a través de diálogos. Por ejemplo, a las anestesiólogas les daban algunos minutos de entrenamiento y sabemos que la anestesiología es una especialidad de la medicina y que toma años para estudiarla y saber ejercerla. Los que fuimos a ver esta película salimos como si hubiéramos salido de un funeral: cabizbajos, tristes de ver hasta dónde ha llegado lo espantoso del aborto.

Debemos ir a verla para apoyar a los productores que invirtieron 2 millones de dólares en dar a conocer esta historia con el fin de apoyar el derecho a la vida. Si vamos al Capitolio a marchar por la vida, si vamos a Planned Parenthood a rezar el rosario para que cese el aborto, debemos ir al cine a verla para apoyar esta buena causa.

*Abram es el director de movimientos eclesiales de la Arquidiócesis de Denver.

Próximamente: Por un “Halloween” católico y sin fundamentalismos

¡Regístrese en una suscripción digital a Denver Catholic En Español!

Por el padre Ángel Pérez-López, PhD, STL

El padre Ángel Pérez-López es párroco de St. Cajetan en Denver y es profesor de filosofía y moral en el seminario St. John Vianney. Tiene un doctorado en filosofía y un posgrado en teología moral de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma.

Pregunta de nuestra lectora Aimeé L.: “El Pueblo Católico, ¿nos podrían decir qué dice la Iglesia Católica sobre el Halloween? Porque parece que mucha gente tiene malentendidos. Personalmente celebro, siendo católica… pero si estoy mal me gustaría saberlo”.

La palabra “Halloween” es una contracción de la expresión all hallows eve”, literalmente, “la víspera de todos los santos”. Se trata de una fiesta profundamente católica. Debemos redescubrirla. No caigamos ni en el fundamentalismo que se le opone sin reservas, ni tampoco en la trampa de la comercialización secularizante, que desviste esta fiesta de sus orígenes religiosos y la dota de un significado neopagano.

La cultura celta tenía una fiesta llamada Samhain, literalmente, “fin del verano”. Celebraba el final de las cosechas y el principio del invierno, cuando muchas personas morían a causa del frío. No obstante, Halloween tiene su origen católico hace más de mil trescientos años en la vigilia de la fiesta de todos los santos. Fue instituida por el papa Gregorio III cuando dedicó a todos los santos una capilla en la Basílica de San Pedro en el siglo octavo. Un siglo después, el papa Gregorio IV declaró la fiesta como día de obligación. Además, adoptó la tradición de los católicos germanos y cambió la fecha de mayo a noviembre. Así, la vigilia de esta fiesta pasó al último día de octubre, esto es, a la fecha de nuestro actual Halloween. Ninguno de estos Papas parece haber conocido el Samhain, que dejó de celebrarse antes de que la fiesta de todos los santos fuera instituida, cuando los pueblos célticos se convirtieron al catolicismo.

Coco y el recuerdo de los seres que ya partieron

Ahora bien, ¿es posible que algunos elementos de esta fiesta celta sobrevivan todavía hoy?¡Claro que sí!¡También sobrevivió el árbol de Navidad! Este árbol es una tradición de origen germánico que hemos adoptado en el catolicismo sin que sus paganos orígenes la hagan moralmente mala.

En los Estados Unidos, los puritanos prohibieron y se opusieron a Halloween radicalmente y sin reservas. En cambio, los emigrantes católicos, de origen alemán e irlandés, mantuvieron viva la tradición, pero fusionando algunos elementos de esta fiesta con la de los fieles difuntos. Así, hacían pasteles en Halloween y los niños iban de casa en casa “mendigando” estos pasteles a cambio de ofrecer oraciones por los seres queridos y fallecidos de los benefactores.

Históricamente, la actitud puritana y protestante en contra de Halloween se mezcló con sentimientos anticatólicos en el país. Solo la comercialización de la fiesta consiguió solventar esta tendencia persecutoria. Esta comercialización trajo consigo un fenómeno similar a lo ocurrido con la Navidad. En el caso de Halloween, implicó un olvido de Dios y de los santos como centro de la fiesta. A esta pérdida de sentido religioso, se le une la cantidad de películas de horror que fantasean e intentan dotarla de contenido neopagano, tétrico y ocultista.

Como católicos, no podemos caer en el error de los fundamentalistas y despreciar una tradición netamente católica, simplemente, porque su comercialización la ha vaciado de su verdadero contenido y la ha transformado en una posible ocasión para lo tétrico y oscuro del neopaganismo. No despreciamos la Navidad, sino que luchamos por mantener vivo su verdadero significado. Hagamos lo mismo con Halloween. No es la fiesta del demonio. No hace falta cristianizar, o cambiar de nombre, una fiesta que ya es católica de suyo. Por tanto, se puede celebrar Halloween teniendo presentes sus orígenes y evitando errores como la superstición, la brujería o la glorificación del mal.

Podemos tomar ocasión de esta fiesta para enseñar a nuestros hijos a celebrarla sin fundamentalismos y de una manera católica, al mismo tiempo que éstos se divierten, sin pecar y sin caer en el neopaganismo.

La superstición es un exceso y perversión de la religión (véase Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2110) del que tenemos que purificar la fiesta que venimos explicando. Por ejemplo, algunos emigrantes irlandeses dotaron a Halloween de un contenido supersticioso y contrario a la fe al fusionarla con una fiesta que ellos se inventaron: “el día de todos los condenados”. Temían que algo malo les ocurriría si no celebraban también a los condenados y estos se sentían excluidos. Un Halloween católico y sin fundamentalismos no puede caer en un error como este; y, como sabemos, nuestra comunidad hispana no es ajena al problema de la superstición. A veces, también caemos en este error “cuando se atribuye una importancia, de algún modo, mágica a ciertas prácticas, por otra parte, legítimas o necesarias” (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2111).

Un Halloween católico tampoco puede promocionar la brujería. No existe la magia buena y la magia mala. Toda magia atenta contra Dios, entraña una rebelión contra Él y un intento de suplantar su lugar: “todas las prácticas de magia o de hechicería mediante las que se pretende domesticar potencias ocultas para ponerlas a su servicio y obtener un poder sobrenatural sobre el prójimo —aunque sea para procurar la salud—, son gravemente contrarias a la virtud de la religión” (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2117).

No a la lectura de cartas, espiritismo o supersticiones

Celebremos Halloween sin olvidarnos de Dios y de los santos. Los padres de los niños son los que tienen que tomar las decisiones concretas de cómo educar a sus hijos atendiendo a las circunstancias de su vecindario. No obstante, siempre y cuando se evite la ocasión de la superstición, la brujería o la glorificación del mal; que un niño se disfrace y pida caramelos, en mi opinión, no conlleva necesariamente, o de suyo, ningún mal moral. No caigamos en la superstición. No atribuyamos importancia mágica a una práctica legítima. Podemos tomar ocasión de esta fiesta para enseñar a nuestros hijos a celebrarla sin fundamentalismos y de una manera católica, al mismo tiempo que éstos se divierten, sin pecar y sin caer en el neopaganismo.

 

Photo by Haley Phelps on Unsplash