Haz algo diferente por tu matrimonio

Escritor Invitado

El matrimonio une a dos personas frágiles e inmaduras de por vida. Necesitamos toda nuestra vida para llegar a comprender los procesos que están sucediendo en nosotros y esforzarnos por cambiar nuestras creencias y actitudes, que son destructivas para un matrimonio. Debido a que el camino es irregular y largo, creo que no se pueden evitar las discusiones. Sin embargo, ¿se puede aprender a terminarlas más rápido? ¿Cómo podemos acortar una discusión?

¿Cómo mantener a Dios en el matrimonio?

Llegar acuerdos a veces es difícil. Entre las personas que viven en un hogar encontramos diferencias de personalidad. También existe un filtro fruto de nuestras experiencias anteriores que interpreta la realidad, las palabras y los gestos de cierta manera. Por ejemplo, un niño humillado por su padre como hombre adulto recibirá toda crítica como una afrenta. Otro ejemplo, una mujer con baja autoestima al escuchar “La sopa no está lo suficientemente salada” pensará que le están diciendo “¡Eres una pésima cocinera!”.

Para evitar un clima tenso en el hogar es importante que el matrimonio desarrolle las áreas comunes y encontrar tiempo el uno para el otro. Es bueno por lo tanto crear circunstancias para que la relación madure y se fortalezca.

Pero cuando se empieza a discutir conviene estar preparados y realizar algo para terminar pronto con esa situación siempre desagradable.

Vuelvo a una frase atribuida a Einstein: Una prueba de locura es repetir los mismos comportamientos con la esperanza de que esta vez pase algo diferente. Si lo hemos comprobado cientos de veces que no se gana al hablar más alto, con más maldad y con más epítetos groseros, vale la pena intentar algo completamente diferente.

La fe: El verdadero secreto para un matrimonio feliz y duradero

Invierte la perspectiva 

Piensa hipotéticamente que él o ella tiene razón. Si no la tiene en un sentido completamente objetivo, entonces la tendrá en el sentido de sus propias razones personales para ver la situación de la manera en la que la está viendo. A menudo no tenemos ni idea de las razones que tiene el otro para apostar por aquella visión diferente a la nuestra.

Dile “Entiendo que puedas pensar eso” o pregúntale: “¿Por qué piensas eso?”. Solo por la sorpresa que le provoque ver a la otra persona intentar comunicarse, sin atacar, la conversación cambiará de tono y, seguro que los decibelios bajará a registros más respetuosos y humanos.

Cuidado con las palabras

Nuestras palabras se convierten más o menos en un basurero cuando hablamos el lenguaje de las grandes emociones: solo se convierten en un medio torpe. Hacer referencia a su significado literal sería algo infantil, completamente inmaduro.

La frase: “Viviremos gracias a ti debajo del puente”, que el esposo le dice a su esposa, porque ésta compró dos pares de zapatos, no tiene por qué ser real. El verdadero miedo puede ser perder el trabajo en el que las cosas van mal. En lugar de discutir con esta afirmación, la esposa le puede preguntar: “Creo que te preocupa que hayamos gastado más dinero últimamente”. Desde aquí podemos pasar a la conversación: primero sobre los sentimientos, luego sobre el presupuesto de la casa.

Del mismo modo, una esposa que exclama: “Nunca me ayuda nadie en nada”, pide torpemente atención y apoyo. No tiene ningún sentido dialogar con cuantificadores grandes como “nadie” y “nunca”, porque se sabe que son una exageración.

Tampoco tiene sentido discutir quién ayudó a quién y cuándo. Es mejor decir: “Veo que estás muy cansada”. En general, es suficiente para que una esposa cuente de que se siente fatigada, abrumada o hable de alguna experiencia difícil que la dejó exhausta y enojada.

Aparca el problema

Di: “No podemos resolverlo ahora y estamos ya muy nerviosos”. “Cada uno de nosotros tiene una opinión diferente sobre este tema y no podemos resolverlo ahora”. Podéis quedar para hablar del problema otro momento cuando estéis más calmados.

Di “perdóname”

Especialmente cuando el final de la disputa ni siquiera se percibe en el horizonte: no alargues la disputa hasta el infinito. Alguien debe ser el primero. Que sea la persona más sabia que se preocupa por salvar la relación. Después de una disculpa, es fácil encontrar un lenguaje común: la otra parte también reconoce más fácilmente su contribución al malentendido y se disculpa por ello. 

¿Tu matrimonio está en peligro? Aún hay esperanza

Las emociones nos informan sobre lo que es importante para nosotros y en qué forma nos encontramos. Pero también son unos pésimos asesores para las soluciones rápidas. Es importante pues dejar que se enfríen antes de sacar conclusiones. Precisamente porque las discusiones no resuelven problemas, sino que nos lastiman, vale la pena acortar el tiempo de las discusiones.

 

Artículo publicado originalmente por Aleteia.org.

Próximamente: Por un “Halloween” católico y sin fundamentalismos

¡Regístrese en una suscripción digital a Denver Catholic En Español!

Por el padre Ángel Pérez-López, PhD, STL

El padre Ángel Pérez-López es párroco de St. Cajetan en Denver y es profesor de filosofía y moral en el seminario St. John Vianney. Tiene un doctorado en filosofía y un posgrado en teología moral de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma.

Pregunta de nuestra lectora Aimeé L.: “El Pueblo Católico, ¿nos podrían decir qué dice la Iglesia Católica sobre el Halloween? Porque parece que mucha gente tiene malentendidos. Personalmente celebro, siendo católica… pero si estoy mal me gustaría saberlo”.

La palabra “Halloween” es una contracción de la expresión all hallows eve”, literalmente, “la víspera de todos los santos”. Se trata de una fiesta profundamente católica. Debemos redescubrirla. No caigamos ni en el fundamentalismo que se le opone sin reservas, ni tampoco en la trampa de la comercialización secularizante, que desviste esta fiesta de sus orígenes religiosos y la dota de un significado neopagano.

La cultura celta tenía una fiesta llamada Samhain, literalmente, “fin del verano”. Celebraba el final de las cosechas y el principio del invierno, cuando muchas personas morían a causa del frío. No obstante, Halloween tiene su origen católico hace más de mil trescientos años en la vigilia de la fiesta de todos los santos. Fue instituida por el papa Gregorio III cuando dedicó a todos los santos una capilla en la Basílica de San Pedro en el siglo octavo. Un siglo después, el papa Gregorio IV declaró la fiesta como día de obligación. Además, adoptó la tradición de los católicos germanos y cambió la fecha de mayo a noviembre. Así, la vigilia de esta fiesta pasó al último día de octubre, esto es, a la fecha de nuestro actual Halloween. Ninguno de estos Papas parece haber conocido el Samhain, que dejó de celebrarse antes de que la fiesta de todos los santos fuera instituida, cuando los pueblos célticos se convirtieron al catolicismo.

Coco y el recuerdo de los seres que ya partieron

Ahora bien, ¿es posible que algunos elementos de esta fiesta celta sobrevivan todavía hoy?¡Claro que sí!¡También sobrevivió el árbol de Navidad! Este árbol es una tradición de origen germánico que hemos adoptado en el catolicismo sin que sus paganos orígenes la hagan moralmente mala.

En los Estados Unidos, los puritanos prohibieron y se opusieron a Halloween radicalmente y sin reservas. En cambio, los emigrantes católicos, de origen alemán e irlandés, mantuvieron viva la tradición, pero fusionando algunos elementos de esta fiesta con la de los fieles difuntos. Así, hacían pasteles en Halloween y los niños iban de casa en casa “mendigando” estos pasteles a cambio de ofrecer oraciones por los seres queridos y fallecidos de los benefactores.

Históricamente, la actitud puritana y protestante en contra de Halloween se mezcló con sentimientos anticatólicos en el país. Solo la comercialización de la fiesta consiguió solventar esta tendencia persecutoria. Esta comercialización trajo consigo un fenómeno similar a lo ocurrido con la Navidad. En el caso de Halloween, implicó un olvido de Dios y de los santos como centro de la fiesta. A esta pérdida de sentido religioso, se le une la cantidad de películas de horror que fantasean e intentan dotarla de contenido neopagano, tétrico y ocultista.

Como católicos, no podemos caer en el error de los fundamentalistas y despreciar una tradición netamente católica, simplemente, porque su comercialización la ha vaciado de su verdadero contenido y la ha transformado en una posible ocasión para lo tétrico y oscuro del neopaganismo. No despreciamos la Navidad, sino que luchamos por mantener vivo su verdadero significado. Hagamos lo mismo con Halloween. No es la fiesta del demonio. No hace falta cristianizar, o cambiar de nombre, una fiesta que ya es católica de suyo. Por tanto, se puede celebrar Halloween teniendo presentes sus orígenes y evitando errores como la superstición, la brujería o la glorificación del mal.

Podemos tomar ocasión de esta fiesta para enseñar a nuestros hijos a celebrarla sin fundamentalismos y de una manera católica, al mismo tiempo que éstos se divierten, sin pecar y sin caer en el neopaganismo.

La superstición es un exceso y perversión de la religión (véase Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2110) del que tenemos que purificar la fiesta que venimos explicando. Por ejemplo, algunos emigrantes irlandeses dotaron a Halloween de un contenido supersticioso y contrario a la fe al fusionarla con una fiesta que ellos se inventaron: “el día de todos los condenados”. Temían que algo malo les ocurriría si no celebraban también a los condenados y estos se sentían excluidos. Un Halloween católico y sin fundamentalismos no puede caer en un error como este; y, como sabemos, nuestra comunidad hispana no es ajena al problema de la superstición. A veces, también caemos en este error “cuando se atribuye una importancia, de algún modo, mágica a ciertas prácticas, por otra parte, legítimas o necesarias” (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2111).

Un Halloween católico tampoco puede promocionar la brujería. No existe la magia buena y la magia mala. Toda magia atenta contra Dios, entraña una rebelión contra Él y un intento de suplantar su lugar: “todas las prácticas de magia o de hechicería mediante las que se pretende domesticar potencias ocultas para ponerlas a su servicio y obtener un poder sobrenatural sobre el prójimo —aunque sea para procurar la salud—, son gravemente contrarias a la virtud de la religión” (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2117).

No a la lectura de cartas, espiritismo o supersticiones

Celebremos Halloween sin olvidarnos de Dios y de los santos. Los padres de los niños son los que tienen que tomar las decisiones concretas de cómo educar a sus hijos atendiendo a las circunstancias de su vecindario. No obstante, siempre y cuando se evite la ocasión de la superstición, la brujería o la glorificación del mal; que un niño se disfrace y pida caramelos, en mi opinión, no conlleva necesariamente, o de suyo, ningún mal moral. No caigamos en la superstición. No atribuyamos importancia mágica a una práctica legítima. Podemos tomar ocasión de esta fiesta para enseñar a nuestros hijos a celebrarla sin fundamentalismos y de una manera católica, al mismo tiempo que éstos se divierten, sin pecar y sin caer en el neopaganismo.

 

Photo by Haley Phelps on Unsplash