Inspiración cuaresmal desde el “umbral de los apóstoles”

Arzobispo Samuel J. Aquila

Estamos a punto de comenzar la primera Cuaresma de una nueva década. Y no hay nada como estar en Roma para prepararse uno mismo para este período de recolección, conversión, penitencia y caridad.

Entre el 10 y el 15 de febrero tuve el privilegio de viajar al Vaticano en mi primera visita “ad limina”, o “al umbral”, como arzobispo de Denver. Estas visitas ocurren aproximadamente una vez cada cinco años e implican ir en peregrinación al umbral de los apóstoles, es decir, una visita al umbral de la tumba de san Pedro y una reunión con el santo padre.

Durante este tiempo de reuniones y oración, he llevado a la gente del norte de Colorado en mis oraciones en las cuatro basílicas principales de Roma. Y he hablado con el papa Francisco y los jefes de los diversos departamentos del Vaticano sobre su fe y fervor, así como sobre los desafíos que enfrentamos.

El propósito de estas visitas es proporcionar al papa, como el pastor principal, un sentido de la salud de la arquidiócesis. Naturalmente, también hay un propósito espiritual, que es reafirmar nuestra conexión con el sucesor de san Pedro y renovar nuestra propia fe.

Compartí con el papa Francisco cómo hay muchos grupos dinámicos y creyentes fieles en la Arquidiócesis de Denver, y también le expliqué que tenemos un número creciente de personas que dicen que no creen en nada. También le mencioné cómo la cultura circundante se vuelve más hostil hacia las personas de fe y la influencia de las instituciones religiosas en la sociedad.

En Roma, puedes presenciar historias de vidas santas en prácticamente todas las iglesias que visitas. Encuentro esto particularmente apropiado y una fuente de inspiración mientras comenzamos la Cuaresma en unos días. San Pedro y san Pablo no vinieron a Roma y proclamaron el Evangelio en una cultura amigable. Ambos terminaron dando sus vidas por Cristo, hablando con su sangre sobre la verdad del Evangelio.

Cada persona está buscando autenticidad y quiere creer en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, ya sea que se den cuenta o no. Esta Cuaresma, te animo a reflexionar sobre tres cosas para ayudarte a crecer en tu propio testimonio, uniéndolo a la nube de testigos de la Iglesia a lo largo de los siglos.

La primera es no renunciar a buscar el perdón y la conversión interior. En su exhortación apostólica Christus vivit, el Papa Francisco lo expresa de esta manera: “Mantén tus ojos fijos en los brazos extendidos de Cristo crucificado, déjate salvar una y otra vez. Y cuando vayas a confesar tus pecados, cree firmemente en su misericordia que te libera de tu culpa. Contempla su sangre derramada con tanto amor y déjate purificar por ella. De esta manera, puedes renacer siempre” (No. 123). Si confiamos en nuestro propio estándar de misericordia, pronto nos cansaremos de buscar el perdón, por lo que debemos permitir que prevalezca el amor misericordioso de Jesús por nosotros.

El segundo elemento esencial para fortalecer nuestro testimonio de esta Cuaresma es pasar tiempo en oración personal, dialogando con Dios. Establecer esta relación es vital porque nos fortalece en los momentos que se nos da para dar testimonio de Cristo. Nadie sabe cuándo serán llamados a testificar. Pero tener nuestros corazones enraizados en la oración nos preparará para momentos de encuentro con otros y para nuestro juicio final.

El aspecto final de la Cuaresma en la que te animo a que te concentres es en buscar y amar al Cristo herido, que está presente en nuestro mundo de hoy en las muchas víctimas de la violencia, y todos aquellos cuya dignidad humana dada por Dios está siendo lastimada o destruida por males como el tráfico de personas, suicidio asistido y el aborto. Además, también podemos consolar a Cristo en la cruz a través de nuestras donaciones caritativas a los pobres y vulnerables.

Al comenzar la Cuaresma en el año 2020, deseo reiterar mi gratitud por los fieles del norte de Colorado y pedirte que le preguntes al Señor cómo te está llamando específicamente para que te conviertas en un testigo más fuerte para él. Que nos inspire la heroica vida de los muchos santos que nos precedieron, tanto en Colorado como en todo el mundo.

 

Crédito imagen: Medios del Vaticano

Próximamente: La dignidad humana en el libro del Génesis

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Este artículo fue publicado en la edición de la revisa de El Pueblo Católico titulada “EL GRAN RESCATE”. Para suscribirte y recibir la revista en casa, HAZ CLIC AQUÍ.

 

Por el diacono Pedro Reyes, Parroquia St. William, Ft. Lupton.

Todo ser humano tiene una dignidad que le fue otorgada por Dios. San Juan Pablo II en su teología del cuerpo nos dice lo siguiente:

“El hombre es creado sobre la tierra y al mismo tiempo que el mundo visible. Pero, a la vez, el Creador le ordena subyugar y dominar la tierra (cf. Gén 1, 28): está colocado, pues, por encima del mundo. Aunque  el hombre esté tan estrechamente unido al mundo visible, sin embargo la narración bíblica no habla de su semejanza con el resto de las criaturas, sino solamente con Dios”.

Lo que san Juan Pablo II nos está recordando es que el hombre no fue creado de la misma manera que los demás seres vivos. Esto, naturalmente, nos hace diferentes al resto de la creación. No podemos darle los mismos derechos a una mascota, como un perro o un gato, que a un ser humano. Es triste que hoy en día la dignidad del ser humano sea despreciada a tal grado que muchas personas le dan más amor y atenciones a las mascotas que a los propios familiares. Hoy en día hay algunas personas que tratan a los animales como seres humanos y a sus semejantes, que son seres humanos,] como animales.

San Juan Pablo II nos dice también esto:

“En el ciclo de los siete días de la creación es evidente una precisa gradualidad; el hombre en cambio no  es creado según una sucesión natural, sino que el Creador parece detenerse antes de llamarlo a la existencia, como si volviese a entrar en sí mismo para tomar una decisión: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen, a nuestra semejanza…’ (Gn 1,26)”.

Nuevamente, san Juan Pablo II nos recuerda la manera tan diferente en la que Dios creó al hombre. Y aquí nos recuerda la principal diferencia entre los seres humanos y el resto de la creación. El hombre, a diferencia de los demás seres vivos, fue creado a “imagen y semejanza” de Dios. O sea, el ser humano tiene una dignidad única e inigualable que le ha sido otorgada por Dios.

En todo lo que hemos visto, podemos darnos cuenta de lo siguiente: cuando el autor del libro del Génesis narra la creación de todo, al referirse al ser humano, especifica que lo creó y lo bendijo. Sin embargo, la creación del hombre se distingue de todo lo demás creado de tal manera que le da ese grado de dignidad superior al resto de la creación.

Esto se puede ver claramente porque antes de crear al ser humano, Dios es presentado como si estuviera deliberando sobre cómo lo creará, mostrando el acto de crear al hombre como un acto muy importante. Igualmente, la excepcional dignidad del ser humano se muestra en su totalidad por la ‘semejanza’ con Dios. Por lo tanto, todos los seres humanos, sin importar raza, color de piel, país de origen, etc., tenemos una dignidad específica que debe ser respetada por todos. Y esta dignidad viene por el hecho de haber sido creados “a imagen y semejanza de Dios”.

 

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