Jesucristo, el centro de todo lo que hacemos y somos

Escritor Invitado

(Foto de Catholic News Agency)

Por: Padre Héctor Chiapa-Villarreal

Cuando participamos en la Santa Misa, entramos en un espacio sagrado que nos permite encontrar a Jesucristo mismo, quien baja del cielo para convertirse en nuestro pan de vida. En la celebración de la Eucaristía encontramos “el centro y la cumbre de nuestra vida Cristiana” tal y como lo enseña el Concilio Vaticano II. Cristo está real y verdaderamente presente en la Eucaristía, en su cuerpo y en su sangre, en su sagrada humanidad entera y en la perfección de su divinidad.

Cristo es la razón principal por la cual participamos en la misa todos los domingos; venimos a ser alimentados por el pan de la Palabra y el pan de la Eucaristía, los cuales nos los ofrece la Santa Madre Iglesia a través del ministerio sagrado del sacerdocio.

El lugar más importante en la Iglesia es el presbiterio, dominado por el altar y el sagrario; el altar al mismo tiempo simboliza a Cristo en su sacrificio pascual y asimismo le recibe durante la consagración. El sagrario es la morada de Dios, porque las hostias consagradas que guarda son la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Todo en la Iglesia converge hacia el altar y el sagrario, en una palabra, hacia la Eucaristía, llamada por San Juan Pablo II ‘nuestro polo norte espiritual’, el lugar sacro hacia donde nuestros corazones se dirigen con atracción suprema.

No es el sacerdote, el diácono ni ninguno de los ministros quienes deben ser el centro de atención durante la misa, sino simplemente Cristo, el Señor, quien baja del Cielo para convertirse en el pan de la vida. Por tanto, con la intención de permitir a la asamblea estar más centrada en Cristo en la Eucaristía, es más prudente que los músicos y sus instrumentos ocupen el área del coro en la Iglesia, que en la gran mayoría de los templos se encuentra en la parte de atrás.

El ministerio de la música es tremendamente importante, porque como dice San Agustín: ‘el que canta ora dos veces’. Los músicos en la parroquia nos ayudan a elevar nuestras mentes y corazones a Dios al dirigirnos en oración a través de los cantos de la misa. Nosotros realmente damos a Dios gloria y alabanza a través de nuestra música y cantos, y los músicos tienen un rol muy importante en la liturgia, el cual incluso llamaría central.

Sin embargo, todos nosotros, clero, ministros laicos y músicos por igual debemos abrazar de corazón las palabras que San Juan Bautista refiere a Cristo: ‘Él debe crecer y yo debo disminuir’. Debemos aprovechar toda oportunidad que tengamos para ser más humildes y permanecer escondidos, para así permitir a Cristo brillar a través de  nosotros y a nuestro alrededor. El colocar a los músicos en el coro en la parte de atrás de la Iglesia no es un desprecio o un mensaje implícito de rechazo. Por el contrario, es una instrucción espiritual para ayudarles a crecer en la humildad y en el desempeño de su ministerio permitiendo que Cristo brille a través y por encima de su talento musical.

Nosotros en la Iglesia apreciamos a nuestros músicos, respetamos su rol en la liturgia y asimismo admiramos sus talentos. El pedirles a ellos que canten desde la parte de atrás ayuda para que todos juntos podamos crecer en nuestra búsqueda y encuentro con Cristo, realmente presente en la Eucaristía; El quien es “el Camino, la Verdad y la Vida”, el salvador del mundo a quien le debemos nuestra entera atención.

 

Próximamente: Descubriendo a Dios en todas las cosas

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Por, obispo Robert Barrón.

Sin duda alguna, existe un énfasis dentro de la tradición bíblica de que Dios es radicalmente otro:

“Cierto, tú eres un Dios oculto, el Dios de Israel, salvador” (Isaías 45:15) y “Pero mi rostro no podrás verlo, porque nadie puede verme y segur con vida (Éxodo 33:20)”.  Esto habla sobre el hecho de que el que creó el universo entero de la nada, no puede ser él mismo, un elemento dentro del universo, uno junto a los demás.

Pero al mismo tiempo, las Escrituras también atestiguan la omnipresencia de Dios: “Se propaga decidida de uno al otro confín y gobierna todo con acierto (Sabiduría 8:1) y “¿A dónde iré lejos de tu espíritu, a donde podré huir de tu presencia? Si subo hasta el cielo, allí estas tú, si me acuesto en el Seol, allí estas.  Si me remonto con las alas de la aurora, si me instalo en los confines del mar, también allí tu mano me conduce, también allí me alcanza tu diestra (Salmo 139: 7-12).

Esto habla del hecho de que Dios sostiene el universo en existencia de un momento a otro, de la misma manera que un cantante sostiene una canción.

Quizás lo que es la característica definitoria de la espiritualidad asociada con San Ignacio de Loyola- “encontrar a Dios en todas las cosas”- fluye de este segundo gran énfasis bíblico.  A pesar de su trascendencia, Dios no debe considerarse distante en ningún sentido convención de termino, ciertamente no en la forma deísta.  Más bien, como lo enseñó Tomás de Aquino, Dios está en todas las cosas “por esencia, presencia y poder”. Y ten en cuneta que, dado que Dios está dotado de intelecto, voluntad y libertad, nunca esta tontamente presente, sino siempre personal e intencionalmente presente ofreciéndonos algo de si mismo.  Por lo tanto, la búsqueda de Dios puede comenzar aquí, ahora mismo, con lo que este a la mano.

Una de las preguntas en el antiguo Catecismo de Baltimore era “¿Dónde está Dios?”.  La respuesta correcta fue “en todas partes”.  Una vez que la verdad se hunde, nuestras vidas cambian irrevocablemente cada persona, cada evento, cada pena, cada encuentro se convierte en una oportunidad de comunión con Dios.

El maestro espiritual jesuita del sigo XVII, Jean-Pierr de Caussade, expresó la misma idea cuando dijo que todo lo que sucede es directa o indirectamente, la voluntad de Dios. Una vez más, es imposible aceptar la verdad de esta declaración y seguir siendo la misma persona que eras antes.  Este tipo de bendiciones de “todas las cosas” funciona como punto de partida para la espiritualidad de Ignacio.

He tenido a Ignacio mucho en mi mente, ya que estoy en Europa filmando un documental sobre su vida y sus enseñanzas para mi serie, “Pivotal Players”.  En el largo vuelo de Los Ángeles a Roma, tuve la oportunidad de promulgar el principio que acabo de describir.  Desde que era niño, me han encantado los mapas, por lo tanto, cuando me encuentro en un largo viaje en avión paso mucho tiempo en el mapa del vuelo que rastrea la ubicación del avión frente a los puntos de referencia de la tierra.

Había leído y visto algunos videos durante la primera parte del vuelo, y luego me dormí la mayor parte del tiempo que estábamos sobre el Atlántico, pero cuando desperté, comencé a estudiar el mapa con gran interés. Estábamos pasando justo al norte de Irlanda, y pude ver claramente las indicaciones para Dublín, donde nació el padre de mi madre, y para Waterford, donde nació el abuelo de mi padre. Comencé a pensar en estos hombres, ninguno a los cuales conocí, que tenían una fe católica, la cual llegó a mi madre y a mi padre y finalmente a mí, como pura gracia.

A medida que el avión continuaba su viaje a través de la pantalla, Francia apareció en el mapa y vi el gran nombre de “Paris”. De repente, un montón de recuerdos inundaron mi mente: mi habitación simple en la Casa de Redentorista en el boulevard Montparnasse, Notre Dame, donde solía dar recorridos a los visitantes de habla inglesa, el Institut Catholique donde hice mis estudios de doctorado, mis amigos, maestros y colegas parisinos que me acompañaron durante esos tres años, la belleza de Paris en un día lluvioso. Y todo eso, lo sabía, era gracia de Dios, un regalo puro.

Luego vi que nos estábamos acercando a los Alpes, así que abrí la pantalla de la ventana y miré hacia las montanas nevadas que brillaban al sol.

¿Cómo podría no apreciar esta vista que incontables generaciones de seres humanos ni siquiera hubieran imaginado posible como un regalo esplendido?

En pocas palabras, el simple estudio de un mapa de vuelo hacia el final de un tedioso viaje se convirtió en una maravillosa ocasión de gracia.  Me pregunto si encontraríamos ese tipo de experiencias menos insólitas, reflexionaríamos sobre el hecho de que Dios quiere compartir positivamente su vida con nosotros, quiere comunicarse con nosotros. Quizás el problema es que pensamos en Dios de una manera deísta y lo olvidamos en un lugar de trascendencia irrelevante.  Entonces la carga espiritual recae sobre nosotros, encontrar alguna forma de escalar la montaña sagrada o lo suficiente como para impresionar a un exigente señor moral.

¿Qué pasa si aceptamos la noción profundamente bíblica de que Dios siempre nos esta buscando ocupada y apasionadamente, siempre tratando de encontrar formas de honrarnos con su amor? ¿Qué pasa si aceptamos alegremente la verdad de que Dios puede ser encontrado como lo enseñó Ignacio, en todas las cosas?

 

Traducido y adaptado del original en inglés por Rocio Madera.