Jesús quiere sanar las heridas del racismo

Nuestra nación se ha conmocionado y estremecido por la trágica muerte de George Floyd, evento que suma a la letanía de aquellos que han perdido la vida innecesariamente. La gente se ha indignado con toda razón, porque la vida humana es invaluable y tiene una dignidad que debe ser respetada incondicionalmente. Subyacente a esta tragedia y a muchas otras a lo largo de los años hay un fracaso social que se arraigó en la introducción de la esclavitud en los Estados Unidos hace 400 años. Nuestro país ha fracasado en amar y respetar a todas las personas por igual, y vemos que el daño causado por esa herida continúa manifestándose hoy. Cerrar estas heridas llevará tiempo, pero es algo que el Sagrado Corazón de Jesús desea y que nuestra fe exige.

El proceso de sanación requiere reconocer lo que ha hecho cada quién. La Iglesia Católica, en los Estados Unidos y en otros países, no siempre ha sido impecable al acoger y respetar a todas las razas y grupos étnicos. El Papa san Juan Pablo II reconoció estos pecados en varias ocasiones, incluso pidiendo perdón durante la solemnidad de la Jornada del Perdón del año 2000. Él dijo: “Señor Dios, nuestro Padre, tú creaste al ser humano, hombre y mujer, a tu imagen y semejanza, y quisiste la diversidad de los pueblos dentro de la unidad de la familia humana. A veces, sin embargo, no se ha reconocido la igualdad de tus hijos, y los cristianos han sido culpables de actitudes de rechazo y exclusión, dando su consentimiento a los actos de discriminación basados ​​en la diferencia racial y étnica. Perdónanos y concédenos la gracia de sanar las heridas aún presentes en tu comunidad a causa del pecado, para que todos nos sintamos como tus hijos”.

En varios momentos de la historia de nuestra arquidiócesis personas de color en nuestras Iglesias, ministerios y escuelas han experimentado casos de racismo que no podemos ignorar y que debemos reconocer que ha dañado a los miembros de nuestra Iglesia. En un momento, en uno de los actos de racismo más atroces que tuvieron lugar en nuestra historia, tuvimos una parroquia donde los feligreses negros debían esperar afuera para recibir la Comunión y solo podían hacerlo después que los feligreses blancos hubieran terminado y si quedaban suficientes hostias. Incluso hoy he escuchado a miembros de las comunidades negras, hispanas y asiáticas que han compartido conmigo cómo han experimentado ser excluidos y no ser bienvenidos. Conocer nuestros pecados pasados ​​y presentes me duele profundamente. Como arzobispo de Denver, quiero disculparme por el dolor que se ha causado cada vez que la Iglesia o sus miembros no han amado como Jesús nos ama.

El racismo es pecaminoso y una herida al corazón de Cristo y la unidad de la Iglesia. El racismo es un pecado porque implica degradar la imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:26). Decir que estamos hechos a su imagen y semejanza significa que cada ser humano está dotado de un alma espiritual e inmortal que está hecha para la unión eterna con Dios (Catecismo de la Iglesia Católica, #1701-1703). Y cuando uno insulta o comete violencia contra alguien debido a su raza, es un ataque contra todo el ser de esa persona, así como un ataque contra Dios, quien lo creó a su semejanza. Jesús destacó esta conexión entre Dios y aquellos que son perseguidos en Mateo 25,45 cuando dijo: “lo que no hicieron por uno de estos más pequeños, tampoco lo hicieron por mí”.

Nuestra sociedad actualmente está lidiando con la forma de responder a las desigualdades resaltadas tras la muerte de George Floyd y las protestas posteriores. La gente está justamente enfurecida por su asesinato y el trato desigual a la gente de color por parte de la policía. Esto es una ira justa y honesta. Pero como ha señalado el papa Francisco, se necesitan protestas pacíficas, no violentas o que destruyan propiedades. Tenemos que “reconocer que la violencia de las últimas semanas es autodestructiva y contraproducente. La violencia no gana nada y se pierde mucho”, afirmó.

Como católicos debemos entender que Jesucristo tiene la única solución duradera al racismo, y todos debemos hacer nuestra parte para convertirnos y difundir su mensaje del Evangelio. Debemos seguir el primer gran mandamiento de poner a Dios -Padre, Hijo y Espíritu Santo- primero en nuestras vidas, y a partir de ese amor fluye el amor al prójimo. Solo podemos guardar estos mandamientos con la gracia de Dios derramada sobre nosotros en los sacramentos. A través del bautismo, somos redimidos en Jesucristo, liberados de nuestro estado pecaminoso y convertidos en hijos adoptivos del Padre. A través del derramamiento del Espíritu Santo en el Bautismo y la Confirmación, nos fortalecemos en los dones necesarios para difundir estas Buenas Nuevas al mundo. Y en los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía recibimos el alimento espiritual que necesitamos para perseverar en la búsqueda de la santidad a lo largo de nuestra vida terrenal para alcanzar la meta del cielo.

Hay un regalo final que nos ayuda de manera única en el proceso de conversión que ha surgido repetidamente en conversaciones con aquellos que han sufrido de racismo, incluyendo el mismo “Ángel de la Caridad” de Denver, Julia Greeley. Este regalo es la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, que nos enseña la profundidad del amor de Jesús por cada persona, sin importar su circunstancia, raza o grado de santidad. El Padre y Jesús nos aman primero y desean hacer de cada ser humano su hogar. Con su Sagrado Corazón, que ha sido herido por los pecados del mundo, Jesús nos ama a todos con gran ternura y misericordia, y nos enseña a extender ese amor a los demás. Durante su vida, Julia Greeley fue conocida como una de las promotoras más fuertes de esta devoción, caminando a pie para entregar folletos e insignias del Sagrado Corazón a los hogares y a cada estación de bomberos de la ciudad cada primer viernes. Sabemos que sufrió discriminación racial, pero soportó esas heridas con fuerza y ​​perdón, lo que seguramente vino de la gracia de Dios y su devoción al Sagrado Corazón herido de Jesús. En su corazón, ella sabía que era una hija querida del Padre y esto le permitió compartir ese amor con los demás a pesar de cómo algunos la trataban.

A medida que nuestra sociedad trabaja para abordar el racismo, exhorto a las personas a participar en la cultura del encuentro que el papa Francisco ha hablado con tanta frecuencia, ya que al conocernos mejor podemos ver y abordar el sufrimiento de nuestro prójimo. También pido a todos los católicos y personas de buena voluntad que examinen su propia conciencia e inviten a Jesús a transformar su corazón para que se convierta en su propio Sagrado Corazón que ama a cada persona por igual, sin importar su pecaminosidad, y busca la unión eterna con él en el cielo.

Próximamente: ¿Qué es lo que está mal con el mundo? Yo

¡Regístrese en una suscripción digital a Denver Catholic En Español!

Este artículo fue publicado en la edición de la revisa de El Pueblo Católico titulada “¿Por qué estoy aquí?”. Para suscribirte y recibir la revista en casa, HAZ CLIC AQUÍ.

 

Por el Dr. Jared R. Staudt

Una vez, el editor del periódico The Times le preguntó al reconocido católico G.K. Chesterton: “¿Qué es lo que está mal con el mundo?”. Chesterton, el gran maestro del sentido común y el ingenio, respondió: “Estimado señor: Yo. Atentamente, G.K. Chesterton”.

“Yo”. Hay honestidad y humildad en reconocer que los problemas del mundo yacen en el corazón y no en ninguna fuerza social, política o económica externa. El problema que existe en el corazón es lo que causa los conflictos exteriores. Ciertamente, hay estructuras pecaminosas en el mundo, estructuras que surgen del pecado y lo alientan, como el comunismo, aunque estas solo tienen poder porque aprovechan la oscuridad que ya está en nosotros. El mundo está roto porque nosotros estamos rotos.

 

EL PECADO ORIGINAL: ¿ALGO VERDADERO?

Chesterton de nuevo apunta a la obvia realidad de nuestro estado quebrantado. Reconoce que “ciertos nuevos teólogos ponen en duda el pecado original, aunque es la única parte de la teología cristiana que realmente se puede comprobar”. Solo hace falta mirar alrededor para darnos cuenta de que vivimos en un mundo caído. Debido a la caída, que surge con el pecado de Adán y Eva, cada ser humano después de ellos ha nacido al mundo sin los dones que Dios originalmente había destinado para nosotros. Él quería que viviéramos sin el mal y el sufrimiento, refugiados dentro de la protección del jardín, pero nosotros teníamos otros planes.

El Catecismo habla del efecto que el pecado original tiene en nosotros: “Es la privación de la santidad y de la justicia originales, pero la naturaleza humana no está totalmente corrompida: está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado (esta inclinación al mal es llamada ‘concupiscencia’)” (CIC 405). El pecado original explica por qué todos tenemos dificultad para alcanzar la felicidad y estar en paz con los demás.

 

VÍCTIMAS O CÓMPLICES

El pecado original apunta a la falta de la relación con Dios como el centro de lo que está mal con el mundo. Es un problema que todos enfrentamos, aunque queremos acusar a otros. De hecho, el no reconocer nuestro propio estado quebrantado y nuestro pecado ha sido un problema desde el principio.

Cuando Dios le pregunta a Adán por qué comió del fruto, Adán acusa a Eva, la compañera que Dios le había dado (acusando a Dios de manera implícita). Cuando Dios se dirigió a Eva, ella culpó a la serpiente por haberla engañado. Hay verdad en el hecho de que no pecamos aislados de otros. El problema viene del querer culpar los problemas del mundo en los demás, mientras actuamos como si nosotros fuéramos simples víctimas de fuerzas fuera de nuestro control.

Aun si reconociéramos que el origen del mal surge de nuestro corazón, todavía tenemos que enfrentarnos con la otra pregunta de por qué el mal existe en el mundo. Como Adán, muchas veces culpamos a Dios por permitir el sufrimiento en nuestra vida. Si estamos enfermos, perdemos el trabajo o un ser querido muere, inmediatamente le reclamamos a Dios cómo pudo haber permitido semejante cosa.

“El pecado original explica por qué todos tenemos dificultad para alcanzar la felicidad y estar en paz con los demás”.

 

DIOS ACTÚA EN EL SUFRIMIENTO

Dios no tenía la intención de que este mal formara parte de su plan original, ya que el sufrimiento entró al mundo por el pecado. El pecado es lo que se debe culpar por el mal físico y la muerte, no Dios. Como resultado de la caída, Dios permite que el mal físico ocurra en el mundo, aun cuando lo utiliza para hacer surgir un bien más grande.

A través de las dificultades físicas, Dios nos muestra que este mundo no es nuestro verdadero hogar (y ya no está destinado a ser un paraíso terrenal) y que fuimos hechos para algo más. No podemos estar demasiado cómodos aquí en la tierra. El sufrimiento nos recuerda esto y también la necesidad de confiar en Dios. Pero, aun peor que el mal físico, también existe el mal moral, que proviene completamente de nuestra libre elección. El sufrimiento que experimentamos puede incluso hacernos darnos cuenta del mal moral que existe escondido en nuestra vida, llamándonos a la conversión.

El sufrimiento y nuestro estado quebrantado nos llevan a nuestra propia limitación y necesidad de Dios. Aceptar este estado nos da libertad para poder enfrentarlo y abrazar la sanación en Cristo.

 

DIGO: “ESTOY BIEN”, PERO NO LO ESTOY

Esto me recuerda a una canción que muestra la reacción típica a nuestra propia rotura: “Estoy bien”. Con palabras hacia Dios, la canción refleja con precisión cómo intentamos ignorar lo que realmente está sucediendo dentro de nosotros.

“Digo: ‘Estoy bien, sí, estoy bien, oh, estoy bien, oye, estoy bien’, pero no lo estoy. Estoy roto. Y cuando está fuera de control, digo: ‘Está bajo control’, pero no lo está, y lo sabes. No sé por qué es tan difícil admitirlo, cuando ser honesto es la única forma de solucionarlo. No hay fracaso, no hay caída, no hay pecado que ya tú no conozcas. Entonces, deja que salga la verdad”.  Matthew West, “Truth be told”

El individualismo moderno nos dice que estaremos bien si simplemente confiamos en nosotros mismos, que podemos manejarlo y que somos débiles si buscamos ayuda en los demás. La fe cristiana se opone firmemente a esto, porque no podemos ignorar la rotura dentro de nosotros, dejarla sin resolver y ocultarla para que luego salga en forma de venganza. Tenemos que ser sinceros sobre quiénes somos. Somos personas quebrantadas y pecadoras que podemos experimentar la sanación y la gracia si enfrentamos la verdad y la dejamos salir a la luz.

 

QUE LA VERDAD SALGA A LA LUZ

¿Cómo dejamos que esta verdad salga a la luz? Durante la cuaresma, la Iglesia nos llama a la conversión, a través de la oración y la penitencia, y nos pide que confesemos nuestros pecados. Dejamos “que salga la verdad” cuando nos presentamos ante Dios, reconocemos nuestros pecados y le pedimos perdón. Aceptar nuestra debilidad nos lleva a acudir a Dios en busca de ayuda, permitiéndole quitar la oscuridad dentro de nosotros y llenarnos con su propia vida y luz.

 

DIOS SANA “UN CORAZÓN A LA VEZ”

Dios no simplemente elimina todos los problemas del mundo. Más bien, él entra en ellos, primero, asumiéndolos y haciéndose hombre en Jesús, y luego entrando en el centro de la rotura dentro de nosotros. Dios no está ausente del mundo que sufre, aun si no se muestra visiblemente para que todos vean y para así resolver dramáticamente las cosas de manera política. Dios arregla el mundo un corazón  a la vez, de manera más poderosa que el ruido que nos rodea, preparándonos para enfrentarlo y hacer nuestra parte en él.

 

LA SOLUCIÓN: ACUDIR A LA FUENTE DE SANACIÓN

Si soy yo lo que está mal en el mundo, entonces la solución también comienza conmigo. Mi estado interior quebrantado puede ser sanado por Dios (aunque no sea de manera perfecta en esta vida) para que yo pueda ser parte de la solución al problema del mundo. Puedo llevar a otros a Cristo para sanarlos, invitarlos a la Iglesia y específicamente a la confesión. Aunque las personas a menudo tienen miedo de confesar sus pecados, en realidad es un gran alivio y una fuente de sanación. Es un regalo poder compartir este alivio y sanación con otros. Y entre más personas hayan recibido este regalo, más grande será su impacto en el mundo. En esta cuaresma, tenemos la oportunidad de abrazar la solución de Dios, la sanación, que comienza con la raíz del problema: yo…

 

Lee todos los artículos de la edición ¿Por qué estoy aquí?” de la revista de El Pueblo Católico haciendo clic en la imagen.