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jueves, agosto 18, 2022
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Jesús quiere sanar las heridas del racismo

Nuestra nación se ha conmocionado y estremecido por la trágica muerte de George Floyd, evento que suma a la letanía de aquellos que han perdido la vida innecesariamente. La gente se ha indignado con toda razón, porque la vida humana es invaluable y tiene una dignidad que debe ser respetada incondicionalmente. Subyacente a esta tragedia y a muchas otras a lo largo de los años hay un fracaso social que se arraigó en la introducción de la esclavitud en los Estados Unidos hace 400 años. Nuestro país ha fracasado en amar y respetar a todas las personas por igual, y vemos que el daño causado por esa herida continúa manifestándose hoy. Cerrar estas heridas llevará tiempo, pero es algo que el Sagrado Corazón de Jesús desea y que nuestra fe exige.

El proceso de sanación requiere reconocer lo que ha hecho cada quién. La Iglesia Católica, en los Estados Unidos y en otros países, no siempre ha sido impecable al acoger y respetar a todas las razas y grupos étnicos. El Papa san Juan Pablo II reconoció estos pecados en varias ocasiones, incluso pidiendo perdón durante la solemnidad de la Jornada del Perdón del año 2000. Él dijo: “Señor Dios, nuestro Padre, tú creaste al ser humano, hombre y mujer, a tu imagen y semejanza, y quisiste la diversidad de los pueblos dentro de la unidad de la familia humana. A veces, sin embargo, no se ha reconocido la igualdad de tus hijos, y los cristianos han sido culpables de actitudes de rechazo y exclusión, dando su consentimiento a los actos de discriminación basados ​​en la diferencia racial y étnica. Perdónanos y concédenos la gracia de sanar las heridas aún presentes en tu comunidad a causa del pecado, para que todos nos sintamos como tus hijos”.

En varios momentos de la historia de nuestra arquidiócesis personas de color en nuestras Iglesias, ministerios y escuelas han experimentado casos de racismo que no podemos ignorar y que debemos reconocer que ha dañado a los miembros de nuestra Iglesia. En un momento, en uno de los actos de racismo más atroces que tuvieron lugar en nuestra historia, tuvimos una parroquia donde los feligreses negros debían esperar afuera para recibir la Comunión y solo podían hacerlo después que los feligreses blancos hubieran terminado y si quedaban suficientes hostias. Incluso hoy he escuchado a miembros de las comunidades negras, hispanas y asiáticas que han compartido conmigo cómo han experimentado ser excluidos y no ser bienvenidos. Conocer nuestros pecados pasados ​​y presentes me duele profundamente. Como arzobispo de Denver, quiero disculparme por el dolor que se ha causado cada vez que la Iglesia o sus miembros no han amado como Jesús nos ama.

El racismo es pecaminoso y una herida al corazón de Cristo y la unidad de la Iglesia. El racismo es un pecado porque implica degradar la imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:26). Decir que estamos hechos a su imagen y semejanza significa que cada ser humano está dotado de un alma espiritual e inmortal que está hecha para la unión eterna con Dios (Catecismo de la Iglesia Católica, #1701-1703). Y cuando uno insulta o comete violencia contra alguien debido a su raza, es un ataque contra todo el ser de esa persona, así como un ataque contra Dios, quien lo creó a su semejanza. Jesús destacó esta conexión entre Dios y aquellos que son perseguidos en Mateo 25,45 cuando dijo: «lo que no hicieron por uno de estos más pequeños, tampoco lo hicieron por mí”.

Nuestra sociedad actualmente está lidiando con la forma de responder a las desigualdades resaltadas tras la muerte de George Floyd y las protestas posteriores. La gente está justamente enfurecida por su asesinato y el trato desigual a la gente de color por parte de la policía. Esto es una ira justa y honesta. Pero como ha señalado el papa Francisco, se necesitan protestas pacíficas, no violentas o que destruyan propiedades. Tenemos que «reconocer que la violencia de las últimas semanas es autodestructiva y contraproducente. La violencia no gana nada y se pierde mucho», afirmó.

Como católicos debemos entender que Jesucristo tiene la única solución duradera al racismo, y todos debemos hacer nuestra parte para convertirnos y difundir su mensaje del Evangelio. Debemos seguir el primer gran mandamiento de poner a Dios -Padre, Hijo y Espíritu Santo- primero en nuestras vidas, y a partir de ese amor fluye el amor al prójimo. Solo podemos guardar estos mandamientos con la gracia de Dios derramada sobre nosotros en los sacramentos. A través del bautismo, somos redimidos en Jesucristo, liberados de nuestro estado pecaminoso y convertidos en hijos adoptivos del Padre. A través del derramamiento del Espíritu Santo en el Bautismo y la Confirmación, nos fortalecemos en los dones necesarios para difundir estas Buenas Nuevas al mundo. Y en los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía recibimos el alimento espiritual que necesitamos para perseverar en la búsqueda de la santidad a lo largo de nuestra vida terrenal para alcanzar la meta del cielo.

Hay un regalo final que nos ayuda de manera única en el proceso de conversión que ha surgido repetidamente en conversaciones con aquellos que han sufrido de racismo, incluyendo el mismo «Ángel de la Caridad» de Denver, Julia Greeley. Este regalo es la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, que nos enseña la profundidad del amor de Jesús por cada persona, sin importar su circunstancia, raza o grado de santidad. El Padre y Jesús nos aman primero y desean hacer de cada ser humano su hogar. Con su Sagrado Corazón, que ha sido herido por los pecados del mundo, Jesús nos ama a todos con gran ternura y misericordia, y nos enseña a extender ese amor a los demás. Durante su vida, Julia Greeley fue conocida como una de las promotoras más fuertes de esta devoción, caminando a pie para entregar folletos e insignias del Sagrado Corazón a los hogares y a cada estación de bomberos de la ciudad cada primer viernes. Sabemos que sufrió discriminación racial, pero soportó esas heridas con fuerza y ​​perdón, lo que seguramente vino de la gracia de Dios y su devoción al Sagrado Corazón herido de Jesús. En su corazón, ella sabía que era una hija querida del Padre y esto le permitió compartir ese amor con los demás a pesar de cómo algunos la trataban.

A medida que nuestra sociedad trabaja para abordar el racismo, exhorto a las personas a participar en la cultura del encuentro que el papa Francisco ha hablado con tanta frecuencia, ya que al conocernos mejor podemos ver y abordar el sufrimiento de nuestro prójimo. También pido a todos los católicos y personas de buena voluntad que examinen su propia conciencia e inviten a Jesús a transformar su corazón para que se convierta en su propio Sagrado Corazón que ama a cada persona por igual, sin importar su pecaminosidad, y busca la unión eterna con él en el cielo.

Arzobispo Samuel J. Aquila
Mons. Samuel J. Aquila es el octavo obispo de Denver y el quinto arzobispo. Su lema es "Haced lo que él les diga" (Jn 2,5).
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