Jesús quiso dejarnos la Santa Misa: “Hagan esto en memoria mía”

Vladimir Mauricio-Perez

Este artículo fue publicado en la edición de la revisa de El Pueblo Católico titulada “¿Qué sucede en la Misa?” Para suscribirte y recibir la revista en casa, HAZ CLIC AQUÍ.

 

La Misa no proviene del hombre, sino que encuentra su origen en Dios mismo. Es un regalo hecho y dado por Dios, quien dice: “Sé lo que deseas y necesitas”.

¿Pero entonces por qué puede convertirse la Santa Misa en un peso que se nos ha “impuesto por obligación” y que no marca una diferencia en nuestra vida?

Una razón es que nunca la hemos entendido y nos hemos acostumbrado a ella. El no entender algo no significa que uno no pueda percibir que hay algo más grande que está sucediendo. Por ejemplo, después de asistir a Misa por primera vez, muchos no católicos dicen haber percibido que había algo más profundo que no entendían, como un misterio y una invitación a descifrar su significado.

Pero muchos católicos que crecimos yendo a Misa nos hemos acostumbrado, por lo que esta ha perdido su sentido de misterio para nosotros, su invitación a comprenderla.

Otra razón es que la Misa requiere que salgamos de nosotros mismos, un lugar que muchas veces no queremos dejar. El contenido de la Misa no depende del sacerdote o de nuestros gustos o ánimo, sino que ya viene dado. Requiere que aceptemos una invitación a ser llevados por una senda que no depende de nuestros sentimientos o preocupaciones. Dios ya nos dio la mejor manera de alabarlo, encontrarlo y darnos lo que necesitamos.

La Santa Misa es la manera en que Dios desde el principio quiso hacerse uno con cada ser humano para transformarlo y llevarlo a la plenitud, a la felicidad; por eso dijo: “Hagan esto en memoria mía”. Por tanto, no nos debe extrañar que ya desde antes del final del primer siglo encontramos las partes principales de la Misa mencionadas en documentos cristianos como la Didajé y en los escritos de san Justino mártir hacia el año 155 d.C. (ver p.16-17, 26). La celebración eucarística es un don que recibimos de Cristo y que desde el principio sus apóstoles la transmitieron de generación en generación. Si bien ha cambiado en ciertas expresiones, lo esencial se ha mantenido desde el principio.

Cuando éramos niños nuestros padres nos obligaban a comer aunque no quisiéramos, por nuestro propio bien. No nos gustaba, pero ahora lo agradecemos. Algo parecido hace nuestra Madre la Iglesia. Al hacer la Misa obligatoria, nos está alertando sobre su importancia, sobre lo central que es para nuestra vida; que es Dios quien así viene a nosotros.

Quizá al leer esta edición te preguntes: “¿Por qué no sabía esto?”. Es una invitación para nosotros los laicos a seguir aprendiendo sobre la belleza de nuestra fe apostólica. También es una invitación para los sacerdotes de no olvidar enseñarles a sus hijos espirituales sobre la grandeza de lo que sucede semana tras semana. Al fin y al cabo, la Eucaristía es “la fuente y cumbre” de nuestra fe, es Jesús sacramentado que nos invita a una vida grande y bella.

 

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