¿Cambia la cruz mi forma de ver la realidad?

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Por Scott Elmer, Director ejecutivo de la Oficina de Evangelización de la arquidiócesis de Denver.

Cristo crucificado es quizá la imagen más popular y poderosa que tenemos los católicos. La encontramos en cada altar donde se celebra la Misa, en un lugar destacado de cada iglesia y también en nuestra propia casa. Sin embargo, para muchos católicos, el crucifijo se puede perder entre todas las demás decoraciones, porque estamos demasiado acostumbrados a verlo…

 

MÁS ALLÁ DEL SUFRIMIENTO FÍSICO

Durante una reunión, un sacerdote preguntó, mirando atentamente el crucifijo en la pared: “Debemos tomar en cuenta la realidad. ¿Esa pared está sosteniendo el crucifijo o es el crucifijo el que está sosteniendo la pared?”. Es una pregunta profunda que nos lleva a ver las cosas de otra manera y a preguntarnos seriamente: ¿Cambia la acción salvadora de Cristo mi forma de ver la realidad? ¿Qué significa el sacrificio de Jesús para mí? ¿Cómo debería responder?

A veces cuando rezamos los misterios dolorosos del rosario o meditamos en la Pasión de Jesús, nos enfocamos en el inmenso dolor físico que tuvo que padecer por nosotros. Así intentamos aumentar nuestra gratitud por lo que hizo. Esto es algo bueno; sin embargo, si consideramos dicho acto de amor en su totalidad, más allá del sufrimiento físico, se abre un panorama aún más bello y asombro frente a nosotros.

 

OBEDIENCIA

En realidad, hay un gran número de cosas que Jesús logró a través de la crucifixión y muchos aspectos increíblemente valiosos por explorar. Entre los más importantes está su obediencia. A Jesús no le extrañó que su vida y ministerio culminaran en una muerte tan cruel. A lo largo del Evangelio, Jesús predice su muerte: “Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que le matarían y que resucitaría al tercer día” (Mt 16,21).

Jesús eligió viajar a Jerusalén aunque sabía que iba a morir, y lo hizo porque su Padre se lo pidió. Sin duda, fue difícil, pero él dice: “Ahora mi alma está turbada. ¿Diré acaso: Padre, líbrame de esta hora? ¡Si precisamente he llegado a esta hora para enfrentarme a todo esto!” (Jn 12,27).

 

ELECCIÓN

Jesús tenía la intención de morir. Recordemos que el Jesús que fue golpeado por los soldados romanos y clavado en una cruz es también el Jesús que regularmente escapaba de las multitudes enfurecidas milagrosamente; es el mismo Jesús que sanó a miles, resucitó a personas de entre los muertos y secó una higuera solo con decirle que muriera.

Jesús nunca está indefenso o desamparado. Incluso en la cruz, él tiene el control. Las Escrituras nos hablan de la actitud de Jesús al acercarse a su pasión: “[Sabía] que el Padre había puesto todo en sus = manos y que había salido de Dios y a Dios volvía…” (Jn 13,3). Jesús se acercó a su Pasión y muerte sabiendo plenamente que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos. En otras palabras, él tenía el control, y eligió libremente ser obediente al plan de su Padre.

 

RECONCILIACIÓN

¿Por qué tenía que morir? Es una gran pregunta. Jesús, al hacerse hombre, se unió a todo ser humano (CIC 618). Es importante tener en cuenta que solo porque nació igual que nosotros, no significa que tenía que morir como el resto de nosotros. Esa fue la maldición de Adán, pero Jesús fue concebido por el Espíritu Santo y no estaba sujeto al pecado de Adán. Cuando Jesús se acerca a la cruz, toma el pecado de Adán y los pecados de todos nosotros sobre sí mismo. San Pablo escribe: “A Cristo, que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios con él” (2Cor 5,21). A través de la obediencia, el sufrimiento y la muerte, Jesús redime la desobediencia de Adán. La acción de Adán, que creó una separación dolorosa entre el hombre y Dios, ha sido anulada con la acción de Jesús, que reconcilió al hombre con Dios.

 

TRANSFORMACIÓN

Cuando Jesús murió, la muerte lo tocó, pero no pudo detenerlo (He 2,24). En la cruz, Jesús transforma la muerte. Antes de Cristo, el miedo a la muerte dominaba a la humanidad: era la justa consecuencia del pecado de Adán y Eva. Por un lado, la muerte de Jesús fue justa, porque asumió el pecado del mundo y ofreció un sacrificio perfecto e irrepetible.

Por otro lado, su muerte fue injusta, porque él era verdaderamente inocente y estaba libre de la maldición de Adán. Entonces la muerte en cierto modo le sobreviene a Jesús injustamente, pero él a su vez transforma la muerte misma.

San Pablo continúa explicando el motivo que llevó a Jesús a “hacerse pecado”:

“Para que así nosotros participáramos en él de la justicia y perfección de Dios”. (2Cor. 5,21)

Antes del sacrificio de Jesús, la muerte condenaba al hombre; ahora, después del sacrificio de Jesús, morir en Cristo condena el pecado. El sacrificio de Jesús condena la muerte y la utiliza para condenar el pecado en nosotros. Todo  cristiano está llamado a tomar su cruz y seguirlo (Mt 16,24-26). Por el poder de su cruz, podemos dar  muerte a los pecados de la carne en nuestro corazón, porque estamos unidos a él.

 

LIBERACIÓN

El objetivo principal de Jesús al someterse a la crucifixión y finalmente a la muerte no fue aumentar nuestra gratitud, aunque esta es una respuesta adecuada. Él lo hizo para liberarnos. Esta es una distinción clave que debe cambiar nuestra forma de ver un crucifijo. ¿Vemos algo que nos hace reconocer cuánto nos estamos quedando cortos en comparación con un salvador que dio todo por nosotros o vemos el emblema de la victoria de Cristo sobre el mayor tirano de la historia del mundo? ¿Simplemente nos hace más “conscientes” de lo que Jesús sufrió por nosotros o nos motiva a vivir valientemente gracias a la gracia que él ganó para nosotros?

De alguna manera, todas estas cosas son ciertas, pero no podemos dejar que el poder de la cruz se reduzca al ámbito de los acontecimientos históricos. Hoy en día, el poder de la cruz para vencer el pecado en nuestra vida está vivo y activo en cada creyente. Oremos para que, al reflexionar sobre la crucifixión, el Señor nos llene de esperanza y nos lleve a actuar según sus inspiraciones, para que podamos unir nuestra muerte con la suya y vivir en la promesa de la Resurrección.

 

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Próximamente: La dignidad humana en el libro del Génesis

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Por el diacono Pedro Reyes, Parroquia St. William, Ft. Lupton.

Todo ser humano tiene una dignidad que le fue otorgada por Dios. San Juan Pablo II en su teología del cuerpo nos dice lo siguiente:

“El hombre es creado sobre la tierra y al mismo tiempo que el mundo visible. Pero, a la vez, el Creador le ordena subyugar y dominar la tierra (cf. Gén 1, 28): está colocado, pues, por encima del mundo. Aunque  el hombre esté tan estrechamente unido al mundo visible, sin embargo la narración bíblica no habla de su semejanza con el resto de las criaturas, sino solamente con Dios”.

Lo que san Juan Pablo II nos está recordando es que el hombre no fue creado de la misma manera que los demás seres vivos. Esto, naturalmente, nos hace diferentes al resto de la creación. No podemos darle los mismos derechos a una mascota, como un perro o un gato, que a un ser humano. Es triste que hoy en día la dignidad del ser humano sea despreciada a tal grado que muchas personas le dan más amor y atenciones a las mascotas que a los propios familiares. Hoy en día hay algunas personas que tratan a los animales como seres humanos y a sus semejantes, que son seres humanos,] como animales.

San Juan Pablo II nos dice también esto:

“En el ciclo de los siete días de la creación es evidente una precisa gradualidad; el hombre en cambio no  es creado según una sucesión natural, sino que el Creador parece detenerse antes de llamarlo a la existencia, como si volviese a entrar en sí mismo para tomar una decisión: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen, a nuestra semejanza…’ (Gn 1,26)”.

Nuevamente, san Juan Pablo II nos recuerda la manera tan diferente en la que Dios creó al hombre. Y aquí nos recuerda la principal diferencia entre los seres humanos y el resto de la creación. El hombre, a diferencia de los demás seres vivos, fue creado a “imagen y semejanza” de Dios. O sea, el ser humano tiene una dignidad única e inigualable que le ha sido otorgada por Dios.

En todo lo que hemos visto, podemos darnos cuenta de lo siguiente: cuando el autor del libro del Génesis narra la creación de todo, al referirse al ser humano, especifica que lo creó y lo bendijo. Sin embargo, la creación del hombre se distingue de todo lo demás creado de tal manera que le da ese grado de dignidad superior al resto de la creación.

Esto se puede ver claramente porque antes de crear al ser humano, Dios es presentado como si estuviera deliberando sobre cómo lo creará, mostrando el acto de crear al hombre como un acto muy importante. Igualmente, la excepcional dignidad del ser humano se muestra en su totalidad por la ‘semejanza’ con Dios. Por lo tanto, todos los seres humanos, sin importar raza, color de piel, país de origen, etc., tenemos una dignidad específica que debe ser respetada por todos. Y esta dignidad viene por el hecho de haber sido creados “a imagen y semejanza de Dios”.

 

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