52.9 F
Denver
sábado, diciembre 3, 2022
InicioConoce tu feBibliaLa Eucaristía a través de la historia

La Eucaristía a través de la historia

La Biblia y la historia nos muestran la presencia real de Jesús en la Eucaristía

La Eucaristía es el don más grande que Cristo pudo habernos dado: es Él mismo. Por eso la Eucaristía es el centro de nuestra fe. Es tan importante que Dios mismo quiso preparar a su pueblo desde el principio para el momento en que la carne resucitada de su Hijo se hiciera alimento para darnos vida.

La siguiente cronología muestra la manera en que Dios poco a poco revela a su pueblo –desde el libro del Génesis hasta la venida de Cristo– que la Eucaristía sería la manera en que su Hijo permanecería con nosotros «hasta el fin de los tiempos” (cf. Mt 28,20). Luego muestra cómo la Iglesia ha comprendido y preservado este don a través de la historia.

Desde el Antiguo Testamento, Dios preparó a su pueblo a través de prefiguraciones, o sea, realidades que servían como señales de algo más grande que iba a suceder. Como veremos, algunas prefiguraciones de Cristo y de la Eucaristía que se repiten con frecuencia en la Biblia incluyen objetos y conceptos como el pan, el vino, el cuerpo, la sangre, el cordero, el sacrificio, el pecado y el alimento. Demos gracias a Dios por este don tan grande.

 

ANTIGUO TESTAMENTO

Prefiguraciones

Árbol de la vida

Dios prohíbe a Adán y Eva comer del árbol de la vida después de comer el fruto del árbol prohibido. Muchos padres de la Iglesia veían en el árbol de la vida una prefiguración de la cruz y consideraban su fruto una prefiguración de la Eucaristía: el cuerpo de Cristo que colgó de la cruz. El Apocalipsis dice que Dios concederá a las personas comer del árbol de la vida (Ap 2,7). San Agustín dice: “Nosotros también nos alimentamos del árbol de la cruz… cuando comemos de su cuerpo” (Sobre el salmo 100,9).

Melquisedec

“Melquisedec, rey de Salem, presentó pan y vino, pues era sacerdote del Dios Altísimo, y bendijo [a Abram]” (Gn 14,18-19). Este personaje misterioso se presenta como una prefiguración del sacerdocio de Cristo, y también hace una ofrenda de pan y vino. San Jerónimo escribe: “Tal como Melquisedec, sacerdote de Dios Altísimo, ofreció pan y vino en prefiguración de [Cristo], así Cristo presentaría [la ofrenda] con la verdad de su propio cuerpo y sangre” (Comentario a Mateo IV).

Isaac

Dios pone a prueba a Abraham al pedirle que sacrifique a su “hijo único”, Isaac (Gn 22,2 ss). Isaac le pregunta a su padre por qué ha preparado una fogata, pero no un cordero para el sacrificio. Abraham le responde: “Dios proveerá el cordero para el sacrificio”. Jesús es el “Cordero de Dios” (Jn 1,29) que Dios provee en sacrificio por el pecado del hombre. También es el “Hijo único” de Dios (Jn 1,18) como Isaac.

Cordero pascual

Para liberar a los israelitas de Egipto, Dios ordena a Moisés que les diga: “Será un [cordero] sin defecto, macho… Tomaréis luego la sangre y untaréis las dos jambas y el dintel de las casas… Esa noche comeréis la carne” (Ex 12,5.7-8). Este cordero de la Pascua judía es una prefiguración de Jesús, como dice san Pablo: “Nuestro cordero pascual, Cristo, ha sido inmolado” (1 Cor 5,7). Nosotros también nos alimentamos de ese cordero en la Eucaristía, pues Cristo mismo dice: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida” (Jn 6,55).

Pan ácimo

En preparación para la Pascua, Dios también le ordena a su pueblo comer “panes ácimos” o sin levadura (Ex 12,15 ss) para simbolizar la prisa con que debían huir de Egipto: no había tiempo para dejar que la masa creciera. Según Mateo y Marcos, Jesús instituyó la Eucaristía en “el primer día de los [panes] ácimos” (Mt 26,17; Mc 14,12). En el rito latino, la Iglesia aún utiliza pan sin levadura para la Eucaristía y ve el origen de esta tradición en la Pascua judía.

Maná

Después de la huida de Egipto, Dios hace llover el maná –o “pan del cielo”– a su pueblo en el desierto (Ex 16,4). Jesús es el cumplimiento del maná; él mismo dice: “Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron… Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre” (Jn 6,49-51).

Aspersión de sangre

Después de recibir los 10 Mandamientos, “Moisés tomó la sangre, roció con ella al pueblo y dijo: ‘Esta es la sangre de la alianza que Yahvé ha hecho con vosotros’” (Ex 24,8). Jesús utiliza el mismo lenguaje para instituir una nueva alianza con su cuerpo y su sangre durante la Última Cena: “Esta copa es la nueva alianza en mi sangre, que se derrama por vosotros” (Lc 22,20).

Pan de la presencia

Dios ordena a Moisés construir un santuario –que siglos después sería reemplazado por el Templo– para habitar “en medio de ellos” (Ex 25,8). Luego le manda conservar ahí el arca de la alianza y el “pan de la presencia” (Ex 25,30). Siglos después, David comería de este pan: “El sacerdote le dio [a David] pan consagrado, porque no había allí otro pan, más que el pan de la presencia” (1 Sam 21,7). Jesús alude a este pasaje y dice: “¿No habéis leído… cómo [David] entró en la casa de Dios y [comió] los panes de la presencia?… Pues hay aquí algo mayor que el Templo” (Mt 12,3- 4.6): su cuerpo es el verdadero templo y pan consagrado

Ofrenda todá

La palabra hebrea todá significa “acción de gracias”. El sacrificio todá era una ofenda de paz que un israelita presentaba por recibir un gran beneficio de Dios. En el sacrificio se ofrecía carne, pan y vino (Lv 7,11-15; Nm 15,8-10). La palabra “eucaristía” también significa “acción de gracias” en griego. En el sacrificio de la Eucaristía, el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Jesús. Muchos eruditos consideran los sacrificios judíos de la pascua y todá prefiguraciones de la Eucaristía

El siervo

El pasaje de Isaías 53 nos presenta una prefiguración impactante de Cristo. Habla del Siervo, un hombre afligido, “herido por nuestras faltas… como cordero llevado al matadero… Él ofreció su vida como sacrificio por el pecado…” (Is 53,5.7.10). Además, se le llama el “Justo” que “justificará a muchos” y que “[intercede] por los pecadores” (Is 53,11-12). San Juan Bautista llama a Jesús el “Cordero de Dios”, y el apóstol san Juan lo llama “Justo”, intercesor o “defensor’ ante el Padre y “víctima por nuestros pecados” (Jn 1,36; 1 Jn 2,2).

 

 

NUEVO TESTAMENTO

Institución de la Eucaristía

Belén

Jesús nace en Belén, que en hebreo significa “casa del pan”.

Cordero de Dios

“He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, exclama san Juan Bautista al ver a Jesús (Jn 1,29). San Juan utiliza la imagen importante del cordero en el Antiguo Testamento para referirse a Jesús. Estas palabras encuentran su significado pleno en la manera en que Cristo quiso quedarse con nosotros “hasta el fin del mundo”: en la Eucaristía. Por esta razón, durante la Misa, el sacerdote repite las palabras de san Juan Bautista mientras eleva la Eucaristía: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.

La multiplicación de panes

Jesús mismo prefigura la Eucaristía antes de instituirla para preparar a sus discípulos. En la alimentación de los 5000, Cristo realiza las mismas cuatro acciones que después realizaría en la Última Cena: “Tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los entregó a los discípulos” (Mt 14,19). Mateo luego describe en la Última Cena: “Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: ‘Tomen y coman; esto es mi cuerpo’” (Mt 26,26).

Más que un símbolo

Jesús dejó claro que la Eucaristía que iba a instituir no sería un mero símbolo. Dice: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo… y el pan que yo les daré es mi carne” (Jn 6,51). Los judíos creen que es ridículo interpretar sus palabras en sentido literal y dicen: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?” (6,52). Sin embargo, Jesús lo reitera: “En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros… Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida” (6,53.55). Y para despejar toda duda, Jesús emplea una nueva palabra: “quien me come [en griego trogó], vivirá por mí” (Jn 6,57). Trogó no solo significa comer, sino “masticar”, “roer”. Por eso, muchos de sus discípulos “se volvieron atrás y ya no andaban con él” (6,66)

El padrenuestro

San Mateo recoge una palabra única en el padrenuestro: “Danos hoy nuestro pan de cada día [en griego epiousios]” (Mt 6,11). Epiousios no se usa en ningún otro lugar en la Biblia, excepto en la misma oración del padrenuestro en Lucas 11,3. Se traduce como “sobresustancial”, que literalmente significa “superior a toda sustancia o cosa”. Muchos padres de la Iglesia desde el principio interpretaron esta petición (“Danos hoy nuestro pan sobresustancial”) como una referencia a la Eucaristía.

Institución de la Eucaristía

Durante la Última Cena, que sucede en el contexto de la Pascua judía, Jesús toma los elementos que hemos visto y los une para instituir la Eucaristía. Toma el pan, lo parte y dice: “Este es mi cuerpo que se entrega por vosotros” (Lc 22,19). Luego toma el cáliz y dice: “Esta copa es la nueva alianza en mi sangre, que se derrama por vosotros” (22,20). Y les ordena: “Haced esto en memoria mía” (22,19). A pesar de que la cena se realiza en el contexto de la Pascua, nunca se menciona un cordero, pues Jesús mismo es el cordero pascual que se dará en sacrificio (1 Cor 5,7).

Camino de Emaús

El Evangelio de Lucas nos presenta una breve descripción de la Misa en la aparición de Cristo a los discípulos de Emaús (Lc 24,13- 35). Muestra las dos partes principales de la Misa: la liturgia de la palabra y la liturgia de la Eucaristía. Jesús se acerca a los dos discípulos el día de su resurrección y les explica “lo que decían de él las Escrituras” (24,27). Cuando llegan al pueblo, celebra la Eucaristía con ellos: “Tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se los dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron” (24,30-31). Como discípulos, también debemos reconocer a Cristo “al partir el pan” (24,35).

Primeras comunidades

La celebración eucarística instituida en la Última Cena rápido pasó a conocerse entre los primeros cristianos como la “fracción del pan”: “El primer día de la semana [el domingo] nos hallábamos reunidos para la fracción del pan” (He 20,7).

San Pablo

San Pablo llega a decir que la Eucaristía es en verdad el cuerpo y la sangre de Cristo, y por ello, hay consecuencias para los que la reciben indignamente. “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es caso comunión con la sangre de Cristo?; y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?” (1 Cor 10,16). “Por tanto, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, peca contra el cuerpo y la sangre del Señor” (1 Cor 11, 23-29).

 

 

HISTORIA DE LA IGLESIA

Comprensión y profundización

La Didajé (ca. 60-100 d. C.)

La Didajé es un texto cristiano del primer siglo que menciona la importancia de confesar los propios pecados antes de recibir la comunión e incluye una descripción de la Misa: “Los días del Señor [los domingos] reuníos para la partición del pan y la acción de gracias, después de haber confesado vuestros pecados” (XIV). “En cuanto a la Eucaristía, así habéis de realizarla: Primero sobre el cáliz… y sobre la partición del pan” (IX).

San Ignacio de Antioquía (ca. 108 d. C.)

San Ignacio, obispo de Antioquía, habló de manera explícita sobre la Eucaristía en una serie de cartas escritas a varias iglesias en camino a Roma, donde sería martirizado. En una de ellas arremete contra los que creen en falsas doctrinas sobre la Eucaristía: “Se abstienen de la Eucaristía y de la oración porque no reconocen que la Eucaristía es la carne de nuestro salvador Jesucristo” (Carta a la iglesia de Esmirna, 6).

San Cirilo de Jerusalén (350 d. C.)

Fue obispo de Jerusalén, catequista y defensor de la fe. Entre sus catequesis se encuentran textos de gran importancia sacramental: “Puedes tener la fe certísima en que lo que se ve como pan no es pan, aunque tenga ese sabor, sino el cuerpo de Cristo, y que lo que se ve como vino no es vino, aunque a eso sepa, sino la sangre de Cristo” (Catequesis 22, 9).

Milagro de Lanciano (750 d. C.)

El pequeño pueblo de Lanciano, Italia, presenció uno de los primeros y más famosos milagros eucarísticos. Un sacerdote dudaba de la presencia de Cristo en la Eucaristía durante la Misa. Para su sorpresa y la de los presentes, la hostia consagrada se convirtió en carne y el vino en sangre durante la consagración. En la década de 1970, se realizaron más de 500 análisis, y todos concluyeron que la hostia es verdadera carne, y la sangre del cáliz verdadera sangre. La ciencia ha admitido sus limites al no poder explicar este milagro.

“Transubstanciación” (1047-1215)

A comienzos del nuevo milenio surgió una discusión sobre la Eucaristía, cuando un religioso comenzó a predicar que la Eucaristía era solo un símbolo. Como respuesta, el beato Lafranco explicó la “transubstanciación”: el hecho de que el pan y el vino verdaderamente se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo, aunque su apariencia no cambia. En 1215, el Cuarto Concilio de Letrán empleó este término para reafirmar que la Iglesia siempre ha creído en la presencia real de Jesús en la Eucaristía.

Santo Tomás de Aquino (1225-1274)

Tomás de Aquino escribió una de las explicaciones más profundas de la transubstanciación en la Suma Teológica. Además, escribió los himnos para la fiesta de Corpus Christi y otros himnos eucarísticos, entre ellos, el Pange lingua, Panis angelicus, Tantum ergo y O salutaris hostia.

Fiesta de Corpus Christi (1264)

En los primeros siglos la adoración de la Eucaristía se realizaba solo en la comunión. Sin embargo, una serie de blasfemias contra el Santísimo Sacramento en el siglo XIII llevarían a santa Juliana de Lieja a pedir que se adorara la Eucaristía fuera de la Misa. Sus plegarias, junto con el milagro eucarístico de Bolsena, Italia, llevarían al papa Urbano IV a instituir la fiesta de Corpus Christi o del Cuerpo de Cristo.

La verdadera presencia (1551)

El Concilio de Trento reafirmó que la presencia de Jesús en la Eucaristía permanecía incluso después de la Misa, pues Martín Lutero decía lo contrario. Ya los primeros cristianos llevaban la comunión a los enfermos o los presos después de la Misa. Escritos de los padres de la Iglesia incluso explican que en casos se recibía días después de haber sido consagrada.

Visitas al Santísimo Sacramento (1745)

Como consecuencia natural de la adoración eucarística fuera de la Misa, las visitas frecuentes al Santísimo aumentaron en popularidad. Uno de sus mayores propulsores fue san Alfonso de Ligorio, gracias a su popular libro Visitas al Santísimo Sacramento.

San Pío X (1835-1914)

Conocido como “el papa del Santísimo Sacramento”, san Pío X promovió la comunión diaria, pues aseguraba que era la forma más corta de llegar al Cielo. Asimismo, redujo la edad necesaria para comulgar de los doce a los siete años.

San Juan Pablo II (1920-2005)

Una de las metas de este gran papa consistió en reforzar la devoción a la Eucaristía tras la crisis que surgió después del Concilio Vaticano Segundo. Escribió: “La Eucaristía, presencia salvadora de Jesús… y [nuestro] alimento espiritual, es lo más precioso que la Iglesia puede tener en su caminar por la historia” (Ecclesia de Eucharistia, 9)

Papa Francisco (2008-presente)

La Eucaristía no ha dejado de ser el la fuente y cumbre de nuestra fe católica desde el primer siglo. Hasta el día de hoy, nuestros pastores nos recuerdan de su importancia. El mismo papa Francisco escribe: “Como el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre del Señor, así cuantos lo reciben con fe son transformados en eucaristía viviente” (Catequesis, 21 de marzo de 2018).

 

 

Haz clic en la imagen para leer todos los artículos de la edición “La Eucaristía” de la revista de El Pueblo Católico.

 

Revista. Presencial real de la eucaristía, hostia, católicos

Vladimir Mauricio-Pérez
Vladimir Mauricio-Pérez es el editor de El Pueblo Católico y el gerente de comunicaciones y medios de habla hispana de la arquidiócesis de Denver.
Artículos relacionados

Lo último