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lunes, diciembre 5, 2022
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La Eucaristía: alimento para el desierto cultural

Desde hace meses el clero y los fieles de la arquidiócesis han estado conversando y rezando sobre cómo estamos llamados a vivir nuestra fe en una época apostólica, en una sociedad en la que la fe no es el fundamento ni el punto de referencia de la existencia. Providencialmente, la Iglesia en los Estados Unidos se está concentrando simultáneamente en fomentar un renacimiento de la devoción eucarística durante un periodo de tres años.

La respuesta a cómo vivir como discípulos del Señor en una sociedad secular es que debemos permanecer en relación con Jesús, especialmente en la Eucaristía. El propio Cristo lo señala durante la última cena. Después de celebrar la Eucaristía por primera vez con los discípulos, convirtiendo el pan en su cuerpo y el vino en su sangre, Jesús contó a los apóstoles la parábola del viñador y la vid frutal.

El biblista Dr. Brant Pitre hace aún más explícita la conexión entre la permanencia en la relación con Cristo y la Eucaristía cuando señala que «cuando Jesús empieza a hablar de una viña y de un fruto, que sería una viña y sus uvas, el contexto inmediato es que acaba de identificar un cáliz con el fruto de la uva, o la sangre de la uva, como la llama la Biblia, con su propia sangre» (serie de videos “Mass Readings Explained”). Leído así, el significado eucarístico de la parábola se hace aún más evidente:

“Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Toda rama que no da fruto en mí la corta. Y toda rama que da fruto la poda para que dé más fruto. Ustedes ya están limpios gracias a la palabra que les he anunciado, pero permanezcan en mí como yo permanezco en ustedes. Una rama no puede producir fruto por sí misma si no permanece unida a la vid; tampoco ustedes pueden producir fruto si no permanecen en mí. Yo soy la vid y ustedes las ramas. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, pero sin mí no pueden hacer nada” (Jn 15,1-5).

Jesús no se contenta con decir que tenemos que permanecer en él. Nos da instrucciones sobre cómo debemos hacerlo: «Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor […]. Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado» (Jn 15,10.12).

En la Eucaristía, vemos de forma tangible cómo Jesús nos ama. Ha dado su vida por nosotros. Murió por los pecados que cada uno de nosotros comete. En su muerte y resurrección, vence al pecado, a la muerte y al diablo. Cada vez que se celebra la Eucaristía, su sacrificio se hace presente y permanece con nosotros.

En ocasiones, la Iglesia recibe la gracia de un milagro eucarístico para recordarnos el hecho oculto, pero no menos real, de la presencia de Jesús en el Santísimo Sacramento.

En 1996, cuando el papa Francisco era arzobispo de Buenos Aires, Argentina, se produjo uno de estos milagros en su arquidiócesis. Después de que el padre Alejandro Pezet distribuyera la comunión, una feligresa se le acercó y le dijo que había visto una hostia en un candelabro vacío en uno de los altares laterales de la iglesia. Como la hostia estaba polvorienta, el padre Pezet no la consumió, sino que la hizo colocar en un plato con agua en el sagrario para que se disolviera. Ocho días después, cuando revisaron si la hostia se había disuelto, encontraron una masa de color de la sangre en el agua. Un cardiólogo forense, que no tenía ni idea de cuál era el origen de la muestra, examinó la masa e informó de que era una parte del ventrículo izquierdo de un corazón humano, la zona que bombea la sangre al resto del cuerpo. Y lo que es más interesante, el tejido del corazón contenía glóbulos blancos, que solo pueden sobrevivir en tejido vivo. Estos glóbulos blancos se incrustan en el tejido cardíaco cuando este ha sufrido un traumatismo.

La Madre Teresa acertó cuando dijo: «Cuando miras el crucifijo, entiendes cuánto te amaba Jesús entonces; cuando miras la sagrada hostia, entiendes cuánto te ama Jesús ahora».

Si queremos permanecer en relación con Jesús, debemos recibir su vida recibiendo dignamente la Eucaristía. Pero si rechazamos sus palabras y no permanecemos en él, entonces seremos cortados del sarmiento y recogidos para ser quemados (Jn 15,6). Cuando la sociedad rechaza a Dios, se separa de él y las cosas se tuercen, como se ha demostrado tanto en la historia de la salvación como en la historia de la humanidad. Solo cuando permanezcamos con Jesús daremos fruto. Él es nuestro sustento.

El beato Pedro Eymard, fundador de la Congregación del Santísimo Sacramento en el siglo XVII, lo expresó así: «Un fuego que no tiene espacio para expandirse pronto se apagará. Así nuestro Señor, deseando ser amado por nosotros y viéndonos tan incapaces de amarlo como deberíamos, pone su propio amor en nuestro corazón o más bien se ama a sí mismo por nosotros.» (The Sentinel of the Blessed Sacrament, p. 324).

Al comenzar nuestro Avivamiento Eucarístico Nacional, busquemos intensificar nuestra conexión con Cristo a través de la confesión frecuente y la recepción de Jesús en la Eucaristía, para que tengamos la fuerza y el alimento para nuestro camino.

Arzobispo Samuel J. Aquila
Mons. Samuel J. Aquila es el octavo obispo de Denver y el quinto arzobispo. Su lema es "Haced lo que él les diga" (Jn 2,5).
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