La Eucaristía: El centro del universo

Arzobispo Aquila

Esta semana he estado pensando en del domingo de Corpus Christi – la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo – que celebraremos el 18 de junio. En esta fiesta, que la Iglesia ha celebrado desde el siglo XVIII, veneramos a Jesús en el Santísimo Sacramento y reafirmamos que es el centro de nuestras vidas. Ofrecemos nuestras vidas al padre con Jesús, mientras compartimos su único sacrificio hecho presente en cada Misa.

El Catecismo describe la Eucaristía como “fuente y cumbre” de nuestra fe. Es el mayor regalo que tenemos y el sacramento hacia el que todos los otros sacramentos están orientados. Una vez se le preguntó al arzobispo Fulton Sheen, poco antes de su muerte, sobre su compromiso de adorar el Santísimo Sacramento por una hora cada día y qué le inspiró a mantener esa práctica. Su respuesta es digna de compartir.

En 1990 cuando los nacionalistas subieron al poder en China, llegaron a un pueblo donde arrestaron al párroco y asumieron el control de la iglesia local. Se le ordenó a un grupo de soldados que abrieran el sagrario y pisotearan al Santísimo Sacramento, algo que hicieron prontamente. Mientras tanto, el párroco fue encarcelado en el depósito de carbón de la iglesia, lo que le permitía ver parte del santuario. Perdió la noción del tiempo, pero por días vio a una niña de once años que cuidadosamente entraba al santuario, se inclinaba frente a las hostias que estaban esparcidas en el suelo, recogía reverentemente una de ellas con la lengua y la consumía, y luego rezaba en silencio antes de partir. Un fatídico día, el sacerdote vio a la pequeña comenzar su ritual cuando fue sorprendida por un guardia que entró por la puerta de la iglesia y le disparó. Ella se arrastró hacia enfrente solo para consumir una de las hostias antes de morir.

Aunque el arzobispo Sheen comenzó su práctica de adoración diaria un año antes de ser ordenado sacerdote, fue una niña china de 11 años quien lo inspiró a este compromiso el resto de su vida. Su fe, su reverencia, el respeto y el deseo de recibir la eucaristía, aun arriesgando su vida, lo inspiró a amar más profundamente a Jesús en el Santísimo Sacramento.

Cientos de libros han sido escritos sobre la Eucaristía, pero cuando nos acercamos a la Fiesta del Corpus Christi, quiero enfocarme en cómo el Santísimo Sacramento debe estar en el centro de la vida de cada auténtico discípulo, al igual que lo fue para la niña china y el Arzobispo Sheen.

En el pasado mes de enero, el Papa Francisco preguntó a los fieles reunidos para la Misa diaria en el Vaticano: “¿Está Jesucristo en el centro de mi vida?” Para responder a esta pregunta, el Santo Padre dijo que debemos hacer tres cosas: Conocer a Jesús, adorarlo, y seguirlo. El conocer a Jesús comienza por reconocerlo, lo cual es posible a través de la lectura de las Escrituras, la oración y la receptividad al Espíritu Santo, que nos muestra a Jesús. Conocer a Jesús significa recibir su amor por mí y enamorarse de él. Estamos llamados a desarrollar una verdadera amistad con nuestro Señor y Salvador.

Una manera de adorar a Jesús es recibir la Eucaristía en un estado de gracia. Esto significa confesarse antes de comulgar, en las palabras del Papa Francisco, “Quitar de  nuestros corazones otras cosas que adoramos y que captan nuestro interés”. Cuando estos obstáculos sean removidos, nuestros corazones, mentes y almas podrán hacerse más receptivos a Jesús y conformes a Él. Este encuentro con Cristo se hace más profundo cuando nos preparamos adecuadamente y participamos activamente en las oraciones de la Misa. Uno se debe preparar ayunando una hora antes de la Comunión, leyendo las lecturas de la Misa con anticipación, comprometiéndose a la oración personal diaria y dedicando tiempo a la adoración eucarística.

Cuando llegamos a Misa debemos entrar en una conversación silenciosa y reverente con el Señor para prepararnos para un encuentro con Él y ofrecer nuestras vidas al Padre. En lugar de tener una conversación con otros o saludar a los otros asistentes antes de la Misa, debemos saludar quien hemos ido a adorar y prepararnos para aquel a quien amamos. Después de Misa, podemos saludar a nuestros compañeros feligreses, poniendo así a Dios en primer lugar.

Por último, ponemos a Cristo en el centro de nuestras vidas. Esto significa orientar todas nuestras decisiones, el orden de cada día, y nuestra interacción con otros en torno a la voluntad del Padre y buscar su plan para nuestra vida. Esto significa un discípulo a los pies del Maestro, aprendiendo e imitando sus hábitos, virtudes y deseos.

Mientras nos preparaos para celebrar la fiesta solemne de Corpus Chisti, exhorto a todos los fieles de la arquidiócesis a preguntarse, “¿Esta Jesús en el centro de mi vida?” y a tomar medidas para conocerlo, adorarlo y seguirlo más intensamente. Que nuestro amor por el Señor Eucarístico sea tan fuerte como el amor de aquella niña china, quien hasta este día continúa dando testimonio de la verdadera presencia de Cristo a través de su ejemplo.

Próximamente: El seminario de Denver tiene un riguroso proceso de selección y formación de sus sacerdotes

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Debido a los escándalos de abuso sexual ocurridos en Estados Unidos mucha gente se pregunta con qué criterio se admiten a los jóvenes en los seminarios. Por ello ofrecemos este artículo en el que explicamos cómo los seminarios de la Arquidiócesis de Denver evalúan a aquellos jóvenes que vienen con la inquietud sobre la vocación al sacerdocio.

La Arquidiócesis de Denver cuenta con dos seminarios: Saint John Vianney y Redemptoris Mater han liderado durante casi 30 años la investigación diligente de seminaristas y la formación de futuros sacerdotes sanos.

“Nuestra tarea consiste en formar hombres virtuosos con el corazón de Jesús, que mueran a ellos mismos, que estén dispuestos a servir donde estén llamados y que sirvan a los fieles confiados a su cuidado con caridad pastoral”, dijo el arzobispo Samuel Aquila. “El sacerdocio no se trata de uno mismo, sino de servir a Cristo y a la Iglesia, donando la propia vida como Cristo donó su vida por nosotros”, aseguró.

Por su parte el padre Daniel Leonard indicó que “la generación actual de seminaristas es la más estudiada”. Christina Lynch, quien ha trabajado durante 12 años como directora de servicios psicológicos del seminario, asegura que las pautas para examinar candidatos han evolucionado con el tiempo y siguen siendo cada vez más estrictas. “Lo que ocurrió en el pasado nos muestra que si tú no quieres ver algo no lo ves”, dice. “Esto ha cambiado en los seminarios”.

“Creo que la diferencia no es solo el espíritu de transparencia sino que funciona en ambos sentidos”, asegura. “Los hombres sienten que sus formadores están ahí para su mejor interés.

 

 

Selección

El proceso de selección en el seminario comienza en el momento en que los hombres están interesados en seguir el sacerdocio.

Para el St. John Vianney, los candidatos deben tener un encuentro primero con el director de vocaciones, el padre Ryan O´Neill, quien busca conocer la vida personal, espiritual y familiar de cada hombre durante un período de tiempo.

El siguiente paso consiste en llenar una aplicación que consta de aproximadamente 20 páginas, el certificado de no antecedentes penales, una autobiografía, cuatro cartas de referencia y, si se aplica, el certificado de inscripción a la universidad.

De otro lado, para aquellos interesados en ingresar al Redemptoris Mater deben someterse a un doble proceso de admisión que vienen del Camino Neocatecumenal y que “incluye la selección de candidatos en un proceso que consta de cuatro partes, entre ellos, una selección por parte de sacerdotes y laicos antes de que ellos sean recomendados por una admisión al seminario tanto a nivel local como regional y nacional”, dice el padre Tobias Rodriguez-Lasa, rector de este seminario.

“Si estos procesos de selección culminan de manera exitosa y si los candidatos se sienten preparados, ellos son invitados a participar en el retiro vocacional internacional en el que son analizados una cuarta vez”, dice.

Después los candidatos pasan por un el proceso estándar que tiene la Arquidiócesis.

Quienes aspiran ingresar a ambos seminarios deben pasar por un proceso psicológico integral donde se evalúa si tienen la capacidad para ingresar al seminario. La evaluación cubre una variedad de áreas, incluyendo el desarrollo psico-sexual y la historia familiar. Los análisis también detectan si tiene algún tipo de adicción que el candidato pueda tener o si sufre de atracción al mismo sexo.

“Hacemos preguntas muy rigurosas en esta entrevista y luego elaboramos una serie de pruebas como personalidad y pruebas de proyección”, dice la doctora Lynch. “Es una entrevista extremadamente profunda”.

Finalmente el comité de admisiones (que incluye rectores y otros miembros del equipo del seminario) elabora una entrevista al candidato.

Los aspirantes pueden ser rechazados en cualquier momento del proceso de selección. De acuerdo con la doctora Lynch y el padre O’Neill, los problemas comunes que impiden que los hombres sean aceptados son adicciones, tendencias homosexuales profundamente arraigadas o trastornos de personalidad que pueden incluir la inhabilidad para controlar las inclinaciones sexuales poco saludables.

“La Iglesia católica es para todos”, dice el padre O’Neill, “pero el seminario no. El hecho de que un joven quiera ser sacerdote no quiere decir que necesariamente llegará a serlo”.

 

Dentro del seminario

La selección no termina cuando se entra al seminario. “Una vez ellos son admitidos, son evaluados constantemente por un equipo de formación, por supervisores de apostolado y por sus mismos compañeros”, dice el padre Leonard.

Una mayor parte de la vida del seminario es la formación la cual, en el St. John Vianney, tiene cuatro pilares: humano, intelectual, pastoral y espiritual. Además los seminaristas realizan  un año de espiritualidad dedicado a la oración y el discernimiento.

“Es un año en el cual los candidatos están verdaderamente desconectados del mundo para que puedan así sumergirse en las partes más profundas y misteriosas de su corazón”, dice el padre O´Neill.

“El año de oración enseña al candidato cuál es la prioridad en su vida cristiana”, agrega “y permite un honesto discernimiento en el celibato sacerdotal”.

La formación en el seminario Redemptoris Mater de Denver dura alrededor de diez años, los cuales incluyen dos o tres años experiencia misionera. Durante este tiempo los seminaristas son monitoreados por los sacerdotes y laicos en diferentes situaciones fuera del seminario.

“El hecho de que sea un tiempo más largo y exista una variedad de lugares no institucionales la experiencia de los seminaristas le da al equipo de formación más y mejores oportunidades para identificar y actuar sobre cualquier potencial problema que puede aparecer en la evaluación psicológica inicial, durante la formación o los años de estudio o durante la experiencia misionera”, dice el padre Rodríguez-Lasa.

El doctor David Kovacs, psicólogo clínico del seminario St. John Vianney, dijo que el vivir en el seminario hace que sea difícil que permanezcan ocultas aquellas dificultades más profundas que pueda presentar el candidato.

Las evaluaciones son una gran herramienta para ver lo que sucede debajo de la superficie, aquello que la gente no puede ver”, dice el Dr. Kovacs. “Y una vez ellos ingresan ahí hay muchos ojos observando a ese muchacho”.

Los dos seminarios de Denver tienen como formadores a personas que los acompañan y que monitorean su comportamiento, así como evaluaciones rutinarias.

El equipo del St. John Vianney y del Redemptoris Mater continúa así esforzándose por alcanzar la transparencia, el análisis riguroso de los seminarios y, especialmente la excelencia para formar a los sacerdotes de la mejor manera posible – los que están comprometidos a servir al pueblo de Dios y llevarlos a un encuentro con Jesucristo.

 Traducido del original en inglés por Carmen Elena Villa