La herencia de Santa Teresa de Ávila, cinco siglos después

Teresa de Ávila fue santa. Esto no quiere decir que su vida haya sido sencilla. Más bien, tuvo que afrontar momentos de gran tormenta para poder ver claramente lo que Dios le pedía. Sus fragilidades corporales y espirituales e incluso el largo período de mediocridad que pasó siendo religiosa, hicieron parte de este camino.

Muchos momentos difíciles en la vida de Santa Teresa la forjaron interiormente: La muerte de su madre cuando ella tenía solo 13 años, las muchas enfermedades que comenzó a padecer, justo luego de haber profesado sus votos perpetuos, los períodos de desolación espiritual, la alta sensibilidad que tenía que la hacía llorar fácilmente o el haber sido incomprendida por muchos contemporáneos suyos que pensaban que las reformas que proponía para su comunidad serían una locura y estarían destinadas al fracaso.

Y a pesar de todo esto, la santa de Ávila confiesa que el episodio más amargo fue el de haber vivido por 20 años en una honda mediocridad espiritual y limitándose a hacer lo mínimo que su vocación le exigía (y muchas veces, menos que eso). Ella misma compartió en su Autobiografía que estaba  «más enferma en el alma, que él en el cuerpo».

En ese entonces pareciera que Santa Teresa pasaría a ser una monja corriente, que moriría sin dejar huella ni siquiera en su mismo convento. Pero en un momento de oración, Dios supo sacarla de su estado de tibieza. Y escuchó como Cristo mismo le dijo que la sangre que había derramado en la cruz se debía, a las charlatanerías y pérdidas de tiempo de esta religiosa disipada. Así, Santa Teresa manifestó un hondo arrepentimiento que luego dio gran fruto y se comprometió a hacer siempre lo que más perfecto le pareciera y lo que creyera que le era más agradable a Dios.  Fue eso lo que la hizo santa.

Santa Teresa alcanzó altas cumbres en su vida de oración que quedaron consignadas en su obra más importante Castillo Interior. Y tras ese fuerte contacto con Dios, pudo tomar conciencia de la triste situación en la que se encontraban muchos conventos carmelitas por la falta de fervor de varias de sus religiosas y escuchó la voz de Dios, quien le pedía emprender una gran reforma que se conocería como las Carmelitas Descalzas.

El arzobispo de Denver monseñor Samuel Aquila, comparó la vida de Santa Teresa con una “semana santa en miniatura” describiendo cómo ella pasó por su Domingo de Ramos (cuando de pequeña mostraba su amor a Jesús y decía que quería ser mártir), su Jueves Santo, cuando ella se perdió en el camino de la mediocridad y supo recuperarse con el sacramento de la eucaristía y de la reconciliación; el Viernes Santo en los momentos más intensos de dolor y de Sábado Santo, cuando Dios parece estar ausente incluso en los momentos de oración.  Hoy  Santa Teresa está en el cielo, viviendo una eterna pascua.

El Padre Kieran Kavanaugh, experto en la vida de esta santa, dijo: “una de las características más asombrosas de su vida era la habilidad de ir por encima de su enfermedad y llevar sus muchas tareas con una excepcional diligencia y entusiasmo”.

Hoy el legado de Santa Teresa permanece en muchas personas que beben de sus escritos y en las 14,000 Carmelitas descalzas que hacen parte de los 835 conventos alrededor del mundo.

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