La Luz de la Fe: Primera encíclica de Francisco

Con la primera encíclica del Papa Francisco, recibimos todos como Iglesia, un regalo muy valioso en el Año de la Fe, del que podemos cosechar muchos frutos.

Uno de los elementos más significativos de Lumen Fidei es que se trata de un documento que, como dijo el Santo Padre, ha sido trabajado “a cuatro manos”. Benedicto XVI redactó el primer borrador de la encíclica, y después de su renuncia, se lo entregó a Francisco, quien añadió algunas reflexiones suyas y finalizó el texto. Para alguien con una  mirada meramente mundana, esto podría ser un problema: ¿Quién es en realidad el autor? Pero para un creyente, es un ejemplo hermoso del misterio de la Iglesia: el autor es el Papa, Pedro mismo que confirma a sus hermanos en la fe.

El Cardenal Marc Oullet, Prefecto de la Congregación para los Obispos, lo dijo claramente en la presentación del documento: En ella “hay mucho de Benedicto y todo de Francisco”. Y esas cuatro manos han preparado uno de los regalos más hermosos que el Papa ha dado a la Iglesia.

Lumen Fidei tiene un estilo dinámico, que combina muy bien la necesidad de dialogar con el mundo y responder a sus posibles objeciones a la fe, con la profundización en las verdades reveladas por Dios, iluminados por la tradición y la teología. Es un texto hermoso y profundo que vale la pena leer.

La encíclica se abre con la pregunta sobre la luz: desde antiguo el ser humano ha hallado una especial fascinación ante la luz. El mundo está hambriento de luz, de la luz auténtica que no son los dioses de los paganos, sino la fe en Cristo. Para el mundo moderno,  nuestra fe es vista como una luz ilusoria, un espejismo que supuestamente acalla las verdaderas preguntas. Pero el mundo nunca ha podido responder a lo que el corazón humano anhela. Sólo en Cristo, Dios y hombre, se aclara nuestro misterio.

Esa luz de la fe debe ser descubierta cada vez más. En Abraham encontramos un hermoso ejemplo de confianza en Dios. Él siempre anduvo movido por las promesas de Dios y por eso nos enseña a crecer en la “memoria del futuro”. El Papa utiliza esta expresión que a primera vista parece absurda: ¿Acaso podemos recordar lo que aún no ha sucedido? Para el creyente, la fe resuelve esta contradicción: Sí, tenemos “memoria del futuro” cuando avanzamos en la vida recordando las promesas de Dios que no fallan.

La fe de Israel halla su plenitud en la fe en Jesucristo: Él es no sólo la plena manifestación del amor de Dios, sino también aquel quien se acerca a nosotros para enseñarnos a creer. Creemos en Jesús y a Jesús; creemos con Él. Y así, Él nos introduce en la Iglesia. La fe es siempre un acto eclesial: creemos por los otros y con los otros. La Iglesia es la transmisora de la fe, a través de cuatro tesoros que ella, como buena Madre, nos comparte desde su memoria: el credo, los sacramentos, la oración, los mandamientos.

La fe es un don que recibimos y que, contrariamente a lo que algunos piensan, nos invita a conocer más. Sólo creyendo podemos conocer; y sólo conociendo podemos afirmar mejor nuestra vida. Por eso, la fe nos abre al amor y a la verdad, dándole sentido a nuestra existencia, iluminando nuestra razón y permitiéndonos conocer mejor a Dios.

Finalmente, la fe es necesaria, no sólo personalmente, sino también para el mundo; lleva al bien común y promueve la justicia y la paz. La fe se recibe en la familia y contribuye a valorar la vida familiar. Por ello mismo, la fe se transmite también a la sociedad y permite reconocer en el mundo la huella de Dios, dando sentido a nuestro trabajo, así como a nuestro sufrimiento. Sólo la luz de la fe puede penetrar en el oscuro misterio del dolor. Dice el Papa: “La luz de la fe no disipa todas nuestras tinieblas, sino que, como una lámpara, guía nuestros pasos en la noche, y esto basta para caminar” (57).

Lumen Fidei es un regalo para nuestro tiempo. Nos toca acogerlo y hacerlo fructificar para que, como dice Francisco, “no nos dejemos robar la esperanza” (57).

 

Próximamente: El Evangelio de la Vida- La medicina de nuestros tiempos

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Por el arzobispo Samuel J. Aquila.

Han pasado 25 años desde que San Juan Pablo II lanzó su histórica carta encíclica Evangelium Vitae – El Evangelio de la Vida – que hizo una contribución significativa a la comprensión de la Iglesia de cómo se debe valorar la dignidad humana de cada persona. A lo largo de los años desde su publicación, el mundo ha sido testigo de una erosión constante de las leyes y las creencias sociales comunes que han protegido esta dignidad dada por Dios, desde los cambios a lo que el estado reconoce como matrimonio, la forma en que tratamos a los ancianos, a la continuación destrucción del feto. El Papa Francisco ha unido su voz a esta enseñanza al enfatizar el valor propio de los no nacidos y los ancianos mientras habla fuertemente en contra de nuestra cultura de usar y tirar en todo el mundo.

Siempre he apreciado la naturaleza clara y profética de Evangelium Vitae. De hecho, la amenaza actual del virus COVID-19 será un momento decisivo en cómo nuestra sociedad trata la dignidad de cada persona. ¿“Respetaremos, protegeremos, amaremos y serviremos la vida, cada vida humana” (EV, 5) en la forma en que respondemos, o solo cuidaremos de nosotros mismos? ¿Respetaremos la vida de los ancianos tanto como de los jóvenes?

San Juan Pablo II tiene palabras de sabiduría para nosotros en esta elección: solo en la primera dirección “encontrarás justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad” (EV, 5). Solo cuando los países siguen el Evangelio de la Vida, vendrá la paz verdadera y duradera.

En una entrevista para El Pueblo Católico, el padre Ángel Pérez subraya que la dignidad y el valor de cada persona tienen su origen en la imagen y semejanza de Dios. Hoy vemos la devaluación de la persona en la implementación generalizada de la creencia de que la verdad es relativa y determinada por cada persona. El Evangelium Vitae advierte que esta forma de acercarse a la vida lleva a las personas a llegar inevitablemente al punto de rechazarse unas a otras como obstáculos en el camino o como herramientas para la autosatisfacción. (Cf. EV, 20).

El padre Luis Granados aborda el aborto y la eutanasia como ideas que actualmente están de moda como principales amenazas contra la vida humana. Algunos han presentado el argumento de que el cambio climático o la inmigración son agresiones contra la vida humana que son tan moralmente graves como el aborto y la eutanasia. Pero estos problemas son cualitativa y moralmente diferentes. Entre las diferencias que resalta están el hecho de que un niño no nacido es inocente, que estos actos implican la toma directa e intencional de la vida, y que matar a los no nacidos, ancianos y discapacitados corrompe el corazón de la persona que quiere o participa en causar su muerte, de una manera que destruir el medio ambiente no lo hace.

La seriedad de estos importantes temas resalta los desafíos importantes que enfrentamos hoy en día. Como dice San Juan Pablo II, “perdiendo el sentido de Dios, se tiende a perder también el sentido del hombre, de su dignidad y de su vida. A su vez, la violación sistemática de la ley moral, especialmente en el grave campo del respeto de la vida humana y su dignidad, produce una especie de progresiva ofuscación de la capacidad de percibir la presencia vivificante y salvadora de Dios” (EV, 21). Hemos visto crecer la obscuridad progresiva especialmente en los últimos 10 años con el suicidio asistido por un médico, la redefinición del matrimonio y algunos obispos, aún más tristemente, ya que deberían saberlo mejor, argumentando que el aborto es un tema preeminente en la votación. .

Como creyentes en la Resurrección y como personas redimidas por Jesús, somos llamados para entrar en esta oscuridad con la luz del Evangelio. En la lectura del Evangelio de Juan el pasado fin de semana, Jesús abrió los ojos del ciego, y muchos están espiritualmente ciegos hoy. Jesús desea abrir sus ojos si ponen su fe en él. Jesús nos enseña: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan. 8:12).

A medida que celebramos el 25 aniversario de Evangelium Vitae, las palabras de cierre de San Juan Pablo II resuenan aún más fuerte: “A todos los miembros de la Iglesia, las personas de la vida y para la vida, hago esta petición urgente, para que juntos podamos ofrecer a este mundo nuestras nuevas señales de esperanza y trabajar para asegurar que la justicia y la solidaridad aumenten y que se afirme una nueva cultura de la vida humana, para la construcción de una auténtica civilización de la verdad y el amor”. En este momento del coronavirus es bueno recordar esta esperanza y continuar construyendo una “civilización auténtica de la verdad y el amor”.

Que nuestra Señora de la Nueva Evangelización interceda por nosotros durante estos tiempos difíciles y nos ayude a estar atentos a la inspiración del Espíritu Santo para ver cómo podemos defender la dignidad de cada persona desde el momento de la concepción hasta la muerte natural.