La Misa 1: ¿Por qué hacemos la señal de la cruz?

Vladimir Mauricio-Perez

Este artículo fue publicado en la edición de la revisa de El Pueblo Católico titulada “¿Qué sucede en la Misa?” Para suscribirte y recibir la revista en casa, HAZ CLIC AQUÍ.

 

La señal de la cruz es una tradición que se remonta a los primeros siglos del cristianismo y que se utilizaba para invocar la presencia de Dios y pedir su bendición, ayuda y protección en contra de todo mal.

San Juan Crisóstomo (347-407 d.C.) incluso decía: “Nunca dejes tu casa sin hacer la señal de la cruz… Ni hombre ni demonio se atreverán a atacarte, viéndote cubierto con tan poderosa armadura”.

Al decir el nombre de Dios con la señal de la cruz, invocamos su presencia: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Es un concepto muy antiguo. Vemos, por ejemplo, que Abraham e Isaac invocaban el nombre del Señor (Gn 12,8; 21,33; 26,25) y los israelitas lo hacían para alabarlo, darle gracias y pedir su ayuda.

Por eso, al comenzar la Misa y persignarnos, estamos invocando la presencia y el poder de Dios. Así le consagramos esa hora a Dios, ahuyentamos las distracciones y nos prepararnos para adorarlo. Hagamos, pues, la señal de la cruz con mucha reverencia, poniendo en ella todos nuestros pensamientos, nuestro ser, preocupaciones, etc., para entregarlos a Cristo durante esta hora santa de la Misa.

 

“El Señor esté con ustedes…”

Al pronunciar estas palabras, el sacerdote no está diciendo un simple saludo de buenos días. Es un saludo bíblico que tiene un sentido muy profundo. Recuerda a los personajes bíblicos que recibieron una misión especial de Dios: “Yo estaré contigo,” el Señor les dice. Estas son las palabras que Dios le dirige a Moisés en la zarza ardiente (Ex 3,11-12), a Jeremías (Jer 1,6-8) y a la Virgen María a través del ángel (Lc 1,28).

Dios nos dice lo mismo a nosotros. Es un recordatorio de que tenemos una misión única, sea como padres, hijos, hermanos, trabajadores, etc.… Y Dios nos dirige esas mismas palabras por medio del sacerdote para decirnos que está con nosotros y nos dará lo necesario para cumplir esa misión, por más difícil que parezca.

Estas palabras también llevan el sentido de que algo grande va a pasar: vamos a presenciar a Dios mismo en la Eucaristía. Por ello, el sacerdote de cierta forma también está diciendo: “Que el señor les de la gracia para participar dignamente de este misterio”.

 

Yo confieso… Ten piedad

Inmediatamente pasamos a reconocer nuestros pecados. Esto es muy importante, pues Jesús vino a reconciliar a los pecadores (2 Cor 5,18), y nadie está libre de pecado (1 Jn 1,8). El mismo san Pablo dice que “el que come el pan o bebe la copa del Señor indignamente peca contra el cuerpo y la sangre del Señor. Cada uno, pues, examine su conciencia” primero (1 Cor 11, 27-28). Lo hacemos con golpes al pecho, signo bíblico de arrepentimiento y contrición (Lc 23,48).

Luego entonamos el “Señor, ten piedad”. Aquí se absuelven nuestros pecados veniales o no graves. Sin embargo, si uno ha cometido un pecado mortal o grave (1 Jn 5,16-17), esta parte no sustituye el sacramento de la confesión, y la persona tiene que recurrir a este para poder recibir dignamente la comunión

“El que come el pan o bebe la copa del Señor indignamente peca contra el cuerpo y la sangre del Señor”. 1 COR 11,27

 

Gloria

Después de reconocer nuestra debilidad y expresar nuestra necesidad de salvación, llega el Gloria, en que cantamos con alegría que las puertas de la salvación y el perdón se nos han abierto por medio de la muerte y resurrección de Jesús. Este himno, que se remonta a los principios del cristianismo, está repleto de referencias bíblicas sobre Dios y la obra redentora de Cristo.

Por ejemplo, el primer verso, “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”, nos recuerda el anuncio del ángel a los pastorcitos (Lc 2, 14). A Dios se le llama “Señor Todopoderoso”, título con el que los ángeles y los santos alaban al Señor en el cielo (Ap 4,8; 11,17; 15,3). A Cristo se le llama “Hijo del Padre” (Jn 5,17-18; 2 Cor 1,19; Hb 1,1-2) y “Cordero de Dios” (Ap 5,6-14; 12,11), etc.

No nos quedemos callados. Unámonos a este canto de los ángeles y santos con esperanza, sabiendo que Dios cumplirá sus promesas a pesar de las dificultades que experimentemos en la vida.

 

Lee todos los artículos de la edición “¿Qué sucede en la Misa?” de la revista de El Pueblo Católico haciendo clic en la imagen.

Próximamente: El Consulado General del Perú en Denver ha salido al encuentro de los necesitados durante el COVID-19

¡Regístrese en una suscripción digital a Denver Catholic En Español!