La Misa 5: ¿Qué significa recibir la comunión?

Rocio Madera

Este artículo fue publicado en la edición de la revisa de El Pueblo Católico titulada “¿Qué sucede en la Misa?” Para suscribirte y recibir la revista en casa, HAZ CLIC AQUÍ.

La celebración eucarística alcanza su punto culminante con la Eucaristía: la demostración del amor eterno que Dios tiene hacia nosotros. Dios nos invita a este banquete de bodas para expresarnos su amor. Conmemoramos y nos hacemos presentes en su sacrificio en la cruz y en el misterio de la resurrección cuando participamos de la Eucaristía. La comunión eucarística es el encuentro espiritual más amoroso y profundo que podemos tener con Cristo en la tierra.

Esta realidad llevó a san Maximiliano Kolbe a decir:

“Si los ángeles pudieran estar celosos de los hombres, lo estarían por una razón: la Sagrada Comunión”.

Un banquete de bodas

Cuando el sacerdote dice “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; dichosos los invitados a la cena del Señor”, está repitiendo la invitación del ángel “al banquete de bodas del Cordero” en Apocalipsis (Ap 19,9). Al escuchar estas palabras en la Misa, estamos siendo llamados a participar en el gran banquete entre Dios y su pueblo. Estamos siendo invitados a un banquete de bodas en el que Cristo se presenta como el esposo y a la Iglesia, todos nosotros, como “la esposa” (Ap 19,7). Cuando caminamos por el pasillo para recibir la Sagrada Comunión, nos estamos acercando a la unión con Jesús, la persona que nuestro corazón más desea y quien nos anhela hasta el punto de entregarlo todo por nosotros (Gal 2,20).

En este banquete de bodas nuestro corazón debe estar lleno de un deseo ardiente por la Sagrada Comunión con Jesús, a quien recibimos en nuestro cuerpo como alimento, en la apariencia de pan y vino. Cristo nos está esperando todas las semanas en Misa para entrar en una relación con nosotros.

El matrimonio y la comunión

El esposo y la esposa se entregan el uno al otro en el acto matrimonial, uniéndose de la manera más íntima posible. La comunión es similar y a la vez distinta. También es una entrega y recepción íntima que involucra todo nuestro ser, pero sin ser sexual. Es una unión que se da a través del alimento. El Cuerpo de Cristo se hace uno con nuestro cuerpo. Como decía San Agustín: cuando nosotros consumimos un alimento, ese alimento se digiere y se convierte en nosotros; pero cuando consumimos el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía, somos nosotros quienes nos convertimos más como él.

Cristo viene a unirse a nosotros de la manera más íntima posible en la tierra, dándonos su cuerpo y sangre en la Eucaristía.

Qué hacer al recibir la Eucaristía

Después de recibir la Sagrada Comunión, debemos mantenernos en silencio y oración, reflexionando y hablando íntimamente con Jesús sobre la alianza que acabamos de hacer. En este momento tan importante no debemos estar ansiosos por dar por terminada la Misa para irnos. Por el contrario, es el tiempo para tomar unos momentos y descansar con nuestro amado, para darle nuestra atención y acción de gracias, para expresarle nuestro amor y entregarle toda nuestra vida: nuestras relaciones

Comunión con nuestros hermanos

No debemos olvidar que la comunión nos une a nuestros hermanos que forman parte del Cuerpo místico de Cristo. Por eso la Eucaristía, además de llevarnos a una unión con Cristo, nos da la gracia para fortalecer nuestras relaciones. No se puede quedar en una relación entre “Jesús y yo”, sino que nos debe llevar a la comunión con nuestros hermanos.

“No puedo recibir la comunión”

Si no puedes recibir la comunión, este sigue siendo un momento importante. Dios nos quiere y nos puede llevar por un camino de redención para que podamos recibirlo a él en la Eucaristía. Puedes permanecer en tu banca o ir con los brazos cruzados a pedirle una bendición al sacerdote. De igual manera, es un tiempo de oración para expresarle a Jesús tu deseo de poder recibirlo en la Eucaristía, de hacer una comunión espiritual. Esta es tu oportunidad para hacer una resolución de ir a confesarte o para pedirle a Dios la gracia para poder resolver la situación en la que te encuentras. Si necesitas ayuda con tu situación, siempre puedes acudir a tu sacerdote para que te aconseje y acompañe.

 

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Este artículo fue publicado en la edición de la revisa de El Pueblo Católico titulada El asombro de la Navidad”. Para suscribirte y recibir la revista en casa, HAZ CLIC AQUÍ.

La espera de la Navidad es uno de los recuerdos más preciados para muchos de nosotros, y con razón: ¿quién no recuerda las bellas tradiciones que se celebraban en este tiempo cuando éramos niños?

Un autor decía que en nuestra vida hay “tres momentos de encanto” en la Navidad.

El primero es cuando somos niños. Muchos de nosotros quizá́ podemos recordar con ilusión el gran sentido de asombro que había en todo lo que se hacía: los cantos, las posadas, la celebración, el nacimiento, el niñito Jesús… Era algo casi místico que dejaba una huella en el corazón y nos abría a un misterio hermoso.

El segundo momento de encanto es cuando crecemos y podemos crear la misma experiencia para nuestros hijos. Al intentar recrear la realidad que nosotros vivimos en nuestra niñez, descubrimos el gran número de detalles y actos de amor que conlleva hacer algo hermoso y memorable. Pero, además, es un momento en el que los papás vuelven a ser como “niños”, al recordar y experimentar de nuevo el entusiasmo y la alegría de lo que se avecina. No es fácil hacerlo, pues requiere de sacrificios, pero en realidad es esencial que un adulto vuelva a ser como niño, que de nuevo sea capaz de asombrarse ante el misterio del nacimiento de Cristo.

El tercer momento es cuando pasamos a ser abuelos y observamos a nuestros hijos suscitar el asombro navideño en nuestros nietos. Para un abuelo, los nietos son una de las alegrías más grandes. Ahora que sus hijos cargan con la mayor parte del peso de la celebración, los abuelos pueden volver a ser como niños, aunque ahora experimentando el asombro y la alegría a través de sus nietos.

En realidad, la Navidad se trata de volver a ser como niños, de permitir que Dios nos llene de asombro y alegría con las bendiciones simples de nuestra vida. El corazón y la mente de un niño son capaces de alegrarse y apreciar las cosas pequeñas. Al final, ellos nos recuerdan que debemos ser como niños para poder ser verdaderos discípulos de Cristo.

La Navidad es entonces una oportunidad para dejarnos asombrar por Cristo y ayudar a nuestros hijos a hacer lo mismo.

Por eso es importante recuperar el sentido cristiano profundo de muchas de las tradiciones propias del Adviento y la Navidad, para así transmitir a nuestros hijos la fe y el asombro que debe suscitar en nosotros el plan maravilloso de Dios.

Si los papás no creamos una cultura de encuentro con Dios en nuestro hogar, ¿quién lo hará? Son precisamente las prácticas palpables que nos abren al misterio de Cristo y las que hacen posible que un niño se enamore de Dios y que un adulto renueve su amor por él.

Descubramos, pues, el sentido cristiano de las prácticas navideñas y asegurémonos de que nuestros hijos lo conozcan.

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