La Misa 6: ¿Qué pasa después de Misa?

Rocio Madera

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Un envió, una misión

Una vez concluido el Rito de Comunión, nos ponemos de pie para comenzar los Ritos de Conclusión, que son similares al inicio de la Misa, y hacemos la señal de la cruz mientras el sacerdote bendice a la congragación en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Las palabras de conclusión por parte del sacerdote usualmente son “La Misa ha terminado, pueden ir en paz”. La palabra “Misa” se remonta hasta el cuarto siglo cuando los primeros cristianos usaban las palabras en latín “Ite Missa” para concluir la celebración eucarística, que significa “despedida” o “envío”. Por lo tanto, cuando la Misa concluye, en realidad estamos siendo enviados al mundo a compartir la Palabra de Dios y ponerla en práctica.

La conclusión de la Misa es verdaderamente un comienzo. De esta palabra se deriva en español la palabra “misión”. Dios nos envía a llevar a Cristo al mundo y a vivir nuestra vida diaria centrada en él. El mismo Catecismo nos indica que “la liturgia en la que se realiza el ministerio de salivación se termina con el envío de los fieles, a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana” (CIC 1332).

De esta manera la Santa Misa se convierte en la hora más importante de nuestra semana, en su comienzo y final. No olvidemos entonces que es el punto central de nuestra semana y día, y que estamos llamados a vivir nuestra vida diaria siempre con el corazón anclado en Cristo y aguardando ese momento en que venga a nosotros en la Eucaristía. ¿La vivirás de la misma manera?

“La liturgia en la que se realiza el ministerio de salivación se termina con el envío de los fieles, a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana” CIC 1332

 

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La espera de la Navidad es uno de los recuerdos más preciados para muchos de nosotros, y con razón: ¿quién no recuerda las bellas tradiciones que se celebraban en este tiempo cuando éramos niños?

Un autor decía que en nuestra vida hay “tres momentos de encanto” en la Navidad.

El primero es cuando somos niños. Muchos de nosotros quizá́ podemos recordar con ilusión el gran sentido de asombro que había en todo lo que se hacía: los cantos, las posadas, la celebración, el nacimiento, el niñito Jesús… Era algo casi místico que dejaba una huella en el corazón y nos abría a un misterio hermoso.

El segundo momento de encanto es cuando crecemos y podemos crear la misma experiencia para nuestros hijos. Al intentar recrear la realidad que nosotros vivimos en nuestra niñez, descubrimos el gran número de detalles y actos de amor que conlleva hacer algo hermoso y memorable. Pero, además, es un momento en el que los papás vuelven a ser como “niños”, al recordar y experimentar de nuevo el entusiasmo y la alegría de lo que se avecina. No es fácil hacerlo, pues requiere de sacrificios, pero en realidad es esencial que un adulto vuelva a ser como niño, que de nuevo sea capaz de asombrarse ante el misterio del nacimiento de Cristo.

El tercer momento es cuando pasamos a ser abuelos y observamos a nuestros hijos suscitar el asombro navideño en nuestros nietos. Para un abuelo, los nietos son una de las alegrías más grandes. Ahora que sus hijos cargan con la mayor parte del peso de la celebración, los abuelos pueden volver a ser como niños, aunque ahora experimentando el asombro y la alegría a través de sus nietos.

En realidad, la Navidad se trata de volver a ser como niños, de permitir que Dios nos llene de asombro y alegría con las bendiciones simples de nuestra vida. El corazón y la mente de un niño son capaces de alegrarse y apreciar las cosas pequeñas. Al final, ellos nos recuerdan que debemos ser como niños para poder ser verdaderos discípulos de Cristo.

La Navidad es entonces una oportunidad para dejarnos asombrar por Cristo y ayudar a nuestros hijos a hacer lo mismo.

Por eso es importante recuperar el sentido cristiano profundo de muchas de las tradiciones propias del Adviento y la Navidad, para así transmitir a nuestros hijos la fe y el asombro que debe suscitar en nosotros el plan maravilloso de Dios.

Si los papás no creamos una cultura de encuentro con Dios en nuestro hogar, ¿quién lo hará? Son precisamente las prácticas palpables que nos abren al misterio de Cristo y las que hacen posible que un niño se enamore de Dios y que un adulto renueve su amor por él.

Descubramos, pues, el sentido cristiano de las prácticas navideñas y asegurémonos de que nuestros hijos lo conozcan.

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