La Misa: Entrar en la Santa Misa es entrar en el cielo

Este artículo fue publicado en la edición de la revisa de El Pueblo Católico titulada “¿Qué sucede en la Misa?” Para suscribirte y recibir la revista en casa, HAZ CLIC AQUÍ.

Por el padre Humberto Márquez, párroco de St. John the Baptist, Longmont, Colo.

“No sabíamos si estábamos en el cielo o en la tierra, pues no existe tal esplendor o belleza en ninguna parte del mundo. No te lo podemos explicar, solo sabemos que ahí Dios existe entre los hombres.”

Con dichas palabras comunicaron los enviados del príncipe Vladimir de Kiev, en el siglo X, cómo la celebración Eucarística les impresionó al experimentarla en toda su gloria. Qué increíble se escucharía tal descripción en la edad moderna. Qué realidad que es tan evidente y “palpable” a todo aquel que mira con los ojos del espíritu.

La Eucaristía se describe oficialmente en el Catecismo de la Iglesia Católica como “fuente y culmen de toda la vida cristiana”. Por tanto, a nosotros los sacerdotes nos entristecen grandemente encontrar personas, tanto adultas como jóvenes, que no aprecian la Misa. Tristemente el foco de atención es que la Misa es “obligatoria”. Creo que en parte es este concepto lo que contribuye a que no podamos entrar en la Misa con gozo y paz. En estos tiempos tendemos a rechazar cualquier cosa que debemos hacer y que disturbe aquello que queremos hacer.

Pero más que hacer sentir culpable a cualquiera, lo que deseo aquí es animarlos a descubrir la belleza de lo que tenemos a nuestra disposición en la celebración de la Misa. Pues, ¿a dónde podemos ir? ¿A qué otro lugar que esté poblado de ángeles? Aquí es donde quisiera que nuestra atención se quedara por los próximos cinco minutos.

Estoy escribiendo este artículo en mi capilla de adoración y, mirando hacia donde está Jesucristo en la hostia, no puedo dejar de pensar en los cientos de ángeles que le alaban constantemente, aun aquí, en el silencio interrumpido tan solo por las teclas de mi laptop; aquí y ahora, mucho después de que las palabras “tomen y coman todos de él, porque esto es mi cuerpo” se escucharon apenas como un susurro de mis labios y a la vez retumbaron en todos los rincones del universo, pues son el eco del susurro mismo del Señor, cuando en compañía de sus apóstoles deseaba quedarse para siempre con ellos, para siempre con nosotros; ahora, unos días y a la vez dos mil años después de la Misa en la que se consagró este “pan”, cuando se unieron el cielo y la tierra de una manera dramática y terriblemente emocionante; y aun más, cuando el velo del templo en Jerusalén se rasgó en dos, pues cada Misa es también la unión con el sacrificio del Monte Calvario, donde el creador del universo murió la muerte más humillante, solo por amor al hombre. Es decir, en la Misa el tiempo ya no es presente, pasado y futuro. El lugar ya no es aquí; es la Tierra Santa y el Cielo, pues, donde se celebra la Misa, la unión de aquí y el universo terrenal y celestial es perfecta, y la unión del tiempo y la eternidad es perenne.

San Ignacio de Loyola, en sus ejercicios espirituales, invita al ejercitante a usar su imaginación durante las horas de oración y así entrar al párrafo de las Escrituras. ¿Por qué no imitar esta invitación mientras se asiste a la celebración eucarística? Aquí podemos abiertamente, en el silencio de nuestro corazón, expresarle a Jesús vivo nuestros pensamientos, emociones y deseos.

No hay mejor momento que durante la celebración de la Misa para dejarnos llevar a lo más alto del cielo, el único lugar donde podremos encontrar aquello que vamos buscando en nuestro peregrinar: la verdadera felicidad y el gozo que no termina. Debido a esta práctica de san Ignacio, no es casualidad que él haya compuesto una de las oraciones eucarísticas más bellas e inspiradas de la historia del cristianismo: “Alma de Cristo”.

Alma de Cristo

Por san Ignacio de Loyola

Alma de Cristo, santifícame.

Cuerpo de Cristo, sálvame.

Sangre de Cristo, embriágame.

Agua del costado de Cristo, lávame.

Pasión de Cristo, confórtame.

¡Oh, buen Jesús!, óyeme.

Dentro de tus llagas, escóndeme.

No permitas que me aparte de Ti.

Del maligno enemigo, defiéndeme.

En la hora de mi muerte, llámame.

Y mándame ir a Ti.

Para que con tus santos te alabe.

Por los siglos de los siglos. Amén.

Los invito a rezarla. Ruego a la Misericordia Divina, y por intercesión de san Ignacio, que el Señor nos conceda apreciar, entender y, sobre todo, responder cada vez más a las maravillas de su amor que constantemente nos regala en la Santa Misa.

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