La respuesta a la crisis debe recordar los riesgos espirituales

Arzobispo Samuel J. Aquila

Todos esperaban que la reunión de los obispos realizada del 12 al 14 de noviembre fuera monumentalmente importante, pero nadie esperaba que el Vaticano interviniera como lo hizo. Aunque me decepcionó que mis compañeros obispos y yo no pudiéramos votar sobre medidas de responsabilidad, la situación subrayó la doble realidad espiritual de que las almas están en juego y que los obispos servimos con y bajo el Santo Padre.

El hecho de que Cristo le haya confiado el cuidado de la Iglesia a San Pedro, a pesar de su debilidad, invocando el amor de San Pedro por Él y exhortándolo a “alimentar a mis ovejas”, trasciende el pensamiento humano. De hecho, cuando cada obispo es consagrado, hace la promesa de edificar el Cuerpo de Cristo, la Iglesia, y de permanecer en unión con la orden de los obispos, bajo la autoridad de San Pedro Apóstol. Sin esta estructura divinamente instituida, la Iglesia correría el riesgo de fracturarse en grupos individuales, como lo vimos con la llamada Reforma Protestante.

Por lo tanto, mis hermanos obispos y yo no seguimos adelante con la votación sobre las medidas y escuchamos la solicitud de esperar la reunión de febrero de los presidentes de las conferencias de obispos sobre la crisis de abusos. Creemos en la guía de Dios para la Iglesia a través del sucesor de San Pedro, incluso si requiere un periodo doloroso de espera.

Las reuniones comenzaron con un día de oración y ayuno de los obispos. La primera lectura del día fue tomada de Daniel 9, 3-19. La oración es poderosa y vale la pena rezar con ella. Las palabras que conmovieron profundamente mi corazón fueron: “(nosotros) no hemos obedecido la voz de Yahvé nuestro Dios”. Daniel lo menciona tres veces en su oración al reconocer la culpa y la rebelión de Israel.

En ciertos momentos, he sentido que estamos viviendo en los tiempos del Antiguo Testamento, cuando el pueblo de Israel escuchaba los caminos de la cultura dominante y del mundo en lugar de la Palabra de Dios y la fidelidad a Él. Cada vez que no escuchamos la voz de Dios como se revela en las Escrituras y especialmente en los Evangelios, se produce el pecado, el desorden y la confusión. Esto también se ve en la historia de la Iglesia.

El sermón “Sobre la conversión” de San Bernardo de Claraval, dirigido al clero de la Universidad de París en 1140, lamentó los pecados de algunos sacerdotes, incluida la angustiosa presencia de la avaricia, la ambición, el orgullo, la iniquidad, el lujo, la fornicación, el adulterio, el incesto y la actividad homosexual. En la crisis de hoy, estos mismos pecados están presentes y son un fracaso a la hora de escuchar la voz de Dios, teniendo fe en sus promesas y su verdad. Hoy, también somos mucho más conscientes de los diversos trastornos de personalidad que están presentes en algunos miembros del clero. La oscuridad de hoy es horrorosa ya que involucra a menores.

La batalla espiritual en la que estamos actualmente es real, una batalla entre el bien y el mal, Jesucristo y el diablo, la voz de Dios y la voz del maligno y del mundo. Todos los obispos, sacerdotes, diáconos y católicos laicos deben preguntarse: “¿A quién escucho? ¿Quién forma mi corazón?” Los ojos de nuestros corazones y almas deben estar fijos en Jesucristo, deseando la salvación de las almas y la completa fidelidad a Él. Comenzando con San Pablo VI hasta el Papa Francisco, cada papa nos ha llamado a una intimidad más profunda, a un encuentro más profundo con Jesucristo. Solo la intimidad con el Padre, Jesús y el Espíritu Santo, la fidelidad a las bienaventuranzas, la gracia de los sacramentos y las obras corporales y espirituales de misericordia traerán sanación a nuestra Iglesia y al mundo.

En la reunión de obispos en Baltimore, mi hermano obispo, [Joseph] Strickland preguntó: “¿Cómo se permitió que el arzobispo McCarrick continuara con su comportamiento pecaminoso y depredador si la Iglesia verdaderamente cree que los actos homosexuales son incorrectos?” Su afirmación, con la que estoy de acuerdo, es que hemos olvidado o no hemos creído suficientemente en el pecado y sus consecuencias. Tal como los santos tienen un gran impacto en la vida de la Iglesia para el bien, así también el gran pecado y el mal la impactan negativamente. Cuando minimizamos la severidad del pecado y la necesidad de conversión, nuestra tibieza parece debilitar la salvación traída por Cristo.

El maligno quiere minimizar el pecado porque le permite atrincherarse en nuestros corazones y destruir nuestras almas por odio a Dios, en cuya imagen hemos sido creados. También quiere convencernos de que los pecados pueden ser completamente “privados”, sin afectar a otros. Sin embargo, aunque nuestros propios pecados son personales, nunca son privados. Los pecados personales impactan a la Iglesia y su bien común. Con la situación del arzobispo McCarrick y cada caso de abuso, todo obispo debe preguntarse: “¿Estoy reconociendo y actuando para prevenir y curar el daño del pecado cometido? ¿Estoy teniendo en cuenta que las almas están en riesgo?”.

Además de las medidas prácticas que hemos estado tomando, la solución a largo plazo para esta crisis es la fidelidad al Evangelio y la creencia en la salvación que Cristo ganó para nosotros. Debemos seguir el modelo que Cristo nos presentó al reconciliar a San Pedro con Él mismo. No minimizó ni explicó la traición de Pedro, sino que lo llamó a que se arrepintiera y lo amara. Una vez que Pedro reafirmó su amor por Jesús, recibió el encargo de alimentar y proteger al rebaño (Cf. Hechos 21, 15-19).

Mientras esperamos noticias de la Santa Sede después de la reunión de febrero, quiero asegurarles a ustedes, fieles de la arquidiócesis, que continuaremos con los esfuerzos que hemos llevado a cabo por mucho tiempo de brindar un ambiente seguro para los niños, trabajar con sobrevivientes que buscan nuestra ayuda y defender los altos estándares que hemos tenido en los últimos años. Muchos de ustedes han participado en estos programas y los conocen bien. También saben que requerimos que todos los empleados de la Arquidiócesis de Denver, incluidos los obispos, firmen y respeten un código de conducta.

Elevemos nuestros corazones en gratitud al Padre por el regalo de su hijo Jesús y el regalo de salvación que nos ofrece. ¡Es el regalo más grande que cualquiera puede recibir! Oremos en gratitud por los muchos fieles obispos, sacerdotes y diáconos que sirven a la Iglesia. Oremos por la conversión del clero y los laicos, para que todos podamos crecer en una fe, fidelidad y confianza más profundas en Jesús e invitar a otros a conocerlo. Y finalmente, oremos para que podamos escuchar cada vez más fielmente la voz de Dios, especialmente al comenzar el Adviento el próximo 2 de diciembre. Roguemos al Señor para que abra los oídos de nuestro corazón y alma a la voz de Jesús y a su tierno amor y misericordia para cada uno de nosotros. Gracias a todos ustedes que han ofrecido sus sinceras oraciones por nuestro clero y por la Iglesia local y universal. ¡Que nuestro Señor los bendiga abundantemente!

Próximamente: La dignidad humana en el libro del Génesis

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Por el diacono Pedro Reyes, Parroquia St. William, Ft. Lupton.

Todo ser humano tiene una dignidad que le fue otorgada por Dios. San Juan Pablo II en su teología del cuerpo nos dice lo siguiente:

“El hombre es creado sobre la tierra y al mismo tiempo que el mundo visible. Pero, a la vez, el Creador le ordena subyugar y dominar la tierra (cf. Gén 1, 28): está colocado, pues, por encima del mundo. Aunque  el hombre esté tan estrechamente unido al mundo visible, sin embargo la narración bíblica no habla de su semejanza con el resto de las criaturas, sino solamente con Dios”.

Lo que san Juan Pablo II nos está recordando es que el hombre no fue creado de la misma manera que los demás seres vivos. Esto, naturalmente, nos hace diferentes al resto de la creación. No podemos darle los mismos derechos a una mascota, como un perro o un gato, que a un ser humano. Es triste que hoy en día la dignidad del ser humano sea despreciada a tal grado que muchas personas le dan más amor y atenciones a las mascotas que a los propios familiares. Hoy en día hay algunas personas que tratan a los animales como seres humanos y a sus semejantes, que son seres humanos,] como animales.

San Juan Pablo II nos dice también esto:

“En el ciclo de los siete días de la creación es evidente una precisa gradualidad; el hombre en cambio no  es creado según una sucesión natural, sino que el Creador parece detenerse antes de llamarlo a la existencia, como si volviese a entrar en sí mismo para tomar una decisión: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen, a nuestra semejanza…’ (Gn 1,26)”.

Nuevamente, san Juan Pablo II nos recuerda la manera tan diferente en la que Dios creó al hombre. Y aquí nos recuerda la principal diferencia entre los seres humanos y el resto de la creación. El hombre, a diferencia de los demás seres vivos, fue creado a “imagen y semejanza” de Dios. O sea, el ser humano tiene una dignidad única e inigualable que le ha sido otorgada por Dios.

En todo lo que hemos visto, podemos darnos cuenta de lo siguiente: cuando el autor del libro del Génesis narra la creación de todo, al referirse al ser humano, especifica que lo creó y lo bendijo. Sin embargo, la creación del hombre se distingue de todo lo demás creado de tal manera que le da ese grado de dignidad superior al resto de la creación.

Esto se puede ver claramente porque antes de crear al ser humano, Dios es presentado como si estuviera deliberando sobre cómo lo creará, mostrando el acto de crear al hombre como un acto muy importante. Igualmente, la excepcional dignidad del ser humano se muestra en su totalidad por la ‘semejanza’ con Dios. Por lo tanto, todos los seres humanos, sin importar raza, color de piel, país de origen, etc., tenemos una dignidad específica que debe ser respetada por todos. Y esta dignidad viene por el hecho de haber sido creados “a imagen y semejanza de Dios”.

 

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