“La santidad está en los quehaceres de la vida ordinaria”

Obispo Jorge Rodríguez

La Iglesia de México celebró con grande alegría la beatificación de la primera laica mexicana: Concepción Cabrera de Armida. La ceremonia se tuvo en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe el pasado 4 de mayo. Esto significa que la Iglesia reconoce la santidad de su vida, y permite su veneración en su propia diócesis.

Conchita nació en San Luis Potosí el 8 de diciembre de 1862 y murió en Coyoacán en 1937. Cuando pensamos en los “santos” lo primero que nos viene a la imaginación es la figura de una religiosa o de una sacerdote. Estamos menos acostumbrados a reconocer a los santos de la vida ordinaria que nos rodean. Conchita Armida nunca fue monja: fue esposa, madre de nueve hijos, viuda, empresaria, y además, fundadora de institutos religiosos, mística y escritora que dejó más de 66 volúmenes escritos. Su secreto fue enamorarse de Cristo tan apasionadamente que todas las facetas de su vida, incluso las de ser esposa y madre, quedaron llenas de esa luz y profundidad espiritual. En medio de los quehaceres de una ama de casa, de la cocina y de los hijos, ella recuerda a sus 70 años de edad lo que fue su vida: “He recorrido muchos senderos, he pasado por muchos lugares y etapas y épocas muy dolorosas, y he amado muchas almas de los míos y otras, pero ¡oh sí! por dicha mía, todas estas cosas, sólo han formado un marco, que encierra una sola figura: ¡Jesús! La tuya tan encantadora y divina, Jesús mío, anhelo único de mi pobre corazón, el ideal de mi vida, el Dueño único de mis instantes, el centro de mis palabras, de mis escritos, de mis acciones, de mis dolores, de mis alegrías, de mi actividad y de mi descanso.”

Conchita nos enseña que los santos no tienen necesariamente que irse a un convento para dedicarse solamente a la oración, sino que el convento donde hablan con Dios lo llevan en el corazón: “A medida que yo andaba me parecía claro que estaba junto a mí. Me puse a platicarle y sentí como si me aconsejara esto: que lo llamara siempre y con mucha confianza y para que me enseñara a andar todo el día en su presencia lo convidara desde la mañana como a un amigo. Que como tal lo atendiera, le platicara y lo llevara a todas mis ocupaciones. Que mientras más lo convidara más pronto vendría a serme necesaria su compañía, hasta que llegara el día en que en ningún momento nos separaremos… Cuando iba a la cocina a hacer el pan, a tocar el piano y hasta darle el pecho a los niños, Él estaba junto de mí.”

Pero lo que más la movía era Jesús Crucificado: “Mira, Jesús, cuando te veo crucificado, siente mi alma muchos y diferentes efectos: de gusto, de confusión, de pena, de amor, de vergüenza porque yo tengo la culpa de que estés ahí clavado, y sin embargo no hay imagen que más que cautive que la tuya en la cruz…” Se identifica tanto con Jesús en la cruz, que condensa en una frase el significado de su vida: ser cruz viva de Jesús. Ella percibió que Jesús le decía: “Serás mi imagen, eres mi Cruz muy querida… Para unirte más a Mí por medio de la perfección en la cruz.… Quiero que seas como un espejo purísimo, en donde se reproduzca la imagen de tu Jesús crucificado.”

Ella fundó las Obras de la Cruz, el Apostolado de la Cruz, las Religiosas de la Cruz del Sagrado Corazón, la Alianza del Amor, La Fraternidad de Cristo Sacerdote y los misioneros del Espíritu Santo. Su libro “A Mis Sacerdotes” expresa su grande estima y entendimiento místico de esa realidad tan frágil y tan divina al mismo tiempo.

Es un gran orgullo para México y para América Latina esta grande mujer, cuya santidad de vida nos habla de la fe profunda de nuestro pueblo; de su amor y devoción al Sagrado Corazón; de su inmenso amor por la Eucaristía y del respeto y aprecio del Sacerdocio. Conchita Cabrera refleja en sus escritos y en su mística esta fe del pueblo latinoamericano, que en México -en esos años difíciles que Conchita también vivió- puso en pie de guerra al pueblo católico para defenderla durante la Guerra Cristera.

Pero a ti y a mí nos enseña que la santidad está en los quehaceres de la vida ordinaria cuando se hacen por amor a Dios y a los demás. Que las personas solteras, casadas y viudas pueden santificarse en su propia vocación personal. Que incluso en medio de las ocupaciones más sencillas y ordinarias del día, se puede vivir una relación de amor muy personal e intensa con Jesús. Que la grande cruz de la vida y las pequeñas cruces de todos los días son un maravilloso apostolado cuando se ofrecen por amor y en unión con Cristo crucificado.

Ojalá que estas líneas te abran el apetito de conocer más sobre esta beata mexicana, pero, sobre todo, te hayan hecho sentir el deseo de la santidad, de la intimidad con Jesus en la vida y cosas de todos los días, y te hayan suscitado la voluntad de ser también parte de esas Obras de la Cruz, que ella fundó.

Próximamente: ¿Qué es lo que está mal con el mundo? Yo

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Por el Dr. Jared R. Staudt

Una vez, el editor del periódico The Times le preguntó al reconocido católico G.K. Chesterton: “¿Qué es lo que está mal con el mundo?”. Chesterton, el gran maestro del sentido común y el ingenio, respondió: “Estimado señor: Yo. Atentamente, G.K. Chesterton”.

“Yo”. Hay honestidad y humildad en reconocer que los problemas del mundo yacen en el corazón y no en ninguna fuerza social, política o económica externa. El problema que existe en el corazón es lo que causa los conflictos exteriores. Ciertamente, hay estructuras pecaminosas en el mundo, estructuras que surgen del pecado y lo alientan, como el comunismo, aunque estas solo tienen poder porque aprovechan la oscuridad que ya está en nosotros. El mundo está roto porque nosotros estamos rotos.

 

EL PECADO ORIGINAL: ¿ALGO VERDADERO?

Chesterton de nuevo apunta a la obvia realidad de nuestro estado quebrantado. Reconoce que “ciertos nuevos teólogos ponen en duda el pecado original, aunque es la única parte de la teología cristiana que realmente se puede comprobar”. Solo hace falta mirar alrededor para darnos cuenta de que vivimos en un mundo caído. Debido a la caída, que surge con el pecado de Adán y Eva, cada ser humano después de ellos ha nacido al mundo sin los dones que Dios originalmente había destinado para nosotros. Él quería que viviéramos sin el mal y el sufrimiento, refugiados dentro de la protección del jardín, pero nosotros teníamos otros planes.

El Catecismo habla del efecto que el pecado original tiene en nosotros: “Es la privación de la santidad y de la justicia originales, pero la naturaleza humana no está totalmente corrompida: está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado (esta inclinación al mal es llamada ‘concupiscencia’)” (CIC 405). El pecado original explica por qué todos tenemos dificultad para alcanzar la felicidad y estar en paz con los demás.

 

VÍCTIMAS O CÓMPLICES

El pecado original apunta a la falta de la relación con Dios como el centro de lo que está mal con el mundo. Es un problema que todos enfrentamos, aunque queremos acusar a otros. De hecho, el no reconocer nuestro propio estado quebrantado y nuestro pecado ha sido un problema desde el principio.

Cuando Dios le pregunta a Adán por qué comió del fruto, Adán acusa a Eva, la compañera que Dios le había dado (acusando a Dios de manera implícita). Cuando Dios se dirigió a Eva, ella culpó a la serpiente por haberla engañado. Hay verdad en el hecho de que no pecamos aislados de otros. El problema viene del querer culpar los problemas del mundo en los demás, mientras actuamos como si nosotros fuéramos simples víctimas de fuerzas fuera de nuestro control.

Aun si reconociéramos que el origen del mal surge de nuestro corazón, todavía tenemos que enfrentarnos con la otra pregunta de por qué el mal existe en el mundo. Como Adán, muchas veces culpamos a Dios por permitir el sufrimiento en nuestra vida. Si estamos enfermos, perdemos el trabajo o un ser querido muere, inmediatamente le reclamamos a Dios cómo pudo haber permitido semejante cosa.

“El pecado original explica por qué todos tenemos dificultad para alcanzar la felicidad y estar en paz con los demás”.

 

DIOS ACTÚA EN EL SUFRIMIENTO

Dios no tenía la intención de que este mal formara parte de su plan original, ya que el sufrimiento entró al mundo por el pecado. El pecado es lo que se debe culpar por el mal físico y la muerte, no Dios. Como resultado de la caída, Dios permite que el mal físico ocurra en el mundo, aun cuando lo utiliza para hacer surgir un bien más grande.

A través de las dificultades físicas, Dios nos muestra que este mundo no es nuestro verdadero hogar (y ya no está destinado a ser un paraíso terrenal) y que fuimos hechos para algo más. No podemos estar demasiado cómodos aquí en la tierra. El sufrimiento nos recuerda esto y también la necesidad de confiar en Dios. Pero, aun peor que el mal físico, también existe el mal moral, que proviene completamente de nuestra libre elección. El sufrimiento que experimentamos puede incluso hacernos darnos cuenta del mal moral que existe escondido en nuestra vida, llamándonos a la conversión.

El sufrimiento y nuestro estado quebrantado nos llevan a nuestra propia limitación y necesidad de Dios. Aceptar este estado nos da libertad para poder enfrentarlo y abrazar la sanación en Cristo.

 

DIGO: “ESTOY BIEN”, PERO NO LO ESTOY

Esto me recuerda a una canción que muestra la reacción típica a nuestra propia rotura: “Estoy bien”. Con palabras hacia Dios, la canción refleja con precisión cómo intentamos ignorar lo que realmente está sucediendo dentro de nosotros.

“Digo: ‘Estoy bien, sí, estoy bien, oh, estoy bien, oye, estoy bien’, pero no lo estoy. Estoy roto. Y cuando está fuera de control, digo: ‘Está bajo control’, pero no lo está, y lo sabes. No sé por qué es tan difícil admitirlo, cuando ser honesto es la única forma de solucionarlo. No hay fracaso, no hay caída, no hay pecado que ya tú no conozcas. Entonces, deja que salga la verdad”.  Matthew West, “Truth be told”

El individualismo moderno nos dice que estaremos bien si simplemente confiamos en nosotros mismos, que podemos manejarlo y que somos débiles si buscamos ayuda en los demás. La fe cristiana se opone firmemente a esto, porque no podemos ignorar la rotura dentro de nosotros, dejarla sin resolver y ocultarla para que luego salga en forma de venganza. Tenemos que ser sinceros sobre quiénes somos. Somos personas quebrantadas y pecadoras que podemos experimentar la sanación y la gracia si enfrentamos la verdad y la dejamos salir a la luz.

 

QUE LA VERDAD SALGA A LA LUZ

¿Cómo dejamos que esta verdad salga a la luz? Durante la cuaresma, la Iglesia nos llama a la conversión, a través de la oración y la penitencia, y nos pide que confesemos nuestros pecados. Dejamos “que salga la verdad” cuando nos presentamos ante Dios, reconocemos nuestros pecados y le pedimos perdón. Aceptar nuestra debilidad nos lleva a acudir a Dios en busca de ayuda, permitiéndole quitar la oscuridad dentro de nosotros y llenarnos con su propia vida y luz.

 

DIOS SANA “UN CORAZÓN A LA VEZ”

Dios no simplemente elimina todos los problemas del mundo. Más bien, él entra en ellos, primero, asumiéndolos y haciéndose hombre en Jesús, y luego entrando en el centro de la rotura dentro de nosotros. Dios no está ausente del mundo que sufre, aun si no se muestra visiblemente para que todos vean y para así resolver dramáticamente las cosas de manera política. Dios arregla el mundo un corazón  a la vez, de manera más poderosa que el ruido que nos rodea, preparándonos para enfrentarlo y hacer nuestra parte en él.

 

LA SOLUCIÓN: ACUDIR A LA FUENTE DE SANACIÓN

Si soy yo lo que está mal en el mundo, entonces la solución también comienza conmigo. Mi estado interior quebrantado puede ser sanado por Dios (aunque no sea de manera perfecta en esta vida) para que yo pueda ser parte de la solución al problema del mundo. Puedo llevar a otros a Cristo para sanarlos, invitarlos a la Iglesia y específicamente a la confesión. Aunque las personas a menudo tienen miedo de confesar sus pecados, en realidad es un gran alivio y una fuente de sanación. Es un regalo poder compartir este alivio y sanación con otros. Y entre más personas hayan recibido este regalo, más grande será su impacto en el mundo. En esta cuaresma, tenemos la oportunidad de abrazar la solución de Dios, la sanación, que comienza con la raíz del problema: yo…

 

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