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domingo, septiembre 25, 2022
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“La única manera de responder a Dios por su gran amor es amándolo”

Este artículo se publicó en la edición de la revisa de El Pueblo Católico titulada “CAMINO A LA CIMA”. Para suscribirte y recibir la revista en casa, HAZ CLIC AQUÍ.
Por Tim Glemkowski*
Es asombroso saber que la historia de la salvación –el plan de Dios para rescatarnos que hemos presentado en las últimas ediciones de El Pueblo Católico– no sucedió en un lugar imaginario o en un tiempo mítico. Hoy día, cualquier persona puede visitar el lugar donde Dios encarnado vivió, murió y resucitó.
Sus apóstoles estaban tan convencidos de su resurrección que casi todos fueron martirizados de manera brutal por no renunciar a esa historia. Qué fácil hubiera sido renunciar a lo que predicaban cuando estaban siendo desollados vivos, como le sucedió a Bartolomé. Qué fácil hubiera sido decir: “No es cierto. Es una broma. Las personas no resucitan”. Sin embargo, fue Pedro, el mismo que una vez negó a Cristo, quien pediría ser crucificado al revés porque se sentía indigno de morir como su Señor.
Después de recorrer esta historia heroica en que Dios mismo murió y resucitó para liberarnos de las cadenas del pecado y de la muerte, ¿qué es lo que falta?
Faltamos tú y yo.

Mito o verdad

Y nuestra respuesta a Dios en realidad depende de una sola pregunta: ¿es todo esto verdadero?
A lo largo de la historia, millones de personas –obreros, pensadores, científicos, etc.– han creído profundamente en esta historia y han decidido vivirla. Muchas incluso la aceptaron a pesar de que entraba en conflicto con las costumbres culturales del momento, lo que en ocasiones les costó muy caro. No se diga de los miles de personas que tan solo en el siglo pasado prefirieron morir a renunciar al mensaje del Evangelio.
Si esta historia es solo un mito, entonces ni yo ni nadie debería hacer nada al respecto; no debería cambiar nuestra vida en lo mínimo.
Pero si, de hecho, la historia del Dios que decidió venir al mundo para rescatarnos del pecado y de la muerte es verdadera, entonces solo existe una respuesta adecuada para nosotros: entregarle todo.

Santos

(Foto de Daniel Petty)

Lo que los grandes santos y mártires a través de los siglos lograron entender es que la respuesta al amor de Dios con- siste en vivir una vida completamente orientada hacia un Reino que no es de este mundo. Por ello, estas personas de diferentes vocaciones y profesiones vivieron y se entregaron de forma radical.
La historia de la salvación nos permite descubrir quiénes somos y qué estamos llamados a ser. Si recibimos el Evangelio con brazos abiertos, la palabra de Dios tiene el poder de transformarnos y darnos libertad. Cristo no vino a hacer a los malos buenos, sino más bien a darnos vida, y vida en abundancia.
Pero solo podemos vivir esta vida que Dios nos promete a través de un abandono total a Dios. Tenemos que vivir de tal manera que Cristo sea el origen y la meta de cada acción. Dios debe convertirse en el nuevo guía de nuestra vida.
Muchas veces pensamos que este tipo de vida es solo para algunos pocos. Sin embargo, la Iglesia ha dejado claro que todos estamos llamados a la santidad y, con la gracia de Dios, podemos lograrlo.
Pero ¿cómo podemos hacerlo?

FUNDAMENTOS DE NUESTRA RESPUESTA

La respuesta adecuada al amor de Dios no es complicada. Como aseguró anteriormente el arzobispo Samuel Aquila, podemos decir que hay tres pilares que sostienen nuestra respuesta a Dios: la oración, la comunidad y la misión. Los llamamos pilares porque describen la manera
en que Cristo mismo orientó su vida diaria y su ministerio público: en relación con el Padre, con sus discípulos y con las ovejas perdidas.
Oración
En la oración amamos y nos dejamos amar por Dios, algo que nos transforma completamente. La oración no es algo que ayuda a nuestra relación con Dios, sino que es ella misma nuestra relación con el Creador.
A veces es difícil para los papás apartar tiempo para la oración, aunque sabemos que cuando no lo hacemos, nuestra vida fácil- mente pierde la paz y carece de dirección.
Pero, tal como en el matrimonio, la oración no depende de fuertes sentimientos, sino que más bien es un hábito que transforma poco a poco nuestro corazón. Si somos fieles a la oración, no hay nada que Dios no pueda lograr en nuestra vida.
En la oración obtenemos el fundamento para dar una auténtica respuesta al amor de Dios. La lectio divina es un método antiguo y eficaz para orar con la Biblia. Te invitamos a practicarla con regularidad.
 
Comunidad
El catolicismo debe hacernos más humanos, debe generar algo auténticamente humano: una comunidad que sea una fuente de vida. En tiempos difíciles, Dios siempre ha llamado a personas a renovar su Iglesia a través de un nuevo encuentro con Cristo.
Esto lo vemos desde las primeras comunidades cristianas en Hechos de los Apóstoles y en la novedad de los monasterios benedictinos y las órdenes religiosas mendicantes como los franciscanos.
La Iglesia y la familia son comunidades claves para nuestra respuesta a Dios.
Misión

(Foto de Daniel Petty)

Como lo expresó un sacerdote: “Dios no derrotó el poder del pecado y la muerte solo para que algunos pocos lo supieran”. Como católicos, debemos tener una gran ambición por Dios y por su Reino. No debemos suponer que alguien más por sí solo va a saber llegar a la cima, a la unión con Dios.
Todo lo contrario, debemos anhelar que todo el mundo oiga este mensaje de amor.
Los deportistas entrenan con gran ambición para ganar competencias, los políticos promueven incansablemente su campaña de elección y las compañías toman todas las medidas necesarias para ganar más dinero. ¿Estamos nosotros dispuestos a hacer más por lo que verdaderamente vale la pena, por el Reino de Dios?
Pero contrario a la creencia popular, la misión a la que Dios nos llama suele incluir a las personas que nos rodean más que a las que se encuentran en el otro lado del mundo. La misión, más que crear nuevas iniciativas o apostolados, se centra en la caridad, en el amor de Dios que desemboca en el amor a nuestro prójimo.
 
Acción
En este momento te invitamos tomar un par de minutos en silencio para preguntarle a Dios: “Señor, ¿a quién me estás llamando a acompañar en este momento? ¿Quién necesita un amigo para poder conocerte mejor?”. Escribe el nombre de una a tres personas que quizá estén dispuestas a ser acompañadas. Comprométete a rezar por ellos todos los días y a dedicarles algo de tu tiempo.
Para concluir, te invitamos a rezar la siguiente oración:
Señor, creo verdaderamente que me creaste por amor. Te pido perdón por todas las veces que he creído las mentiras del enemigo: que tú no me amas, que no eres bueno. Perdóname por todos mis pecados. Gracias por enviar a Jesús, nuestro Señor, para rescatarme del pecado, de la muerte, del Infierno y de Satanás.
Hoy elijo poner a Jesús en el centro de mi vida. Te lo entrego todo a ti, Jesús, pues deseo que reines en todas las áreas de mi vida. Te pido que envíes al Espíritu Santo sobre mí. Conviérteme en la persona que quieres que sea. Haz de mí un instrumento de tus manos misericordiosas para que el mundo te conozca. Amén.
Este artículo ha sido traducido y adaptado del original en inglés, titulado «A Moment of Response» y publicado por Denver Catholic.
*Foto principal de Vladimir Mauricio-Pérez

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