Los beneficios de la consagración a san José y su protección “necesaria”

Vladimir Mauricio-Perez

San José recibió la misión de proteger, guiar y proveer para dos personas concebidas sin pecado original, María y Jesús, lo que significa que él mismo tuvo que haber sido un hombre muy virtuoso. Y de hecho lo fue. Los padres de la Iglesia y varios santos a lo largo de la historia han considerado a San José como “el santo más grande”, por supuesto con la excepción de María, que siempre ha sido colocada en una categoría distinta al resto. Él ocupa una categoría única entre los santos por su importante papel en la historia de la salvación, por estar predestinado a ser el padre de Jesús en la tierra.

Por esta razón, y después de un deseo expresado por los obispos de todo el mundo, en 1870 el papa Pío IX declaró a san José “Patrono de la Iglesia Universal”.

Mientras celebramos el 150 aniversario de este decreto, el arzobispo Samuel Aquila exhorta a los sacerdotes, parroquias y fieles a considerar consagrarse a sí mismos o a su comunidad a san José en algún momento entre el 19 de marzo de 2020 y el 19 de marzo de 2021.

Esta consagración no sería en vano, como escribe san Juan Pablo II: “Este patrocinio (de san José) debe invocarse como siempre sea necesario para la Iglesia, no solo como defensa contra todos los peligros, sino también, y de hecho principalmente, como una motivación para su nuevo compromiso con la evangelización en el mundo y la re-evangelización en aquellas tierras y naciones donde la religión y la vida cristiana antes florecían y ahora están a prueba”.

Si te estas preguntado qué implica específicamente una consagración, la consagración es un acto por el cual algo o alguien se separa para un propósito divino. En nuestra fe católica, ciertos artículos están consagrados para fines litúrgicos, como las iglesias, los altares, los cálices, etc. Las personas también consagran su vida a Dios haciendo votos en la vida religiosa.

Una consagración “a un santo”, como María o san José, es en realidad una consagración a Jesús mismo a través de ese santo, a través de María o José. Es un compromiso serio de responder a la gracia de Dios bajo su guía.

“La persona que se consagra a san José quiere estar lo más cerca posible de su padre espiritual, hasta el punto de parecerse a él en virtud y santidad”, escribe el padre Donald Calloway en su libro Consagración a san José (Consecration to St. Joseph). A su vez, san José le brinda a esa persona “su atención amorosa, protección y orientación”.

La venerable María de Agreda estableció siete privilegios de devoción a san José: alcanzar la virtud de la pureza, procurar una poderosa intercesión para escapar del pecado, aumentar el amor y la devoción a María, asegurar la gracia de una muerte feliz, luchar contra los demonios con la mención de su nombre, obtener salud física y asistencia en dificultades, y cuidar a los niños en las familias.

San José tiene un lugar privilegiado

El papa León XIII explicó que nadie ha estado tan cerca de la santidad de la Virgen María como San José. “Por su propia naturaleza, (la unión conyugal) se acompaña de una comunicación recíproca de los bienes de los cónyuges. Si entonces Dios le dio a san José a María para ser su esposa, ciertamente no lo dio simplemente como un compañero en la vida, un testigo de su virginidad, un guardián de su honor, sino que también lo hizo participar por el vínculo conyugal en la dignidad eminente que era de ella “.

Por esta razón, también se dice que su cercanía a Dios supera a la de todos los santos ángeles.

Pero la respuesta final es, por supuesto, Dios. Como escribe el Padre Calloway: “San José es el santo más grande en el Reino de los Cielos porque Dios lo predestinó para ese puesto”. Finalmente, ningún ángel, independientemente de su clasificación, tuvo el privilegio y la responsabilidad de ser llamado “padre” por el Hijo de Dios en la tierra. Esa autoridad estaba reservada a José: amar, ordenar y educar al Dios-Hombre.

Es por esta razón que él puede ser el patrón de la Iglesia y nuestro padre espiritual.

La palabra “patrón” proviene del latín “pater”, que significa “padre”. Y, aunque san José no fue el padre biológico de Jesús, ciertamente fue “un verdadero padre para Jesús porque ejerció una paternidad verdadera hacia Jesús que era autoritaria, cariñosa y fiel”. Y si la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, san José también es el padre de la Iglesia.

Esto tiene implicaciones personales para todos nosotros. Somos miembros del Cuerpo Místico de Cristo por nuestro bautismo, lo que significa que si san José es el padre de la Iglesia, él también es nuestro padre espiritual. Él, por supuesto, no está destinado a reemplazar a nuestro padre biológico, sino que está para “alimentarnos espiritualmente, albergarnos, vestirnos, educarnos, protegernos y corregirnos”.

Pidamos entonces la ayuda de un gran intercesor, como lo sugirió santa Teresa de Ávila: “Querría yo persuadir a todos fuesen muy devotos de este glorioso Santo, por la experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios. No he conocido persona que de veras le sea devota y haga particulares servicios que no la vea más aprovechada en la virtud, porque aprovecha en gran manera las almas que a él se encomiendan”.

Fuente: Consecration to St. Joseph, Padre Donald Calloway, MIC

Próximamente: Cómo responder a la violencia y confusión en el Capitolio

¡Regístrese en una suscripción digital a Denver Catholic En Español!

En estos tiempos turbulentos, todos se están haciendo la misma pregunta: “¿Cuál es la verdad?”. Según se conteste esta pregunta, y dado el relativismo de nuestro día, nos dividimos en bandos. La división se hizo totalmente manifiesta cuando un grupo de personas irrumpió en el Capitolio en Washington D.C. el pasado 6 de enero. En ese momento, vimos estallar claramente la ira y la violencia, generados por sentimientos de supresión de derechos, justo como lo habíamos visto los meses anteriores en muchas de nuestras ciudades más grandes. Tanto la derecha como la izquierda han recurrido a la violencia, lo cual es inaceptable en una sociedad civil y democrática.

¿Cuál es la raíz de esta agitación? Nuestro país está sufriendo de la descomposición de la integridad moral común y las verdades que la constituyen y que nos han permanecido unidos por unos 245 años. Ahora, cuando las personas buscan la verdad sobre casi cualquier tema, no encuentran una sola respuesta. En cambio, se encuentran con una multitud de voces contrapuestas, cada una con su propia agenda. Cada vez es más difícil encontrar una persona o una organización que busque el bien común.

Pero ¿qué debería un católico hacer durante este tiempo? ¿Cómo deberíamos responder a los constantes ataques a nuestros valores nacionales y religiosos y el deterioro de la buena intención hacia nuestro prójimo?

La única solución que reparará la debilitada integridad moral de la sociedad es la búsqueda de Jesús, el Camino, la Verdad y la Vida. Recuerdo ahora mismo ese verso del salmista que dice “Aunque braman las naciones y tiemblan los reinos, él lanza su voz y la tierra se deshace. El Señor de los Ejércitos está con nosotros; nuestro baluarte es el Dios de Jacob” (Sal 46,7-8). Él es el único que puede penetrar nuestra postura y retórica y disipar la tiniebla de la confusión. Jesús, la Palabra de Dios, nos revela a nosotros mismos y nos muestra el camino a la felicidad verdadera, como individuos y como sociedad.

Para permitir que Dios haga esto, debemos redescubrir el valor del silencio y pasar tiempo con él en su Palabra y los sacramentos. Tal como Dios se mostró a Elías en el monte Horeb, no estaba en el gran viento, en el terremoto o en el fuego; estaba en “el susurro de una brisa suave” (cf. 1 Reyes 19,9-12). Esto significa que debemos poner nuestra confianza de salvación en Cristo y buscar su sabiduría sobre cómo vivir, en vez de convertirnos en comentaristas, políticos o partidos políticos. Ellos pueden promover legislaciones o dar discursos que contienen verdad, y eso es loable y debe apoyarse cuando suceda. Pero no debemos olvidar que estamos hechos para el cielo y estamos llamados a construir el reino de Dios, no una utopía en la tierra. Jesús nos recuerda que primero debemos buscar “el reino de Dios” y “la voluntad del Padre”. San Pablo les recordó a los romanos, y hoy nos recuerda a nosotros, “No os acomodéis a la forma de pensar del mundo presente; antes bien, transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rom 12,2).

Esto significa ver tanto a nuestros amigos como a nuestros enemigos como hijos e hijas del Padre, sin importar sus creencias, etnias o afiliación política. Esto implica adoptar la visión de la Madre Teresa, de San Francisco o de Julia Greeley. Vieron a otros como Jesús lo hace.

Cuando Jesús se encontró con la mujer sorprendida en adulterio, no la condenó, sino que la llamó al arrepentimiento. Tanto San Francisco como la Madre Teresa experimentaron un llamado a cuidar de los despreciados, lo que ciertamente aplica a nuestro ambiente sobrepartidista. En vez de los leprosos o enfermos abandonados a su muerte en los desagües que San Francisco y la Madre Teresa cuidaron, se nos está pidiendo a cada uno de nosotros que veamos a nuestros vecinos, familiares, amigos o enemigos con los ojos de Jesús. San Francisco se conmovió y besó a un leproso y después se dedicó a cuidarlos. La Madre Teresa fue llamada a recoger a los enfermos y moribundos y defender a los no nacidos. Nosotros estamos llamados a hacer las mismas obras de misericordia, pero también a amar a otros como Cristo no ha amado. No podremos hacer esto al menos que recibamos el amor de Dios y reconozcamos que él es real.

Que nuestra Santa Madre, Reina de la Paz, interceda por nosotros y nuestro país, para que nos arraigamos más completamente a la Verdad, que nuestra mente se convierta en la mente de Cristo, y que nuestro corazón sea más como el Sagrado Corazón de Jesús.