Los pobres como sacramento de Cristo

Escritor Invitado

Por: Norma Avilez*

La Doctrina Social de la Iglesia nos devuelve a los orígenes, a ese núcleo central de nuestra fe, “el principio de encarnación”, Dios se hace hombre y en la cruz asume nuestra humanidad.  Es por eso que debemos ver la realidad de los pobres, de las víctimas de tantas injusticias, de los que sufren, para poder hacer una lectura desde la fe con los ojos y el corazón fijos en el Señor, en la Cruz y desde la fuente del Evangelio; nos ubicamos al pie de la Cruz y a los pies de todas las cruces: al mismo tiempo procuramos ser uno con todos reconociendo la dignidad de cada ser humano, compartiendo nuestros bienes y con una fuerte solidaridad con ellos, para que el mundo crea.

Este articulo es acerca de una familia: Mayra una madre de 28 años y su esposo Nicolás, cada uno tiene tres hijos y juntos los están criando como hermanos

En su niñez Mayra, junto con su hermano y su madre sufrieron maltrato y pasaron hambre debido al alcoholismo de su padre; solían ir al cerro a buscar algo de comer, también la gente por caridad les compartía alimentos. Cuando Mayra llego a la adolescencia, se reveló contra la vida y contra Dios, por lo que se fue con el primer hombre que se lo propuso y tuvo tres hijos. Cuando le hablaban de Dios, no quería saber nada de Él, porque se preguntaba  en dónde estaba cuando ellos pasaban días sin comer. Nicolás emigró a los  Estados Unidos, se juntó con una muchacha y tuvieron tres hijos pero su relación fracasó, luego él fue deportado a México y los  hijos se quedaron en Estados Unidos con la madre, pero por falta de buenos cuidados la agencia de protección al menor, Servicios Sociales iba a recoger a los niños por lo que Nicolás se los llevó a México. La madre de Nicolás ayudó a cuidarlos por seis años aunque los niños solo sobrevivían y no iban a la escuela. La abuelita enfermó y quedó ciega por lo que los entregó de nuevo a Nicolás. La hija de Mayra de catorce años no asiste a la escuela debido a su retraso y falta de asistencia para regularizarse en las clases, todos viven en una casa pequeña que les presta una tía que vive en Estados Unidos.

Mayra nos cuenta que ella se juró a sí misma que cuando tuviera hijos, jamás permitiría que pasaran hambre, por lo que es muy trabajadora; seis días a la semana prepara comida para vender en el mercado y todos los días se levanta a las tres de la mañana a freír tortillas para los antojitos que vende, y para cuando sus hijos se van a la escuela ella también sale a vender. Diariamente pica hasta trece lechugas al día y hace una cubeta de salsa. Ella da gracias a Dios que no le falta que comer, aunque sí pasa muchos apuros porque todos los niños van a la escuela. El sueño de Mayra es comprar un terreno para construir su propia casa, pero por ahora la necesidad más urgente es comprar una camioneta para transportar su comida ya que muchas veces los microbuses no quieren transportarla porque lleva muchas cosas y tiene que pagar taxi. Su esposo Nicolás trabaja de albañil.

Punto de vista desde el documento de Aparecida

“La familia, “patrimonio de la humanidad”, constituye uno de los tesoros más importantes de los pueblos latinoamericanos. Ella ha sido y es escuela de la fe, palestra de valores humanos y cívicos, hogar en el que la vida humana nace y se acoge generosa y responsablemente. Sin embargo, en la actualidad sufre situaciones adversas provocadas por el secularismo y el relativismo ético, por los diversos flujos migratorios internos y externos, por la pobreza, por la inestabilidad social y por legislaciones civiles contrarias al matrimonio que, al favorecer los anticonceptivos y el aborto, amenazan el futuro de los pueblos”[2]

Por lo anterior, esta pareja de seis hijos es un tesoro que debemos cuidar, para que esta familia llegue a ser lo que está llamada a ser, como dice el documento de Aparecida.

“…la plenitud de vida que Cristo nos ha traído: con esta vida divina se desarrolla también en plenitud la existencia humana, en su dimensión personal, familiar, social y cultural”[3]

Cristo quiere que todas las personas vivamos en plenitud en los dos estados de nuestra vida: el espiritual y el corporal, ya que Cristo se hizo carne. Esto nos dice que la vida cristiana se debe preocupar tanto por el aspecto espiritual como por el material; esta familia necesita mucho de ambos aspectos, debido a la gran necesidad económica que están viviendo y porque traen un pasado de sufrimiento, que sólo lo podrán sanar y superar con la fe en Cristo Jesús.

Si esta opción está implícita en la fe cristológica, los cristianos, como discípulos y misioneros, estamos llamados a contemplar, en los rostros sufrientes de nuestros hermanos, el rostro de Cristo que nos llama a servirlo en ellos: “Los rostros sufrientes de los pobres son rostros sufrientes de Cristo”. Ellos interpelan el núcleo del obrar de la Iglesia, de la pastoral y de nuestras actitudes cristianas. Todo lo que tenga que ver con Cristo, tiene que ver con los pobres y todo lo relacionado con los pobres reclama a Jesucristo: “Cuanto lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25, 40). Juan Pablo II destacó que este texto bíblico “ilumina el misterio de Cristo”. Porque en Cristo el grande se hizo pequeño, el fuerte se hizo frágil, el rico se hizo pobre.[4]

Por lo tanto, no puedo cerrar mis ojos y mi corazón ante el dolor  y la necesidad de esta familia. Dios me ha hecho ver la realidad y el ayudar a esta familia es un deber moral. Todo es de Dios, nosotros tan solo somos los administradores y todo lo que Él nos da debemos compartirlo con los más necesitados.

“En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños”. (Mateo 11,25) Bendito sea Dios porque nuestra Iglesia es un Iglesia de pequeños y pobres, todos los miembros de la Iglesia debemos intervenir en favor de ellos, y ver en cada pequeño y pobre al mismo Cristo y a María.

 “¿Por qué no socorremos a la naturaleza mientras tenemos tiempo? ¿Por qué, carne que somos, no sufrimos la humildad de la carne? ¿Cómo nos entregamos entre las calamidades de nuestros hermanos? Dios me libre de ser yo rico mientras ellos están en la indigencia, ni de gozar de salud robusta si no trato de curar las llamas de ellos, ni de tener comida sobrada, vestirme bien y descansar bajo techo, si no les alargo a ellos un pedazo de pan y les doy, según mis fuerzas, parte de mi vestido y no los acojo bajo mi techo”. San Gregorio Nacianceno, sobre el amor a los pobres.

 

[1] Aparecida p. 8

[2] Aparecida 3, p.19

[3] Aparecida 13, p. 39

[4] Aparecida 8.3 p. 206

Norma es estudiante del último trimestre de la Universidad Anáhuac México Sur, en convenio con Centro San Juan Diego y hemos decidido publicar su trabajo del curso de Doctrina Social de la Iglesia.

Foto de Roi Dimor/ Unsplash

Próximamente: Por un “Halloween” católico y sin fundamentalismos

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Por el padre Ángel Pérez-López, PhD, STL

El padre Ángel Pérez-López es párroco de St. Cajetan en Denver y es profesor de filosofía y moral en el seminario St. John Vianney. Tiene un doctorado en filosofía y un posgrado en teología moral de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma.

Pregunta de nuestra lectora Aimeé L.: “El Pueblo Católico, ¿nos podrían decir qué dice la Iglesia Católica sobre el Halloween? Porque parece que mucha gente tiene malentendidos. Personalmente celebro, siendo católica… pero si estoy mal me gustaría saberlo”.

La palabra “Halloween” es una contracción de la expresión all hallows eve”, literalmente, “la víspera de todos los santos”. Se trata de una fiesta profundamente católica. Debemos redescubrirla. No caigamos ni en el fundamentalismo que se le opone sin reservas, ni tampoco en la trampa de la comercialización secularizante, que desviste esta fiesta de sus orígenes religiosos y la dota de un significado neopagano.

La cultura celta tenía una fiesta llamada Samhain, literalmente, “fin del verano”. Celebraba el final de las cosechas y el principio del invierno, cuando muchas personas morían a causa del frío. No obstante, Halloween tiene su origen católico hace más de mil trescientos años en la vigilia de la fiesta de todos los santos. Fue instituida por el papa Gregorio III cuando dedicó a todos los santos una capilla en la Basílica de San Pedro en el siglo octavo. Un siglo después, el papa Gregorio IV declaró la fiesta como día de obligación. Además, adoptó la tradición de los católicos germanos y cambió la fecha de mayo a noviembre. Así, la vigilia de esta fiesta pasó al último día de octubre, esto es, a la fecha de nuestro actual Halloween. Ninguno de estos Papas parece haber conocido el Samhain, que dejó de celebrarse antes de que la fiesta de todos los santos fuera instituida, cuando los pueblos célticos se convirtieron al catolicismo.

Coco y el recuerdo de los seres que ya partieron

Ahora bien, ¿es posible que algunos elementos de esta fiesta celta sobrevivan todavía hoy?¡Claro que sí!¡También sobrevivió el árbol de Navidad! Este árbol es una tradición de origen germánico que hemos adoptado en el catolicismo sin que sus paganos orígenes la hagan moralmente mala.

En los Estados Unidos, los puritanos prohibieron y se opusieron a Halloween radicalmente y sin reservas. En cambio, los emigrantes católicos, de origen alemán e irlandés, mantuvieron viva la tradición, pero fusionando algunos elementos de esta fiesta con la de los fieles difuntos. Así, hacían pasteles en Halloween y los niños iban de casa en casa “mendigando” estos pasteles a cambio de ofrecer oraciones por los seres queridos y fallecidos de los benefactores.

Históricamente, la actitud puritana y protestante en contra de Halloween se mezcló con sentimientos anticatólicos en el país. Solo la comercialización de la fiesta consiguió solventar esta tendencia persecutoria. Esta comercialización trajo consigo un fenómeno similar a lo ocurrido con la Navidad. En el caso de Halloween, implicó un olvido de Dios y de los santos como centro de la fiesta. A esta pérdida de sentido religioso, se le une la cantidad de películas de horror que fantasean e intentan dotarla de contenido neopagano, tétrico y ocultista.

Como católicos, no podemos caer en el error de los fundamentalistas y despreciar una tradición netamente católica, simplemente, porque su comercialización la ha vaciado de su verdadero contenido y la ha transformado en una posible ocasión para lo tétrico y oscuro del neopaganismo. No despreciamos la Navidad, sino que luchamos por mantener vivo su verdadero significado. Hagamos lo mismo con Halloween. No es la fiesta del demonio. No hace falta cristianizar, o cambiar de nombre, una fiesta que ya es católica de suyo. Por tanto, se puede celebrar Halloween teniendo presentes sus orígenes y evitando errores como la superstición, la brujería o la glorificación del mal.

Podemos tomar ocasión de esta fiesta para enseñar a nuestros hijos a celebrarla sin fundamentalismos y de una manera católica, al mismo tiempo que éstos se divierten, sin pecar y sin caer en el neopaganismo.

La superstición es un exceso y perversión de la religión (véase Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2110) del que tenemos que purificar la fiesta que venimos explicando. Por ejemplo, algunos emigrantes irlandeses dotaron a Halloween de un contenido supersticioso y contrario a la fe al fusionarla con una fiesta que ellos se inventaron: “el día de todos los condenados”. Temían que algo malo les ocurriría si no celebraban también a los condenados y estos se sentían excluidos. Un Halloween católico y sin fundamentalismos no puede caer en un error como este; y, como sabemos, nuestra comunidad hispana no es ajena al problema de la superstición. A veces, también caemos en este error “cuando se atribuye una importancia, de algún modo, mágica a ciertas prácticas, por otra parte, legítimas o necesarias” (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2111).

Un Halloween católico tampoco puede promocionar la brujería. No existe la magia buena y la magia mala. Toda magia atenta contra Dios, entraña una rebelión contra Él y un intento de suplantar su lugar: “todas las prácticas de magia o de hechicería mediante las que se pretende domesticar potencias ocultas para ponerlas a su servicio y obtener un poder sobrenatural sobre el prójimo —aunque sea para procurar la salud—, son gravemente contrarias a la virtud de la religión” (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2117).

No a la lectura de cartas, espiritismo o supersticiones

Celebremos Halloween sin olvidarnos de Dios y de los santos. Los padres de los niños son los que tienen que tomar las decisiones concretas de cómo educar a sus hijos atendiendo a las circunstancias de su vecindario. No obstante, siempre y cuando se evite la ocasión de la superstición, la brujería o la glorificación del mal; que un niño se disfrace y pida caramelos, en mi opinión, no conlleva necesariamente, o de suyo, ningún mal moral. No caigamos en la superstición. No atribuyamos importancia mágica a una práctica legítima. Podemos tomar ocasión de esta fiesta para enseñar a nuestros hijos a celebrarla sin fundamentalismos y de una manera católica, al mismo tiempo que éstos se divierten, sin pecar y sin caer en el neopaganismo.

 

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