Matrimonio: La creación más deslumbrante de Dios

Arzobispo Samuel J. Aquila

(Foto de Josh Appelagate/ Unsplash)

Se acerca el día de San Valentín y muchas personas se preguntan cómo deberían mostrar su amor a alguien. A pesar de parecer contracultural, la Iglesia se mantiene fiel a la enseñanza de un matrimonio centrado en Cristo, como la respuesta más satisfactoria y completa a esta pregunta.

La semana pasada el Papa Francisco rindió un homenaje a los esposos que viven su matrimonio en unidad y fidelidad. Ellos dan al mundo lo que él llamó “un ejemplo de verdadero amor” que sirve como un “un sermón silencioso para todos”. Así como la Iglesia católica, otras iglesias se han unido a la Semana Nacional del Matrimonio del 7 al 14 de febrero para celebrar el don del matrimonio bien vivido que debe ser el centro de nuestro testimonio.

Por ejemplo, el Papa Francisco contó una vez la historia de una pareja que celebró sus 60 años de matrimonio. Él les preguntó si eran felices y ellos le respondieron: “estamos enamorados”.  El amor les permitió perseverar a través de las dificultades, a educar a sus hijos, a sobrepasar los sufrimientos y penas inevitables en la vida, para que ellos le pudieran decir al Papa después de 60 años que aún están enamorados. ¿Es esta la visión positiva y esperanzadora del matrimonio que estamos promoviendo?

El hermoso testimonio es una señal de que el amor real y duradero es posible, independientemente de la significativa caída de la tasa de matrimonios, el incremento en divorcios y la naturaleza cada vez más breve de las relaciones. Mediante las gracias ofrecidas en el matrimonio se pueden encontrar la santidad y la felicidad genuinas. Esta afirmación está respaldada por numerosos estudios sociológicos.

Al mismo tiempo, hay muchas señales que apuntan a una disminución del matrimonio en los Estados Unidos. La taza de personas casadas disminuyó de un 72 por ciento en 1960 a cerca de 50 por ciento en el 2016. Otra señal de la salud de un matrimonio desde una perspectiva católica es qué tan abiertas están las personas a tener hijos. El Centro de Control de Enfermedades publicó en el 2017 información que mostraba que el país alcanzó su nivel más bajo en 30 años con respecto a la tasa de natalidad, con 1.76 nacimientos por mujer – se considera que la tasa de reemplazo es de 2.1 niños por mujer. Colorado tuvo un nivel incluso más bajo con 1.63 nacimientos por mujer.

Estos resultados deberían hacernos preguntar cuánto estamos haciendo para apoyar y alentar al matrimonio y promover una cultura de vida. Debemos ayudar a los católicos a entender los tres bienes del matrimonio: la fidelidad, el compromiso de por vida y el don de los hijos. Además de promover el entendimiento, deberíamos de preguntarnos qué estamos haciendo para motivar la apertura a la vida y apoyar a aquellos que tienen hijos en nuestras parroquias, vecindarios y en el mundo.

Algunas ideas prácticas que las parroquias pueden considerar incluyen: organizar eventos que simulen las buenas prácticas de citas románticas, involucrar parejas de mentores para acompañar a parejas comprometidas que se preparen para el matrimonio y brindar apoyo financiero, emocional y espiritual para las familias que tengan alguna lucha particular. Estoy seguro de que hay otras formas innovadoras que los fieles pueden crear para responder a esta realidad. Algunas, como retiros, ya existen.

Como personas de fe, debemos tener la especial esperanza en la verdad de que la santidad y la felicidad en el matrimonio son posibles con la ayuda de Dios. Santa Teresa de Lisieux nos ofrece el ejemplo de sus padres, quienes fueron declarados santos en el 2015. Ella escribió de Louis y Zelie Martin: “el buen Dios me dio un padre y una madre más dignos del cielo que de la tierra”.

El matrimonio, como lo ha dicho el Papa Francisco es, “lo más bello que Dios ha creado”, ya que refleja la unidad del amor de Dios.

Que como Iglesia trabajemos en apoyar y fortalecer el matrimonio para que el testimonio silencioso cotidiano de las parejas casadas refleje a Dios en nosotros y construya nuestra sociedad.

 

Próximamente: La dignidad humana en el libro del Génesis

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Por el diacono Pedro Reyes, Parroquia St. William, Ft. Lupton.

Todo ser humano tiene una dignidad que le fue otorgada por Dios. San Juan Pablo II en su teología del cuerpo nos dice lo siguiente:

“El hombre es creado sobre la tierra y al mismo tiempo que el mundo visible. Pero, a la vez, el Creador le ordena subyugar y dominar la tierra (cf. Gén 1, 28): está colocado, pues, por encima del mundo. Aunque  el hombre esté tan estrechamente unido al mundo visible, sin embargo la narración bíblica no habla de su semejanza con el resto de las criaturas, sino solamente con Dios”.

Lo que san Juan Pablo II nos está recordando es que el hombre no fue creado de la misma manera que los demás seres vivos. Esto, naturalmente, nos hace diferentes al resto de la creación. No podemos darle los mismos derechos a una mascota, como un perro o un gato, que a un ser humano. Es triste que hoy en día la dignidad del ser humano sea despreciada a tal grado que muchas personas le dan más amor y atenciones a las mascotas que a los propios familiares. Hoy en día hay algunas personas que tratan a los animales como seres humanos y a sus semejantes, que son seres humanos,] como animales.

San Juan Pablo II nos dice también esto:

“En el ciclo de los siete días de la creación es evidente una precisa gradualidad; el hombre en cambio no  es creado según una sucesión natural, sino que el Creador parece detenerse antes de llamarlo a la existencia, como si volviese a entrar en sí mismo para tomar una decisión: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen, a nuestra semejanza…’ (Gn 1,26)”.

Nuevamente, san Juan Pablo II nos recuerda la manera tan diferente en la que Dios creó al hombre. Y aquí nos recuerda la principal diferencia entre los seres humanos y el resto de la creación. El hombre, a diferencia de los demás seres vivos, fue creado a “imagen y semejanza” de Dios. O sea, el ser humano tiene una dignidad única e inigualable que le ha sido otorgada por Dios.

En todo lo que hemos visto, podemos darnos cuenta de lo siguiente: cuando el autor del libro del Génesis narra la creación de todo, al referirse al ser humano, especifica que lo creó y lo bendijo. Sin embargo, la creación del hombre se distingue de todo lo demás creado de tal manera que le da ese grado de dignidad superior al resto de la creación.

Esto se puede ver claramente porque antes de crear al ser humano, Dios es presentado como si estuviera deliberando sobre cómo lo creará, mostrando el acto de crear al hombre como un acto muy importante. Igualmente, la excepcional dignidad del ser humano se muestra en su totalidad por la ‘semejanza’ con Dios. Por lo tanto, todos los seres humanos, sin importar raza, color de piel, país de origen, etc., tenemos una dignidad específica que debe ser respetada por todos. Y esta dignidad viene por el hecho de haber sido creados “a imagen y semejanza de Dios”.

 

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