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lunes, diciembre 5, 2022
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Mi encuentro inesperado con Jesús en el inmigrante

Por Delia Lozano Porras*

En medio de un avivamiento eucarístico, nos debemos preguntar: ¿cuál es la razón por la que los católicos no creen en la presencia real de Jesús en la Eucaristía? ¿Deberíamos organizar más procesiones eucarísticas y horas santas para aumentar la conciencia? Eso seguramente se puede hacer, pero ¿es todo? Debemos llegar al corazón del problema si queremos ser parte de la solución. Me parece que uno no cree en la presencia real de Jesús en la Eucaristía porque aún no ha tenido un encuentro personal con él. 

Al final de nuestra vida terrenal todos tendremos un encuentro con el Señor para dar cuentas de lo que hicimos con el don de la vida. Llegar a este punto parece tan definitivo y sin remedio. ¿No esperaríamos que un Dios amoroso nos ayudaría y nos guiaría en el camino? Por supuesto. ¿No fue Lázaro, el pobre que muere a la puerta del hombre rico, un ejemplo en el Nuevo Testamento de un encuentro potencial con el Señor? (Lc. 16, 19-31). Tristemente, el hombre rico no percibe a Lázaro y echa a perder su oportunidad de tener ese encuentro con Jesucristo porque no está en búsqueda del Señor. Por no haber hecho nada de su parte, sus ojos espirituales están cerrados a quienes lo rodean. Nos debemos de preguntar: ¿quién nos rodea, como Lázaro, y, por ciegos de complacencia, no vemos? Los que no dejan rastros o huellas: los indocumentados.

En el año 2021, algunos 11 millones de indocumentados vivían en los Estados Unidos, cuya población era de 331 893 745 en ese mismo año; es decir, que uno de cada 33 personas era indocumentado. Esto supone una distribución uniforme. Por lo tanto, suponiendo en este momento que la situación no ha cambiado, existe una alta probabilidad de que alguien en nuestra comunidad con quien nos encontramos sea indocumentado.  

Me sorprendí recientemente cuando descubrí que mi cuñada, que ha sido parte de nuestra familia ya por tres o cuatro años, es indocumentada. Entiendo por qué las personas no hablan de esto abiertamente, anunciando este detalle al mundo. Ella no me dijo directamente, aunque sí hubo pistas que opté por ignorar: primero, su hermana murió, y mi cuñada no regresó a México para el entierro; luego su madre murió, y de nuevo ella no asistió al entierro. El duelo es bastante difícil. ¿Por qué hacer demasiadas preguntas? A veces es mejor no preguntar.  

En otra ocasión, una feligrés llamada María, cuyo apellido no revelaré por motivos de privacidad, llamó a nuestra oficina parroquial para obtener una carta para inmigración que dijera que era feligrés de nuestra parroquia. Sí lo era y había bautizado a tres de sus hijos en nuestra parroquia ese año. Dado que necesitaba cumplir con una fecha límite, María llegó en persona a recoger su carta, y por un momento fue como si ella fuera Lázaro personificado; y yo, el rico abriendo la puerta. 

María llegó a los Estados Unidos en 1995 con su pareja. Llegaron indocumentados y fueron detenidos en la frontera. A cambio de información; los nombres de los guías y como llevaron a la frontera, María y su pareja recibieron papeles para quedarse en este país con un permiso para poder trabajar. Afortunadamente, tenían familiares que eran ciudadanos legales con quien se podían quedar, lo que fue un factor determinante.   

Como muchos inmigrantes previos a ella, María vino aquí en búsqueda de una vida mejor, pero no ha sido nada fácil. Tuvo problemas de violencia doméstica con su primera pareja con quien vino a este país, y tiempo después la amenazó con quitarle a sus hijos. Durante una situación de violencia doméstica, María llamó a la policía, y su pareja escapó por detrás del apartamento. Poco después, él fue deportado a México, dejando a María en este país con dos hijos que mantener y para quienes tenía que ser madre y padre a la vez. Cinco años después, conoció a su segunda pareja, con quien tuvo tres hijos más. Él también fue deportado después de 10 años de estar juntos. Hoy en día, María se encuentra en este país con cinco hijos. Es madre soltera. Un hijo es dentista, otro trabaja en el laboratorio de un hospital, otro se graduó de la escuela secundaria y es recepcionista, y las últimas dos hijas son drogadictas y han tenido problemas con la ley varias veces; robaron y chocaron sus coches y han abusado a María verbal y físicamente.  

María siempre ha trabajado en hoteles o fábricas y siempre ha cumplido con las leyes de inmigración. Con la ayuda de un licenciado, ha trabajado constantemente para obtener la residencia legal a lo largo de los 27 años que lleva viviendo en este país, sueño que aún no se ha cumplido. Desafortunadamente, debido a un accidente reciente en su trabajo de fábrica, no ha podido trabajar, ha perdido su apartamento y vive con sus hermanas que la ayudan económicamente. Vive con el miedo de que sus dos hijas drogadictas la vayan a abusar. Solo una de ellas es menor de edad, y la detención de menores solo admite delincuentes graves. María desea internarla en un centro de rehabilitación de drogas a largo plazo con la esperanza de que enderece su vida.  

¿Cuántas personas a su alrededor no saben que María es indocumentada y todo lo que ha pasado y hecho para sobrevivir? Pasan el día sin darse cuenta de María. ¿Cuántas personas la han ayudado con comida o económicamente y después se han olvidado de ella?  

Jesús les dice a sus discípulos: Yo entré en este mundo para hacer juicio, para dar vista a los ciegos y para demostrarles a los que creen que ven, que, en realidad, son ciegos (Jn 9, 39).

Jesús murió en la cruz a causa de nuestros pecados. Es fácil ver a los que lo condenaron, pero quizás no sea tan fácil ver a los que desaparecieron en un segundo plano y no hicieron nada. Hacer algo, sabiendo muy bien que es malo, es obviamente un pecado. Por otro lado, permanecer al margen sin hacer nada cuando uno debería hacer algo es un pecado de omisión. Cuando pensamos que algo no es nuestro problema sino de otro, podemos adormecernos y caer en la complacencia.

La complacencia no es algo nuevo. El Antiguo Testamento nos cuenta de las doce tribus que marcharon detrás de Moisés luchando para llegar a la tierra prometida. Dos de ellas, las de Rubén y Gad, por su parte decidieron que la tierra prometida no era para ellos. Prefirieron la tierra de este lado del Jordán y pidieron ser destituidos de sus funciones. Moisés no estaba contento y los llamó «hombres pecadores». ¿Cómo se atreven a quedarse atrás y no hacer nada mientras las tribus restantes luchaban en la guerra? A primera vista, uno podría categorizar a estos hombres como perezosos que no querían hacer nada, que prefirieron quedarse atrás mientras los demás se involucraban en la batalla. O bien, podría parecer que son muy trabajadores, administrando sus tierras y pastoreando sus ovejas. Pero una mirada más detenida revela que en realidad estaban ocupados trabajando para sí mismos 

¡Cuántos nosotros también nos ajetreamos en nuestra vida cotidiana! Estamos demasiado ocupados calculando nuestro próximo paso profesional para poder comprar una casa o un automóvil más grande, asegurándonos de que nuestros hijos tengan lo mejor de todo. Aunque esto en sí mismo no es malo, pude llegar a ser como un asesino silencioso y causar que gradualmente dejemos de apartar tiempo para Dios sin ni siquiera darnos cuenta. No tenemos tiempo para la Misa dominical y mucho menos para pasar una hora ante el Santísimo Sacramento.  

Tal vez fueron María, Lázaro y Jesús quienes entraron y salieron por la puerta de la oficina parroquial ese día. Maria volteó para despedirse de mí a la salida. Me agradeció por haber escrito la carta que tenía que entregar a inmigración y por estar presente con ella ese día. La historia de María se me quedó en el corazón, una historia que no es fácil de olvidar.  

Más tarde en la semana, encontré tiempo para una hora de adoración eucarística. Arrodillada en frente del Santísimo Sacramento, en el silencio Jesús me habló: «¿Qué más harás por mí?».

*Delia Lozano Porras se desempeña como asistente pastoral en la parroquia de los Santos Ángeles Custodios en la arquidiócesis de Chicago y está estudiando para su maestría en el Instituto de Estudios Pastorales (IPS) de la Universidad de Loyola Chicago, donde está tomando un curso sobre Ética Social Católica y Migración.

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