“Mons. Romero me enseñó que vale la pena sacrificarse por el Señor”

Carmen Elena Villa

Hablamos con José López, quien conoció personalmente al arzobispo de San Salvador

A partir del 14 de octubre José López podrá decir que tiene un amigo santo. Esta amistad comenzó en la tierra hace más de 40 años. Su amigo es monseñor Óscar Arnulfo Romero, quien fue arzobispo de San Salvador y murió mártir en 1980 cuando empezaba la guerra civil entre la guerrilla y el ejército de su país.

José es originario de San Nicolás de Piedras Gordas, un pueblecito ubicado en la provincia de Chalatenango en El Salvador. Vino a Denver en 1989, huyendo de la guerra civil de su país. Hoy está casado con María Romero, también salvadoreña con quien tiene tres hijos y tres nietos. Es feligrés de la parroquia Ascension en Montbello y miembro del grupo de la Preciosa Sangre de Jesús.

Inicio de una amistad

Conoció a monseñor Óscar Romero en 1977, año en el que se mudó a San Salvador, gracias a un amigo en común que tenían ambos: Monseñor López Portillo, nacido en el mismo pueblo de José y quien era párroco de la Catedral Metropolitana del Divino Salvador del Mundo, donde López comenzó a trabajar en la limpieza y arreglos del templo. Así comenzó su amistad con el futuro santo a quien recuerda como “una persona abierta, humilde, fuerte en espiritualidad, su relación era con la gente más pobre”.

“Cuando yo tenía 18 años Monseñor me preguntó si quería ser sacerdote y yo le dije que no sentía el llamado”, recuerda López en diálogo con El Pueblo Católico. “Él me dijo: ‘Está bien que seas sincero, estudia lo que puedas, pero no te olvides de los principios que tus padres te recalcaron dentro de la religión católica’”.

El Salvador en aquel entonces enfrentaba una gran crisis sociopolítica. Estaba gobernado por militares y no había espacio para la democracia. Había un gran temor de parte del gobierno a que el país recibiera influencia de la Revolución Cubana.  La mayoría de sus habitantes vivían en situación de pobreza, sin voz en la política. La riqueza se concentraba en unas cuantas familias de terratenientes y empresarios. La clase media era muy reducida y por ello desde los años 30 surgieron varios grupos de rebeldes que se oponían a ese sistema.

José recuerda cómo el Arzobispo “salía desde su carrito muy humilde para ir a las misiones”, donde “había muchos indigentes y él no hacía separación de clase social. Era muy abierto y los abrazaba. Ya se imaginará el olor y la suciedad y él les decía: ‘¡bienvenidos pasen!’. Llegaba con cuatro o cinco seminaristas para que pudieran asistirle en la Eucaristía” y confiesa que cuando participaba en sus misas “se me rodaban las lágrimas”.

“Era un defensor del pueblo. Muchos lo criticaban. Algunos dirigentes del gobierno decían que era un guerrillero, pero no sabían por qué defendía tanto a la gente humilde y desposeída, a los más perseguidos. Lastimosamente el conflicto de El Salvador era entre ejército y guerrilla. En esa época quien cometía más asesinatos y persecuciones era el ejército”, dice López. Y cuenta cómo el gobierno “se sentía ofendido” cuando Monseñor denunciaba las arbitrariedades del ejército con su pueblo. Frente a esas críticas, Monseñor respondía: “No me consideren juez o enemigo. Soy simplemente el pastor, el hermano, el amigo de este pueblo”, dijo en una homilía el 6 de enero de 1980.

José recuerda que una vez acompañó a Monseñor Romero a una de las faldas del volcán San Salvador: “Las viviendas eran de cartón, de láminas corroídas. La gente no tenía ni para comerse una tortilla con sal. Él iba con ellos. Les infundía un gran ánimo. Era un pueblo tan devoto que muchas personas se querían arrodillar en frente suyo, pero él no se los permitía”.

Y recuerda cómo el pueblo salvadoreño “esperaba con ansiedad las misas de Monseñor Romero. Sentían que él confortaba a su pueblo, ya que ellos no tenían apoyo de nadie”. Sin embargo, “había domingos que no podía celebrar porque muchos venían huyendo de la violencia del campo y su único refugio era ir a la catedral. Entonces él se iba a celebrar a la iglesia del Rosario que está a unas tres cuadras. A veces pasaban hasta tres meses en esa situación. Cuando los campesinos iban allí, el ejército sitiaba toda la catedral”.

Monseñor Romero sabía que iban a asesinarlo. Por ello una vez dijo a sus fieles en una homilía el 17 de diciembre de 1978: “Mi voz desaparecerá, pero mi palabra, que es Cristo, quedará en los corazones que lo hayan querido acoger”. López estudiaba la preparatoria de noche para poder trabajar en el día. Y fue en las aulas de clase cuando recibió la noticia del asesinato de monseñor Romero aquel lunes 24 de marzo de 1980. “Quise ir a ver su cadáver inmediatamente pero no pude porque había muchas restricciones. Lo vi cuando fue su misa de cuerpo presente”, recuerda con dolor. El futuro santo pasó de ser su amigo terrenal a su intercesor en el cielo. Cuando le preguntamos cómo el Arzobispo le marcó su vida de fe, López, tras un suspiro nos respondió: “No tengo palabras para describirlo. Él me enseñó que sí vale la pena sacrificar lo que sea por defender el Evangelio de Nuestro Señor”.

¿Quién fue monseñor Óscar Romero?

Monseñor Óscar Romero nació en Ciudad Barrios, San Salvador el 15 de agosto de 1917. Viajó a Roma en 1937 para completar su formación sacerdotal y fue ordenado allí en 1942. Al año siguiente regresó a su país para ejercer su ministerio. Fue nombrado obispo auxiliar de San Salvador en 1970 y arzobispo en 1977. Fue un gran crítico de la estructura del gobierno de su país por alimentar la violencia y el conflicto con la guerrilla. Tras la muerte de varios sacerdotes defensores de los derechos humanos, Romero dijo en su homilía dominical el 23 de marzo: “En nombre de Dios y de este pueblo sufrido les pido, les ruego, en nombre de Dios, ¡cese la represión!”. Muchos consideraron estas palabras como su sentencia de muerte. El Arzobispo fue asesinado al día siguiente mientras celebraba misa en la capilla del Hospital de la Divina Providencia. Fue beatificado en el año 2015 y será canonizado el próximo 14 de octubre en Roma.

La Arquidiócesis de Denver celebrará la canonización de Monseñor Óscar Romero con una Santa Misa el domingo 14 de octubre a las 3 p.m. en la parroquia Queen of Peace de Aurora. La Eucaristía será presidida por el obispo auxiliar de Denver Monseñor Jorge Rodríguez.

Próximamente: Descubriendo a Dios en todas las cosas

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Por, obispo Robert Barrón.

Sin duda alguna, existe un énfasis dentro de la tradición bíblica de que Dios es radicalmente otro:

“Cierto, tú eres un Dios oculto, el Dios de Israel, salvador” (Isaías 45:15) y “Pero mi rostro no podrás verlo, porque nadie puede verme y segur con vida (Éxodo 33:20)”.  Esto habla sobre el hecho de que el que creó el universo entero de la nada, no puede ser él mismo, un elemento dentro del universo, uno junto a los demás.

Pero al mismo tiempo, las Escrituras también atestiguan la omnipresencia de Dios: “Se propaga decidida de uno al otro confín y gobierna todo con acierto (Sabiduría 8:1) y “¿A dónde iré lejos de tu espíritu, a donde podré huir de tu presencia? Si subo hasta el cielo, allí estas tú, si me acuesto en el Seol, allí estas.  Si me remonto con las alas de la aurora, si me instalo en los confines del mar, también allí tu mano me conduce, también allí me alcanza tu diestra (Salmo 139: 7-12).

Esto habla del hecho de que Dios sostiene el universo en existencia de un momento a otro, de la misma manera que un cantante sostiene una canción.

Quizás lo que es la característica definitoria de la espiritualidad asociada con San Ignacio de Loyola- “encontrar a Dios en todas las cosas”- fluye de este segundo gran énfasis bíblico.  A pesar de su trascendencia, Dios no debe considerarse distante en ningún sentido convención de termino, ciertamente no en la forma deísta.  Más bien, como lo enseñó Tomás de Aquino, Dios está en todas las cosas “por esencia, presencia y poder”. Y ten en cuneta que, dado que Dios está dotado de intelecto, voluntad y libertad, nunca esta tontamente presente, sino siempre personal e intencionalmente presente ofreciéndonos algo de si mismo.  Por lo tanto, la búsqueda de Dios puede comenzar aquí, ahora mismo, con lo que este a la mano.

Una de las preguntas en el antiguo Catecismo de Baltimore era “¿Dónde está Dios?”.  La respuesta correcta fue “en todas partes”.  Una vez que la verdad se hunde, nuestras vidas cambian irrevocablemente cada persona, cada evento, cada pena, cada encuentro se convierte en una oportunidad de comunión con Dios.

El maestro espiritual jesuita del sigo XVII, Jean-Pierr de Caussade, expresó la misma idea cuando dijo que todo lo que sucede es directa o indirectamente, la voluntad de Dios. Una vez más, es imposible aceptar la verdad de esta declaración y seguir siendo la misma persona que eras antes.  Este tipo de bendiciones de “todas las cosas” funciona como punto de partida para la espiritualidad de Ignacio.

He tenido a Ignacio mucho en mi mente, ya que estoy en Europa filmando un documental sobre su vida y sus enseñanzas para mi serie, “Pivotal Players”.  En el largo vuelo de Los Ángeles a Roma, tuve la oportunidad de promulgar el principio que acabo de describir.  Desde que era niño, me han encantado los mapas, por lo tanto, cuando me encuentro en un largo viaje en avión paso mucho tiempo en el mapa del vuelo que rastrea la ubicación del avión frente a los puntos de referencia de la tierra.

Había leído y visto algunos videos durante la primera parte del vuelo, y luego me dormí la mayor parte del tiempo que estábamos sobre el Atlántico, pero cuando desperté, comencé a estudiar el mapa con gran interés. Estábamos pasando justo al norte de Irlanda, y pude ver claramente las indicaciones para Dublín, donde nació el padre de mi madre, y para Waterford, donde nació el abuelo de mi padre. Comencé a pensar en estos hombres, ninguno a los cuales conocí, que tenían una fe católica, la cual llegó a mi madre y a mi padre y finalmente a mí, como pura gracia.

A medida que el avión continuaba su viaje a través de la pantalla, Francia apareció en el mapa y vi el gran nombre de “Paris”. De repente, un montón de recuerdos inundaron mi mente: mi habitación simple en la Casa de Redentorista en el boulevard Montparnasse, Notre Dame, donde solía dar recorridos a los visitantes de habla inglesa, el Institut Catholique donde hice mis estudios de doctorado, mis amigos, maestros y colegas parisinos que me acompañaron durante esos tres años, la belleza de Paris en un día lluvioso. Y todo eso, lo sabía, era gracia de Dios, un regalo puro.

Luego vi que nos estábamos acercando a los Alpes, así que abrí la pantalla de la ventana y miré hacia las montanas nevadas que brillaban al sol.

¿Cómo podría no apreciar esta vista que incontables generaciones de seres humanos ni siquiera hubieran imaginado posible como un regalo esplendido?

En pocas palabras, el simple estudio de un mapa de vuelo hacia el final de un tedioso viaje se convirtió en una maravillosa ocasión de gracia.  Me pregunto si encontraríamos ese tipo de experiencias menos insólitas, reflexionaríamos sobre el hecho de que Dios quiere compartir positivamente su vida con nosotros, quiere comunicarse con nosotros. Quizás el problema es que pensamos en Dios de una manera deísta y lo olvidamos en un lugar de trascendencia irrelevante.  Entonces la carga espiritual recae sobre nosotros, encontrar alguna forma de escalar la montaña sagrada o lo suficiente como para impresionar a un exigente señor moral.

¿Qué pasa si aceptamos la noción profundamente bíblica de que Dios siempre nos esta buscando ocupada y apasionadamente, siempre tratando de encontrar formas de honrarnos con su amor? ¿Qué pasa si aceptamos alegremente la verdad de que Dios puede ser encontrado como lo enseñó Ignacio, en todas las cosas?

 

Traducido y adaptado del original en inglés por Rocio Madera.