Morir asusta, por eso necesitamos de valentía y gracia

Karna Lozoya

Antes de que la joven de 29 años, Brittany Maynard, se quitara la vida el 1ro de noviembre, escogiendo evitar el dolor y el sufrimientos causado por un gran y agresivo  tumor cerebral, dejó un mensaje claro para el mundo—no tengan miedo del suicidio asistido.

En las semanas previas a su propio suicidio, Brittany abogó para que otros tuvieran el derecho de “morir con dignidad”, y expresó su deseo de un movimiento que “educara a la gente sobre este tema, para tener discusiones basadas en hechos, y no en el miedo.”

Al difundirse la noticia de que Brittany había ingerido una cierta cantidad de drogas prescritas que causaron su muerte, los defensores de la eutanasia se tomaron las redes sociales para alabar su valentía. La senadora canadiense Linda Frum escribió: “QEPD esta alma valiente y hermosa. Brittany Maynard Ha Terminado Con Su Propia Vida”.

En un sentido, Frum tiene razón. Por lo que hemos podido ver de Brittany, a través de sus videos y de su gira de medios, parecía una persona inteligente, amorosa y generosa que estaba centrada únicamente en vivir, y en tomar todas las cosas hermosas que la vida puede ofrecer.

Sin embargo, también vimos una mujer joven, con un hondo terror de aquellas cosas que todos tememos. Tenía miedo de sufrir, de perder el control, y a la humillación de morir.

Luego que Brittany recibiera el diagnóstico de un tumor cerebral progresivo, llamado glioblastoma multiforme, se mudó de su hogar en California a Oregón, donde el suicidio asistido es legal, para que pudiera, según sus propias palabras, “morir según mis términos”.

“He discutido con muchos expertos como moriría a causa de la enfermedad, y esa es una manera terrible, terrible, de morir. Entonces, poder elegir dejar esta vida con dignidad es menos espantoso”, admitió.

Santa Teresa de Lisieux, quien sufrió una agonía muy aguda, que duró meses, dijo en su lecho de muerte: “Temo haber tenido miedo a la muerte”. Pero luego continuó esta confesión con las siguientes palabras: “Es la primera vez que he experimentado esto, pero me he abandonado inmediatamente a Dios”.

“No se turben,” dijo más tarde a las hermanas carmelitas que la acompañaban, “si sufro mucho, y si no ven en mí… ningún signo de alegría a la hora de la muerte”.

Justo antes de morir, la hermana Teresa preguntó a su priora: “¡Madre! ¿No es esta la agonía? ¿No voy a morir?” Su superiora le respondió que sí, que estaba muriendo, pero que aún podía sufrir por muchas horas. “Bueno, está bien”, respondió la hermana Teresa, “No querría sufrir por menos tiempo”.

Por otro lado, Brittany escogió el camino del menor sufrimiento y menor dolor.  En su favor, sus actos fueron coherentes con los valores de nuestra cultura, que nos enseña a evadir lo que tememos, en nombre de la libertad y el control.

Al reflexionar sobre su enfermedad, Brittany dijo que lo peor que podía pasarle sería esperar mucho tiempo para matarse, y que perdería el control. Poder elegir cuando sería su muerte, era para ella la verdadera libertad.

Brittany era una buena persona. Sus últimas palabras nos alentaban a “difundir energía positiva” y “devolver los favores”. Estos mensajes no son malos, aun considerando la vaguedad de su significado.

“Qué sería de mí si el Señor no me diera la valentía”, la hermana Teresa se preguntaba cuando la tuberculosis atacaba su cuerpo, causándole un gran dolor en cada respiración. “!Si no tuviera fe, me habría dado muerte sin dudar un momento!”

En sus últimos momentos, la hermana Teresa miraba fijamente el crucifijo, y decía “Dios mío, te amo”. Murió como había vivido, amando a Dios y creyendo en Él, con una fe que se hacía más fuerte en cada momento de dolor y sufrimiento, teniendo la certeza que la muerte no tenía la última palabra.

Brittany puede ser un modelo a seguir para el movimiento que aboga por el derecho-a-morir, un producto de nuestra cultura, que vive como si Dios no existiera, y que se caracteriza por el terror a aquello que no puede controlar. Pero como cristianos, debemos volar más alto aún, y ser modelos a seguir para los otros, tanto en lo que respecta al cómo vivir—y también cómo morir—con valentía.

Karna Swanson es la directora de comunicaciones de la Arquidiócesis de Denver, y la gerente general del Denver Catholic Register.

Próximamente: El contexto para cubrir la crisis de la Iglesia

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Por: Mark Haas

La Iglesia católica ha reducido el número de supuestas acusaciones de abuso sexual de menores en un 95 por ciento.

Si solo algo se te queda de este artículo, que sea que desde la peor década de la Iglesia en 1970, los datos reportados muestran un descenso en las acusaciones de un 95 por ciento en la década del 2000, y 98 por ciento en la del 2010 (fuente: : CARA/Georgetown).

Ahora, obviamente, incluso una nueva instancia ya es demasiado, pero en base a mi experiencia como director de relaciones públicas de la Arquidiócesis de Denver, he visto cómo la cobertura en los medios pueden llevar a la gente a creer que las condiciones actuales de la Iglesia católica no han cambiado. Como periodista, se cómo a los medios de comunicación les gusta enfatizar “nuevos detalles”, o “nuevo reporte”, o “nuevas acusaciones”, que pueden ser verdad, pero los últimos meses ha sido mayormente “nueva información “sobre casos de hace 25 o 50 años.

Entonces, ¿cómo separamos el pasado del presente? No deseamos cerrar la puerta al pasado, pero también queremos que la gente sepa que pueden tener confianza en la Arquidiócesis de Denver en el 2018.

Uno de los desafíos al que nos enfrentamos al asegurarnos que nuestra historia sea entendida correctamente es que muchas personas ven las noticias de una manera muy superficial.

Una encuesta reciente realizada por Colorado Media Project encontró que el 59 por ciento de las personas solo lee los titulares o los resúmenes de la cobertura de noticias. (Por eso por lo que me aseguré de poner la información más importante en la primera línea de este articulo).

Lo que he visto es que cuando los medios de comunicación aquí en Denver sacan una historia: “Ex – sacerdote de Colorado implicado en el reporte de abuso a menores de Pennsylvania”, muchas de las personas que ven el titular en las redes sociales no se dan cuenta que el sacerdote estuvo aquí solo por siete meses en 1983 y que la Arquidiócesis de Denver no ha tenido reportes de mala conducta antes, durante o después de su corta visita. Todo lo que ven es un informe negativa de la Iglesia católica.

Hablando del reporte del Gran Jurado de Pennsylvania, creo que la mayoría de las personas han visto o escuchado que contiene “300 sacerdotes y 1.000 víctimas”, pero ¿cuántas de las cadenas noticiosas se tomaron el tiempo para mencionar que solo el 3 por ciento de esos supuestos incidentes ocurrieron desde el 2002? Si estás preocupado por saber si la Iglesia católica es un lugar seguro para tus hijos en el 2018, sería interesante para ti saber que más maestros de las escuelas de Pennsylvania perdieron sus licencias en el 2017 por conductas sexuales indebidas (42), que el total de las acusaciones en la Iglesia católica de los Estados Unidos entre el 2015 y el 2017 (22). Son 42 maestros en un estado en un año, en comparación a 22 acusaciones en todo el país en tres años. Voy a detenerme aquí y reconocer que no todo es perfecto en la Iglesia católica. Aún hay casos de abuso sexual a menores que desconocemos, y aún tenemos esas pocas acusaciones nuevas. Si bien hemos hecho grandes mejoras, debemos continuar buscando formas de ser mejores, más responsables y más transparentes, para que los mismos problemas no se repitan.

También debemos mostrar la mayor compasión por los sobrevivientes y continuar ofreciendo nuestra ayuda en su recuperación continua.

Sabiendo que estos eventos han sido experiencias devastadoras para las personas, es difícil tener una discusión que analice el tema en términos de estadísticas, patrones y análisis de datos. Tampoco es correcto argumentar que esto es solo un problema de la sociedad, y que otros son mucho peores que nosotros. Admito que he hecho ambas cosas en esta columna, porque en última instancia creo que el contexto es importante.

Debemos mostrar como Iglesia a cualquier víctima y a sus familias nuestro compromiso continuo en abordar el problema. Y creo que se lo debo a muchos sacerdotes maravillosos de nuestra arquidiócesis, para defenderlos, para que no sean presentados como parte de los problemas del pasado.

Piénselo de esta manera: si tomáramos otra crisis que está plagando a Estados Unidos (violencia con armas de fuego, adicción a los opioides, obesidad) y alguien encontró la manera de reducir uno de estos problemas en un 95 por ciento, ¿no valdría la pena hablar de eso?

De hecho, ¿no sería ese el titular que vería el 59 por ciento de los lectores de titulares?

 Traducido del original en ingles por Mavi Barraza