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domingo, septiembre 25, 2022
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No te dejes llevar por las máscaras modernas de Cristo

Jesucristo es probablemente la persona más influyente en la historia de la humanidad – y también la más malentendida. Para muchos, Jesús fue simplemente un gran maestro moral, para otros, un fuerte activista y para otros más, un personaje ficticio que fue glorificado a través de los siglos.

Entre sus muchas máscaras de la modernidad, les presentamos tres, para que reconociéndolas, podamos encontrar al Jesús verdadero del Evangelio que la Iglesia ha defendido desde el primer siglo.

Jesús, el que me ama y no exige

En una sociedad en que la palabra “verdad” se entiende como ser “cerrado” o “intolerante”, muchas veces se prefiere ver a Jesús, no como un hombre frío que impondría su verdad sobre los demás, sino como alguien que es “buena onda” y no exige mucho. Se ve como alguien que entiende nuestras flaquezas y por eso no obliga a nadie. No exige mucho. Así Jesús se convierte en una persona que deja que las personas se queden donde están, en su pecado, porque es “compasivo”.

No cabe duda de que Jesús es todo amoroso y compasivo. Nos perdona si nos arrepentimos. Sin embargo, debemos preguntarnos qué significan verdaderamente el amor y la compasión. Cuando Jesús defiende a la mujer sorprendida en adulterio, no la condena; la perdona. Pero añade: “Vete y en adelante no vuelvas a pecar” (Juan 8: 1-11).

Jesús la levanta y la llama a una conversión, aun cambio de vida. Es esto lo que no es muy popular – es incómodo. Pero lo que Jesús está haciendo es llamarla a una mejor vida, a ser lo que Dios la creó para que fuera, a la felicidad auténtica. El amor y la compasión verdaderas llevan a un cambio de vida. Si Jesús no te llamara a la conversión y a la verdad, se estaría dando por vencido porque dejaría de ayudarte a ser la persona que él te creó para que fueras, la mejor versión de ti mismo.

Jesús, el maestro activista

Para muchas personas, Jesús fue un activista moral y social que murió por la causa de los pobres y marginados. Este Jesús revolucionario se convierte en una mera figura histórica que luchó por los que vivían al margen de la sociedad, así despojándolo de toda divinidad.

No obstante, Jesús aseguró ser Dios y no un mero maestro moral o un líder político. Los judíos de su tiempo lo vieron claramente y por eso buscaban matarlo: “[Se hacía] a sí mismo igual a Dios” (Jn. 5:18).

Aún más, su moralidad se centraba en sí mismo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14:6). Como el autor inglés C.S. Lewis los explica, solo Dios puede decir algo por el estilo. Y si un hombre que no es Dios llegara a decir algo así, tendría que ser un loco egoísta en vez de un gran maestro moral.

Jesús no vino solo para un bien terreno, como sería defender a los pobres. Aunque esto es bueno y estamos llamados a hacerlo, todo lo que él hacía apuntaba al Padre y no se quedaba atrapado en lo material. Por ello, decir que Jesús sólo fue un líder moral o político es perder de vista lo más esencial, que vino como el hijo de Dios, en el que el hombre encuentra su plenitud.

Jesús, el maestro espiritual pero no religioso

Muchos en nuestro día se glorían de ser espirituales pero no religiosos. Entre ellos están los que creen en Jesús e incluso rezan o meditan, pero no creen que quiso fundar una religión o una Iglesia como la Católica.

Creo que esta mentalidad proviene muchas veces de una herida. Las personas identifican “religión” o “Iglesia” con las cosas negativas que han oído o experimentado: corrupción, abuso sexual, avaricia… Han perdido la fe en una institución religiosa.

Por otra parte, muchos no quieren ser identificados con la enseñanza de la Iglesia y eso les da vergüenza, ya sea en temas sobre la homosexualidad, el matrimonio, el aborto, etc. Creen que su doctrina es anticuada y que se tiene que adaptar a los tiempos. Pero como siguen creyendo en Jesús, se hacen a la idea de que no es esto lo que él quería e interpretan sus palabras de otra manera, acomodándolas a sus propias creencias. Terminan creando un Dios a su imagen.

Sin embargo, esto no es nada nuevo. Los seguidores de Cristo han querido hacer un Cristo a su propia imagen desde el primer siglo, como se ve en los “superapóstoles” que predicaban “a otro Jesús” (2 Cor 11:4-5).

Aun así, siempre hubo una autoridad que guiaba a las primeras comunidades cristianas y resolvía nuevos problemas a la luz de las enseñanzas de Jesús (Hechos 15:23-29). Esta autoridad eran los apóstoles, quienes mantenían la unidad al luchar contra las muchas máscaras de Cristo que ya se presentaban en su día.

Decir que Jesús nunca quiso establecer una Iglesia es como decir que quiso que las personas lo interpretaran a su propio modo. La Iglesia primitiva entendía esto y luchaba contra toda distorsión de su imagen y enseñanza. Nuestra Iglesia, que es la misma Iglesia de los apóstoles, lo sigue haciendo desde entonces.

 

Vladimir Mauricio-Pérez
Vladimir Mauricio-Pérez es el editor de El Pueblo Católico y el gerente de comunicaciones y medios de habla hispana de la arquidiócesis de Denver.
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